Poesía suelta

Poesía suelta

By J. Oscar Ramírez V.ArtsBooks
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Poesía suelta episodes

  • 12 de noviembre de Patricia Ortiz Lozano con Lizeth Palacios
    12 de noviembre de Patricia Ortiz Lozano
    No podrás con mi silencio
    con la furia de mis pasos
    con el luto de mi cuerpo
    lleno de sal que arde. 
    Abismarme no podrás
    mi nombre no será tu calma
    no el vacío de los lechos rotos
    de los lugares derribados por el viento. 
    La sed se ha detenido
    y el agua no eres tú.
    1 min
  • Hoy de Ángel González
    Hoy de Ángel González
    Hoy todo me conduce a su contrario:
    el olor de la rosa me entierra en sus raíces,
    el despertar me arroja a un sueño diferente,
    existo, luego muero.
    Todo sucede ahora en un orden estricto:
    los alacranes comen en mis manos,
    las palomas me muerden las entrañas,
    los vientos más helados me encienden las mejillas.
    Hoy es así mi vida.
    Me alimento del hambre.
    Odio a quien amo.
    Cuando me duermo, un sol recién nacido
    me manche de amarillo los párpados por dentro.
    Bajo su luz, cogidos de la mano,
    tú y yo retrocedemos desandando los días
    hasta que al fin logramos perdernos en la nada.
    2 min
  • Beso de Manuel Altolaguirre
    Beso de Manuel Altolaguirre
    ¡Qué sola estabas por dentro!
    Cuando me asomé a tus labios
    un rojo túnel de sangre,
    oscuro y triste, se hundía
    hasta el final de tu alma.
    Cuando penetró mi beso,
    su calor y su luz daban
    temblores y sobresaltos
    a tu carne sorprendida.
    Desde entonces los caminos
    que conducen a tu alma
    no quieres que estén desiertos.
    ¡Cuántas flechas, peces, pájaros,
    cuántas caricias y besos!
    1 min
  • ¿Qué se ama cuando se ama? de Gonzalo Rojas
    ¿Qué se ama cuando se ama? de Gonzalo Rojas
    ¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, o este sol colorado que es mi sangre furiosa cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
    ¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces de eternidad visible?
    Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
    2 min
  • Happy New Year de Julio Cortázar
    Happy New Year de Julio Cortázar
    Mira, no pido mucho,
    solamente tu mano, tenerla
    como un sapito que duerme así contento.
    Necesito esa puerta que me dabas
    para entrar a tu mundo, ese trocito
    de azúcar verde, de redondo alegre.
    ¿No me prestas tu mano en esta noche
    de fin de año de lechuzas roncas?
    No puedes, por razones técnicas. Entonces
    la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
    el durazno sedoso de la palma
    y el dorso, ese país de azules árboles.
    Así la tomo y la sostengo, como
    si de ello dependiera
    muchísimo del mundo,
    la sucesión de las cuatro estaciones,
    el canto de los gallos, el amor de los hombres.
    2 min
  • Canción de febrero de Jorge Valdés Díaz-Vélez
    Canción de febrero de Jorge Valdés Díaz-Vélez
    Leve y triste la tarde se retira
    contigo hacia el crepúsculo y las horas               
    empiezan a doler en los distantes
    repliegues de la sábana. De pronto               
    la noche ha regresado y es difícil
    no pensar en tu boca momentánea               
    o en las altas comarcas de tu cuerpo
    en lienzos de algodón en alabanza.               
    Ahora que no estás, vuelvo a mirar
    el rayo que dividen tus pestañas               
    y el estremecimiento de tu espalda
    moldeándome los brazos, la sonrisa               
    de tu sxo en los vértigos del labio,
    el instante fluvial de tu alegría.               
    A lo lejos respira el mar, asciende
    la blanda superficie su clausura               
    bajo un raso de líquidos cristales.
    La noche sin tu piel crece más honda               
    por las calles donde asperjas la lluvia.
    En silencio te recuerdo, muchacha,               
    con las últimas brasas que se apagan
    contra el pecho del cielo, palpitando.
    2 min
  • Detente sombra de Sor Juana Inés de la Cruz

    Detente sombra de Sor Juana Inés de la Cruz

    Detente, sombra de mi bien esquivo

    imagen del hechizo que más quiero,
    bella ilusión por quien alegre muero,
    dulce ficción por quien penosa vivo.

    Si al imán de tus gracias atractivo

    sirve mi pecho de obediente acero,
    ¿para qué me enamoras lisonjero,
    si has de burlarme luego fugitivo?

    Mas blasonar no puedes satisfecho

    de que triunfa de mí tu tiranía;
    que aunque dejas burlado el lazo estrecho

    que tu forma fantástica ceñía,

    poco importa burlar brazos y pecho
    si te labra prisión mi fantasía.

    2 min
  • Pequeña del Amor de Jaime Sabines
    Pequeña del Amor de Jaime Sabines

    Pequeña del amor, tú no lo sabes,

    tú no puedes saberlo todavía,

    no me conmueve tu voz

    ni el ángel de tu boca fría,

    ni tus reacciones de sándalo

    en que perfumas y expiras,

    ni tu mirada de virgen

    crucificada y ardida.

    No me conmueve tu angustia

    tan bien dicha,

    ni tu sollozar callado

    y sin salida.

    No me conmueven tus gestos

    de melancolía,

    ni tu anhelar, ni tu espera,

    ni la herida

    de que me hablas afligida.

    Me conmueves toda tú

    representando tu vida

    con esa pasión tan torpe

    y tan limpia,

    como el que quiere matarse

    para contar: soy suicida.

    Hoja que apenas se mueve

    ya se siente desprendida:

    voy a seguirte queriendo

    todo el día.

    2 min
  • Volver a casa es horrible de Eva Haralambidis-Doherty

    VOLVER A CASA ES HORRIBLE de Eva Haralambidis-Doherty

    Volver a casa es horrible,

    ya sea que los perros te laman la cara o no.

    Ya sea que tengas una esposa o una soledad en forma de esposa esperando por ti.

    Llegar a casa es terriblemente solitario,

    tanto así que añoras con ternura aquella opresiva presión barométrica de donde acabas de volver,
    porque todo es peor una vez que estás en casa.

    Piensas, con nostalgia,

    en las alimañas que se aferran a los tallos de la hierba,
    las largas horas de camino, la asistencia en carretera,
    los helados y las formas peculiares de ciertas nubes y silencios, porque no querías volver.

    Regresar a casa es espantoso.

    Y los silencios domésticos y sus nubes hogareñas no contribuyen en nada más que a todo el malestar.

    Miras con sospecha las nubes como son,

    hechas de una materia distinta de aquellas que dejaste atrás.

    Tú mismo estás cortado de una tela diferente,

    turbia.

    Devuelto,

    repudiado,
    mal recibido por la luz de luna,
    infeliz de regresar,
    holgado en todos los puntos equivocados,
    como un traje lleno de costuras,
    un trapo andrajoso de cocina,
    usado.
    Llegas a casa como a otro planeta, ajeno.

    El tirón gravitacional de la Tierra,

    un esfuerzo ahora redoblado,
    suelta los cordones de tus zapatos y hace que arrastres los hombros,
    grabando aún más profunda la estrofa de la angustia en tu frente.

    Vuelves a casa hundido, como un pozo sin agua ligado al mañana por una frágil hebra de “qué más da”.

    Suspiras frente a la avalancha de días idénticos,

    bien podrían ser uno solo,
    y uno a la vez.

    Bueno,

    qué más da, volviste.

    El sol sube y baja como una puta cansada,

    el clima inmóvil como un miembro roto mientras envejeces.

    Todo permanece inmóvil,

    menos las mareas cambiantes de sal en tu cuerpo.

    Tu visión se nubla,

    llevas encima tu clima contigo; una gran ballena azul,
    una oscuridad hecha esqueleto.

    Vuelves a casa con visión de rayos X,

    tus ojos convertidos en hambre.

    Y así,

    regresas con tus dones mutantes a una casa de hueso.

    Todo lo que ves ahora,

    todo,
    es hueso.

    4 min
  • Carta a Antonio de César Moro
    Carta a Antonio de César Moro

    Te quiero con tu gran crueldad, porque apareces en medio de mi sueño y me levantas y como un dios, como un auténtico dios, como el único y verdadero, con la injusticia de los dioses, todo negro dios nocturno, todo de obsidiana con tu cabeza de diamante, como un potro salvaje, con tus manos salvajes y tus pies de oro que sostienen tu cuerpo negro, me arrastras y me arrojas al mar de las torturas y de las suposiciones.

    Nada existe fuera de ti, sólo el silencio y el espacio. Pero tú eres el espacio y la noche, el aire y el agua que bebo, el silencioso veneno y el volcán en cuyo abismo caí hace tiempo, hace siglos, desde antes de nacer, para que de los cabellos me arrastres hasta mi muerte.

    Inútilmente me debato, inútilmente pregunto. Los dioses son mudos; como un muro que se aleja, así respondes a mis preguntas, a la sed quemante de mi vida.

    ¿Para qué resistir a tu poder? Para qué luchar con tu fuerza de rayo, contra tus brazos de torrente; si así ha de ser, si eres el punto, el polo que imanta mi vida.

    Tu historia es la historia del hombre. El gran drama en que mi existencia es el zarzal ardiendo, el objeto de tu venganza cósmica, de tu rencor de acero.

    Todo sexo y todo fuego, así eres. Todo hielo y todo sombra, así eres: hermoso demonio de la noche, tigre implacable de testículos de estrella, gran tigre negro de semen inagotable de nubes inundando el mundo. Guárdame junto a ti, cerca de tu ombligo en que principia el aire; cerca de tus axilas donde se acaba el aire. Cerca de tus pies y cerca de tus manos. Guárdame junto a ti.

    Seré tu sombra y el agua de tu sed, con ojos; en tu sueño seré aquel punto luminoso que se agranda y lo convierte todo en lumbre; en tu lecho al dormir oirás como un murmullo y un calor a tus pies se anudará e irá subiendo y lentamente se apoderará de tus miembros y un gran descanso tomará tu cuerpo y al extender tu mano sentirás un cuerpo extraño, helado: seré yo. Me llevas en tu sangre y en tu aliento, nada podrá borrarme. inútil tu fuerza para ahuyentarme, tu rabia es menos fuerte que mi amor; ya tú y yo unidos para siempre, a pesar tuyo, vamos juntos.

    En el placer que tomas lejos de mi hay un sollozo y tu nombre.

    Frente a tus ojos el fuego inextinguible.

    4 min

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