Una amiga me presentó a Isabel
que era bonita como muñeca
y su sonrisa era blanca
y sus ojos eran tan inocentes
que daba miedo entrar.
Nos quedamos de ver en una cafetería
que era lo más cercano a su casa
en los días de diciembre.
Ella no había puesto árbol de navidad,
así que tomé una hoja de papel
y dibujé uno para ella.
–Toma, le dije, –Ahora tienes un árbol para tu casa.