Más de uno de cada tres menores de 16 años en España vive en riesgo de pobreza o exclusión social, una realidad que sitúa al país como el segundo de la Unión Europea con la tasa más alta de pobreza infantil. Reducir estas cifras requiere, según los expertos consultados por COPE, de un modelo de acompañamiento integral y personalizado que tenga en cuenta aspectos educativos, emocionales y también sociales para generar oportunidades reales para estos niños y adolescentes.
Una labor en la que están desde hace 25 años en la Fundación Balia. Su directora general Beatriz Sigüenza, explica en COPE que esta pobreza “no siempre ocupa portadas ni genera alarma social”, pero condiciona la vida de miles de niños. “No hablamos solo de falta de recursos, sino de infancia que crece con menos red, menos apoyo y menos oportunidades para imaginar su futuro”, afirma.
El acompañamiento que realiza la fundación es integral y se extiende desde los 3 hasta los 20 años. Según explica Sigüenza, el modelo se basa en tres pilares: un fuerte apoyo académico para suplir la falta de ayuda en casa, una importante labor de gestión emocional para afrontar vivencias complicadas y un pilar cívico y cultural para “ayudarles a ver el mundo más allá del barrio donde viven”.
El éxito de este enfoque es tangible: el 70% de los jóvenes atendidos aprueba la ESO, una cifra que iguala la media nacional a pesar de provenir de entornos de alta complejidad. De ellos, más de la mitad (más del 50%) consigue obtener un título superior a la educación obligatoria, como una Formación Profesional (FP) o un grado universitario.
Gracias a este apoyo, jóvenes que han pasado por Balia hoy son mecánicos de aviones, diseñadores web, abogados o ingenieros aeronáuticos. “Conseguir que se queden en el sistema y acaben viviendo una vida mejor que la de sus padres ayuda a todos, a ellos y a la sociedad, porque así conseguimos que salgan de la pobreza. No es una tarea fácil porque a su alrededor por la tarde en el parque tienen muchas tentaciones que les hacen poder querer tirar la toalla”, destaca Sigüenza.
La historia de Nayely Cáceres, una joven hondureña de 23 años, es un reflejo del impacto de la fundación. Llegó a España con 13 años y recuerda haberse sentido “desamparada” y sin capacidad para socializar. “Yo siempre digo que no sé qué hubiera sido de mí sin ese acompañamiento, la verdad, porque te cambia muchísimo”, confiesa.
En Balia encontró un espacio seguro, un grupo de iguales y referentes que la ayudaron a superar una depresión y sus problemas de autoestima y para socializar. “Llegar a un lugar donde te dicen, tú puedes con todo, y también conocer a otras personas que están pasando por la misma situación que tú, es muy muy bueno”, relata Cáceres.
Su camino, sin embargo, estuvo marcado por un “desgaste emocional” de 10 años para conseguir el permiso de residencia y trabajo. Tras terminar el bachillerato, se vio estancada, pero Balia le dio “la mano para poder seguir” y la ayudó a acceder a un Grado Superior en Integración Social.
Beatriz Sigüenza explica que la fundación atiende cada año a unos 3.200 menores y 1.200 familias en Madrid, Sevilla y Guadalajara. La apuesta es por una “intervención muy profunda”, dedicando muchos recursos a cada persona para asegurar una transformación real de su vida, en lugar de una atención más superficial a un número mayor de beneficiarios.
Sigüenza concluye que el progreso y el bienestar de la infancia deberían ser “la base real de la justicia social” y que la misión final de Balia es “no existir”. Mientras tanto, la fundación sigue trabajando para que la pobreza deje de ser el papel invisible y para dar oportunidades de futuro a niños, adolescentes y jóvenes en situación de vulnerabilidad.