RSS - Audios de Ecclesia

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By COPE
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RSS - Audios de Ecclesia episodes

  • Jueves de Pascua

    Nos encontramos con una nueva Presencia del Señor Resucitado en esta jornada. Hoy, Quinto día de la Octava de Pascua, el Señor Glorioso vuelve a resonar. El Evangelio marca este día como el Jueves del Cenáculo. Siguiendo sus pasos el motivo es que los discípulos de Emaús están con los Once contando lo que les había pasado. 

    Todos experimentan ese corazón ardiente que les llena el interior. De repente, el Señor está en medio de ellos. Su primer saludo es paz para todos. Es el mejor deseo del Resucitado a quienes han comido y bebido con Él y ahora van a verle Resucitado de entre los muertos. Los Apóstoles y demás discípulos se alegran, aunque en su corazón se entremezcla cierta duda. 

    Es cuando les muestra las manos y los pies con sus llagas, porque se nota que están admirados y atónitos. Incluso les pide que le toquen para que vean que no es un fantasma sino que tiene carne y huesos, cosa que un simple espíritu no tendría. Y como no terminan de creerlo por la alegría les pide algo de comer y lo toma a la vista de todos. 

    Es la contundencia de mostrarles que Vive de verdad. Por eso en el lugar donde vivieron la Última y Santa Cena les hace testigos de todo esto. Antes, una vez más, les ha vuelto a aclarar la mente y el corazón para que recordasen cómo se lo había dicho mientras caminaban hacia Jerusalén a la Fiesta de la Pascua Judía.

    1 min
  • "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?"

    En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos».

    Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

    Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios.

    Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

    Dad gracias al Señor, invocad su nombre,

    dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.

    Cantadle al son de instrumentos,

    hablad de sus maravillas. R/.

    Gloriaos de su nombre santo,

    que se alegren los que buscan al Señor.

    Recurrid al Señor y a su poder,

    buscad continuamente su rostro. R/.

    ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;

    hijos de Jacob, su elegido!

    El Señor es nuestro Dios,

    él gobierna toda la tierra. R/.

    Se acuerda de su alianza eternamente,

    de la palabra dada, por mil generaciones;

    de la alianza sellada con Abrahán,

    del juramento hecho a Isaac. R/.

    Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

    Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?». Él les dijo: «¿Qué?».

    Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

    Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

    Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

    Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    3 min
  • Miércoles de Pascua

    El ecuador de esta Semana Grande pone más de relieve el Misterio que recordamos estas jornadas. Hoy, cuarto día de la Octava de Pascua, seguimos contemplando al Señor Resucitado. Se llama Miércoles del Camino a Emaús. 

    Jesús se acerca a dos discípulos que caminan a esta aldea. Van abatidos porque han experimentado el dolor de que Jesús fuese traicionado por Judas, uno de los más íntimos. Pero el tema fue más grave porque los Jefes del Pueblo Elegido le condenaron y le entregaron al Poder Romano con le objetivo de que lo condenara a la Cruz, como sucedió. 

    El Maestro deja que se lo cuenten como si nada supiese de esto. Es decir, como un Viajero. Después de dejarles hablar quiere sacarles de su tristeza, recordándolos que el Mesías debía padecer para resucitar al tercer día. 

    Los dos hombres se sienten fascinados en su corazón por lo que le oyen. Cuando llegan al pueblo, ellos le apremian para que no se vaya, porque el Misterioso Acompañante hace el ademán de seguir caminando. Sin embargo, acepta la invitación y se sienta a la mesa con ellos. 

    Casualmente Él se impone en la mesa y parte el pan. Este Signo les hace pensar. Entonces le reconocen. Pero cuando quieren recordar, Cristo desaparece. A ellos les falta tiempo para ir a Jerusalén al Cenáculo a contárselo a los Once. Por eso tiene el nombre de "Anuncio Camino de Emaús".

    1 min
  • Martes de Pascua

    La Luz del Resucitado se extiende por todo el mundo, simbolizada en el Cirio que se encendió la Noche Santa del sábado al domingo. Hoy, tercer día de la Octava de Pascua, continuamos viviendo la Resurrección del Señor. Este día se llama también “Martes de la Primera Aparición”. 

    San Marcos destacará en su Evangelio la Aparición del Señor Resucitado de entre los muertos, primero a María Magdalena, después a los demás discípulos. El motivo es el Evangelio de hoy donde San Juan recuerda el Pasaje en el que esta Santa mujer llora desconsolada en el Sepulcro. 

    Algunos Ángeles le pregunta por qué llora. Su respuesta es que “se han llevado el Cuerpo del Señor y no sabe dónde lo han puesto” Entonces se le Aparece Cristo Resucitado y le pregunta el motivo de su llanto. 

    Ella de momento no se da cuenta de Quién es. Cree que es el hortelano y le pide insistentemente que le diga dónde lo ha escondido para ir a recogerlo. Después de escucharla, sin más palabras, Jesús se le da a conocer y le llama por su nombre. María Magdalena le reconoce y se postra ante Él. El Señor le manda anunciarlo a los discípulos. 

    Cumpliendo el encargo, como una fiel discípula se acerca a los Once y les cuenta todo en este Martes de Pascua. Las deferentes Apariciones del Señor a los Apóstoles y la Comunidad de entonces, refuerza la Fe en Jesús Resucitado.

    1 min
  • "Mujer, ¿por qué lloras?"

    El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: «Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

    Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

    Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

    Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa». Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

    La palabra del Señor es sincera,

    y todas sus acciones son leales;

    él ama la justicia y el derecho,

    y su misericordia llena la tierra. R/.

    Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,

    en los que esteran su misericordia,

    para librar sus vidas de la muerte

    y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

    Nosotros aguardamos al Señor:

    él es nuestro auxilio y escudo.

    Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

    como lo esperamos de ti. R/.

    En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

    Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

    Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

    Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

    Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

    María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

    2 min
  • "No temáis"

    El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

    "Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro".

    Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios "le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos" y que "su carne no experimentará corrupción".

    A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

    Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

    Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».

    El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

    mi suerte está en tu mano. R/.

    Bendeciré al Señor que me aconseja,

    hasta de noche me instruye internamente.

    Tengo siempre presente al Señor,

    con él a mi derecha no vacilaré. R/.

    Por eso se me alegra el corazón,

    se gozan mis entrañas,

    y mi carne descansa esperanzada.

    Porque no me abandonarás en la región de los muertos

    ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

    Me enseñarás el sendero de la vida,

    me saciarás de gozo en tu presencia,

    de alegría perpetua a tu derecha. R/.

    En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

    De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo: «Alegraos».

    Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

    Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

    Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Esta historia se ha difundido entre los judíos hasta hoy.

    3 min
  • Lunes de Pascua

    La Claridad de la Alegría y el Júbilo siguen inundando nuestras vidas. Hoy es el emblemático Lunes de Pascua, segundo día de la Octava Pascual. Seguimos contemplando con gozo al Señor Resucitado. Durante todos estos día contemplamos el anuncio de la Resurrección del Señor. Este día, por ejemplo, se llama el Lunes del anuncio del Ángel. 

    De la misma forma que en Navidad anuncia a los pastores el Nacimiento del Salvador hoy ha hablado con las mujeres anunciándoles la Resurrección. Ellas van a visitar y ornamentar el Cuerpo del Señor según la costumbre judía. Al llegar al Lugar les espera un Mensajero Divino que les comunica la Feliz Noticia. Ellas están todavía atónitas y aturdidas. 

    Pero Jesús Resucitado sale al encuentro para confirmarles lo que les ha dicho el Mensajero Celestial y disiparlas cualquier temor. Él les invita a comunicárselo a los demás discípulos. Entonces ahí se llenan de alegría. 

    Los soldados asustados por lo ocurrido, en vez de aceptarlo se marchan corriendo al Sanedrín y se lo dicen a los fariseos y autoridades. Ellos se reúnen para deliberar lo que deben hacer. Ahí toman la decisión de darles una fuerte suma de dinero a los vigías romanos para obligarlos a decir que fueron sus discípulos los que fueron a robar el Cuerpo cuando ellos dormían. 

    También les prometen que si llegase a oídos del Gobernador, el Sanedrín les defenderían. Sin embargo, el hallazgo del Sepulcro Vacío muestra y certifica la Gloria Triunfante de la Pascua y que Cristo vive de Verdad.

    1 min
  • "Vio y creyó"

    En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

    Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

    Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

    Dad gracias al Señor porque es bueno,

    porque es eterna su misericordia.

    Diga la casa de Israel:

    eterna es su misericordia. R/.

    «La diestra del Señor es poderosa,

    la diestra del Señor es excelsa».

    No he de morir, viviré

    para contar las hazañas del Señor. R/.

    La piedra que desecharon los arquitectos

    es ahora la piedra angular.

    Es el Señor quien lo ha hecho,

    ha sido un milagro patente. R/.

    Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

    Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

    El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

    Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

    Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

    2 min
  • La Resurrección del Señor

    Hoy es la Razón de ser de la existencia del ser humano y de todo el Santoral, porque celebramos la Resurrección del Señor. En esta Solemnidad recordamos que Cristo después de morir en la Cruz resucitó al tercer día. La Promesa viene desde los primeros momentos. 

    Cuando en el Paraíso Yavé hace la promesa de Redención ya se prefigura el Misterio Pascual porque la estirpe de la Mujer – que es María, la Nueva Eva- viene Cristo, el Nuevo Adán. Cada uno de los Profetas y Patriarcas preparaban y prefiguraban este Momento. En esta madrugada cuentan los evangelios cómo María Magdalena fue muy temprano al Sepulcro y lo encontró Vacío. 

    Entonces se fue a comunicárselo a los discípulos. Pedro y Juan van corriendo a verlo. Este último como era más joven corría más que Pedro, pero le espera. Cuando llega le deja entrar primero y después lo ve él. 

    Les llena de curiosidad que las vendas están bien enrolladas y no como cuando roban. Entonces reflexionan dándose cuenta de su anuncio: que Él que había de resucitar de entre los muertos. La Pascua se origina cristiana parte de la judía. Y es que la liberación de Israel cuando eran esclavos en Egipto prefigura a Cristo que libera al hombre del pecado y la muerte. 

    De esta forma hoy, y hasta el próximo Domingo es la Octava Pascual, porque al ser una Solemnidad de tal magnitud no cabe su celebración en un único día por eso se ponen los ocho primeros días de la Cincuentena Pascual como si fuese el propio día de Resurrección. 

    Todo esto se vive en la Vigilia Pascual que se celebraba anoche con el Rito del Lucernario y entronizando el Cirio, Símbolo de Cristo Resucitado, y renovando también las Promesas Bautismales recordando nuestro Bautismo.

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  • "Alegraos"

    Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

    Y dijo Dios: «Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas». E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue. Llamó Dios al firmamento «cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

    Dijo Dios: «Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco». Y así fue. Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar». Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra». Y así fue. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

    Dijo Dios: «Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

    Dijo Dios: «Bullan las aguas de seres vivientes, y vuelen los pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo». Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Luego los bendijo Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

    Dijo Dios: «Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: ganados, reptiles y fieras según sus especies». Y así fue. E hizo Dios las fieras según sus especies, los ganados según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.

    Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra». Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira». Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

    Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo. Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho.

    Bendice, alma mía, al Señor:

    ¡Dios mío, qué grande eres!

    Te vistes de belleza y majestad,

    la luz te envuelve como un manto. R/.

    Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

    y no vacilará jamás;

    la cubriste con el manto del océano,

    y las aguas se posaron sobre las montañas. R/.

    De los manantiales sacas los ríos,

    para que fluyan entre los montes;

    junto a ellos habitan las aves del cielo,

    y entre las frondas se oye su canto. R/.

    Desde tu morada riegas los montes,

    y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

    haces brotar hierba para los ganados,

    y forraje para los que sirven al hombre.

    Él saca pan de los campos. R/.

    Cuántas son tus obras, Señor,

    y todas las hiciste con sabiduría;

    la tierra está llena de tus criaturas.

    ¡Bendice, alma mía, al Señor! R/.

    En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: «¡Abrahán!». Él respondió: «Aquí estoy». Dios dijo: «Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré».

    Abrahán madrugó, apareció el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el holocausto y se encaminó al lugar que le había indicado Dios. Al tercer día levantó Abrahán los ojos y divisó el sitio desde lejos. Dijo a sus criados: «Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros».

    Abrahán tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a su padre: «Padre». Él respondió: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y siguieron caminando juntos.

    Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!». Él contestó: «Aquí estoy».

    El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo». Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abrahán llamó aquel sitio «El Señor ve», por lo que se dice aún hoy «En el monte el Señor es visto».

    El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo: «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

    El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

    mi suerte está en tu mano.

    Tengo siempre presente al Señor,

    con él a mi derecha no vacilaré. R/.

    Por eso se me alegra el corazón,

    se gozan mis entrañas,

    y mi carne descansa esperanzada.

    Porque no me abandonarás en la región de los muertos

    ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

    Me enseñarás el sendero de la vida,

    me saciarás de gozo en tu presencia,

    de alegría perpetua a tu derecha. R/.

    En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco. Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de vosotros, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes».

    Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube, que iba delante de ellos, se desplazó y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran aproximarse el uno al otro.

    Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche; el mar se secó y se dividieron las aguas. Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron y entraron tras ellos, en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.

    Era ya la vigilia matutina cuando el Señor miró desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios y sembró el pánico en ellos, trabando las ruedas de sus carros y haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios dijeron: «Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto».

    Luego dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes». Moisés extendió su mano sobre el mar; al despuntar el día, el mar recobró su estado natural, y los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar. Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón; ni uno solo se salvó.

    Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda. Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos en la orilla del mar. Vio Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.

    Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor:

    Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,

    caballos y carros ha arrojado en el mar.

    Mi fuerza y mi poder es el Señor,

    El fue mi salvación.

    Él es mi Dios: yo lo alabaré;

    el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. R/.

    El Señor es un guerrero,

    su nombre es “El Señor”.

    Los carros del faraón los lanzó al mar,

    ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. R/.

    Las olas los cubrieron,

    bajaron hasta el fondo como piedras.

    Tu diestra, Señor, es magnífica en poder,

    tu diestra, Señor, tritura al enemigo. R/.

    Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad,

    lugar del que hiciste tu trono, Señor;

    santuario, Señor, que fundaron tus manos.

    El Señor reina por siempre jamás. R/.

    Quien te desposa es tu Hacedor: su nombre es Señor todopoderoso. Tu libertador es el Santo de Israel: se llama «Dios de toda la tierra».

    Como a mujer abandonada y abatida te llama el Señor; como a esposa de juventud, repudiada —dice tu Dios—. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré.

    En un arrebato de ira, por un instante te escondí mi rostro, pero con amor eterno te quiero —dice el Señor, tu libertador—. Me sucede como en los días de Noé: juré que las aguas de Noé no volverían a cubrir la tierra; así juro no irritarme contra ti ni amenazarte.

    Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, ni vacilaría mi alianza de paz —dice el Señor que te quiere—. ¡Ciudad afligida, azotada por el viento, a quien nadie consuela!

    Mira, yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros; haré tus almenas de rubí, tus puertas de esmeralda, y de piedras preciosas tus bastiones.

    Tus hijos serán discípulos del Señor, gozarán de gran prosperidad tus constructores. Tendrás tu fundamento en la justicia: lejos de la opresión, no tendrás que temer; lejos del terror, que no se acercará.

    Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

    y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

    Señor, sacaste mi vida del abismo,

    y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

    Tañed para el Señor, fieles suyos,

    celebrad el recuerdo de su nombre santo;

    su cólera dura un instante;

    su bondad, de por vida;

    al atardecer nos visita el llanto;

    por la mañana, el júbilo. R/.

    Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

    Señor, socórreme.

    Cambiaste mi luto en danzas.

    Señor Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

    Esto dice el Señor: «Sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche.

    ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

    Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David: lo hice mi testigo para los pueblos, guía y soberano de naciones. Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti; porque el Señor tu Dios, el Santo de Israel te glorifica.

    Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—.

    Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».

    «Él es mi Dios y Salvador:

    confiaré y no temeré,

    porque mi fuerza y mi poder es el Señor,

    él fue mi salvación».

    Y sacaréis aguas con gozo

    de las fuentes de la salvación. R/.

    «Dad gracias al Señor,

    invocad su nombre,

    contad a los pueblos sus hazañas,

    proclamad que su nombre es excelso». R/.

    Tañed para el Señor, que hizo proezas,

    anunciadlas a toda la tierra;

    gritad jubilosos, habitantes de Sión,

    porque es grande es en medio de ti el Santo de Israel. R/.

    Escucha, Israel, mandatos de vida; presta oído y aprende prudencia. ¿Cuál es la razón, Israel, de que sigas en país enemigo, envejeciendo en tierra extranjera; de que te crean un ser contaminado, un muerto habitante del Abismo? ¡Abandonaste la fuente de la sabiduría!

    Si hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para siempre. Aprende dónde está la prudencia, dónde el valor y la inteligencia, dónde una larga vida, la luz de los ojos y la paz. ¿Quién encontró su lugar o tuvo acceso a sus tesoros? El que todo lo sabe la conoce, la ha examinado y la penetra; el que creó la tierra para siempre y la llenó de animales cuadrúpedos; el que envía la luz y le obedece, la llama y acude temblorosa; a los astros que velan gozosos arriba en sus puestos de guardia, los llama, y responden: «Presentes», y brillan gozosos para su Creador.

    Este es nuestro Dios, y no hay quien se le pueda comparar; rastreó el camino de la inteligencia y se lo enseñó a su hijo, Jacob, se lo mostró a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y vivió en medio de los hombres. Es el libro de los mandatos de Dios, la ley de validez eterna: los que la guarden vivirán; los que la abandonen morirán. Vuélvete, Jacob, a recibirla, camina al resplandor de su luz; no entregues a otros tu gloria, ni tu dignidad a un pueblo extranjero. ¡Dichosos nosotros, Israel, que conocemos lo que agrada al Señor!

    La ley del Señor es perfecta

    y es descanso del alma;

    el precepto del Señor es fiel

    e instruye a los ignorantes. R/.

    Los mandatos del Señor son rectos

    y alegran el corazón;

    la norma del Señor es límpida

    y da luz a los ojos. R/.

    El temor del Señor es puro

    y eternamente estable;

    los mandamientos del Señor son verdaderos

    y eternamente justos. R/.

    Más preciosos que el oro,

    más que el oro fino;

    más dulce que la miel

    de un panal que destila. R/.

    Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de hombre, la casa de Israel profanó con su conducta y sus acciones la tierra en que habitaba.

    Me enfurecí contra ellos, por la sangre que habían derramado en el país, y por haberlo profanado con sus ídolos. Los dispersé por las naciones, y anduvieron dispersos por diversos países. Los he juzgado según su conducta y sus acciones.

    Al llegar a las diversas naciones, profanaron mi santo nombre, ya que de ellos se decía: "Estos son el pueblo del Señor y han debido abandonar su tierra". Así que tuve que defender mi santo nombre, profanado por la casa de Israel entre las naciones adonde había ido.

    Por eso, di a la casa de Israel: "Esto dice el Señor Dios: No hago esto por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado por vosotros en las naciones a las que fuisteis. Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos. Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad.

    Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.

    Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios"».

    Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:

    ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

    Cómo entraba en el recinto santo,

    cómo avanzaba hacia la casa de Dios,

    entre cantos de júbilo y alabanza,

    en el bullicio de la fiesta. R/.

    Envía tu luz y tu verdad:

    que ellas me guíen

    y me conduzcan hasta tu monte santo,

    hasta tu morada. R/.

    Me acercaré al altar de Dios,

    al Dios de mi alegría;

    y te daré gracias al son de la cítara,

    Dios, Dios mío. R/.

    Hermanos: Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.

    Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.

    Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado.

    Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.

    Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

    Dad gracias al Señor porque es bueno,

    porque es eterna su misericordia.

    Diga la casa de Israel:

    eterna es su misericordia. R/.

    «La diestra del Señor es poderosa,

    la diestra del Señor es excelsa».

    No he de morir, viviré

    para contar las hazañas del Señor. R/.

    La piedra que desecharon los arquitectos

    es ahora la piedra angular.

    Es el Señor quien lo ha hecho,

    ha sido un milagro patente. R/.

    Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.

    De pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.

    El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis". Mirad, os lo he anunciado».

    Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

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