Poesía en la arena

Poesía en la arena

By Eduardo AlcaláArts
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Poesía en la arena episodes

  • Poema 15 - Pablo Neruda

    Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

    y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
    Parece que los ojos se te hubieran volado
    y parece que un beso te cerrara la boca.

    Como todas las cosas están llenas de mi alma
    emerges de las cosas, llena del alma mía.
    Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
    y te pareces a la palabra melancolía.

    Me gustas cuando callas y estás como distante.
    Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
    Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
    déjame que me calle con el silencio tuyo.

    Déjame que te hable también con tu silencio
    claro como una lámpara, simple como un anillo.
    Eres como la noche, callada y constelada.
    Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

    Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
    Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
    Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
    Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

    2 min
  • Sólo en sueños, Me dueles - Jaime Sabines

    Sólo en sueños.

    Sólo en sueños,

    sólo en el otro mundo del sueño te consigo,
    a ciertas horas, cuando cierro puertas
    detrás de mí.
    ¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,
    y ahora estoy preso en su sortilegio,
    atrapado en su red!
    ¡Con qué morboso deleite te introduzco
    en la casa abandonada, y te amo mil veces
    de la misma manera distinta!
    Esos sitios que tú y yo conocemos
    nos esperan todas las noches
    como una vieja cama
    y hay cosas en lo oscuro que nos sonríen.
    Me gusta decirte lo de siempre
    y mis manos adoran tu pelo
    y te estrecho, poco a poco, hasta mi sangre.
    Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,
    y con mi mano en tu boca, te busco y te busco.
    A veces lo recuerdo. A veces
    sólo el cuerpo cansado me lo dice.
    Al duro amanecer estás desvaneciéndote
    y entre mis brazos sólo queda tu sombra.


    Me dueles.

    Mansamente, insoportablemente, me dueles.

    Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
    Nada queda de mí después de este amor.

    Entre los escombros de mi alma, búscame,
    escúchame.
    En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,
    pide tu asombro, tu iluminado silencio.

    Atravesando muros, atmósferas, edades,
    tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
    viene desde la muerte, desde antes
    del primer día que despertara al mundo.

    ¡Qué claridad de rostro, qué ternura
    de luz ensimismada,
    qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

    Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
    Soy como el hijo de tus ojos,
    como una gota de tus ojos soy.
    Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
    del suelo, de la sombra que pisas,
    del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
    Levántame. Porque he caído de tus manos
    y quiero vivir, vivir, vivir.

    3 min
  • Nocturno, Inventar la verdad - Xavier Villaurrutia

    Nocturno

    Todo lo que la noche

    dibuja con su mano
    de sombra:
    el placer que revela,
    el vicio que desnuda.

    Todo lo que la sombra

    hace oír con el duro
    golpe de su silencio:
    las voces imprevistas
    que a intervalos enciende,
    el grito de la sangre,
    el rumor de unos pasos
    perdidos.

    Todo lo que el silencio

    hace huir de las cosas:
    el vaho del deseo,
    el sudor de la tierra,
    la fragancia sin nombre
    de la piel.

    Todo lo que el deseo

    unta en mis labios:
    la dulzura soñada
    de un contacto,
    el sabido sabor
    de la saliva.

    Y todo lo que el sueño

    hace palpable:
    la boca de una herida,
    la forma de una entraña,
    la fiebre de una mano
    que se atreve.

    ¡Todo!

    circula en cada rama
    del árbol de mis venas,
    acaricia mis muslos,
    inunda mis oídos,
    vive en mis ojos muertos,
    muere en mis labios duros.


    Inventar la verdad

    Pongo el oído atento al pecho,

    como, en la orilla, el caracol al mar.
    Oigo mi corazón latir sangrando
    y siempre y nunca igual.
    Sé por qué late así, pero no puedo
    decir por qué será.

    Si empezara a decirlo con fantasmas
    de palabras y engaños al azar,
    llegaría, temblando de sorpresa,
    a inventar la verdad:
    ¡Cuando fingí quererte, no sabía
    que te quería ya!

    2 min
  • El Cuervo - Edgar Allan Poe

    El texto no cabe completo, así que dejo esta liga para su lectura

    Traducción de Julio Cortázar.

    https://narrativabreve.com/2017/02/el-cuervo-allan-poe-en-estado-puro.html


    10 min
  • Qué ruido tan triste - Luis Cernuda

    Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,

    parece como el viento que se mece en otoño
    sobre adolescentes mutilados,
    mientras las manos llueven,
    manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
    cataratas de manos que fueron un día
    flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

    Las flores son arena y los niños son hojas,
    y su leve ruido es amable al oído
    cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
    cuando besan el fondo
    de un hombre joven y cansado
    porque antaño soñó mucho día y noche.

    Mas los niños no saben,
    ni tampoco las manos llueven como dicen;
    así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
    invoca los bolsillos que abandonan arena,
    arena de las flores,
    para que un día decoren su semblante de muerto.

    2 min
  • Transmigración del tacto - Juan José Alcolea

    Quiero guardar tu tacto

    inmune en la memoria,
    quiero librar tu imagen
    de la erosión del tiempo,
    quiero llevar donde el silencio diga
    el turbio roce 
    de tu rumor de encuentro.


    Quiero dejar la sombra y el gemido 
    de tu caricia en mi recuerdo impreso,
    y el yugo abierto en que tu cuerpo yace
    y el dulce cauce 
    en que te invado y muero.

    Quiero, cuando las venas se adormezcan,

    llevarme al aire tu clamor despierto,
    tu latitud de musgo por mis manos,
    tu redención oscura por mis dedos.

    Quiero de la mordaza de tus labios

    dejar mi boca atenazada y, luego,
    en las calladas tardes del olvido,
    gozar su jugo de sabor intenso.

    De tu perfil de poma y sembradura

    quiero la curva doble de tu seno,
    quiero la miel que grana en tus pezones,
    quiero la negra llaga de tu pelo.

    Quiero que tu presencia me ilumine,

    ara en que de hombre me inmolé sin precio,
    cuando los pulsos tardos se detengan
    por las cavernas hondas de mi cuerpo.

    Quiero en el margen quieto de lo sido

    de tus pupilas su paisaje abierto
    y por las turbias sendas de la muerte
    hacer camino en tu presencia quiero.


    Quiero llevar tu tacto 
    inmune en la memoria
    quiero en las hondas yemas de mis dedos
    robar la acequia que en tu piel se posa 
    y hacerla insomne
    temblor...
    siempre latiendo.

    Porque tu tacto tiene 

    aromas imposibles,
    porque tu boca tiene 
    orgiásticos venenos,
    porque tus ojos miran 
    alquimias insondables 
    y en tu cintura habitan
    mágicos advientos. 

    Y si es que acaso 

    un día aquí volviera
    del implacable exilio del destierro,
    que el palpitante hueco que desnudas
    fuera de nuevo... 
    cauce
    de mi cuerpo.

    3 min
  • Ruidos, Baile - Gabriela Rosas
    Ruidos

    No pude marcharme ilesa de la noche

    los labios nunca son serenos
    los agita el silencio
    De cada beso uno regresa distinto
    o no regresa
    y uno se queda solo en las esquinas del mundo
    porque estarlo no depende de la gente
    de su ruido
    depende del silencio que somos.


    Baile

    ¿Quieres que mienta?

    diga que puedo defenderme
    salir victoriosa de tanta palabra tuya
    de la torsión que significa habitar también tu cuerpo
    o que tú habites el mío como si no tuviese fondo
    claro que me apena
    la falta de cintura
    entre otras cosas
    que no quiero que veas

    curioso

    me observas
    como si toda la lluvia se contuviese
    para caer allí sobre nosotros

    dices:

    tranquila amor
    no pasa nada

    y pasa la ternura de tu verbo

    pasa que me recitas al oído sobre tu cama
    sobre la nueva sábana de hilos recién comprada
    chocamos un segundo nuestros dientes
    para cumplir el requisito de equivocarnos
    sin agotar nunca todas nuestras destrezas
    la próxima palabra es el siguiente baile
    afuera en el mundo
    no hay mayores secretos que en nuestro interior

    y pasas la mano por mi cabello

    junto a la caricia que lo aparta de mis ojos
    como si tal vez por un segundo
    la poesía no doliera
    pero duele
    duele ser el poema
    y como cierto dolor me es placentero
    lo dejo
    hasta que pase.

    2 min
  • Hermano lobo - Manuel Mejía vallejo

    Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.

    —Es horrible lo que piensan y escriben —exclamó.

    —No todos —dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.

    —¿Dónde está ese santo?

    —En el cielo.

    —¿En el cielo hay lobos?

    El ermitaño no pudo contestar.

    —¿Y tú qué haces? —preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.

    —Y cuando mueras, ¿irás al cielo? —preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.

    —Hago por merecer el cielo —dijo apaciblemente el ermitaño.

    —Si fueras mártir, ¿irías al cielo?

    —En el cielo están todos los mártires.

    El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar, se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.

    2 min
  • Te espero - Mario Benedetti

    Te espero cuando la noche se haga día,

    suspiros de esperanzas ya perdidas.
    No creo que vengas, lo sé,
    sé que no vendrás.


    Sé que la distancia te hiere,
    sé que las noches son más frías,
    Sé que ya no estás.


    Creo saber todo de ti.
    Sé que el día de pronto se te hace noche:
    sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
    sé que soy un idiota al esperarte,
    pues sé que no vendrás.

    Te espero cuando miremos al cielo de noche:

    tu allá, yo aquí, 

    añorando aquellos días

    en los que un beso marcó la despedida,
    quizás por el resto de nuestras vidas.

    Es triste hablar así.

    Cuando el día se me hace de noche,
    y la Luna oculta ese sol tan radiante,
    me siento sólo, lo sé;
    nunca supe de nada tanto en mi vida,
    solo sé que me encuentro muy sólo,
    y que no estoy allí.


    Mis disculpas por sentir así,
    nunca mi intención ha sido ofenderte.
    Nunca soñé con quererte,
    ni con sentirme así.

    Mi aire se acaba como agua en el desierto,

    mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
    Mi esperanza de vivir eres tu,
    y no estoy allí.
    ¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás.
    ¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
    Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
    Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
    ¿Por qué no solo me olvido de ti?
    ¿Por qué no vivo sólo así?
    ¿Por qué no solo...?

    3 min
  • Némesis - H.P. Lovecraft

    A través de las puertas del sueño custodiadas por los ghules,

    Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
    He vivido mis vidas sin número,
    He sondeado todas las cosas con mi mirada;
    Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
    Arrastrado con horror a la locura.

    He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos,

    Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;
    He visto bostezar al oscuro universo,
    Donde los negros planetas giran sin objeto,
    Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
    Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

    He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,

    Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises
    Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,
    Que resuenan con histéricos alaridos,
    Con gemidos de demonios invisibles
    Que surgen de las aguas verdosas.

    Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda

    De la inmemorial espesura originaria,
    Donde los robles sienten la presencia que avanza
    Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse,
    Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente
    Entre las ramas que se extienden en lo alto.

    He deambulado por montañas horadadas de cavernas

    Que surgen estériles y desoladas en la llanura,
    He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas
    Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;
    Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas
    Que me guardaré de no volver a ver.

    He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra,

    He hollado sus estancias deshabitadas,
    Donde la luna se eleva por encima de los valles
    E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;
    Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente
    Que no soporto recordar.

    Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales

    Las macilentas praderas del entorno,
    El pueblo de múltiples tejados abatido
    Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;
    Y desde la tierra de las blancas urnas de mármol persigo
    Ansiosamente la erupción de un sonido.

    He frecuentado las tumbas de los siglos,

    En brazos del miedo he sido transportado
    Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;
    Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías,
    Y en reinos donde el sol del desierto consume
    Aquello que jamás volverá a animarse.

    Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron

    Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;
    Yo era viejo en aquellas épocas incalculables,
    Cuando yo, sólo yo, era astuto;
    Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba
    En la gloria de la lejana isla del Ártico.

    Oh, grande fue el pecado de mi espíritu,

    Y grande es la duración de su condena;
    La piedad del cielo no puede reconfortarle,
    Ni encontrar reposo en la tumba:
    Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas
    De las despiadadas tinieblas.

    A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules,

    Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna,
    He vivido mis vidas sin número,
    He sondeado todas las cosas con mi mirada;
    Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento
    Arrastrado con horror a la locura.

    5 min

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