Poesía en la arena

Poesía en la arena

By Eduardo AlcaláArts
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Poesía en la arena episodes

  • El almohadón de plumas - Horacio Quiroga

    Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

    10 min
  • Una idea, Happy new year, Te amo por ceja - Julio Cortázar

    Una idea.

    Una idea incandescente se me vino esta mañana,

    una antorcha que flameaba en lo alto de mi mente,

    pero sola y sin refuerzos talvez pierda la batalla

    ya librada de hace tiempo por tu brillo y un cobarde.


    Un cobarde que vacila entre el olvido y tras la nada,

    que vacila tras tus pasos y tu melódica mirada,

    que se pierde encandilado tras el grito de tus ojos,

    que se aturde enceguecido tras el brillo de tu nombre,


    que se esconde tras las letras de algún otro nombre

    y aún así no se atreve a gritar de quién se esconde,

    que hace frente tan valiente a enredadas tempestades

    y se escapa como un niño al descubrirse a tu lado,


    que amanece al medio día y se duerme al despedirte,

    que susurra tan potente y que grita tan despacio,

    que camina tan de prisa y con los ojos bien cerrados,

    sin valor por la cornisa que conduce a tu palacio.


    Una idea de coraje se me vino esta mañana,

    de sentarnos frente a frente y quitarme el camuflaje,

    de soplar mis emociones y transformarlas en palabras,

    en palabras que te expliquen como cae el agua helada.


    Una idea tan sublime como tantas que me diste,

    tan tardía y predecible como tantas he tenido,

    pero sola y sin refuerzos de valor y otros aliados

    ha perdido la batalla,

    ya es de noche,

    ya te fuiste.


    Happy new year

    Mira, no pido mucho,

    solamente tu mano, tenerla

    como un sapito que duerme así contento.


    Necesito esa puerta que me dabas

    para entrar a tu mundo, ese trocito

    de azúcar verde, de redondo alegre.


    ¿No me prestas tu mano en esta noche

    de fin de año de lechuzas roncas?

    No puedes, por razones técnicas.


    Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,

    el durazno sedoso de la palma

    y el dorso, ese país de azules árboles.


    Así la tomo y la sostengo,

    como si de ello dependiera

    muchísimo del mundo,

    la sucesión de las cuatro estaciones,

    el canto de los gallos, el amor de los hombres.


    Te amo por ceja

    Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores

    blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,

    te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,

    voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas

    que dormían en la lluvia.


    No quiero que tengas una forma, que seas precisamente

    lo que viene detrás de tu mano,

    porque el agua, considera el agua, y los leones cuando

    se disuelven en el azúcar de la fábula,

    y los gestos, esa arquitectura de la nada,

    encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.


    Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,

    pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo

    lacio, esa sonrisa.


    Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es

    también la luna y el espejo,

    busco esa línea que hace temblar a un hombre

    en una galería de museo.


    Además te quiero, y hace tiempo y frío.

    4 min
  • La niña de los fósforos - Hans Christian Andersen

    Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría. Encendió un nuevo fósforo.

    Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas.

    http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/la%20vendedora%20de%20fosforos.pdf

    7 min
  • En ti la tierra, Poema V - Pablo Neruda

    En ti la tierra

    Pequeña

    rosa,
    rosa pequeña,
    a veces,
    diminuta y desnuda,
    parece
    que en una mano mía
    cabes,
    que así voy a cerrarte
    y a llevarte a mi boca,
    pero
    de pronto
    mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
    has crecido,
    suben tus hombros como dos colinas,
    tus pechos se pasean por mi pecho,
    mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
    línea de luna nueva que tiene tu cintura:
    en el amor como agua de mar te has desatado:
    mido apenas los ojos más extensos del cielo
    y me inclino a tu boca para besar la tierra.


    Poema V

    Para que tú me oigas

    mis palabras
    se adelgazan a veces
    como las huellas de las gaviotas en las playas.

    Collar, cascabel ebrio
    para tus manos suaves como las uvas.

    Y las miro lejanas mis palabras.
    Más que mías son tuyas.
    Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

    Ellas trepan así por las paredes húmedas.
    Eres tú la culpable de este juego sangriento.

    Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
    Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

    Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
    y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

    Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
    para que tú las oigas como quiero que me oigas.

    El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
    Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

    Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
    Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
    Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
    Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

    Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
    Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

    Voy haciendo de todas un collar infinito
    para tus blancas manos, suaves como las uvas.


    3 min
  • El Corsario XIV - Lord Byron

    Mi tierno secreto está sepultado para siempre en mi alma.

    Mi corazón palpita todavía frecuentemente

    para corresponder a los latidos del tuyo;

    pero luego tiembla guardando un profundo silencio.


    Mi llama es como la luz eterna de una lámpara sepulcral,

    cuya débil claridad se oculta a todos los ojos.

    La fría oscuridad de la desesperación no la apagará jamás,

    aunque sus rayos sean tan inútiles como si nunca hubieran existido.


    Acuérdate de mí; nunca pases cerca de mi sepulcro

    sin hacer memoria de aquel cuyas cenizas se hallan allí encerradas.

    El único tormento que mi corazón no podría tolerar

    sería el que me olvidaras.


    Escucha los últimos acentos de una voz moribunda.

    La virtud no impide que se compadezca a los muertos.

    Concédeme la sola gracia que te he pedido: una lágrima,

    la primera y la última recompensa de tu amor.

    2 min
  • No decía palabras, Donde habite el olvido - Luis cernuda

    No decía palabras.

    No decía palabras,

    acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
    porque ignoraba que el deseo es una pregunta
    cuya respuesta no existe,
    una hoja cuya rama no existe,
    un mundo cuyo cielo no existe.

    La angustia se abre paso entre los huesos,
    remonta por las venas
    hasta abrirse en la piel,
    surtidores de sueño
    hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

    Un roce al paso,
    una mirada fugaz entre las sombras,
    bastan para que el cuerpo se abra en dos,
    ávido de recibir en sí mismo
    otro cuerpo que sueñe;
    mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
    iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
    Aunque sólo sea una esperanza
    porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.


    Donde habite el olvido.

    Donde habite el olvido,

    en los vastos jardines sin aurora;
    donde yo sólo sea
    memoria de una piedra sepultada entre ortigas
    sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

    Donde mi nombre deje
    al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
    donde el deseo no exista.

    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
    no esconda como acero
    en mi pecho su ala,
    sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

    Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
    sometiendo a otra vida su vida,
    sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

    Donde penas y dichas no sean más que nombres,
    cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
    donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
    disuelto en niebla, ausencia,
    ausencia leve como carne de niño.

    Allá, allá lejos;
    donde habite el olvido.

    3 min
  • La caricia perdida, Alma desnuda - Alfonsina Storni

    La caricia perdida

    Se me va de los dedos la caricia sin causa,

    se me va de los dedos... En el viento, al pasar,
    la caricia que vaga sin destino ni objeto,
    la caricia perdida ¿Quién la recogerá?

    Pude amar esta noche con piedad infinita,
    pude amar a la primera que acertara a llegar.
    Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
    La caricia perdida, rodará... rodará...

    Si en los ojos te besan esta noche, viajera,
    si estremece las ramas un dulce suspirar,
    si te oprime los dedos una mano pequeña
    que te toma y te deja, que te logra y se va.

    Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
    si es el aire quien teje la ilusión de besar,
    oh, viajera, que tienes como el cielo los ojos,
    en el viento fundida, ¿Me reconocerás?


    Alma desnuda

    Soy un alma desnuda en estos versos,

    alma desnuda que angustiada y sola
    va dejando sus pétalos dispersos.

    Alma que puede ser una amapola,
    que puede ser un lirio, una violeta,
    un peñasco, una selva y una ola.

    Alma que como el viento vaga inquieta
    y ruge cuando está sobre los mares
    y duerme dulcemente en una grieta.

    Alma que adora sobre sus altares,
    dioses que no se bajan a cegarla;
    alma que no conoce valladares.

    Alma que fuera fácil dominarla
    con sólo un corazón que se partiera
    para en su sangre cálida regarla.

    Alma que cuando está en la primavera
    dice al invierno que demora: vuelve,
    caiga tu nieve sobre la pradera.

    Alma que cuando nieva se disuelve
    en tristezas, clamando por las rosas
    con que la primavera nos envuelve.

    Alma que a ratos suelta mariposas
    a campo abierto, sin fijar distancia,
    y les dice: libad sobre las cosas.

    Alma que ha de morir de una fragancia,
    de un suspiro, de un verso en que se ruega,
    sin perder, a poderlo, su elegancia.

    Alma que nada sabe y todo niega,
    y negando lo bueno el bien propicia
    porque es negando como más se entrega.

    Alma que suele haber como delicia
    palpar las almas, despreciar la huella,
    y sentir en la mano una caricia.

    Alma que siempre disconforme de ella,
    como los vientos vaga, corre y gira;
    alma que sangra y sin cesar delira
    por ser el buque en marcha de la estrella.

    3 min
  • Soneto de la dulce queja, Alba - Federico García Lorca

    Soneto de la dulce queja

    Tengo miedo a perder la maravilla

    de tus ojos de estatua y el acento
    que de noche me pone en la mejilla
    la solitaria rosa de tu aliento.

    Tengo pena de ser en esta orilla
    tronco sin ramas; y lo que más siento
    es no tener la flor, pulpa o arcilla,
    para el gusano de mi sufrimiento.

    Si tú eres el tesoro oculto mío,
    si eres mi cruz y mi dolor mojado,
    si soy el perro de tu señorío,

    no me dejes perder lo que he ganado
    y decora las aguas de tu río
    con hojas de mi otoño enajenado.


    Alba

    Mi corazón oprimido

    siente junto a la alborada
    el dolor de sus amores
    y el sueño de las distancias.
    La luz de la aurora lleva
    semilleros de nostalgias
    y la tristeza sin ojos
    de la médula del alma.
    La gran tumba de la noche
    su negro velo levanta
    para ocultar con el día
    la inmensa cumbre estrellada.

    ¡Qué haré yo sobre estos campos
    cogiendo nidos y ramas
    rodeado de la aurora
    y llena de noche el alma!
    ¡Qué haré si tienes tus ojos
    muertos a las luces claras
    y no ha de sentir mi carne
    el calor de tus miradas!
    ¿Por qué te perdí por siempre
    en aquella tarde clara?
    Hoy mi pecho está reseco
    como una estrella apagada.

    2 min
  • La culpa es de uno, Enamorarse y no - Mario Benedetti

    La culpa es de uno

    Quizá fue una hecatombe de esperanzas,

    un derrumbe de algún modo previsto.
    Ah, pero mi tristeza solo tuvo un sentido.

    Todas mis intuiciones se asomaron
    para verme sufrir
    y por cierto me vieron.

    Hasta aquí había hecho y rehecho
    mis trayectos contigo,
    hasta aquí había apostado
    a inventar la verdad,
    pero vos encontraste la manera,
    una manera tierna
    y a la vez implacable,
    de desahuciar mi amor.

    Con un solo pronostico lo quitaste
    de los suburbios de tu vida posible,
    lo envolviste en nostalgias,
    lo cargaste por cuadras y cuadras
    y despacito,
    sin que el aire nocturno lo advirtiera,
    ahí nomas lo dejaste
    a solas con su suerte
    que no es mucha.

    Creo que tenés razón,
    la culpa es de uno cuando no enamora
    y no de los pretextos
    ni del tiempo.

    Hace mucho, muchísimo,
    que yo no me enfrentaba
    como anoche al espejo
    y fue implacable como vos,
    mas no fue tierno.

    Ahora estoy solo
    francamente
    solo.

    Siempre cuesta un poquito
    empezar a sentirse desgraciado.

    Antes de regresar
    a mis lóbregos cuarteles de invierno,
    con los ojos bien secos
    por si acaso,
    miro como te vas adentrando en la niebla
    y empiezo a recordarte.


    Enamorarse y no

    Cuando uno se enamora las cuadrillas

    del tiempo hacen escala en el olvido,
    la desdicha se llena de milagros,
    el miedo se convierte en osadía
    y la muerte no sale de su cueva.
    Enamorarse es un presagio gratis,
    una ventana abierta al árbol nuevo,
    una proeza de los sentimientos,
    una bonanza casi insoportable,
    y un ejercicio contra el infortunio.
    Por el contrario, desenamorarse
    es ver el cuerpo como es y no
    como la otra mirada lo inventaba,
    es regresar más pobre al viejo enigma
    y dar con la tristeza en el espejo.


    3 min

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