Un reciente descubrimiento científico ha puesto en jaque la cronología de la evolución humana. El ser humano podría haber dominado el fuego hace 1,8 millones de años, casi 800.000 años antes de lo que se pensaba. Este hallazgo, discutido en el programa 'Herrera en COPE' por el divulgador científico Jorge Alcalde en su sección 'La Ciencia con Jorge Alcalde' con Alberto Herrera, cambia radicalmente la comprensión sobre nuestros ancestros.
La evidencia proviene de una cueva de Wonderwerk, en Sudáfrica, donde los científicos han encontrado lo que Alberto Herrera describió como una "alfombra quemada". Según explicó Jorge Alcalde, no se trata de una alfombra real, sino de grandes cantidades de restos de egagrópilas —bolas de pelo y restos de presas que regurgitan las aves rapaces— que fueron quemadas repetidamente.
Los análisis con tecnología de infrarrojos demuestran que estos materiales no procedían del exterior y fueron quemados en varias ocasiones. Esto sugiere que los Homo erectus, "primos cercanos de nuestros ancestros", como los definió Alcalde, no sabían necesariamente crear fuego, pero sí habían aprendido a transportarlo y mantenerlo vivo dentro de las cuevas para calentarse e iluminarse.
Alcalde detalló que estas egagrópilas, que se asemejan a la lana o el algodón, eran un material ideal. "Gracias a eso, el ser humano pudo trasladar fuego desde fuera de la cueva al interior", permitiéndoles sobrevivir en un "ambiente tan hostil" como una cueva prehistórica. Los científicos han determinado que alguien "portaba unas ascuas que pudo hacer que con ellas apareciese un fuego más potente y duradero".
El control del fuego fue mucho más que una herramienta de supervivencia. Jorge Alcalde lo califica como "la clave de nuestra evolución intelectual", ya que permitió a los humanos vivir agrupados en cuevas. Esta convivencia fomentó "compartir historias, compartir lenguaje, compartir experiencias familiares y transmitir cultura de generación en generación", aspectos fundamentales para el desarrollo social.
Pero el cambio más revolucionario llegó con la cocina. Aunque no hay certeza sobre cómo surgió la "chispa de la innovación gastronómica", cocinar los alimentos modificó nuestra evolución. Alcalde explica que la comida cocinada es más fácil de digerir, lo que liberó energía que antes se usaba para masticar alimentos crudos.
Esta menor necesidad de masticación derivó en una mandíbula más pequeña, lo que a su vez dejó "más espacio para el cerebro". Además, los alimentos cocinados proporcionaban más nutrientes de forma más eficiente, alimentando el "órgano más glotón que tenemos, que es el cerebro", que consume el 20% de la energía corporal a pesar de suponer solo el 2% del tamaño del cuerpo.
Como resultado, "gracias a cocinar, teníamos más espacio para el cerebro, más energía y, posiblemente, gracias a eso tuvimos un cerebro privilegiado", afirmó Alcalde. Este desarrollo cerebral es lo que, en última instancia, nos diferencia de otras especies y nos ha permitido llegar a donde estamos hoy.
La conversación también abordó por qué hoy nos atraen tanto las grasas y los dulces. Según Alcalde, esto tiene un origen evolutivo. La grasa, como el tuétano de los huesos que carroñaban nuestros ancestros, era un "banco" de energía crucial para sobrevivir hasta la siguiente comida. "Había que atesorar la mayor cantidad de grasa suficiente, y y tirar con ella hasta la próxima vez que se encontrasen con una fuente de alimentación", señaló.
Hoy, mantenemos esa preferencia genética por la grasa, pero con un acceso constante a la comida, ese mecanismo de supervivencia se ha vuelto contraproducente, llevando a problemas como la obesidad. Algo similar ocurre con el sabor dulce, que en la naturaleza indicaba alimentos muy energéticos y seguros, como los frutos del bosque, y por eso la evolución nos ha hecho sentir apetencia por ellos.