RSS - Audios de Ecclesia

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RSS - Audios de Ecclesia episodes

  • "Seis días antes de la Pascua"

    Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas.

    Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella:

    «Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».

    El Señor es mi luz y mi salvación,

    ¿a quién temeré?

    El Señor es la defensa de mi vida,

    ¿quién me hará temblar? R/.

    Cuando me asaltan los malvados

    para devorar mi carne,

    ellos, enemigos y adversarios,

    tropiezan y caen. R/.

    Si un ejército acampa contra mí,

    mi corazón no tiembla;

    si me declaran la guerra,

    me siento tranquilo. R/.

    Espero gozar de la dicha del Señor

    en el país de la vida.

    Espera en el Señor, sé valiente,

    ten ánimo, espera en el Señor. R/.

    Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

    María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

    Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?»

    Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.

    Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».

    Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

    2 min
  • Lunes Santo

    Después de la muchedumbre que aclamaba al Señor entrando en Jerusalén, nos ponemos en contexto de Pasión y Cruz, siguiendo los últimos días del Maestro que nos ama hasta el extremo. Hoy es Lunes Santo. Se trata de la segunda jornada incluida en los días menores de la Semana Santa. 

    La Iglesia contempla el momento en que Lázaro ha sido resucitado y ofrece una cena al Señor. María, intuyendo que algo el va a suceder a Jesús empela un perfume de nardo y alabastro para ungirle la Cabeza. 

    Toda la casa queda llena de la fragancia del perfume. Judas, el que lo iba a entregar, critica a la hermana del que había resucitado porque le unge con un perfume costoso. La respuesta de Jesús defiende a María. En ella resalta que la hermana del resucitado quiere embalsamarlo ante su próxima Sepultura. La tradición de la Iglesia denomina este día “Lunes de Autoridad”. 

    El motivo es que Cristo echó a los mercaderes del Templo en esta jornada, para poner de relieve el Lugar Santo como Casa de Oración. Además asegura que “Él tiene Poder para entregar la Vida y Poder para recuperarla”. 

    De esta forma queda patente la Autoridad de Cristo porque el modo de enseñar nada tiene que ver con los Maestros de la Ley. Así lo veía la multitud. También se cree que el Señor tenía hambre uno de estos días, y se acercó a una higuera en busca de frutos. Y como no halló nada la maldijo y se quedó seca.

    1 min
  • "El espíritu está pronto, pero la carne es débil"

    El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

    El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

    Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.

    El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

    Al verme, se burlan de mí,

    hacen visajes, menean la cabeza:

    «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

    que lo libre si tanto lo quiere». R/.

    Me acorrala una jauría de mastines,

    me cerca una banda de malhechores;

    me taladran las manos y los pies,

    puedo contar mis huesos. R/.

    Se reparten mi ropa,

    echan a suerte mi túnica.

    Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

    fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

    Contaré tu fama a mis hermanos,

    en medio de la asamblea te alabaré.

    «Los que teméis al Señor, alabadlo;

    linaje de Jacob, glorificadlo;

    temedlo, linaje de Israel». R/.

    Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

    Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

    Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

    Cronista - C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

    Sinagoga/pueblo - S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

    C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

    C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

    S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

    C. Él contestó: Jesús + «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: "El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos"».

    C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

    C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

    + «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

    C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro

    S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

    C. Él respondió:

    + «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

    C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

    S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

    C. Él respondió:

    + «Tú lo has dicho».

    C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:

    + «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

    C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:

    + «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

    C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

    C. Entonces Jesús les dijo:

    + «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño". Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

    C. Pedro replicó:

    S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

    C. Jesús le dijo:

    + «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

    C. Pedro le replicó:

    S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

    C. Y lo mismo decían los demás discípulos.

    C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:

    + «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

    C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:

    + «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

    C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

    + «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

    C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

    + «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

    C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

    + «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

    C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:

    + «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

    C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

    S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

    C. Después se acercó a Jesús y le dijo:

    S. «¡Salve, Maestro!».

    C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

    + «Amigo, ¿a qué vienes?».

    C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

    + «Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

    C. Entonces dijo Jesús a la gente:

    + «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

    C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

    C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

    Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:

    S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

    C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

    S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

    C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

    S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

    C. Jesús le respondió:

    + «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

    C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:

    S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

    C. Y ellos contestaron:

    S. «Es reo de muerte».

    C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:

    S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

    C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:

    S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».

    C. Él lo negó delante de todos diciendo:

    S. «No sé qué quieres decir».

    C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

    S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».

    C. Otra vez negó él con juramento:

    S. «No conozco a ese hombre».

    C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:

    S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

    C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:

    S. «No conozco a ese hombre».

    C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

    C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

    C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:

    S. «He pecado entregando sangre inocente».

    C. Pero ellos dijeron:

    S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

    C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:

    S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».

    C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

    C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

    S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

    C. Jesús respondió:

    + «Tú lo dices».

    C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

    S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

    C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:

    S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

    C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

    S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

    C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:

    S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

    C. Ellos dijeron:

    S. «A Barrabás».

    C. Pilato les preguntó:

    S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

    C. Contestaron todos:

    S. «Sea crucificado».

    C. Pilato insistió:

    S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

    C. Pero ellos gritaban más fuerte:

    S. «¡Sea crucificado!».

    C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

    S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».

    C. Todo el pueblo contestó:

    S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

    C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

    C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

    S. «¡Salve, rey de los judíos!».

    C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

    C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

    C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:

    S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

    C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:

    S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios».

    C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

    C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

    + «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

    C. (Es decir:

    + «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

    C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:

    S. «Está llamando a Elías».

    C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:

    S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».

    C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

    (Todos se arrodillan, y se hace una pausa.)

    C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

    S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

    C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

    C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

    C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

    S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos". La última impostura sería peor que la primera».

    C. Pilato contestó:

    S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

    C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

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  • Domingo de Ramos

    Nos encontramos en la antesala de nuestra Fiesta Grande. Hoy es Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa y preámbulo de la Resurrección. Este día es una fecha señalada porque desde hace cuarenta días hemos venido preparando los Misterios Centrales de la Fe, que dieron comienzo con la Solemne Entrada de Cristo en Jerusalén. 

    Los evangelios relatan que Cristo cuando iba aproximándose a la Ciudad Santa para morir y resucitar, vio una gran multitud que subía y se juntaban en torno a Él y sus discípulos. Es el cumplimiento de la Profecía de Zacarías donde manda a la Ciudad “que se alegre por su Rey que viene a Ella Justo y Victorioso montado en un asno, en un pollino de borrica”. 

    Por eso el Señor manda a los suyos a por un borriquito que hay cerca en una casa. Cuando van a por él, hay personas que se lo recriminan. La respuesta de que el Maestro lo necesita y lo devolverá pronto hace que se lo dejen llevar. 

    Una vez que le traen sus amigos el animal, se monta y la gente agita sus palmas y ramos de olivo alfombrando las calles a su paso. Las autoridades le intentan parar, pero Él les contesta que si callan los que le aclaman, gritará las piedras. Históricamente el Domingo de Ramos se celebró primero en Oriente en la propia Jerusalén. 

    Una peregrina en el siglo IV explicó como era este día. En la Edad Media lo asumió Occidente. Por eso en la Misa de esta jornada se lee El Evangelio de la Entrada y en atención a la Iglesia de Roma se proclama la Pasión del Señor, este año según San Mateo, que es el evangelista que se lee en el Ciclo A en el que nos encontramos

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  • "Conviene que uno muera por el pueblo"

    Esto dice el Señor Dios: «Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los haré una sola nación en mi tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos.

    No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitan y en los cuales pecaron. Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.

    Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, en la que habitaron sus padres: allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre.

    Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».

    Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,

    anunciadla a las islas remotas:

    «El que dispersó a Israel lo reunirá,

    lo guardará como un pastor a su rebaño. R/.

    Porque el Señor redimió a Jacob,

    lo rescató de una mano más fuerte».

    Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,

    afluirán hacia los bienes del Señor. R/.

    Entonces se alegrará la doncella en la danza,

    gozarán los jóvenes y los viejos;

    convertiré su tristeza en gozo,

    los alegraré y aliviaré sus penas. R/.

    En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

    Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

    Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

    Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: «¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

    3 min
  • San Sixto III, Papa

    El Pastor que recordamos este día tuvo que confirmar en la Fe a los demás para sacarles de sus errores doctrinales. Se trata de San Sixto III, al que celebramos en esta víspera del Domingo de Ramos y del comienzo de la Semana Santa. Accede al Papado tras la muerte de San Celestino I, el año 432. 

    Sus ocho años de Pontificado estuvieron llenos de multitud de problemas. Uno de ellos fue la herejía pelagiana. Dicha desviación, promovida por el monje Pelagio, decía que no era necesaria la Gracia Divina para realizar buenas obras. Pero las dificultades seguirían con Nestorio. 

    Este Obispo de Constantinopla, oriundo de Antioquia, defendía que Cristo no era una Persona Divina sino que en Él había dos Personas. A eso añadía que la Virgen María no era Madre de Dios. Tuvo que convocar el Concilio de Éfeso con la idea de sentar las Bases de la Fe y definir como Dogma que Cristo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se ha Encarnado y se ha hecho Hombre para salvarnos. 

    Con ello es Persona Divina y es Dios y Hombre a la vez. Los esfuerzos del Papa para obtener la conversión de los difusores del error fueron malinterpretados, de modo que, gracias al Concilio convocado por el emperador Valentiniano, quedó restablecido su buen obrar. San Sixto III muere en el año 440, no sin antes restablecer las Basílicas de San Pedro, San Lorenzo y Santa María La Mayor.

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  • "Aunque no me creáis a mí, creed a las obras"

    Oía la acusación de la gente: «"Pavor-en-torno", delatadlo, vamos a delatarlo». Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él».

    Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa!

    Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa.

    Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;

    Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.

    Dios mío, peña mía, refugio mío,

    escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.

    Invoco al Señor de mi alabanza

    y quedo libre de mis enemigos. R/.

    Me cercaban olas mortales,

    torrentes destructores me aterraban,

    me envolvían las redes del abismo,

    me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.

    En el peligro invoqué al Señor,

    grité a mi Dios:

    desde su templo él escuchó mi voz,

    y mi grito llegó a sus oídos. R/.

    En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios».

    Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: "Yo os digo: sois dioses"? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: "¡Blasfemas!" Porque he dicho: "Soy Hijo de Dios"?».

    «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».

    Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y muchos creyeron en él allí.

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  • San Juan, ermitaño

    El Santo de este día tiene su paralelismo con la Vida de Cristo: estuvo ejerciendo la carpintería en el ámbito familiar hasta que se entregó al silencio. Se trata del ermitaño San Juan. No tiene ningún vínculo con el evangelista, Apóstol del Señor. 

    Nace en Licópolis – hoy Asiut- a comienzos del siglo IV. La mayor parte de su vida estuvo en Tebaida, dedicado a la oración y la penitencia. Tras una juventud en el ejercicio de la carpintería -oficio que aprende de su familia-, se pone en manos de un monje que orientará a la austeridad en busca de Cristo. 

    Alimentado de hierbas y frutos silvestres, duerme poco y dedica muchos ratos a expiar sus pecados. No faltan personas que van en busca de consejo y ayuda espiritual. Han corrido entre ellos las noticias de que es un hombre bueno y fiel. 

    La Santidad de vida se nota por su testimonio de vivirlo, pero nunca alardea de ser cristiano. Con el paso del tiempo, el monje Evagrio del Ponto y su discípulo Paladio van a visitarle. Tras una cálida acogida, profetiza a Paladio su próxima elección como Obispo, y las cruces que sufrirá. 

    Entre los que le visitan se encuentran algunos militares, así como legados que envía el propio Emperador Teodosio. Tras 75 años de penitencia y ayuno en el desierto, San Juan eremita muere en el año 394.

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  • "Yo lo conozco y guardo su palabra"

    En aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así: «Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos».

    «Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».

    El Señor añadió a Abrahán: «Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».

    Recurrid al Señor y a su poder,

    buscad continuamente su rostro.

    Recordad las maravillas que hizo,

    sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

    ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;

    hijos de Jacob, su elegido!

    El Señor es nuestro Dios,

    él gobierna toda la tierra. R/.

    Se acuerda de su alianza eternamente,

    de la palabra dada, por mil generaciones;

    de la alianza sellada con Abrahán,

    del juramento hecho a Isaac. R/.

    En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».

    Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: "Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre"? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».

    Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: "Es nuestro Dios", aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera "No lo conozco" sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».

    Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».

    Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

    3 min
  • San Braulio de Zaragoza

    La historia nos lleva hasta los primeros momentos en que la Obra Salvadora de Dios había prendido con su Muerte y Resurrección en nuestras tierras. Hoy celebramos a San Braulio. Se desconoce su lugar de nacimiento, así como la fecha, pero en el año 626 figura como Obispo de Zaragoza, la llamada Cesaraugusta por los romanos. 

    Y también se notaba que poseía grandes dotes de estudio y conocimiento de las Ciencias como el latín, la Filosofía, la Teología y la literatura. Discípulo de San Isidoro de Sevilla, asumió buena parte de su pensamiento. 

    Él sería precisamente quien lograse que el Obispo hispalense concluyese Las Etimologías. Precisamente fue le enlace entre este Santo y la sociedad de entonces. Se le considera clave fundamental para conservar y transmitir los saberes de la época. 

    Durante su ministerio tuvieron lugar el Concilio V y VI de Toledo. En ellos se dictaron importantes normas que favorecieron la autoridad real, así como otras cuestiones de tipo eclesial y litúrgico. Entre sus publicaciones, se encuentran las Actas de los Mártires de Zaragoza y otras 44 cartas, conocidas por toda Hispania. 

    San Braulio defensor de la unidad y de la Fe, muere hacia el año 651. Su vida estuvo en el contexto de los reyes visigodos, de los que fue muchas veces ayuda espiritual y consejero moral ante las dificultades planteadas por aquellos momentos.

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