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Nadie podría imaginar desde el punto de vista humano que tres personas distintas y no todas cristianas terminen dando la vida por el mismo Señor. Hoy celebramos a los Santos Tiburcio, Valerio y Máximo. Valerio casa con Santa Cecilia.
Recién desposados, ella le confía un secreto en la misma noche de bodas: que es cristiana. Esta idea le impacta de tal manera que siente la urgencia de convertirse. Incluso quiere conocer al Ángel de la Guarda que le guía y protege por encargo de Dios. Para conseguirlo y ayudado por su mujer encuentra al Papa Urbano que le bautiza, uniéndolo a la Comunidad.
Pero los acontecimientos dan un paso más. La alegría que respiran toca el corazón de Tiburcio- hermano de Valerio y cuñado de Cecilia- que se anima a seguir el camino. Antes había preguntado por curiosidad a Valerio el sentido tan sobrenatural en su trayectoria.
Un día son descubiertos y arrestados. El Prefecto quiere evitar su condena a muerte y les ofrece sacrificar a los dioses imperiales. Sin embargo los dos jóvenes no quieren hacerlo porque se han convertido y serán así para siempre.
Cuando los dos hermanos son llevados al suplicio, antes de Cecilia, el soldado que les vigila, de nombre Máximo, queda impactado por la sencillez de ambos y se convierte, tras indagar el motivo de su felicidad sobrenatural. De esta forma los Santos Tiburcio, Valerio y Máximo mueren mártires.
En aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: "¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías".
Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder.
Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús». Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
¿Por qué se amotinan las naciones
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
«Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo». R/.
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
«Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo». R/.
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemolo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás con jarro de loza». R/.
Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta: «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».
La defensa de la Fe requiere sufrimientos, cuando no el martirio en muchas ocasiones. Terminada la Octava de Pascua, nos adentramos en lo que serán los días menores de la Pascua, que discurren hasta Pentecostés. El Santoral nos presenta al Papa San Martín I, que sufrió mucho por su defensa de la Verdad.
Nacido en Tori (Umbría), siendo miembro de la Clerecía Romana, fue elegido Pontífice de la Iglesia Universal el año 649. Durante el Papado, tuvo que condenar la herejía monotelista, que negaba la existencia de dos voluntades en Cristo: la Divina y la humana. El III Concilio de Constantinopla hubo de condenar el monotelismo.
Ya San Pablo poco antes de ser sacrificado por el Señor Jesús vaticinó un elenco de desviaciones doctrinales que serán esparcidas en el seno de la propia Comunidad Eclesial como así pasó. La trayectoria del Papa San Martín vino marcada también por el destierro sufrido que le decretó el Emperador Constante.
Pero el suplicio no quedó ahí porque el Gobernante enfadado por la condena del Concilio ordenó que fuese encadenado y se le pasease de esta forma por los pueblos a la espera de un juicio, siendo también azotado. El veredicto iba a ser de condena a muerte. Pero alguien intercedió en su favor lo que llevó a ser deportado a Crimea.
Desde allí escribió cartas contando su soledad y el abandono que había experimentado por parte de muchos de sus fieles. Muchos fueron, por lo tanto, los sufrimientos del Papa San Martín I muriendo en el año 656.
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.
Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro —que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego—, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo.
Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él; y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Seguimos inmersos en el Tiempo de Resurrección y de Gloria. Hoy, Segundo Domingo de Pascua, seguimos viviendo el Misterio del Señor Resucitado. Este Día con el que concluimos la Octava Pascual, se llama también “Domingo In Albis”.
El motivo de este Nombre es porque los recién bautizados en la Noche Santa de Pascua entraban hoy también con las vestiduras blancas en los primitivos tiempos. Pero las celebraciones de este 12 de abril no terminan aquí. Y es que nos encontramos en una jornada, que viene marcada también por la Fiesta de la Misericordia Divina, instaurada en el año 2000 por San Juan Pablo II.
Dicha festividad se basa en las revelaciones del Señor en los años 30 del siglo pasado a la monja polaca Santa Faustina Kowalska, encargada de difundir esta devoción. El Señor comenzó a mostrarle su Mensaje en el año 1931 donde le pidió que pintasen esa Imagen que había visto de Él. Posteriormente se le vuelve a aparecer para pedirle que difunda a los hombres la importancia de la Misericordia de Dios. Una Gracia disponible para todos los hombres de todos los tiempos. La joven había ingresado en las Hermanas de Nuestra Señora de La Misericordia. Los misioneros de la Divina Misericordia están extendidos por todo el mundo. De hecho muchos son los Devotos de esta Imagen por los Cinco Continentes
En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta.
Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».
Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo: «¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.
«La diestra del Señor es poderosa.
La diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R/.
Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R/.
Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
El fin de semana marca las dos jornadas con las que terminan los días más Grandes del Tiempo Pascual, que continuará hasta la Solemnidad de Pentecostés. Hoy, precisamente, es penúltimo día de la Octava de Pascua. El Pueblo Fiel, sigue contemplando el Sepulcro Vacío, signo de la Victoria definitiva. También se llama “Sábado de la confirmación de la Fe en la Resurrección”.
El Evangelio muestra a Cristo Resucitado que se aparece a varias personas en distintos momentos. Es como un recuento de los primeros momentos antes de hacerse presente Glorioso en el Lugar donde celebraron la Santa Cena y donde se ocultan sus seguidores más íntimos.
Pero siguiendo el Hilo de sus Apariciones, nada más resucitar, después de su Madre, se aparece primero a María Magdalena. Se lo cuenta a los discípulos y no le creen. Lo mismo pasa con las mujeres que van al Sepulcro llorosas para embalsamar el Cuerpo del Maestro al que creían muerto en la Losa.
Van contentas y rebosantes de gozo a anunciárselo y de nuevo no dan crédito a sus palabras. Por otro lado, se aparece a otros discípulos que se lo cuentan y tampoco se lo creen. Por fin se aparece el propio Señor para demostrarles que no es una fantasía. Por eso les echa en cara su incredulidad y les anima a creer con la Fuerza de sus Presencia, haciéndoles testigos de todo esto.
En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros.
Él es "la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular"; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
La alegría desbordante de Señor que vive bulle por todas partes. Hoy, sexto día de la Octava de Pascua, volvemos también la mirada hacia el Resucitado. Este día también se llama Viernes de la Segunda Pesca Milagrosa.
El motivo es que el Evangelio según San Juan que proclamamos este día nos presenta el momento en el que el Señor Resucitado vuelve a manifestarse. Todo empieza cuando algunos de los Apóstoles se marchan a pescar. Entre ellos, el propio Simón-Pedro, Juan, Tomás y Natanael. Y después de estar faenando toda la noche no encuentran nada.
Entonces, se les aparece Cristo a la orilla como un Joven. Desde donde se encuentra les pregunta si tienen pescado. Cuando le dicen que no, él insiste en que echen la red de nuevo. Al hacerle caso cogen 153 peces y la red no se rompe.
Juan es el primero en darse cuenta de que es el Señor. Pedro se adelanta nadando. Cuando se dan cuenta todos de lo que ha sucedido, Él les espera con las brasas encendidas y prepara por anticipado la comida. Así se refuerza su creencia en que ha resucitado de verdad.
Y es que señala el propio San Juan que todos eran conscientes de que no era un sueño, sino que era Jesús de Verdad. Cierra este Pasaje el evangelista señalando que era la tercera vez que se aparece a sus discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.
En aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud?».
«El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros».
«Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas».
«Moisés dijo: "El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo". Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: "En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra". Dios resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».
Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R/.
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R/.
Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar. R/.
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».
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