LLEGA EL CHIPAGEDÓN
No hay microchips suficientes para abastecer el mercado.
A pesar de que las fábricas trabajan 24 horas, siete días a la semana.
Se ha parado la producción de nuevas videoconsolas, teléfonos, móviles y coches eléctricos.
Sin chips, no funciona ningún producto electrónico.
Este hecho afecta a la geopolítica mundial.
Ya se habla del Chipagedón.
Si los datos son el petróleo de la economía digital, los chips son el motor.
El problema es que solo tres compañías proveen al mercado mundial.
TSMC Taiwán, Intel-Estados Unidos y Samsung-Corea del Sur.
Puede que pronto sólo sean dos.
El gigante americano se está quedando descolgado de la frenética carrera hacia la miniaturización.
La que empezó hace 60 años.
Cada vez hay que fabricar semi conductores más potentes, más densos y sobre todo más pequeños.
Es un proceso muy complicado y caro.
De ahí, que sólo estas tres empresas lo lleven a cabo.
Los primeros que detectaron esta escasez de chips fueron los early adopters.
Los clientes madrugadores que se lanzan a por las novedades.
El impacto se notó en la industria.
Apple tuvo que escalonar el lanzamiento del Iphone 12.
Sony se disculpó por no pader satisfacer la demanda de video consolas y así con miles de productos.
El 80 por ciento de los chips del mundo se realizan en dos países: Taiwán y Corea del Sur.
A la industria del automóvil le toca la peor parte.
La escasez de chips ha obligado a recortar la producción a muchas marcas.
El sector de la automoción funciona con poco magen.
Así que no acumula suministros.
Redujo los pedidos de chips por la caída de las ventas provocada por la pandemia.
A finales de 2020, las ventas se recuperaron antes de lo previsto.
Las compañías de automoción descolgaron el teléfono y llamaron a los fabricantes de chips.
Y se encontraron con que estas habían organizado sus envíos hacia otros sectores.
Normalizar el suministro puede costar varios meses.
Y hasta cuatro años se tarda en abrir una fábrica nueva.
Estas son de una enorme complejidad.
Requiren unas condiciones higiénicas tan rigurosas como las de un laboratorio científico y un consumo energético como el de una ciudad.
Estados Unidos se centró más en diseñar microprocesadores que en fabricarlos.
La empresa de semiconductores más grande del mundo es TSMC.
Una de sus fábricas, la Fab 18, es la más cara del planeta.
Está en el campus de Tainan, al sur de Taiwán.
Ha costado 17.000 millones de dólares.
Su maquinaria sirve para mantener un ambiente estéril.
Y consumen tanta electricidad como una ciudad de 100.000 habitantes.
TSMC está valorada en 228.000 millones de dólares.
Compañías como Apple, Visa, Disney o Alibaba, no serían lo que son, sin los procesadores que les suministra.
Sin embargo, seguimos con el gran problema.
Un desajuste insalvable entre la demanda y la oferta.
La primera es enorme y crecerá exponencialmente.
Los móviles llevan cada vez más cámaras y mejores.
También influye la transición al 5G, la generalización de la inteligencia artificial, el internet de las cosas, los satélites, la moda de las criptomonedas o los mercados en línea.
Todo ello, exige una potencia brutal de procesamiento.
Silicon Valley toma su nombre del ingrediente principal de los chips: el silicio.
Es el segundo componente más abundante en la corteza terrestre, tras el oxígeno.
El silicio está en la arena.
Pero hay que refinarlo hasta un 99,99… por ciento de pureza.
Tiene una rara cualidad: es semiconductor.
Dependiendo de la carga eléctrica, unas veces aísla y otras conduce.
Por eso, los microprocesadores se fabrican son silicio.
Ya que la informática utiliza un lenguaje binario, de unos y ceros.
Si deja pasar la electricidad es igual a 1, sino será 0.
El primer gran cliente de las empreas de Silicon Valley fue la industria militar.
Los microchips se inventaron en 1958.
Y se utilizaron para los misiles.
Poco a poco los transistores y circuitos integrados redujeron el tamaño de las primeras computadoras mastodónticas.
Llegaban a ocupar hasta una habitación.
Disminuyeron hasta las dimensiones del ordenador personal.
Más tarde surgió el teléfono inteligente, que cabe en el bolsillo.
Hoy se fabrican un billón de chips al año.
Esto es, 130 por cada habitante del planeta.
Esa reducción del tamaño de los equipos va seguida de la miniaturización de los microprocesadores.
Se basa en la ley de Moore.
La que formuló el ingeniero Gordon Moore, cofundador de Intel, en 1965.
Y sostiene que la cantidad de componenes que se pueden meter en un chip de silicio se duplica cada dos años.
Pero claro, todo tiene un límite físico.
A finales del siglo pasado, dejamos atrás el micrómetro.
La milésima parte de un milímetro.
Hoy medimos los chips en nanómetros.
La millonésima de un milímetro.
Para que os hagáis una idea, un cabello humano tiene unos 60.000 nanómetros.
La empresa Intel las pasó canutas con la generación de los 7 nanómetros, ya en la frontera de la electrónica cuántica.
Mientras que Samsung y TSMC consiguieron saltar a los 5.
La compañía taiwanesa lidera el paso a la generación de 3.
Muchos opinan que no se podrá avanzar más allá de los 2 nanómetros.
Es el límite de lo más diminuto.
La Ley de Moore predica que menos es más.
Garantizaba que siempre habría una nueva hornada de productos para sustituir a los que acababan de salir a penas hacía dos años.
Con el chipagedón comienza la guerra geopolítica.
China importa chips por valor de 300.000 millones de dólares al año.
No tiene suficiente capacidad de fabricación para satisfacer su propia demanda.
Sus importaciones eran principalmente de Estados Unidos.
Hasta que la Casa Blanca le impuso un embargo comercial acusando a sus empresas de espionaje.
Ahora, el gigante asiático busca su autosuficiencia.
Y ha puesto en marcha un plan multimillonario para no depender del exterior en 2025.
Estados Unidos, se está quedando atrás en la fabricación.
Y Europa está atrapada en ese fuego cruzado.
La Unión Europea depende de Estados Unidos para el diseño de los microprocesadores y de Asia para la producción.
Las grandes compañías tecnológicas del mundo que diseñan sus propios chips, pero no los fabrican, sufren porque dependen de la producción de Taiwan y Corea del Sur.
Las que acaparan el 80 por ciento de la producción.
Cada generación de chips es más difícil de fabricar que la anterior.
Esto hace que el número de fabricantes haya caído de más de 25 en el año 2000 a solo 3 en la actualidad.
TSMC y Samsung dominan el mercado por sus gigantescas inversiones en I mas D
Ninguno de sus competidores puede permitirse ese desembolso.
Además, de las conexiones entre sus cúpulas directivas y sus gobiernos respectivos.
Que les aseguran un respaldo presupuestario a largo plazo.
TSMC fue fundada en 1987.
Empezó siendo la única fábrica de chips personalizados a gusto del cliene.
En cambio, Samsung servía para su propio conglomerado de empresas electróncias.
Ahora, el duopolio entre Taiwán y Corea podría ejercer su poder en la fijación de precios.
Y reavivar la inflación.
Algunos televisores ya cuestan un 30 por ciento más.
Fabricar un microhip es muy difícil.
Una mota de polvo podría arruinar la producción.
Se necesita una sala diez mil veces más limpia que un quirófano.
Por último, conozcamos brevemente su proceso.
Comienza con la extracción de cilindros de silicio de unos 2 m de largo y 30 centímetros de ancho.
Se cortan en galletas circulares.
Las obleas de silicio son manipuladas por robots.
Los operarios no pueden tocarlas.
Cada microprocesador puede llevar hasta cien capas de distintos materiales.
Algunas, de un átomo de espesor.
Aunque, hay transistores aún más pequeños.
El viaje puede empezar en los montes Apalaches en Estados Unidos.
Donde los yacimientos de dióxido de silicio son de gran pureza.
La arena se envía a Japón para convertirla en lingotes.
Estos se cortan en obleas de 300 milímetros de ancho y se envían a una fábrica de chips.
En Taiwán o Corea del Sur se imprimen los cortes.
Luego, en China, Vietnam o Filipinas, el chip se ensambla en una carcasa de cerámica o plástico.
Después, se instala en la placa de un circuito integrado.
Por último, el circuito llega a una fábrica de Alemania o Estados Unidos.
Allí se ensambla en un ordenador, un robot industrial, etc.
Y este sería nuestro recorrido por la historia del chip y su declive.
Cambiemos el chip o la situación se volverá complicada.