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By La Montonera prod.NewsPolitics
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Pol&Pop episodes

  • Yoga y otras artes oscuras del capitalismo
    Quedan aún doscientos años para que nuestro calendario empiece a contar los años hacia delante. En el territorio de la actual India, redes de iniciados budistas y jainistas perfeccionan un complejo conjunto de técnicas para liberarse del sufrimiento y de una condición miserable bajo la hegemonía de la religión védica de las élites. Su problema no es menor, ni en el terreno político ni metafísico. Se trata de sustraerse del encarcelamiento en el samsara, un ciclo de reencarnaciones al que se entienden sujetos en tanto no sean capaces de librarse de su yo, en favor de un Sí abstracto y cumplir, de este modo, su verdadero propósito en el mundo. Se trata de abandonar la falsedad del reflejo fenomenológico de lo mundano y dominar los sentidos en una dirección muy distinta.
    En 2026, redes de practicantes de unas técnicas que hunden su linaje en aquéllas no quieren sustraerse de ninguna vuelta al mundo sin final. Lidian, más bien, con la ansiedad, un laberinto de complejos, la abulia o la pérdida de sentido. Si quieren dominar su cuerpo y sus sentidos es para, primero, conocerse y, con ello, perfeccionarse. Quizá también con ciertos indicadores de productividad y los cuerpos que ven en Instagram. Quieren evolucionar para imponerse a esas condiciones mundanas o al menos para adaptarse a ellas, para aceptarlas o, mejor, ser resilientes. Si nada de esto es finalmente posible, el esfuerzo les rentará como un rato de desconexión, mejor coordinación y un vientre -ojalá- un poco más plano. Nadie tiene en mente retirarse del mundo, más allá de 10 días en Semana Santa, pero sería deseable defender algo de paz interna en mitad de todo este ruido.
    En nuestra serie de episodios sobre subjetividades contemporáneas, ponemos otra baldosa a partir del libro de la filósofa y maestra de yoga Zineb Fahsi, Zineb (2025), El yoga, nuevo espíritu del capitalismo, publicado por La Cebra y traducido por Elina Kohen. Respecto a esta gran reformulación del yoga, lo primero que deja claro Fashi es que no tiene sentido analizar dichos desplazamientos en términos de (pérdida de) autenticidad. El yoga auténtico, si por ello se entiende el producido en el contexto indio, ha vivido también numerosas transformaciones que lo han aproximado a cuestiones tan poco espirituales como el control postural, el autogobierno, la virilidad o el nacionalismo.
    Tampoco el objetivo es desvelar algo así como la gran conspiración del yoga. Es decir, denunciar por fin que esas personas cercanas que hacen todo lo posible por rebajar los dolores de espalda y del espíritu son en realidad agentes infiltrados del neoliberalismo y del desprecio por la justicia social. Al contrario, Fashi cita estudios sociológicos en el contexto norteamericano y francés que muestran una fuerte afinidad cultural, axiológica y política de esas poblaciones con las nuestras. La cuestión es entender, más bien, de qué manera esas prácticas de liberación han trabado afinidad con otras espiritualidades y éticas afines al neoliberalismo, como el nuevo pensamiento, la teosofía o la biomoral y han llegado a conformar una masa de sentido en la que prima la psicologización del bienestar, la autorresponsabilización por las condiciones de vida y las emociones asociadas o un optimismo desaforado en la capacidad del yo para influir sobre el despliegue de la realidad.
    En un mundo en el que no es posible concebir la vida social sin su catálogo de prácticas de sí, la preocupación de Fashi, a la que sumamos la nuestra a lo largo de esta serie de episodios, se refiere no a cuánto de esas prácticas de sí sustraen fuerzas de una acción más explícitamente política, sino a cómo esas prácticas se pueden vivir y orientar de otro modo: a la construcción de comunidad y no de la fantasía de un yo todopoderoso, al discernimiento de lo real para su transformación y no solo a métodos para adaptarnos o para prevalecer sobre otros. Namasté.
    53 min
  • 23F: Anatomía de un mito
    23F: Anatomía de un mito
    En 2025 se ha cumplido medio siglo de la muerte de Franco. Ahora que el año se acaba, ya puede confirmarse que, sea por indolencia o por impotencia, no se ha producido ningún acontecimiento ni discusión política de impacto relacionadas con el tema. De manera aproximada, la única excepción a todo esto ha sido una serie, Anatomía de un instante, dirigida por la mano de referencia en el cine social o político español, Alberto Rodríguez, producida por Movistar, no en vano, el mayor grupo de comunicación privado con una participación pública significativa, y basada en una novela de Javier Cercas, quizá el exponente más claro de lo que a estas alturas sea un intelectual orgánico de toda la vida. En síntesis, lo que se quiere subrayar con esta fotografía es que la serie que se estrenó el 20 de noviembre no es una perspectiva sobre el franquismo y la transición, sino la perspectiva sobre el franquismo y la transición, lo que nos permite examinar en qué situación está la mirada hegemónica sobre estas cosas.
    Estructurar el relato en torno a un puñado de personas y a un momento -como se sabe, esta obra toma la entrada de Tejero en el Congreso en 1981 para analizar el cómo se llegó aquí desde la perspectiva de Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado- hace posible hablar de la historia reciente de España mientras se elude el problema del desgaste de sus otros elementos fundacionales. Desde hace años, la transición no vive revisiones que no sean críticas y los héroes de su lectura canónica han experimentado un proceso de desprestigio y extrañamiento del que Juan Carlos o Felipe pueden ser buena medida. Por su parte, la Constitución, elemento irreformable pero al mismo tiempo compatible con cualquier estrategia política, ha devenido de facto irrelevante y ha desaparecido del campo de discusión.
    En cambio, el 23F mantiene buena salud como mito fundacional de la democracia española. Cuenta con sus héroes, con sus distintas tramas superpuestas -a las que alude el último capítulo de la serie, “Todos los golpes del golpe”- y con profundas conexiones históricas e identitarias. Es el asunto histórico, pero también mítico, destinado a moralizar a cada generación que lo vive o lo escucha. En su momento, como el truco de Ozymandias, dibujó el límite de lo político que se operativizó enseguida con los Pactos de la Moncloa. Seguramente hoy la mirada palaciega y a la Sorkin sobre algunos pocos hombres de Estado que hace la serie sea un llamado a los dos partidos alfa para que abandonen sus proyectos de hegemonizar a una parte del país y vuelvan al redil de la gran coalición, del que la política nunca debió sacarlos. Y a nosotros, como espectadores, a que vayamos entendiéndolo.
    Anatomía de un instante es una política elevada hecha con muy pocos ladrillos. Un homenaje a la sala de los adultos, en el momento en el que más dudas tenemos sobre la capacidad de sus ocupantes y menos sobre que vayamos a ser invitados alguna vez. Una fábula que nos enseña que el peligro está ahí afuera, pero que no tenemos nada que temer si nos ponemos en manos de gente que sabe lo que hace, esto es, que sabe aparcar sus diferencias -esto es, que sabe aparcarnos - en pos de un bien mayor. Anatomía de un instante es, al mismo tiempo, la reedición del mito fundacional del 23F, nuestra serie del año y el mensaje del rey emitido este año en cuatro capítulos. Pásenlo todo lo bien que puedan.
    (edición de audio a cargo de Marco Flecha)
    1 hr 12 min
  • Entrepreneurs. Por su seguridad, permanezca en la zona de confort. Pantomima Full
    “Eres el CEO de tu vida”. En las postrimerías del siglo XX, Tom Peters colaba esta maldición dentro de su libro, pionero, “50 claves para hacer de usted una marca”. A partir de ahí, usted ya no es quien trabaja por un salario en ese asunto tan aburrido de explicar, usted es a la vez el producto y quien lo produce. Con pasión, sin confort; con followers, sin derechos. Queda inaugurado el siglo.
    25 años después, cuando el humor observacional y cínico de Pantomima Full representa un espacio de trabajo, el punto álgido de la fiesta ya ha pasado y donde había épica queda comedia, patetismo y cringe. Quienes trabajan ahí ni siquiera han conocido de segunda mano los beneficios de todo eso. Algunos están jugando con el dinero de sus padres -que ya venían jugando con el dinero de Hacienda-, unos pocos se lo creen, otros más están perdidos y la mayoría comparten oficina con la fe en el emprendimiento que tiene en la comundiad quien comparte piso a partir de lo 35.
    En este episodio hemos convocado a Javier Zamora García, autor de “Brillar para existir. Neoliberalismo y marca personal en la era de las redes sociales digitales” (CEPC, 2024) para hablar de esta cultura empresarial y de sus daños colaterales. Su investigación hace correr en paralelo las transformaciones económicas y laborales asociadas a la financiarización y al posfordismo con las innovaciones en el campo de la subjetividad de los pobres, es decir, quienes no tenemos más remedio que ser el CEO de nuestra vida. En un contexto de derribo de la seguridad laboral y vital, todos estos mensajes sobre la épica del emprendimiento y la construcción de la marca personal ofrecen un salvavidas - pinchado - a los trabajadores más desclasados y un marco de legitimación bien inyectado de PR al destrozo global. La cuestión es qué efecto ha tenido sobre el alma y las espaldas de todos esos cuerpos 25 años de tormenta discursiva, cuál es el balance de heridos del choque entre el mindundi con internet y las ideologías diseñadas para tecnomagnates y – usted está aquí - qué queda cuando la farsa se desvela pero los actores no pueden salir del teatro.
    En el coworking de Entrepreneurs hay de todo, pero en el mercado no. La nueva economía se ha reducido a las plataformas para las que trabajan en la práctica todos esos nuevos CEO y a la creación de momentos de atención en los que colocar los productos de siempre. Es decir, trabajo subordinado y servicios de publicidad. La materia prima de todo ello son una mayoría de trabajadoras a quienes les cambiaron las reglas de juego a mitad de partido: del fórmate del instituto hasta el “tu visibilidad es más importante que tu habilidad”, de Montoya y Vandehey en “La marca llamada Tú” (2003). Y una minoría creciente de juventudes descreídas, huyendo de las cosultoras, como sus progenitores de las oficinas, como sus antecesores de la fábrica y del campo. Un capítulo más en la historia de fuerza, cuentos y fingimientos.
    1 hr 5 min
  • Politizar el montañismo, con Pablo Batalla
    El montañismo o “hacer montaña” es una actividad extraña. Usted está aquí y la cima está ahí, bastante lejos en tanto que bastante alta respecto al área en la que usted desarrolla su vida cotidiana. No tiene utilidad subir porque arriba no hay nada. De hecho usted se encuentra abajo porque gente más antigua que usted prefirió construir, sembrar y pastar donde efectivamente el terreno era algo más plano y algo más verde, cada cual según sus circunstancias. Y sin embargo se sube. A veces, como parte de una competición, supersticiosa o esponsorizada, con uno mismo o con otro grupo rival. A veces, como procesamiento de una verdad sobre lo que somos juntes, en tanto comunidad y ecosistema.
    En todo caso, se sube con unas implicaciones interindividuales pero también políticas. La propuesta de hoy es, de hecho, hablar con Pablo Batalla Cueto sobre “La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo”, donde, como el propio nombre del libro y al ubicación de este texto indican, se politiza -ese gesto que enfurece a cualquier director de vuelta ciclista- el montañismo.
    La tesis de Batalla no es que la gente haya subido o suba montañas por política. Cosas más “inútiles” se hacen con ese objetivo, pero mucho hay que forzar la mirada para ver el alpinismo como una actividad principalmente política. La tesis es, más bien, que hacer montaña se sincroniza con procesos y acciones explícitamente políticas, las traduce también en valores y arquetipos de mejor circulación, a veces como héroes y heroínas y otras veces como metáforas. Y, por supuesto, mientras se hace montaña se produce un impacto sobre las personas y las cosas que es politizante. Ahora bien, como ya ocurría en un ensayo anterior, La ira azul: El sueño milenario de la Revolución (Trea, 2023), los procesos y las acciones políticas no tienen ni un solo color ni una sola motivación, sino distintas capas entre las que se desliza el sentido de lo que ocurre y de lo que se hace, que, como todo lo que ocurre y lo que se hace, cambia por la propia acción del ocurrir y del hacer. Por eso, es posible encontrar un montañismo liberal y neoliberal, nacionalista, conservador y fascista, feminista y LGTBIQ+, islamista, cristiano, judío, comunista, anarquista, ecologista, animalista, anticapi o socialdemócrata. Una visión de la montaña y de “hacerla” que es una visión del mundo en función de valores estrella de cada posición: la montaña como espacio de fraternidad, igualdad y equilibrio, pero también de violencia, individualismo y jerarquía.
    Nuestra intuición es que la montaña, como forma territorio, sirve como escenario de nuestra genealogía política pero también de nuestros dilemas contemporáneos. Entre las visiones que quieren poner al territorio al servicio del bien común en abstracto y las que identifican el riesgo de mercantilización y profanación de su sagrado que eso implica. Entre la masificación y la jerarquía. La vida y la identidad. Por ahí cabe seguir el ascenso.
    55 min
  • El fin de la paciencia, con Xan López. Una novedad radical
    Una novedad radical
    El largo camino hacia la emancipación ha estado sazonado e incluso enmarcado en un extenso catálogo de metáforas destinadas a enfatizar la idea de continuidad de un proyecto que venía de tan atrás como de desobediencia a un poder injusto y que no concluiría hasta la liberación completa de la vida. Este ethos, de análisis y de trabajo geológicos pero también de aceleraciones volcánicas, introducía las pequeñas victorias en la narración de enormes avances y ponía las derrotas y las sequías en un juego pendular, nunca definitivo.
    Si el libro de Xan López “El fin de la paciencia” (Anagrama, 2025) tiene un mensaje, es que esa vieja virtud carece hoy de sentido. Que la senda de la emancipación, si quiere discurrir por contextos fieles a tal idea, no puede ser larga porque, más allá de determinadas condiciones climáticas, no hay camino como tal. Por supuesto, no somos la primera generación que sienten esta tarea como urgente. Otras se han jugado, en procesos históricos acelerados, su supervivencia o sus formas de vida, pero sí tenemos hoy todo tipo de certezas de que, de no invertir de forma abrupta algunos resultados de nuestra organización social, como las emisiones de carbono, el campo de posibilidades políticas se reducirá tanto a la supervivencia y la guerra por recursos y hábitats escasos que el juego completo habrá cambiado a uno mucho más difícil de ganar.
    López deja claro que nuestras posibilidades de hacer política climática están trenzadas por la confluencia de dos tradiciones: nuestra tradición política y nuestra tradición científica. Mientras que la segunda ha evolucionado hasta darnos la oportunidad de desatar algunos nudos que eran insalvables hace un tiempo, la segunda permanece constante en sus métodos y respuestas. Nuestra tradición ha delimitado la cuestión climática como irresoluble dentro del capitalismo, tanto por falta de medios técnicos como de opciones políticas, pero los avances en las posibilidades de electrificación sin emisiones y la misma reconfiguración del campo político en las ruinas del post-2008 del neoliberalismo han cambiado el escenario. El problema se ha vuelto por entero político.
    Si no estamos ante un déficit de conocimiento ni ante una barrera tecno-científica inevitable ¿qué nos impide morder la cuestión climática con la pasión, la inteligencia y el pragmatismo de aquellos seres a quienes les va la vida en ello? En una dimensión individual, solemos despreciar la digestión personal e incluso espiritual de esta vivencia política de la incertidumbre. Aunque nuestros marcos de análisis son socialistas, las vidas cotidianas de quienes conocemos se sustentan en premisas de continuidad y pactos íntimos de estabilidad con el futuro. Están llenas, de hecho, de ejercicios espirituales que performan nuestra capacidad de mantener el mundo tal y como es, e incluso de intervenir sobre él, desde la banalización del estoicismo a tip list, hasta decisiones profundas sobre estudios, crianza y cuidados.
    Por otro lado y contra lo apremiante de la situación, la discusión política se mueve entre la reiteración de la espera en marcos analíticos y activistas heredados, la pulsión esquizogenética de una existencia política por distinción entre las pymes de la izquierda, el enaltecimiento del término medio como ingrediente secreto de las grandes alianzas y una lectura abstracta de cualquier avance concreto como un “hacerle el juego” al capital. Hay, entonces, razones para el optimismo en espacios técnicos, económicos y de opinión pública donde nunca los hubiéramos sospechado y enormes debilidades en los cimientos de nuestras formas políticas de estar y actuar sobre el mundo. Una paradoja que no tenemos mucho tiempo para desanudar. Bienvenides a la séptima temporada.
    1 hr 8 min
  • Pol&Pop 6x14. Aprender de los aciertos
    Ningún debate político es ingenuo. Desde luego no lo es el que arrastramos en los últimos tiempos sobre la vitalidad del ciclo político iniciado en las plazas hace casi 15 años: ¿se cerró con el gobierno de coalición? ¿o antes, con la Conjura de las Madalenas? ¿o antes, en Vistalegre II? ¿o en el I? ¿o estamos hablando más bien de una ficción nacional que hemos elevado al nivel de la Transición? Cada respuesta viene con su pliego de cargos, su picota, su ya-lo-decíamos-nosotros y su solución sospechosamente parecida a la misma que el hablante ha enunciado durante las últimas décadas. Sin embargo, si las lecturas de mayor circulación sobre el cierre del ciclo resaltan por algo es por su contribución a abonar el lema de nuestro tiempo: no se puede, con su involución largoplacista ‒creceremos en la derrota‒, tan movimientos fin de siglo, o con su presentismo sanchista ‒no se puede ganar: soñemos con el empate‒, tan cara a los partidos de la Transición.
    Al hablar, en el último capítulo de esta temporada, con Vicente Rubio Pueyo sobre su libro, Un país entre dos tiempos (Lengua de Trapo 2025), queríamos hacer lo contrario, como ya hicimos en nuestra charla con Marta G. Franco sobre las victorias y robos de internet (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/podcast-or-reconquistar-internet-otras-historias-politicas-digitales-frente-internacional-del-odio). Queríamos repasar algunas victorias. Las victorias de esta época no son grandes avances, consolidados después en cambios constitucionales, nuevas infraestructuras sociales y vidas más tranquilas por generaciones, sino innovaciones epistémico-políticas que abrían escenarios y relaciones antes imposibles.
    Muchas de estas relaciones se formaron en torno al municipalismo. Aquí se produjo una identificación, incorporada ya al acervo político, de la ciudad como una capa relevante de la máquina de crecimiento y expolio, de cosas y de almas, pero también más dependiente de la acción popular. La apuesta municipalista puede verse como la realización, hasta el último rincón del país, de un caudal político desbordante, pero también como un elemento clave de la reforma democratizadora y plurinacional del país, que intenta atraer más asuntos políticos hacia las esferas en las que más evidente es el devenir plebeyo del poder ciudadano-vecinal desde el siglo XIX (https://www.elsaltodiario.com/pol-pop-podcast/hace-150-anos-todo-esto-era-republica).
    Otras se sustanciaron en Podemos y el asalto al poder territorial autonómico y estatal, de corte tan populista como tecnocrático. Tiene sentido pensar hoy que esta hipótesis se formula como la inversión del no se puede, es decir, como el conocimiento de que la crisis no solo se transforma en shock y desposesión, sino que puede tener una salida maximalista o que puede tenerla solo en esos términos sin techo. Esta apuesta no ha sido capaz de sostenerle al PSOE y a otras opciones progresistas el pulso de ser una alternativa capaz de canalizar hacia una segunda Transición a fuerzas políticas que se movieran dentro y fuera del espacio conocido de la izquierda, pero sí ha podido medir las lindes del régimen del 78 y expandirlas un tanto. Sin ese intento ingenuo, en el sentido literal de pensarse y operar como si no hubiera límites, no hubiéramos sumado, a lo que sabíamos de los bancos y la gran trama financiera-UE, lo que sabemos hoy de los medios de comunicación, el lawfare o las interioridades del Estado. En último término, lo formado desde 2020 dibuja, con una claridad ausente en el bipartidismo, que existe en el país un bloque político viable de transformaciones a largo, en el que eventualmente podemos ser minoría, pero que solo vive en tanto lo empujamos.
    Cerrar un ciclo no es, en este caso, motivo de alegría, pero sí el inicio de una conversación sobre el presente y lo que sigue. Si las derrotas son siempre sufridas, más odioso resulta no poder identificar, ni cuando se tienen delante, las victorias. Buen verano.
    1 hr 49 min
  • Paternalismo libertario de última generación
    Más complicado que arrebatarle el poder a alguien es conseguir que te lo entregue desde el convencimiento de que es lo mejor que le ha podido ocurrir. Existe, de hecho, una larga y bien financiada corriente de pensamiento destinada a indagar sobre cómo recibir ese poder, cómo gobernar mejor, con menos fricciones. Y existe otra corriente, especular a aquella, sobre cómo es posible que nos entreguemos a menudo a esta servidumbre voluntaria, así como cuándo, cómo, qué ocurre al romperse su hechizo.
    En su libro, “El algoritmo paternalista. Cuando mande la inteligencia artificial” (Katakrak, 2024), Ujué Agudo y Karlos g. Liberal han inscrito al dispositivo algorítmico y sus mutaciones automatizadas en esa discusión. La fantasía del algoritmo continúa el sueño paternalista y reformista de la modernidad respecto a un mundo que por fin haya dejado atrás la irracionalidad y la violencia. Un mundo que es ordenado sin que nadie tenga que poner orden. Si gobernar es condicionar el campo de acción de los otros, como decía Foucault, automatizar y escalar digitalmente esas mediaciones las eleva a otro nivel, del que solo podemos ser conscientes si hemos pasado el tiempo suficiente en Internet. En el postfordismo, el hábitat digital se ha convertido en el espacio de explotación científica de las emociones en el trabajo y en el consumo.
    ¿Cómo se ha podido, entonces, al grito de la libertad individual, externalizar hasta este punto nuestra capacidad de decidir? El libro apuesta por la conjunción de dos enfoques ideológicos, hoy naturalizados. En primer lugar, la impugnación de la capacidad humana para entender y decidir de forma racional y correcta. Ni 20 años llevábamos sosteniendo que el homo economicus éramos la cumbre de la evolución, de tal modo que comunalizar cualquier proyecto de vida era fundar una SL con 40 millones de parásitos, que el conductismo de mercado tuvo que ponernos en su sitio, demostrar que teníamos la cabeza llena de sesgos, la atención de Homer Simpson y que, por nuestro bien, le entregáramos las llaves. Esta idea de que siempre somos lo insuficientemente algo como para que resulte razonable que decidamos sobre las cosas que nos afectan es la base de nuestra civilización. Siempre somos demasiado nosotros/as como para decidir sobre nosotros/as.
    Pero, claro, por otro lado, la tecnocracia old school ha hecho una stage en Silicon Valley y ha conocido el solucionismo, esa forma de optimismo por arriba que confía en que cualquier problema se puede y se debe simplificar e individualizar lo suficiente para que quepa en una app -hola, 2005- o se le encargue a una IA. Así, cada vez más procesos socioafectivos, económicos y políticos se mueven dentro de una arquitectura de decisión predefinida que no podemos entender, pero que tampoco parece que tenga sentido discutir porque, total, la máquina lo va a hacer mejor. En la automatización late también el viejo deseo popular de dejar de lado la necesidad de acometer tareas absurdas y tediosas. Sin embargo, como ya mostraron Hester y Srnicek en “Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre” (Caja Negra, 2024), toda máquina introducida para ahorrar tiempo en el hogar se corresponde con un desplazamiento del estándar sobre los resultados del trabajo que mantiene constante, en el mejor caso, el tiempo invertido. Ese deseo debería empujarnos a ver que, si solo se trata de máquinas y reglas, somos perfectamente capaces de conocerlas y reconfigurarlas. Es decir, que si se trata de poder, se trata de un asunto que se nos da, digan lo que digan quienes viven de las máquinas, estupendamente.
    1 hr 11 min
  • Reality shifting: introyectar la impotencia
    Túmbate en la cama. Separa y estira tus miembros lo suficiente para que no lleguen a tocarse con ningún otro objeto o extremdidad. Relájate. Empieza en 100 y ve bajando: 99, 98, 97… hasta 0. Si aún no ha llegado tu tren, empieza de nuevo: 99, 98, 97… Súbete al tren en cuanto pase y visualiza dónde quieres ir porque, al bajarte, habrás llegado a Hogwarts, con Hermione, Pícara, Katniss Everdeen o el personaje de sitcom que prefieras. Antes debes haber elaborado con precisión tu guión, la base de tu nuevo yo en tu nueva realidad: rasgos, complexión, personalidad, interacciones, tiempos y hasta alguna palabra de seguridad para volver al cuerpo que dejaste en tu cuarto, en la deprimente realidad real, o realidad actual.
    La cosa va más allá del sueño lúcido, de la meditación y del viaje astral. Lo que los shifters proponen es un verdadero salto a otra realidad. Sea porque sus consciencias han alcanzado tal experiencia, sea a cuenta de una performance global que crea comunidad desde hilos de reddit hasta y las fyp de medio planeta, lo que millares de postadolescentes proponen es un catálogo de técnicas de sí capaces de hacerte transcender tu realidad, valorada desde lo meh hasta lo insoortable, para vivir de forma plena en otra diseñada a tu gusto.
    Si una eventualidad tan poco creíble ha podido sentar la base de esta subcultura es por motivos similares a los que explican que millones sigan semanalmente un programa de televisión que combina geopolítica de extrema derecha, abducciones, criptozoología y fotos a humedades. Porque el medio es el mensaje y el algoritmo de Tiktok iguala divulgación low cost de física cuántica, misticismos orientales y occidentales y toneladas de cultura pop que, si han dado para la fan fiction, ¿por qué no van a dar para la fan reality?
    Gabriel Ventura ha recogido todos estos elementos en “El mejor de los mundos imposibles: Un viaje al multiverso del reality shifting” (Anagrama, 2025), donde describe, con extrañeza y ternura, los elementos y antecedentes de estas comunidades como lo más propio de nuestro tiempo, si se atiende a sus condiciones de encierro, aislamiento y espectralidad. Nosotros hemos visto además una invocación hegeliana que no podemos dejar de compartir. Si algo queda claro en “Fenomenología del espíritu” es que la conciencia está llena de cosas, que pueden ser – y no es poco – hasta experiencias, pero que todo eso solo puede realizarse verdaderamente en el mundo exterior, que es donde las ideas tienen efectos. En ese mundo, cualquiera que haya intentado llevar a término una idea se habrá dado cuenta de que esto plantea múltiples problemas: el mundo exterior tiene sus propias características, que no se afectan por tus ideas como éstas querrían o habían diseñado. Incluso es habitual encontrarse con otras personas que también albergaban sus propias ideas, dispuestas a producir sus respectivos efectos sobre el mundo, a menudo en conflicto con los tuyos. Un lío, y una porquería cuando la efectividad de tus ideas es baja, dadas tus condiciones y las del mundo. Por eso, llevamos siglos diseñando vías para enfrentar esta tensión. Caminos como la desafección del mundo – el estocismo -, la negación del mundo – el escepticismo – o el traslado a otro mundo – el reality sifhting para nuestro caso -.
    Por una parte, esto plantea enormes problemas. En último término, se abre una brecha irrecuperable entre lo que tiene valor en mi consciencia pero no produce efectos en el mundo y lo que sí produce efectos, la realidad actual, pero carece de cualquier valor, es despreciable o insoportable. Cuando el mundo social -lo político, lo colectivo- aparece tan obturado que no parece posible afirmarse y realizarse en él. Y, en esa brecha, hay un riesgo enorme de enajenación, de crear mundos fantásticos de alto valor pero impotentes para operar efectos sobre el mundo y los otros. Algo que no les puede resultar extraño si habitan nuestras subculturas políticas.
    Sin embargo y, por otra parte, todas estas operaciones resultan de lo más razonable ¿Cómo vivir en este mundo no va a requerir altas dosis de enajenación, artificialidad y fugas? ¿Cómo no intentar introducir un tiempo imaginado como una cuña en el tiempo de trabajo o en el tiempo de vida ahora también invadido por el capital? La clave es que existe un quiebre que podríamos situar en la pandemia de 2020, es decir, en la crisis del neoliberalismo, a partir del cual la consciencia no trata de alterar la realidad que tiene fuera. Ya no busca atraer lo bueno o manifestar lo que sucederá antes de que le suceda, para inclinar el mundo en esa dirección, sino que acepta su condición delirante e inefectiva sobre lo real inmediato para constituir otra realidad deseada que habitar, pero desconetada de la actual. Habitan, así, en esta subcultura postadolescente, los rasgos más significativo de la época, lo que supera con mucho la anécdota.
    1 hr 3 min
  • Pol&Pop Vigilar y castigar 50 años después
    Vigilar y castigar 50 años después
    Es 1968 y hay movida. Solo que no sucede en París ni en ninguna capital europea. Sucede en Túnez y afecta a un profesor francés que, después de recibir una soberana tunda de la policía por su apoyo a las movilizaciones estudiantiles vuelve a Francia. Proceso acelerado de politización personal y contextual, cuenta Didier Eribon (link). El contexto político del 68 es el del paso digno bajo el arco de la filosofía de temas y grupos antes minoritarios: el género, el manicomio, la cárcel, la sexualidad…
    Como se sabe, el 68 empieza bien y acaba peor, aunque da la razón sobre la importancia de los nuevos temas en juego. El del castigo entre ellos. El pacto de Estado entre las elites políticas, empresariales y sindicales da inicio a una ola represiva y a un fuerte movimiento anticacelario que lideraban aquí y allá los presos políticos del 68 interruptus. Nuestro escritor participa en uno de estos grupos, el de Información de las Prisones (GIP), allá por 1971, en la elaboración de lo que nos ocupa.
    Vigilar y castigar parte de una duda que se plantea el encarcelado ¿cómo hemos llegado a esto? ¿cómo se ha pasado a normalizar y entender como civilizada esta tortura del pagar tiempo fuera de la sociedad? ¿es posible que la nueva racionalidad que rige la prisión solo impere en este espacio o más bien hay, si se mira hacia cualquier lado, pequeñas prisiones por todos sitios? Vigilar y castigar trata de la lógica punitiva moderna, que es la disciplinaria y que no es -sus cuerpos lo sabrán- solo la carcelaria. Al contrario, penitencias, ejercicios, exámenes y disciplinas varias vertebran nuestra vida pública, desde la escuela a la fábrica, pasando por sus variaciones hospitalarias, residenciales, reformatorias o manicomiales.
    Para más detalles, conviene consultar la obra. Nosotros hemos invitado a Emmanuel Chamorro, que publicará en breve “Foucault, el poder y la política” (ed. Universidad de Granada) para que nos ayude. Ahora bien, toda esta historia no acaba con la exposición de la omnipotencia disciplinaria, sino con la propuesta de que tal programa es tan apabullante como ineficaz. La disciplina se relaciona, desde su razón de nacimiento, con una resistencia constitutiva que, como ella, se recompone y la bloquea. Esa historia está también en Vigilar y Castigar, junto a los residuos de esas luchas en formas de categorías científicas y de innovaciones criminológicas.
    Y de esta ineficacia de las instituciones que más se reclaman cuanto peor funcionan, nace la incomodidad de acercarse al texto 50 años después. Que no hemos dejado atrás las disciplinas, pero ya no somos esa sociedad disciplinaria. A lo largo de nuestras mismas vidas, hemos asistido a cambios tan profundos en las relaciones de poder que algunas formas de libertad son más absorbentes que las disciplinas más duras, mientras que estas últimas se han expandido a lomos de la digitalización y de una verticalización creciente de la cadena de mando global. Hay mucho que discutir aún sobre esta obra, pero dejamos algo para el programa. Adelante.
    1 hr 1 min
  • Comunismo y civilización: excavaciones contra la ideología de la historia inevitable
    Nuestras sociedades son desiguales. Las invocaciones solemnes a una dignidad universal contrastan con pruebas indiscutibles de lo contrario: vidas que se protegen, vidas que se desprecian. Se apela al esfuerzo y a la virtud como tácticas para contener la incertidumbre, al tiempo que la riqueza se concentra en una minoría de clanes que legarán su poder y ampliarán esa brecha en las generaciones futuras. Los procesos de decisión e incluso de simple deliberación nos involucran en una proporción mínima de los asuntos cotidianos. De este modo, cuando nos tomamos la resistencia de pensar sin naturalizarlo el presente de concentración de la riqueza, castas más o menos explícitas e inercias tecnocráticas, suele aparecer la cuestión del origen ¿cómo hemos acabado aquí?
    La cuestión del origen es crítica para la manera en que las comunidades se narran a sí mismas. Como ocurre en los arcos del héroe, en el origen está el destino de esas comunidades, a través de un sentido teleológico y unidireccional del cambio en los grupos humanos. Es decir, cuando la historia se entiende como un tobogán que lleva a que cualquier grupo, conforme alcanza cierta complejidad, adquiera formas jerarquizadas y bastante fijas. Por este tobogán se llega al primado de una minoría que te dice qué hacer y con cuánto de tu dinero y trabajo se va a hacer, mientras se acompaña de algunos seguidores que te explican que nada resulta más conveniente para evitar una violencia masiva y ubicua y de otros que te dan de hostias de forma igualmente masiva y ubicua si cuestionas cualquiera de las posiciones anteriores.
    Se ha construido, así, un relato de la evolución humana como un núcleo gravitacional que nos arrastra a la equivalencia entre complejidad y desigualdad y, frente a ella, una historia cada vez más trufada de datos, restos e indicios que muestran caminos hacia la urbanización, con especialización pero con menos jerarquías, episodios ganaderos y agrícolas que se intercalan con el nomadeo y la búsqueda de forraje, comunidades excedentarias que agotan gran parte de sus provisiones en festivales para satisfacción y solidaridad de la comunidad y otras enormemente “subproductivas” en tanto la presión demográfica no apriete. Es decir, de una complejidad que obtura, más allá de un puñado de mecánicas reiteradas, la idea de la historia como un tobogán desde el origen primitivo a esta distopía cyberpunk en beige que nos rodea.
    No deja de ser curioso, entonces, que cuanto más peso tiene la divulgación histórica, menos circulen estos relatos. Por eso, contamos en este episodio con Rodrigo Villalobos, que acaba de reeditar “Hoces de piedra, martillos de bronce. Comunismo originario y lucha de clases en la prehistoria”, en Ático de los libros. Villalobos hace un enorme esfuerzo de divulgación para trasladar los últimos métodos y hallazgos de la prehistoria reciente (10.000 a.C. - escritura) al público no especialista, a través de ejemplos de sociedades complejas y (que no pero) igualitarias en la Península Ibérica. Esta mirada descarta hacer comparaciones, al modo de los enfoques leviatanescos del mal menor sobre todas las libertades y horizontalidades perdidas para mantener a raya la violencia y la escasez. En cambio muestra que nuestro presente no es inevitable y si la historia ha sido de muchas formas, puede ser aún de muchas otras. Os esperamos.
    58 min

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