En otras latitudes, contemplando palmeras cuyas ramas, tan flexibles, oscilan llevadas por una brisa más que cálida, he recuperado la imagen de un enorme capazo de palma trenzada que se bambolea suavemente, avanzando por un camino de Valdivielso. No, no es una alucinación, ni el delirio de una noche tórrida de verano. El capazo tiene dos asas cortas: una la agarra mi madre, y la otra, mi padre. Yo camino detrás y, a la altura de mi nariz, veo unos bonitos volantes de cretona floreada que asoman por los bordes del capazo. Dentro de este, tumbadito y más feliz que un angelito bueno, va mi hermano, un bebé de seis meses, mirando con los ojos muy abiertos las ramas de los árboles que desfilan en lo alto proyectando sombras sobre su carita. El paso desigual y rápido de los jóvenes progenitores por un camino lleno de piedras y desniveles, imprime al capazo un movimiento de cuna mecedora que acaba por dejar amodorrado al niño. Así paseábamos e hicimos muchas excursiones los bebés veraneantes de otros tiempos. Los cochecitos y las sillitas de ruedas se quedaban en la ciudad, pues no tenían utilidad alguna en las calles y los caminos de Valdivielso. Seguir leyendo en www.radiovaldivielso.es