La reciente actualidad, marcada por las actuaciones de unidades como la UCO de la Guardia Civil o la UDEF de la Policía Nacional, ha puesto sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿de dónde vienen estos cuerpos de seguridad? Para responder a esta cuestión, el programa 'Herrera en COPE' ha contado con la historiadora y experta en Historia del Arte, Ana Velasco, quien en la sección 'Curiosidades de la Historia' ha desgranado el largo recorrido histórico que ha llevado hasta las fuerzas policiales que conocemos hoy.
Contrario a lo que se podría pensar, el origen de la policía no se encuentra en el siglo XIX, sino mucho antes. Según ha explicado Ana Velasco, hay que remontarse al reinado de los Reyes Católicos. Fue en 1476 cuando la reina Isabel firmó un decreto en Madrigal para establecer la 'Santa Hermandad', una especie de policía que, como aclara la historiadora, "solamente funcionaba en Castilla, no era para toda España, como podría ser hoy".
Esta institución no fue una idea completamente original de la reina, sino que recogía el testigo de iniciativas de su hermanastro para controlar el territorio tras la guerra de sucesión contra Juana la Beltraneja. Su principal cometido era hacer frente a un problema masivo de la época: el robo de ganado, el delito más importante contra la propiedad.
De hecho, Velasco ha señalado que los primeros antecedentes datan de los siglos XII y XIII, con la lucha contra los 'golfines'. Estos eran mercenarios, muchos de ellos extranjeros llegados para luchar en la Reconquista, que tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) se quedaron sin ocupación y se dedicaron al pillaje. La palabra 'golfo' deriva del alemán 'wolf' (lobo), en alusión a estos salteadores.
Ya en el siglo XIX, con la llegada de las sociedades contemporáneas, la policía tuvo un comienzo difícil en España. Tras la Guerra de la Independencia y bajo el reinado de Fernando VII, era una institución mal vista. Como ha detallado Ana Velasco, "no solamente se usaba para prevenir el delito, [...] sino que también se usaba para espiar a aquella gente que se podía levantar contra la autoridad real", lo que generaba miedo y desconfianza.
Los gobiernos liberales posteriores se obsesionaron con modernizarla y luchar contra la tortura. En este contexto nace la Guardia Civil en 1844, impulsada por el Duque de Ahumada. Su código fundacional se basaba en el honor, un principio que, según la historiadora, queda reflejado en su primer artículo: "el primer artículo del código, digamos, del guardia civil es siempre con el honor, y una vez que se pierde, no se puede recuperar".
La Guardia Civil se estableció como una fuerza de ámbito rural, en contraposición a la policía, de carácter urbano, una división presente en otras naciones europeas. Su primera intervención fue para frenar el asalto a una diligencia y, como ha recordado Velasco, su despliegue en parejas, especialmente en Andalucía, respondía a la necesidad de combatir el bandolerismo que proliferó tras la guerra.
Uno de sus símbolos más icónicos, el tricornio, tiene un origen práctico. Proviene de los sombreros de ala ancha de los tercios españoles en Flandes, que los soldados doblaban para no chocar en formación y poder disparar. "De doblar el de arriba para para disparar mejor, y los de los lados, para no molestar a los compañeros de izquierda y derecha, da un tricornio", ha explicado la experta.
Este sombrero, que pasó de moda, fue recuperado por los Borbones en la corte de Luis XIV para poder usarlo sobre las voluminosas pelucas de la época, convirtiéndose en un sinónimo de autoridad que Fernando VII e Isabel II consolidaron en España. Con el tiempo, evolucionó del fieltro flexible, similar al de Napoleón, al tricornio rígido que conocemos hoy.
La desconfianza hacia la policía en el siglo XIX se reflejó en la literatura, con la idealización de detectives privados que resolvían los casos que la policía era incapaz de afrontar. Ana Velasco ha puesto ejemplos como Sherlock Holmes, Dupin o, en España, el personaje de Ignacio Selva de Emilia Pardo Bazán, figuras que evidenciaban la percepción de inutilidad policial.
Un punto de inflexión llegó con el caso de Jack el Destripador en 1888. Fue un médico forense quien, según Velasco, revolucionó la criminalística al proponer que no bastaba con perseguir al criminal, sino que había que "intentar encontrar al delincuente a través de la información que nos da la víctima o que nos da la muerte". Nacía así la perfilación psicológica y la ciencia forense moderna.
Poco después, otro avance cambiaría la investigación para siempre: las huellas dactilares. Su adopción masiva fue impulsada por un caso singular, el de Will West y William West. Ambos coincidieron en prisión, tenían nombres casi idénticos y un asombroso parecido físico, lo que hacía imposible distinguirlos con los métodos antropométricos de la época.
La imposibilidad de saber a ciencia cierta quién era quién planteó un dilema legal y demostró la necesidad de un identificador único. "A la gente se le dijo, hay una cosa que todos tenemos que es única, que son las huellas dactilares", ha relatado Velasco. A partir de 1904-1905, se empezaron a aplicar, y en 1924 el FBI las adoptó de forma sistemática, una técnica que ha llegado hasta el DNI actual.