RSS - Audios de Ecclesia

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RSS - Audios de Ecclesia episodes

  • San Benito Menni

    La evangelización es continua y muchas veces requiere reactivar la Fe cuando decae. Por eso requiere echar la semilla de la Fe a tiempo y a destiempo. Hoy celebramos a San Benito Menni. Nacido en Milán en el año 1841, su nombre es Ángel Hércules. 

    De pequeño muestra una gran sensibilidad con los que sufren. Después de trabajar en un banco, siente que Dios le pide una consagración especial. Así comienza su momento de reflexión para cumplir la Voluntad de Dios con lo que esperaba de él. 

    Por eso deja todo y se ordena sacerdote, ingresando en los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Destinado a España, le tocó una labor muy difícil: reconstruir los hospitales que habían caído, además de dar un impuso a su Orden. 

    Debía mostrar a las personas que la esperanza no se podía perder y que el Espíritu buscaba a personas que pudiesen dar un impulso al carisma de San Juan de Dios. Siguiendo esta impronta atiende a muchas personas discapacitadas. En esta misión funda también las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús. 

    Para llevarlo a cabo la Providencia le pone en el camino a María Josefa Recio y María Angustias Giménez. Estas religiosas miraban la forma mejor y más caritativa de atender a cuanto sufrían enfermedades de la mente. Siempre defendió que había que ser buenos médicos y unirlo a un afán de ayuda y caridad. San Benito Menni muere en Francia en el año 1914.

    1 min
  • "El que cree tiene vida eterna"

    En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: «Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

    Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza».

    Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». Contestó: «¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?». E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él.

    El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este: «Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».

    El eunuco preguntó a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?, ¿de él mismo o de otro?».

    Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?». Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe.

    El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría. Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

    Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,

    haced resonar sus alabanzas,

    porque él nos ha devuelto la vida

    y no dejó que tropezaran nuestros pies. R/.

    Los que teméis a Dios, venid a escuchar,

    os contaré lo que ha hecho conmigo:

    a él gritó mi boca

    y lo ensalzó mi lengua. R/.

    Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

    ni me retiró su favor. R/.

    En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré en el último día.

    Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios". Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre.

    En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

    3 min
  • San Jorge

    Esta jornada nos brinda un Santo muy conocido en el Santoral con reminiscencias en la zona oriental y anglosajona especialmente. Hoy celebramos a San Jorge. Su nacimiento se sitúa en el siglo III, en Turquía. 

    En su infancia recibe una educación basada en la Fe de la que brotan la honestidad y el servicio. Pronto se vería estimulado en el oficio de militar, que tenía su padre. Su gran capacidad le hizo ser ejemplar con su amor a Dios y el cumplimiento de su deber como oficial. 

    Y aquí llega el hecho que le llevó a la historia para ser conocido. Según cuenta la tradición, un dragón asoló la zona de Libia, atemorizando a los habitantes de los pueblos próximos. Entonces él se ofreció para luchar contra aquella alimaña. Y acaba por vencerle. 

    No falta quien interpreta esta realidad como uno de los momentos por los que pasan los Santos cuando tienen que armarse de Cristo para vencer cualquier tentación e inclinación al mal. Posteriormente venderá todos sus bienes, distribuyendo las ganancias entre los pobres y renunciando a su antigua carrera militar. 

    Su trayectoria le lleva a engrosar la lista del Martirologio. Detenido por declararse cristiano y alentar desde la Fe a quienes iban a sufrir el martirio, San Jorge morirá decapitado al comenzar el siglo IV, en Lyda –Palestina- y su culto se difundió por toda la zona anglosajona de la que el Santo es Patrón.

    1 min
  • "Al que venga a mí no lo echaré afuera"

    Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.

    Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia; penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra.

    Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío, unánimemente, escuchaba con atención lo que decía, porque habían oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. Y la ciudad se llenó de alegría.

    Aclamad al Señor, tierra entera;

    tocad en honor de su nombre,

    cantad himnos a su gloria.

    Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras!» R/.

    Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor,

    que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios,

    sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

    Transformó el mar en tierra firme,

    a pie atravesaron el río.

    Alegrémonos con él,

    que con su poder gobierna enteramente. R/.

    En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.

    Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

    Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

    3 min
  • Santos Sotero y Cayo, Papas

    Hoy celebramos a los Santos Sotero y Cayo, Papas. San Sotero fue uno de los primeros Pontífices. Nació en Italia y subió al Papado entre los años 166 y 175. A pesar de la relativa calma existente, no faltaron momentos de prueba y sufrimiento como la muerte de San Justino, o los mártires de Lyón, entre otros. 

    Pero el principal problema al que hubo de enfrentarse fue el surgimiento de Montano en Turquía, quien predicó la llegada inminente del fin del mundo. Y como preparación para esto, proclamaba la vida perfecta, la imposibilidad de que la Iglesia pudiese perdonar los pecados graves, además de la prohibición del matrimonio. 

    Esta herejía, contó con grandes difusores entre las comunidades cristianas que volvían a estar divididas, por lo que hubo de intervenir el Papa. Ante tal desviación doctrinal, Sotero, defendió las verdades de Fe, destacando cómo Cristo había concedido a Pedro y sus sucesores el poder de perdonar los pecados, quedando atado en el Cielo lo que atasen en la tierra. 

    Ayudó mucho a los pobres y a las comunidades cristianas que sufrían persecución. Fue llamado “El Papa de la caridad”. Se cree que murió mártir. San Cayo fue Pontífice entre los años 283 y 296. Nació en la región de Dalmacia, en la actual Croacia. 

    Ayudó a organizar mejor la Iglesia y estableció normas para el nombramiento de obispos. También apoyó importantes escuelas cristianas en Alejandría y Antioquía. Se cree que el Papa San Cayo también murió mártir.

    1 min
  • "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre"

    En aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas: «¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».

    Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».

    Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».

    Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y, con estas palabras, murió. Saulo aprobaba su ejecución.

    Sé la roca de mi refugio,

    un baluarte donde me salve,

    tú que eres mi roca y mi baluarte;

    por tu nombre dirígeme y guíame. R/.

    A tus manos encomiendo mi espíritu:

    tú, el Dios leal, me librarás.

    Yo confío en el Señor.

    Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. R/.

    Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

    sálvame por tu misericordia.

    En el asilo de tu presencia los escondes

    de las conjuras humanas. R/.

    En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: "Pan del cielo les dio a comer"».

    Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

    Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».

    Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

    3 min
  • San Anselmo de Canterbury

    La Sabiduría se centra en el corazón de cada hombre, para vivir su Misterio Pascual. Hoy celebramos a San Anselmo. Nacido el año 1034 en Aosta, cerca de Toscana, su padre era un hombre imbuido en el paganismo, por lo que fue su madre, mujer de gran Fe, la que le educó en el temor de Dios. 

    Sus grandes deseos de aprender le llevaron a ser instruido por un maestro que le inculcó sus conocimientos con duras disciplinas, hasta que regresó enfermo a casa. Una vez recuperado fue llevado a unos benedictinos, quienes descubrieron su deseo de profundizar en el estudio. 

    Así se iría fraguando su carisma y los planes que el Cielo tenía sobre él, ya que después de encontrar la oposición de su padre, a causa de su enfermedad, logrará entrar en el Monasterio Benedictino de Le Bec, en Normandía. Allí llegará a ser Abad del Convento. Después de irse a Inglaterra, ocupará la Sede Episcopal de Cantorbery. 

    El nuevo Obispo, que mostrará un gran celo por la difusión del Evangelio, se encuentra con algunos graves problemas que acechan a esa Comunidad Eclesial como es el abuso del poder político, frente a la Iglesia. 

    Al hacer frente a esta situación con gran acierto y grandes frutos, tuvo que sufrir el destierro dos veces. Su gran afán de estudio y de profundizar en los grandes saberes, le hizo escribir obras de Filosofía y Teología. Muere el año 1109. A San Anselmo se le conoce como el “Doctor Magnífico” dada la anexión que protagoniza entre la Fe y la razón.

    1 min
  • "La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado"

    En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.

    Entonces indujeron a unos que asegurasen: «Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios».

    Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín, presentando testigos falsos que decían: «Este individuo no para de hablar contra el Lugar Santo y la Ley, pues le hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés».

    Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel.

    Aunque los nobles se sienten a murmurar de mí,

    tu siervo medita tus decretos;

    tus preceptos son mi delicia,

    tus enseñanzas son mis consejeros. R/.

    Te expliqué mi camino, y me escuchaste:

    enséñame tus mandamientos;

    instrúyeme en el camino de tus mandatos,

    y meditaré tus maravillas. R/.

    Apártame del camino falso,

    y dame la gracia de tu ley;

    escogí el camino verdadero,

    deseé tus mandamientos. R/.

    Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar.

    Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos. Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias.

    Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».

    Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».

    Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».

    Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado».

    3 min
  • Santa Inés de Montepulciano

    La sencillez es la prenda para acceder al Reino de los Cielos que nos abrió Cristo con su Pascua. Hoy celebramos a Santa Inés de Montepulciano. Nacida en torno al año 1270, cerca de Orvieto (Italia), es hija de una familia noble. 

    A pesar de esto siempre mostró esa cercanía a la vida consagrada y dará los pasos que le marca la Providencia para llevarlo a cabo. Precisamente con sólo nueve años, viste el escapulario del Monasterio de Montepulciano, llamado así por la pobreza de sus religiosas. Estas tenían el sobrenombre de “Hermanas del Saco”. 

    Poco tiempo después funda a 100 kilómetros de allí un nuevo Convento del que el Obispo le nombrará Abadesa por su gran madurez espiritual. Ella no se veía digna de tal cometido, pero los superiores le insistieron que lo aceptase, y terminaron por imponerle obediencia. Viajó dos veces a Roma, para hacer después una nueva Fundación.

     Un día tendrá un sueño en el que ve tres barcas guiadas por Agustín de Hipona, Domingo de Guzmán y Francisco de Asís, entendiendo que la Providencia le indicaba seguir la impronta dominica en su camino, ya que es la que más brillaba en esa visión. 

    Su espíritu de oración le hizo ser una auténtica contemplativa que empleaba buena parte del tiempo que le quedaba en asistir a los necesitados. Santa Inés de Montepulciano muere en el año 1317. En Santos como Santa Catalina de Siena caló el testimonio de esta contemplativa.

    1 min
  • "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?"

    El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras».

    A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

    "Veía siempre al Señor delante de mí,

    pues está a mi derecha para que no vacile.

    Por eso se me alegró el corazón,

    exultó mi lengua,

    y hasta mi carne descansará esperanzada.

    Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,

    ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

    Me has enseñado senderos de vida,

    me saciarás de gozo con tu rostro".

    Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios «le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo», previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que «no lo abandonará en el lugar de los muertos» y que «su carne no experimentará corrupción». A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

    Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

    Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

    Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».

    El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

    mi suerte está en tu mano. R/.

    Bendeciré al Señor, que me aconseja,

    hasta de noche me instruye internamente.

    Tengo siempre presente al Señor,

    con él a mi derecha no vacilaré. R/.

    Por eso se me alegra el corazón,

    se gozan mis entrañas,

    y mi carne descansa esperanzada.

    Porque no me abandonarás en la región de los muertos,

    ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

    Me enseñarás el sendero de la vida,

    me saciarás de gozo en tu presencia,

    de alegría perpetua a tu derecha. R/.

    Queridos hermanos:

    Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata.

    Sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros.

    Por medio de él creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

    Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

    Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?».

    Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

    Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

    Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

    Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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