La figura de Leni Riefenstahl, genio del cine para unos y propagandista del horror para otros, sigue generando una fascinación tan grande como la controversia que la envuelve. Su asociación con el nazismo marcó para siempre una carrera artística sin parangón.
La periodista y escritora Reyes Monforte se sumerge en la vida de la cineasta en su nueva novela, 'La mirada del mal' (Plaza & Janés), un recorrido documentado por una biografía llena de poder, arte y claroscuros. En una entrevista en 'Fin de Semana', Monforte ha desgranado las claves de una mujer que nunca se doblegó y que defendió su obra hasta su muerte a los 101 años.
Reyes Monforte ha sido contundente al describirla: "Fue la mujer más famosa del Tercer Reich, y mira que era difícil ser mujer en el Tercer Reich". Su talento fue reconocido por grandes maestros del cine como Steven Spielberg, Francis Ford Coppola o Quentin Tarantino, quienes la consideraron "una creadora impresionante" y "la mejor cineasta de la historia". Esta dualidad entre el reconocimiento a su arte y el repudio a su ideología es el eje central de su legado.
Dueña de un carácter imbatible, Riefenstahl se movió en un mundo de hombres con una voluntad de hierro. "El mejor arma de una mujer era la voluntad", afirmaba la propia cineasta, según ha relatado Monforte. Lejos de cualquier modestia, una actitud que consideraba "poco atractiva", Riefenstahl estaba convencida de su trascendencia, como demuestra una de sus frases más célebres, pronunciada con casi 101 años: "He sobrevivido a mi tiempo, seré eterna, como lo serán mis películas, no pecaré de falsa modestia. ¿Sabes qué? Puede que no me perdonen nunca, pero jamás me olvidarán"
El primer contacto entre Riefenstahl y Hitler se produjo de una forma casi premonitoria. En 1926, el futuro dictador ya alababa "el baile de la señorita Leni Riffinstall a la orilla del mar" en una de sus películas. Sin embargo, no se conocieron hasta 1932, cuando la cineasta acudió a un mitin en el Palacio de Deportes de Berlín. Según Monforte, la experiencia fue abrumadora para ella, describiéndola con palabras que un amigo calificó como un orgasmo: "He sentido que la tierra se me abría a los pies y de su interior salía un enorme géiser".
Para Reyes Monforte, la relación entre ambos fue de puro oportunismo. "Yo creo que los dos se aprovecharon", ha explicado. Riefenstahl sabía que Hitler le proporcionaría todos los medios materiales y económicos para desarrollar su arte, mientras que el líder nazi era consciente del poder del cine para manipular a la gente. "Hitler sabía que la política y el cine tenían mucho en común, entre otras cosas, la influencia en la gente", ha señalado la escritora. Prueba de ello son los 5 millones de marcos que el Führer le concedió para rodar la película 'Tierra Baja' en plena Segunda Guerra Mundial, desoyendo las advertencias de su ministro Albert Speer.
Sus dos obras más icónicas, 'El triunfo de la voluntad' y 'Olympia', son consideradas obras maestras del cine documental, pero también las herramientas de propaganda más potentes de la historia. La primera, sobre el congreso del partido nazi en Núremberg, está hoy prohibida en Alemania. La segunda, sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, fue criticada por su exaltación de la raza aria, aunque su tratamiento escultórico de la imagen es inolvidable.
Más allá de la controversia, Monforte ha destacado que Riefenstahl fue una pionera cuyas innovaciones técnicas crearon una "vanguardia audiovisual" que perdura hoy. "Fue la primera que ordenó cavar zanjas en el estadio olímpico de Berlín para poder meter ahí las cámaras. Fue la primera que utilizó una cámara acuática", ha detallado. Ante las acusaciones de hacer propaganda, la propia Leni se defendía con vehemencia, como ha recordado la escritora: "¿Pero desde cuándo la belleza es fascista? Yo me he dedicado a hacer bonito lo que grababa".
Su carrera internacional se truncó en 1938. Llegó a Estados Unidos para promocionar 'Olympia' y fue recibida con el titular "tan bonita como una cruz gamada". La situación empeoró cinco días después con el estallido de la 'Noche de los Cristales Rotos'. La Liga Antinazi de Hollywood llamó al boicot y solo Walt Disney, un gran admirador, se atrevió a recibirla en privado, aconsejándole que regresara a Alemania ante el poder de los productores judíos en la industria.
Tras la guerra, fue detenida y sometida a varios procesos de desnazificación, de los que salió absuelta. En los interrogatorios, lejos de amilanarse, se enfrentaba a sus acusadores. Negó siempre tener conocimiento de lo que ocurría en los campos de concentración, un argumento que Monforte matiza, recordando que los Aliados sí tenían informes detallados. El informe de un investigador estadounidense la definió como "una gran directora de cine, con pésimo gusto para las compañías, pero sin capacidad para matar", siendo finalmente declarada "compañera de ruta por simpatía u oportunismo".
Riefenstahl siempre sostuvo que las críticas no se debían a su colaboración con el nazismo, sino a su condición de mujer, comparándose con artistas como Miguel Ángel o Sergei Eisenstein, que también trabajaron para el poder.
Su resentimiento se extendió a proyectos fallidos, como un documental sobre España que Francisco Franco se negó a financiar en la posguerra. Hitler, en compensación, le construyó los decorados en Alemania y le proporcionó extras, que resultaron ser prisioneros gitanos de un campo de concentración, otra de las grandes polémicas que la persiguió.
Lejos de desaparecer, se reinventó. Viajó a África para fotografiar a la tribu de los Nuba, aprendió a bucear con 70 años y realizó más de 2.000 inmersiones. Vivió sus últimas cuatro décadas junto a Horst Kettner, su cámara y marido, 40 años más joven que ella. Sin embargo, como ha revelado Monforte, se fue con la espina de no volver a dirigir cine y con una confesión a su esposo: nadie le hizo nunca la "pregunta correcta" sobre qué tenía Hitler para provocar tal magnetismo en las masas.