Pol&Pop

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By La Montonera prod.NewsPolitics
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Pol&Pop episodes

  • Por qué no hay influencers de izquierdas y otras malas preguntas
    En la escala europea, el resultado de las elecciones ha señalado una tendencia de agitación y sustitución en las derechas y un argumento más para la desorientación entre las izquierdas. Es el momento de renovar tesis y conocer el campo.
    Tesis 1. Alcanzado el momento álgido de dispersión en el campo progresista, se ha iniciado un proceso de integración, que no nos está dado decidir si sucederá o no, sino cómo sucederá. Será de manera orgánica y pluralista, es decir, frenteamplista, para organizar, integrar y dar agenda a esta pluralidad que somos, o será en la forma contraria. En el segundo caso, la autonomía respecto al PSOE y la viabilidad del espacio son muy complicadas.
    Tesis 2. La capacidad de interpretación e intervención de las dirigencias de los partidos es secundaria ahora. Tienen enormes incentivos para realizar esa tarea en el marco de una nueva batalla por un espacio político decreciente. Así, solo se problematiza aquello que les sitúa en mejor posición ahora. En cambio, el debate por abajo, dentro y fuera de esos espacios políticos, tiene mayor vocación de verdad y capacidad para construir un nuevo sentido común o cultura política compartida en el orden pluralista. De este modo, cuando lleguen las discusiones sobre la materialidad institucional y partidista, discusiones importantes pero ulteriores, ese enfoque se impondrá a los de arriba; y no al revés, como sucede en este todos contra todos digital que nos rodea.
    Tesis 3. Si es una discusión centrada en la cultura política, en cómo convivimos y nos reproducimos en un plano político, los matices en los temas sustantivos deben ceder en favor de ese principio de amistad. Y ese principio debe encontrar la forma de defender la pluralidad del espacio frente a la tentación de reducirlo.
    Tesis 4. Es el mejor momento, quizá el único, para hacer esto.
    Ahora bien, el método no es suficiente. Conviene conocer el campo. Para ello hemos invitado a les amigues de Proyecto UNA, referentes en la comunicación digital y popular. Nuestra intuición era que la percepción del campo politíco-digital está más condicionada por experiencias y aversiones generacionales que por un conocimiento decente del entorno digital. Eso provoca bastantes malentendidos, como que la derecha no para de crecer entre la juventud o que es el nuevo punk o que la comunicación digital es un mercado abierto o un campo plano regido por el mérito, cuando lo que sabemos es que existen montañas de dinero en la liberación de influencers y tertulianos inviables de otro modo, tsunamis de hate para las amplias minorías que se exponen y enormes costes de vida por todos lados, que no se pueden rentabilizar sino en un régimen hiperjerarquizado por el que solo puede quedar uno, y no hay garantía de que conserve la cordura.
    Ahora bien, dentro de este régimen hay otra circulación de ideas posible, siempre que se entienda que no cabe espejar directamente la derechista que produce tanta fascinación ahora. Aunque cualquiera que asuma las consecuencias de esa exposición y extreme sus performances puede hacerse con atención y un nicho, no son esas las comunidades que más nos interesan, ni podremos repetirles en cuotas de poder, a esos/as líderes mediáticos/as, el coste de su expedición. Penúltimo programa de la temporada.
    1 hr
  • Ciencia ficción latina: la técnica y su reverso
    Un género es una estrategia o, dirán sus destractores/as, una artimaña. Consiste en parametrizar la ficción conforme a un determinado código, manejar un conjunto de referencias, arquetipos y conflictos por los que usted ha pasado muchas veces, tantas, de hecho, que puede dejarse llevar y disfrutar. Es entonces -zas- cuando le meten de rondón la reflexión profunda sobre ese mundo inexistente que viene muy al caso del suyo, pero que para ratos se leía usted un ladrillo sobre los límites de la técnica, la socialidad o los problemas del poder de otro modo. Y menos uno de 500 páginas… en tres volúmenes y precuela. Por eso, no pasamos temporada sin nuestro especial de sci-fi o ficción especulativa favorita.
    Floridas todas estas ventajas, pero ¿qué ocurre cuando el código del género es código del otro? ¿cuando las estanterías se llenan de soft power anglonorteño? De eso va este episodio, de charlar con Juan Francisco Soto Hoyos de los problemas de la sci-fi ajena y de las regularidades de un género dentro del género, es decir, de una eventual ciencia ficción latinoamericana.
    Lo primero que se viene en la charla son los abigarramientos entre códigos. La definición de ciencia ficción se escapa hacia el terror o hacia lo fantástico o hacia, vaya, ya apareció, lo mágico. Si un topos de la ciencia ficción son los excesos de la racionalidad técnica, un empacho del árbol de la ciencia del bien y del mal, sea como advertencia de colapso o como límite reaccionario a alguna fiesta, ¿qué forma puede tener esto en los contextos donde el desarrollo es tan excepcional que se les pone su nombre a las escasas épocas en que prevalece? Hay que pensar, entonces, en una sci-fi de cola, de reimplante y donde el hackeo no es la acción individual del héroe, sino la creación de la comunidad, como en los kentukis modificados, liberados o revendidos (Schweblin, 2018).
    Después viene la historia. En el sur los adelantos técnicos no empiezan la trama de cero, no son productos de la natural evolución humana, sino artificios y dispositivos políticos de ciertas derrotas de clase, como pasa en Sin fin (Caparrós, 2020) o, por conjugar otras latitudes, en El Gurja (Hossain, 2023). Y con la historia viene el espejo. Ese espejo del mismo desarrollo capitalista donde las utopías de un lado son las distopías del otro, donde es la derecha global la principal productora de utopías y fantasías escapistas. Por eso, se puede leer Mugre rosa (Trías, 2021) sin distinguir muy bien qué parte del colapso es catástrofe epocal y qué parte el plan A de la gestión institucionalizada del desastre en la periferia capitalista.
    Por eso, también, aparece la magia, porque donde no se ha atribuido la capacidad de la técnica se han asignado cualidades para la magia. Y porque, en determinadas ocasiones, el realismo debe maridarse con magia para poder escribirse y debe etiquetarse desde cánones asimilables para poder distribuirse legalmente en el norte. De hecho, no otra cosa hacemos aquí, meter en la salchichita del entretenimiento de género la pastilla de una honda preocupación por el presente. ¡A ver si cuela!
    Nota explicativa:
    • Caparrós, Martín(2020). Sinfín. Random House Mondadori
    • Hossain, Saad Z. (2023). El Gurja y el Señor de los martes (R. Cardeñoso, Trad.). Duermevela;
    • Schweblin, Samanta (2018). Kentukis. Random House
    • Trías, Fernanda (2021). Mugre rosa. Random House.
    Juan Francisco Soto Hoyos es profesor de filosofía del derecho en la Universidad del Rosario, de Colombia. Parte del contenido de este post y del programa proviene del seminario anual que realiza con sus estudiantes y que este año se ha ocupado de obras de ciencia ficción escritas desde América Latina.
    Escuchamos este enfoque por primera vez en el congreso “Ciencia jurídica y ciencia ficción”, organizado en Málaga en abril de este año, que pronto se publicará en un libro colectivo. Otras reflexiones proceden del grupo de lectura regular sobre ciencia ficción que se celebra en la librería La Montonera, de Zaragoza, que este curso ha tratado también estas ficciones.
    43 min
  • Cuándo fue la última vez que votaste en unas primarias. Especial europeas, con Pablo Elorduy
    Europa es difícil, tecnocrática y cruel. O, según se mire, el peluche al que abrazarnos para no quedarnos por completo solos con nosotros mismos -es decir, en la urba España- cuando se apagan las luces.
    Aquí Europa nos interesa como un indicador de nuestra imaginación política. Básicamente por aquí abajo Europa significa sobre todo modernidad, y la modernidad ser europeos. O sea, un país homologado a nuestros vecinos del piso de arriba y no, por ejemplo, a los del piso de abajo. Sí, una metáfora preñada de racismo, pero perfectamente operativa en los últimos 60 años de nuestra historia. Algo que explica que en España funcione un europeísmo mucho más ferviente de lo que casi nadie está dispuesto/a a confesar y al mismo tiempo no se sepa mucho de cómo funciona la cosa Parlamento-Consejo-Comisión. No se sienta culpable. Tampoco es que en los demás países la gente lo entienda muy bien o lo entienda. Se diseñó así. Con un puntito de misterio. El misterio en los libros, las series y los/as amantes es guay y seductor. En las instituciones de gobierno inquieta un poco.
    A esta Europa a veces se le mira arriba como a un dios, al que se le reza o se le maldice cada cinco años, pero sin saber muy bien cómo esa pieza de fe funciona luego en los trílogos por venir. En el ciclo anterior se disputaba Europa -y a eso se adaptó- mientras que en este se mira como un afuera relevante, como una excusa para practicar lo infame, como un campo de proyección de las cuitas vecinales o como al juez no necesariamente imparcial en el que resolver el empate doméstico. El robot de cocina de las instituciones, vamos. Por nuestra parte, hemos invitado a Pablo Elorduy, coordinador de política de El Salto, para acompañarnos en este camino de ida y vuelta que son la arena estatal y la europea.
    En la arena europea se juegan muchas cosas, pero la mayoría ya las hemos inventado en el sur, como la homologación de la extrema derecha con una posición fiable -liberal en lo de la mantequilla, atlantista en lo de los cañones- y la gobernabilidad de las dos derechas Estado-de-Derecho approved. Así que quizá tengamos tiempo de profundizar en un debate que es estratégico sobre la alternativa a la UE y las alternativas en la UE que considere los problemas coloniales y ecológicos del aparato, pero también los ambages de una renacionalización de la política.
    Dicho esto, aquí se quiere practicar el no contarse cuentos y se sabe que, en momentos de baja potencia, Europa se votará en local. En la arena local la cosa está en empate. Pero no en un empate de 3 a 3 y cómo lo estamos pasando, sino en uno de esos 0 a 0 donde no hay presupuestos, leyes ya veremos si pasa alguna que no venga con el embudo del decreto-ley y todo queda al partido de vuelta. Eso son las siguientes elecciones. Mientras tanto, como Sánchez poco puede hacer con los asuntos mundanos se ha pasado a los transcendentales, que es la forma de animar un 0-0, como la lucha por el amor o por la democracia, una manera de poner ojitos a todo socialdemócrata para que se venga a la casa-Estado de la “izquierda” cuando haya que convocar elecciones.
    Esta agitación afectiva en la izquierda del tablero proviene de un impasse que la derecha cerró en las últimas locales y autonómicas de hace un año: la existencia de cuatro papeletas colindantes que, como trío, compusieron un bloque de gobernabilidad estable en el 2020-2023, pero que, como cuarteto, se quitan el aire de una habitación en la que nadie piensa abrir las ventanas. En realidad, puede que el espacio menos movilizado sea el que más se juegue. También, que mucha gente vote en estas europeas como a unas primarias de ese espacio que ahora tiene una composición imposible para alcanzar la estabilidad de 1) la hibernación de Podemos, 2) un empate con Sumar que obligue a una suerte de fusión fría, al modo de las generales, o 3) la acumulación en un gran partido laborista -o macronista, según el día-, adaptado a la flexibilidad y polivalencia que exigen estos tiempos. Queda menos para saberlo.
    53 min
  • El retorno del Estado, con Paolo Gerbaudo
    Hay utopías o distopías, según el rincón en el que te tocara, que han sido. ¿Recuerdan la globalización? Un mundo sin fronteras (ejem), con una integración de sus economías tendente al infinito que iba a convertir la violencia en comercio (nótese que esto era un adelanto). Un mundo sin política y sin historia. Dicho así parece un cuento, pero algunos de sus mandatos principales han resistido décadas, así que era un buen cuento; o se contó con una mano muy firme, tanto da.
    Uno de esos mandatos que se volvió ley en nuestro contexto de hegemonía neoliberal fue que el Estado no tenía mayor interés en y por lo tanto no debía organizar ningún sector productivo o alcanzar algún objetivo social. Es verdad que se trataba de un planteamiento discursivo, es decir, de otro cuento, pero esta interdicción de la intervención pública (¿han oído lo de los efectos perversos del control de precios, por ejemplo, de la vivienda?), unida al vigor de sus alternativas de mercado (¿recuerdan la eses que iba haciendo Laffer por las páginas salmón?), formaban parte del canon de la política de masas.
    Hemos dedicado este Pol&Pop a hablar con Paolo Gerbaudo (“Controlar y proteger. El retorno del Estado”, ed. Verso) sobre qué sustituye o se disputa con el neoliberalismo el liderazgo de los signos, ahora que estamos de acuerdo en que el neoliberalismo está en crisis y en que, vaya, no tenemos mucha idea sobre lo que está pasando en el hueco de esta crisis. Gerbaudo mantiene que, pasada la década populista que postcedió al crack de 2008, se ha consolidado un neoestatismo. Es decir, se ha renovado cierto consenso sobre la necesidad de incrementar la intervención estatal en asuntos, sobre todo económicos y de seguridad, respecto a los que, al menos discursivamente, aquella se había proscrito.
    Esta interpretación, que rivaliza y también se encabalga con otras a las que hemos estado dando vueltas estas temporadas, tiene al menos dos aspectos muy significativos. En primer lugar, esa hegemonía neoestatista no implica que todos los sectores políticos la declinen y la implementen del mismo modo. Poca sorpresa si volvemos aquí sobre la condensación de fuerzas sociales ambivalente que es lo estatal. Enfoques reaccionarios y socialistas agrupan un conjunto de problemas y soluciones antgaónicas respecto a este paso al frente del Estado: Proteger ¿el planeta o las fronteras? ¿la vida o el territorio? ¿la libertad real o el linaje?. Controlar ¿a los de las plantas altas o a quienes limpian los cristales? ¿a los vigilados o a los vigilantes? Por eso, este neoestatismo no viene acompañado de optimismo ni de pesimismo, sino de la constatación de un cambio en el terreno de juego.
    En segundo lugar ¿qué terreno? El discursivo. Pensar en este terreno no deja de ser resbaladizo. Que los gobiernos socialdemócratas digan que algo les resulta prioritario ¿significa que se va a hacer algo en ese terreno? Qué les vamos a contar. Pero que se consuma de forma masiva la idea de que “no hay mejor política industrial que la que no existe” ¿es, de verdad, lo mismo que exteriorizar como proyecto de país la transición verde? Se trata de una ambivalencia que no solo atañe a la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, sino también a los espacios del decir y del hacer que permanecen intangibles (como la estructura de los grandes beneficios y los ingresos del Estado) y los que se encuentran en el prime time de la comunicación política (las políticas sociales o territoriales). Además, tanto el decir como el hacer son poca cosa sin las bases suficientes sobre las que sostener esas posturas, lo que nos lleva, en los finales de este post y del capítulo, a la cuestión de los bloques y las alianzas. Anímense a este paseo con nosotros.
    58 min
  • True crime o el placer de ver culpables
    La descripción detallada de los pormenores de esa investigación son, al final del día, un baño con burbujas. Las referencias a las costumbres de aquella secta amenizan las cenas de amigos. Sin militar aquí precisamente en la cultura de la literalidad, no son éstas las pasiones más sencillas de explicar y por eso hemos convocado a Mar García Puig a que nos ayude.
    Nuestro interés por el true crime es ambivalente: viejo y nuevo, vergonzante y transformador. Por una parte, toda época de frenesí político o esplendor cultural ha guardado agazapado un predominio del interés por los sucesos. Las propias investigaciones policiales ganan legitimidad al calor de las narraciones sobres los crímenes. Existe una tematización popular de los excesos de la criminalidad que es coetánea a la categoría misma de delincuencia: No piense en un ladrón ni en un contrabandista, en esa gente que no son sino su yo menos disciplinado; estremézcase mejor ante el asesino en serie.
    La persistencia de las novelas policíacas y las secciones de sucesos no eclipsa la gravedad que ha ganado el género. Desprestigiado pero en continuo multiformato, cualquiera puede presentar hoy sus proyectos de showrunner mientras ve las noticias: esta historia contiene un buen podcast, dos miniseries y el documental crítico con la inflación mediática del asunto.
    Ahora bien, lo particular de este reinado contemporáneo del true crime es que se funda además en el consumo y en la creciente producción femenina. Y hay quien discute si feminista. La ambivalencia no solo reside en que la mayor parte de las víctimas sean también mujeres, sino en que, como bien mostró Nerea Barjola en la Microfísica sexista del poder, la exposición de estos crímenes ha funcionado como dispositivo disciplinario del cuerpo femenino y más allá. Si, para cada generación, se ha dispuesto un crimen de Alcasser, de Marta del Castillo, de Diana Quer que ha pretendido aterrorizar a distintas minorías con las consecuencias de su autonomía, ¿de dónde proviene este enganche? ¿puede convertirse el sufrimiento de las demás, como evocaba Mar, en fuente de entretenimiento o de crítica?
    Por nuestra parte, tenemos algunas hipótesis, muchas inconsistencias y, lo que es peor, bastantes recomendaciones, así que bienvenides.
    48 min
  • La ciudadanía es un cuento, de los que importan
    Usted no es “de aquí”. Vive aquí, coge el bus aquí, una cantidad creciente de las personas a las que quiere o los asuntos en los que piensa, puede que incluso la totalidad de ellos, están aquí pero usted no es de aquí. Entre el aquí y usted media un viejo dispositivo jurídico de funcionamiento asimétrico que permite que le abarquen todas las obligaciones del aquí pero no todos los derechos. Lo que le pasa es que usted carece de la ciudadanía del aquí en el que vive.
    En torno a la serie de puertas que separan lo nacional de lo extranjero se estructuran millones de vidas y, sin embargo, este asunto, que alguien pueda ser, pero sin ser ciudadana apenas ocupa atención. Hemos querido mitigar esta carencia al invitar a Irene Ortiz Gala para hablar de su libro “El mito de la ciudadanía” (Herder). Su referencia al mito, no se confundan, alude al especial arraigo y permanencia de algunos relatos sobre el origen de nuestras ideas de la ciudadanía, que han persistido hasta nuestra forma “naturalísima” de entender la distribución política del mundo. No alude, es importante aclararlo porque si no, usted, que “no es de aquí” va a empezar a torcer el gesto con razón; no alude a que la ciudadanía sea una cosa frágil y ornamental que el Estado pasea en las fiestas de guardar. Al contrario, ni siquiera una vida social crecientemente plural en lo nacional y en lo cultural provoca que se allane ese dispositivo jurídico que estructura la forma de ser en nuestra vida política.
    El libro de Ortiz plantea que hemos llegado aquí por una limitación de la vida (que merece garantía) política respecto al conjunto de la vida y que esa exclusión opera conforme a dos características que ya regían en nuestros antecedentes clásicos. La idea ateniense de que solo los propietarios iguales en sangre y tierra, nacidos y muertos en la polis, podían formar parte de la comunidad política con plenos derechos y la idea romana imperial de que distintos grados de ciudadanía podían extenderse a nuevas poblaciones, a condición de subordinarlas a los ciudadanos pata negra y ponerlos a servir a su interés.
    Si usted sí “es de aquí” y esto le parece muy alejado, piense en las coordenadas de cualquier Estado moderno: en su dimensión mecánica, fría y administrativa en pos del aumento y conducción de las fuerzas productivas, pero también en la dimensión orgánica, caliente e identitaria del proyecto nacional, con sus héroes y sus villanos. O piense, mucho más cerca, en la semana política. Piense en lo que cuesta juntar 700.000 firmas (de ciudadanía en su cenit) para que en el Congreso tengan a bien discutir que medio millón de vecinas tengan algún derecho de residencia y de trabajo, aunque sea temporal. Manéjese con los buenos argumentos en términos de impuestos, pensiones, universalidad de los derechos sociales e incluso de pura justicia que encontrará, pero también piense en el alto grado de identidad, de origen, de clase, de piel, que se sigue exigiendo para formar parte de las comunidades políticas. Traemos de ponerle un pensamiento al asunto porque por ahí aflora un componente de la ciudadanía, de una naturaleza excluyente tal que resulta inagotable por mucho que se pretenda extender su alcance. De algo de todo esto hemos querido hablar. Que aproveche.
    58 min
  • Actualidad: vuelven los 2000s
    Vuelve el estampado militar, el tiro bajo y los bolsillos por todos lados. Vuelven los 2000s
    Bonus track: homenaje a La Isla de las Tentaciones y análisis de Dune II.
    Leyes de suelo mejor engrasadas, vuelta al macroproyecto como horizonte de realización regional, mordidas, comisiones y otras innovaciones político-empresariales de la boyante economía española. Otra vez polarización para comer y consenso para cenar sobre las cosas importantes. Otra vez bipartidismo del y tú más. Quizá es optimista llamar a esto restauración, por lo que presupone acerca de la solidez de lo restaurado y de la estabilidad del presente. Revival es, en cambio, un uso extemporáneo y con conciencia de un elemento de otro tiempo, que se hace jugar de forma coyuntural en una composición abigarrada junto a otros elementos.
    La actualidad nos manda señales de que esto ya se llevó y acabamos hartos. Hasta que las izquierdas del PSOE no reconcilien sus dos almas y con la excepción de algunas posiciones inexpugnables de Vox, el bipartidismo lo abarca todo. Tiene sus perfiles polarizadores en los flancos y sus perfiles centristas en la cúspide porque puede permitirse el todo incluido y porque, en esta fase del bipartidismo, la polarización es la superficie conocida del consenso básico en que no puede pasar otra cosa.
    Signo de revival es la economía del macroproyecto, icono del clímax de nuestro ciclo inmobiliario donde se pelean los puntos del maillot de la montaña por resucitar terrenos condenados e itinerarios turísticos de antiguas temporadas bajas. El macroproyecto es, como el shock de una pandemia, la época dorada en la que se forjan las historias de esos paladines del yo te lo arreglo que serán, en las ruedas de prensa del futuro, esa personas de la que usted me habla. El macroproyecto es hoy un motivo para convocar elecciones, por ejemplo en Cataluña.
    Los episodios de poderes del Estado pegándose de leches con internet para mayor gloria de la propiedad (intelectual), derecho must de las democracias liberales, no están tampoco tan lejos de las escaramuzas de la ley Sinde. Sin embargo, y contra todos los chistes que se pueden hacer sobre el episodio Telegram y la reactivación de las comunidades de aprendizaje sobre proxies, las autoridades conocen mucho mejor el terreno que pisan. Que, además, el grueso de esta guerra se esté librando en el frente del fútbol, espacio de politización atípica de masas, las debe hacer mucho más responsables de no alimentar marcos como el de censura y otras nostalgias del ya no se puede hacer nada.
    Y signo definitivo del revival es ver asomar la patita a la austeridad en cuanto se viene las primeras curvas. El semestre de presidencia española de la UE se cerró con un “compromiso fiscal” que se hará carne en 2025 pero que empieza a cerrar el grifo del neoliberalismo progresista abierto en 2018 y ampliado en la pandemia. La ausencia de mayor duelo por los presupuestos de 2024 es coherente también con esa condición.
    Sin embargo, si hay algo distintivo del momento, que hace inviable cerrar el ciclo en los términos plácidos de la restauración, es la ruptura de la “paz” comercial globalista y su sustitución por una competencia de bloques explícitamente bélica. En las últimas semanas, las principales cabeceras progresistas han buscado divulgar entre la opinión pública española, esa planta de interior, la naturalidad de la guerra y de la reindustrialización armamentística europea. La combinación de ese esfuerzo de guerra con el horizonte de austeridad puede producir monstruos, como recordaba Manel Pérez, adjunto a la dirección de La Vanguardia, hace 15 días, cuando señalaba el ejemplo de la socialdemócrata Mette Frederksen, prime danesa, que recorta en bienestar y estira impuestos para honrar la factura militar (https://www.lavanguardia.com/economia/20240310/9548225/tambores-guerra-austeridad.html). Esto también sería un revival de algo, mucho menos presentable aún.
    58 min
  • La ira azul. Las revoluciones que son y serán
    En nuestro sentido común de la historia, un sentido lineal compuesto de hitos, días señalados y capítulos, las revoluciones son el acontecimiento que crea el nuevo mundo, el big ban de una era que concentra toda la energía como un puerto especial revienta la carrera al final de una etapa del Tour y dota de sentido a todos los kilómetros anteriores. En la contemporaneidad, la revolución se ha convertido en un elemento esencial de nuestra gramática política, de modo que nuestra manera de pensarla arrastra a nuestra forma de leer el presente. Al menos, eso late tras el libro de Pablo Batalla Cueto, “La ira azul. El sueño milenario de la Revolución”, ed. Trea, con quien hablamos en este episodio en términos como los que siguen.
    Primera premisa: la revolución no es un acontecimiento, sino una época. Por lo tanto, no hay que pensarla como una intervención puntual, desde arriba, desde abajo o en comunión fugaz, sino como un proceso de corrupción general e inadaptación institucional, cultural y económica del viejo orden que despierta propuestas de solución entre los grupos que lo sufren.
    Segunda premisa: hay muchas revoluciones dentro de la revolución. Es decir, esas propuestas y esos grupos serán distintos y mantendrán conflictos, pero podrán formar parte del mismo proceso. Al menos un tiempo. Hasta que se traicionen e impulsen procesos imposibles de componer ya, como la clásica disputa entre el bando de la revolución-ha-sido-completada y el bando de esto-no-ha-hecho-más-que-empezar. Pero también la contrarrevolución está habitada por muchas revoluciones. Los elementos más díscolos del régimen se ven a menudo alineados con éste cuando la revolución amenaza con un orden peor, sea la amortización de las tierras comunales, la industrialización o la integración en la competencia europea y global.
    Tercera premisa: si la revolución es un proceso largo, animado por fuerzas móviles y plurales, todos sus elementos de época se encuentran ahí, sobre la mesa del presente, para quien sea capaz de componerlos en una estrategia. Miremos a nuestra época ¿qué distancia hay entre la percepción de agotamiento de las fuerzas, interpersonales y planetarias, que fundamenta el ecosocialismo y la percepción de mundo desbocado que fundamenta la nostalgia fascista de las jerarquías? Quizá la capacidad de articularlos con un sentido o con su contrario, hacia una revolución o hacia otra antitética.
    Una hipótesis. Si todo esto es así, propone Batalla que la nuestra es una época revolucionaria (“No estamos en un final. Estamos en un principio”). Y esta época nos pilla, contranatura, del lado de la conservación de régimen: “Nos hemos vuelto conservadores al tiempo que la derecha se ha hecho revolucionaria y tal vez no haya que avergonzarse de ello, sino abrazarlo con desahogo y, contraintuitivo como pueda ser, devolver el golpe volcándose a extraer lecciones (tácticas, no ideológicas), no —no solo— de la literatura revolucionaria, sino de la contrarrevolucionaria, y no de la progresista, sino de la conservadora. Leer desprejuiciadamente a los reaccionarios y conservadores lúcidos de las últimas dos centurias y aprender de sus intuiciones sobre cómo se hace frente a una revolución” (p. 164).
    Y una duda. Entonces, si nos resignamos al lado frío de la política de seguridad, racional y prudente ¿no queda todo el descontento propio de una época revolucionaria a la mano de la revolución de derechas, con la atracción de su épica y su vehemencia? ¿No se sitúa en esta región parte del cortocircuito entre ese conjunto de intereses que vemos como compartidos en su mayoría y esa imposibilidad de componerse cultural y políticamente con los sujetos que los encarnan? ¿no ha acabado confundida, de tanto estudiar solo el temario recomendado, la política con unas oposiciones?
    1 hr 1 min
  • Bienvenidos al MUNDO BRO. En el laboratorio de las nuevas masculinidades reaccionarias
    Productivismo más allá de toda producción. Ayuno intermitente. Ayuno de dopamina. Ayuno de redes. Snacks de movimiento. Píldoras de conductismo testadas en las mejores celdas para opositores. Nostalgia de autoridad. Si hace unos cuantos programas vinimos al mundo bro por las risas (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/filosofia-criptobros-marco-aurelio-te-echa-bronca-no-ir-al-gimnasio) hoy nos quedamos por su alocado catálogo de prácticas sobre el sujeto.
    Y, para ello, nos sumergimos de lleno en uno de sus sectores más pujante: los coachers de productividad. Al mismo tiempo boyante subsector de la autoayuda para chicos y laboratorio puntero de las nuevas maculinidades reaccionarias. Cómo da miedo ir sólito y con amigos es mejor hemos convocado a Mozo Yefimovich, una de las personas que mejor ha profundizado en sus vericuetos en su canal de youtube (https://www.youtube.com/@MozoYefimovich)
    Hablemos claro. Ser yo es complicado. No ser este yo concreto podcaster. Que también. Sino ser cualquier yo sometido a las presiones y miserias de la vida contemporánea. Es tan complicado que hay siglos de saberes y prácticas humanas dedicados al asunto. Lo más significativo de este fenómeno del mundobro que nos fascina es, precisamente, que son señores muy señores -mucho muchísimo- los más enganchados a estas cosas de ocuparse de uno mismo.
    Porque aceptémoslo: los chicos no hemos querido ocuparnos demasiado de esto. La masculinidad oldschooler implica un activo rechazo a estas cositas de las que se sospecha pueden producir que tu pito se desprenda de tu cuerpo. Pero el mundo bro si participa de esa preocupación por uno mismo y nos ofrece sus propuestas. Lo que pasa es que el mundo bro también está enredado en el revival nostálgico de la masculinidad oldschooler, así que la cosa se pone complicada y barroca como película de Nolan.
    Porque todo esto -toda esta ansiedad, toda esta complejidad de llegar a ser uno mismo en la sociedad despersonalizante y competitiva hasta la extenuación del capitalismo tardío- podría ser pensado desde la interdependencia, por ejemplo. O los cuidados. Cosas sobre las que parece cernirse el conocido pánico atávico al desprendimiento de pito. Así que, vedadas todas esas otras opciones que abrirían mundos distintos, bajo pena de emasculación, lo que queda es pensarlo desde el individualismo, la competición darwinista y el asco por la feminización del mundo contemporáneo. Lo cual aderezado con unas citas bien instrumentalizadas de estoicismo romano aquí y allá, unas notas de conductismo para dummies, productivismo golden age y little big magufismos, componen este aroma inconfundible: the new brummel. La propuesta para una nueva masculinidad reaccionaria que nos ofrecen estos señores como respuesta a la ansiedad que a todos nos ocupa.
    La cuestión es que crear y esculpir un yo supone también proponer un mundo. En este caso el mundo bro, que es un mundo que traduce a un lenguaje popular y a un set de prácticas accesibles el vínculo contemporáneo entre una racionalidad neoliberal y una jerarquía social neocon. Esto, que fue motivo de hasta dos programas, sobre Wendy Brown (https://www.ivoox.com/pol-amp-pop-4x01-en-ruinas-del-neoliberalismo-audios-mp3_rf_92222423_1.html) y Melinda Cooper (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/valores-familia), y de una larga cantinela la temporada pasada, vuelve ahora en formato 5 consejos para tener el cuerpo que siempre has querido, invertir desde 0 o concentrarte para estudiar de una puta vez. Hay que trabajarse como un yo disciplinado, productivo y alfa porque ese yo se instala en una naturalización de la jerarquía social, el darwinismo y la guerra de todos contra todos. De hecho, es el mundo resultante de su sujeto (invisibilizado en esta creación de contenido) el que da prueba del delirio del conjunto. Pero eso es materia de otros programas.
    En todo caso, a este cuadro le queda por explicar la creciente afición juvenil por adentrarse en esta cueva. Podría ser que nuestras composiciones de mundo carecieran de propuestas para ese sujeto que se agobia y lo que tiene más a mano es el tubo de individualismo de internet. Es decir, no tenemos una propuesta de sujeto que acompañe a nuestra propuesta de transformación política, cuando es obvio que se la necesita si quiere activar cualquier impugnación realista del mundo.
    1 hr 11 min
  • Pol&Pop 5x09. Pescar el salmón. Esa ideología llamada economía
    La prensa salmón no miente. Mucho peor, te dice la verdad
    Es 2010. Es 2011. Tienes un trabajo a tiempo parcial que no le impide, you know, extenderse durante todo el día. Parte de esa parte del trabajo la dedicas a buscar otros trabajos porque el proyecto del que dependes tiende, como todo en la vida, ay, a extinguirse. Los días no tienen demasiada consistencia. Son días improvisados. Pero sí existe un pulso que los hilvana. Es un numerito que, hasta hace unos meses, no habías oído y que ahora marca las constante vitales del país. Lo que permanece o, por mejor decir, baila hacia arriba día a día es la prima de riesgo. Al país le pasan otras cosas, claro. Y esas otras cosas se cuentan, salen a la calle, la lían pero no tienen la consistencia y el empaste con la realidad que tiene la prima de riesgo. Esas otras cosas van y vienen sin que la realidad se altere. Pero ojo si sube la prima de riesgo. Nuestra realidad depende y es ese indicador. Podría ser tal recorte, tal desahucio, las masas de retornades o emigrades, pero ninguna de esas variables, que son la vida, afectan tanto a tu vida como esa otra que en realidad es un número. Un indicador económico que mide lo cerca que estás del barranco pero de una forma lo bastante abstracta y farragosa como para que no puedas identificar bien quién te está empujando. Al mismo tiempo es una coartada para cualquier cosa. No deja de ser curioso que, cuando elegimos coartadas para hacernos daño, estas provengan de la jerga económica o jurídica, no de cosas respecto a las que está bien distribuida una experiencia sensible.
    Hemos querido hablar con Yago Álbarez Barba, de El Salmón Contracorriente, en El Salto, y autor de “Pescar el salmón. Bulos, narrativas y poder en la prensa económica”, en Capitán Swing, porque en un programa sobre política y cultura popular, nada concilia mejor esos dos mundo que los discursos económicos. Una política pública a un cuento pegada.
    Como todo cuento, el de la prensa económica tiene personajes que se ven, los viejos medios en papel y los nuevos digitales (¿qué tiene la prensa económica que todo el mundo quiere su web salmón? Y tiene sus detalles aburridos a los que nadie le presta atención, como ¿de qué vive esta gente? ¿cuál es su modelo de negocio? Asunto no menor entre un grupo de voces, casi todas con el mismo tono, que configuran lo de las cosas del comer en sus palabras en inglés, cifras sin contexto y metáforas de lo más granado, desde las meteorológicas a las familiares: un niño que nazca ahora en España leerá, a lo largo de su vida, más de 300 titulares sobre el trozo de deuda pública que debe ya un niño que nazca ahora en España.
    En la prensa económica hay bulos, por supuesto, pero sobre todo hay verdades o, mejor, hay regímenes de verdad acerca de cómo funciona la economía, de cómo debemos comportarnos y de qué es posible y qué es un delirio en términos políticos. El discurso económico es un muro alto y brillante, para que se sepa que dentro hay algo importante, pero también para que los bárbaros no lo escalen. Los bárbaros somos nosotros, por si el muro no te lo había dejado claro. Nadie en su sano juicio se metería a escalar esa pared de marcos, predicciones, infoxticación y desayunos informativos, pero cada época tiene sus ficciones y a nosotros nos gusta disfrutarlas. Adelante.
    59 min

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