RSS - Audios de Ecclesia

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RSS - Audios de Ecclesia episodes

  • Santa Priscila

    Hoy,

    Domingo II del Tiempo Ordinario, avanzamos en los inicios de la Vida
    Pública del Salvador. Juan Bautista señala desde su corazón a
    Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Tal y como
    señala el evangelista, el Bautista da Fe de cuanto ha visto y de
    cómo el Padre ha hablado desde la Nube, señalando a Cristo como el
    Ungido en quien pone todas sus complacencias. 

    Al mismo tiempo

    describe que ha visto al Espíritu Santo aletear en forma de Paloma.
    Y en este día también recordamos a Santa Priscila. Su nacimiento se
    sitúa en Roma en el siglo I. Y a los trece años, tendrá la
    oportunidad de dar testimonio de su Fe ante el juez. 

    Era una época

    de cruda persecución contra los cristianos. Su niñez y dulzura
    hacen creer al Prefecto que le podrá convencer para que abandone lo
    que él cree una superstición. Sin embargo su fidelidad a Cristo
    hasta las últimas consecuencias le conduce a la prisión, creyendo
    los perseguidores que podrá meditar su decisión y cambiar de
    parecer. 

    Cuando no logran convencerla ni tan siquiera algunos de sus

    allegados, es condenada a morir decapitada, sentencia que cumplirán
    a las afueras de la ciudad, siendo enterrada en la Via Ostiense. Las
    reliquias de Santa Priscila descansan en la Iglesia que lleva su
    mismo nombre, en la Ciudad Eterna. Precisamente una de las catacumbas
    lleva su nombre.  

    1 min
  • “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores”

    Había un hombre de Benjamín, de nombre Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afij, hijo de un benjaminita. Era un hombre de buena posición.

    Tenía un hijo llamado Saúl, fornido y apuesto. No había entre los hijos de Israel nadie mejor que él. De hombros para arriba, sobrepasaba a todo el pueblo.

    Las borricas de Quis, padre de Saúl, se habían extraviado; por ello ordenó a su hijo:

    «Toma contigo a uno de los criados, ponte en camino y vete a buscar las borricas».

    Atravesaron la montaña de Efraín y recorrieron la comarca de Salisá, sin encontrarlas. Atravesaron la comarca de Saalín y el territorio benjaminita, pero no dieron con ellas.

    En cuanto Samuel vio a Saúl, el Señor le advirtió:

    «Ese es el hombre de quien te hablé. Ese gobernará a mi pueblo».

    Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta, y le dijo:

    «Haz el favor de indicarme dónde está la casa del vidente».

    Samuel respondió:

    «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano y comeréis hoy conmigo. Mañana te dejaré marchar y te aclararé cuanto te preocupa».

    Tomó entonces Samuel el frasco de óleo, lo derramó sobre su cabeza y le besó, diciendo:

    «El Señor te unge como jefe sobre su heredad. Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean».

     R/. Señor, el rey se alegra por tu fuerza  

    Señor, el rey se alegra por tu fuerza, 

    ¡y cuánto goza con tu victoria! 
    Le has concedido el deseo de su corazón, 
    no le has negado lo que pedían sus labios. R/.

    Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, 

    y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. 
    Te pidió vida, y se la has concedido, 
    años que se prolongan sin término. R/.

    Tu victoria ha engrandecido su fama, 

    lo has vestido de honor y majestad. 
    Le concedes bendiciones incesantes, 
    lo colmas de gozo en tu presencia» R/.

    En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.

    Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice:

    «Sígueme».

    Se levantó y lo siguió.

    Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían.

    Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:

    «¿Por qué come con publicanos y pecadores?»

    Jesús lo oyó y les dijo:

    «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

    3 min
  • San Antonio, abad

     Tras

    la Navidad, el Calendario recuerda a hombres y mujeres muy venerados
    en este mes de invierno. Hoy celebramos a San Antonio Abad,
    popularmente llamado San Antón. Este pionero del monaquismo, nace en
    Egipto hacia el año 250. Cuando mueren sus padres entrega todo el
    dinero y deja al cuidado de unas consagradas a sus hermanas. 

    Es el

    seguimiento a Cristo en el Evangelio que invita a “vender cuanto
    tienes para dárselo a los pobres. De esa manera tendrás un Tesoro
    en el Cielo. Así se encuentra en condiciones de seguir la vida
    desprendida y consagrada al Señor. 

    Pasó por el desierto y estuvo

    junto a un cementerio, meditando sobre Cristo vencedor del pecado y
    de la muerte. Apoyó con su oración y penitencia a San Atanasio en
    la lucha contra los arrianos, y defendió a los cristianos
    perseguidos. Muchos eran lo que iban a pedirle ayuda. 

    Él no quería

    ser un hombre de masas, pero tampoco se alejó de quienes le pedían
    ayuda y consejo. San Antonio, Abad muere el año 356 y es el Patrón
    de los animales en cuanto sirven de sustento al hombre. 

    En un signo

    de máxima sencillez pidió que no se pusiese ningún nombre para
    permanecer en el anonimato. En las Imágenes aparece con un animal
    porcino a los pies porque, según la tradición, el demonio le puso
    tentaciones de comer y él las dominó. Por eso aparece con el cayado
    en señal de que le ha dominado.  

    1 min
  • San Fulgencio

     Los

    ambientes de Fe ayudan a los integrantes en ese hogar para sentirse
    cera de Dios y vivir su Amor cada día. Hoy celebramos a San
    Fulgencio de Écija. Este ascendiente de la nobleza visigoda, nacido
    en Cartagena el año 540, es hermano de los también Santos Leandro,
    Isidoro y Florentina. Desde pequeño fue educado en la Fe, con gran
    sensibilidad contemplativa. 

    Su padre quiere para él una mayor

    educación cristiana. Por eso, llevado a unos benedictinos, de ellos
    hereda el estudio y la reflexión. De hecho escribe comentarios sobre
    la Escritura. Si hay que destacar algunos de ellos, especialmente hay
    que aludir a los Libros Proféticos. 

    Cuando condena la herejía

    arriana que negaba a Cristo Dios hecho Hombre, es desterrado. A pesar
    de las dificultades no perdió nunca la esperanza. A la vuelta, es
    nombrado obispo de Cartagena. En su Ministerio Episcopal se dedicó
    de lleno a los más necesitados porque descubrió que la caridad era
    la virtud, por excelencia. 

    Posteriormente le encomiendan Écija,

    cerca de Sevilla. En esa Diócesis tuvo que poner paz entre clérigos
    y fieles laicos. San Fulgencio muere en el año 658. Gracias a sus
    escritos y reflexiones logró que la gente comprendiese y entendiese
    mejor la Sagrada Escritura y el Depósito de la Fe. Su legado
    permanece en tierras ecijanas donde se le guarda y profesa gran
    devoción.  

    1 min
  • “ ¡Levántate… echa a andar! ”

    El Señor dijo a Samuel:

    «Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan. No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos».

    Samuel transmitió todas las palabras del Señor al pueblo que le había pedido un rey.

    Samuel explicó:

    «Este es el derecho del rey que reinará sobre vosotros: se llevará a vuestros hijos los para destinarlos a su carroza y a su caballería, y correrán delante de su carroza. Los destinará a ser jefes de mil o jefes de cincuenta, a arar su labrantío y segar su mies, a fabricar sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará a vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas. Se apoderará de vuestros mejores campos, viñas y olivares, para dárselos a sus servidores. Cobrará el diezmo de vuestros olivares y viñas, para dárselo a sus eunucos y servidores. Se llevará a vuestros mejores servidores, siervas y jóvenes, así como a vuestros asnos, para emplearlos en sus trabajos. Cobrará el diezmo de vuestro ganado menor, y vosotros os convertiréis en esclavos suyos. Aquel día os quejaréis a causa del rey que os habéis escogido: Pero el Señor no os responderá».

    El pueblo se negó a hacer caso a Samuel y contestó:

    «No importa. Queremos que haya un rey sobre nosotros. Así seremos como todos los otros pueblos. Nuestro rey nos gobernará, irá al frente y conducirá nuestras guerras».

    Samuel oyó todas las palabras del pueblo y las transmitió a oídos del Señor.

    El Señor dijo a Samuel:

    «Escucha su voz y nómbrales un rey».

     R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor  

    Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: 

    caminará, oh, Señor, a la luz de tu rostro; 
    tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo . R/.

    Porque tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder.  

    Porque el Señor es nuestro escudo 
    y el Santo de Israel nuestro rey. R/.

    Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.

    Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.

    Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:

    «Hijo, tus pecados te son perdonados».

    Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:

    «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?».

    Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:

    «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados” o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?

    Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-:

    “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».

    Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:

    «Nunca hemos visto una cosa igual».

    3 min
  • “Si quieres, puedes limpiarme”

    En aquellos días, salió Israel a la guerra contra los filisteos y acamparon en Ebenézer, mientras los filisteos acamparon en Afec.

    Los filisteos formaron frente a Israel, la batalla se extendió e Israel fue derrotado por los filisteos.

    Abatieron en el campo unos cuatro mil hombres de la formación.

    Cuando la tropa volvió al campamento, dijeron los ancianos de Israel:

    «¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor frente a los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor. Que venga entre nosotros y nos salve de la mano de nuestros enemigos».

    El pueblo envió gente a Siló para que trajeran de allí el Arca de la Alianza del Señor del universo, que se sienta sobre querubines. Allí, junto al Arca de la Alianza de Dios, se encontraban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

    Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel prorrumpió en un gran alarido y la tierra se estremeció.

    Los filisteos oyeron la voz del alarido, y se preguntaron:

    «¿Qué es ese gran alarido en el campamento de los hebreos?».

    Y supieron que el Arca del Señor había llegado al campamento.

    Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron:

    «Dios ha venido al campamento».

    Después gritaron:

    «¡Ay de nosotros!, nada parecido nos había ocurrido antes. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos poderosos dioses? Estos son los dioses que golpearon a Egipto con toda tipo de plagas en el desierto. Filisteos, cobrad fuerzas y comportaos como hombres, para que no tengáis que servir a los hebreos, como os han servido a vosotros. Portaos como hombres y luchad».

    Los filisteos lucharon e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda.

    Fue una gran derrota: cayeron treinta mil infantes de Israel.

    El Arca de Dios fue apresada, y murieron Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

     R/. Redímenos, Señor, por tu misericordia  

    Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, 

    y ya no sales, Señor, con nuestras tropas: 
    nos haces retroceder ante el enemigo, 
    y nuestro adversario nos saquea. R/.

    Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, 

    irrisión y burla de los que nos rodean; 
    nos has hecho el refrán de los gentiles, 
    nos hacen muecas las naciones. R/.

    Despierta, Señor, ¿por qué duermes? 

    Levántate, no nos rechaces más. 
    ¿Por qué nos escondes tu rostro 
    y olvidas nuestra desgracia y opresión? R/.

    En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

    «Si quieres, puedes limpiarme».

    Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

    «Quiero: queda limpio».

    La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.

    Él lo despidió, encargándole severamente:

    «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

    Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

    3 min
  • “Le cogió de la mano y la levantó”

    En aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí.

    La palabra del Señor era rara en aquellos días y no eran frecuentes las visiones.

    Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.

    La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.

    Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:

    «Aquí estoy».

    Corrió adonde estaba Elí y dijo:

    «Aquí estoy, porque me has llamado».

    Respondió:

    «No te he llamado. Vuelve a acostarte».

    Fue y se acostó.

    El Señor volvió a llamar a Samuel.

    Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo:

    «Aquí estoy, porque me has llamado».

    Respondió:

    «No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».

    Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor.

    El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo:

    «Aquí estoy, porque me has llamado».

    Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:

    «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: "Habla, Señor, que tu siervo escucha"».

    Samuel fue a acostarse en su sitio.

    El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:

    «Samuel, Samuel».

    Respondió Samuel:

    «Habla, que tu siervo te escucha».

    Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.

     R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad  

    Yo esperaba con ansia al Señor; 

    él se inclinó y escuchó mi grito. 
    Dichoso el hombre que ha puesto 
    su confianza en el Señor, 
    y no acude a los idólatras, 
    que se extravían con engaños. R/.

    Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 

    y, en cambio, me abriste el oído; 
    no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; 
    entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

    «—Como está escrito en mi libro— 

    para hacer tu voluntad. 
    Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R/.

    He proclamado tu justicia 

    ante la gran asamblea; 
    no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R/.

    En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.

    La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

    Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

    Se levantó de madrugada, cuando todavía era muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:

    «Todo el mundo te busca».

    Él les responde:

    «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

    Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

    3 min
  • San Juan de Ribera

    Nos

    acercamos hasta el perfil de un hombre que pastoreó al Pueblo de
    Dios con su oración, sapiencia y caridad. Porque hoy recordamos a
    San Juan de la Ribera. Nace en Sevilla en 1532 y es hijo de Don Pedro
    Afán Enríquez, duque de Alcalá. 

    Su madre, Doña Teresa de los

    Pinelos, morirá muy pronto, dejando al hijo un ambiente familiar
    rodeado del mayor espíritu de caridad y atención a los pobres.
    Estudia en la prestigiosa Universidad de Salamanca. El Papa Pío IV
    le nombró Obispo de Badajoz, cuando aún no había cumplido los
    treinta años. 

    Entre sus tareas, destaca el envío de varios

    predicadores con San Juan de Ávila, siguiendo el espíritu
    tridentino para poner de relieve la revitalización de la Iglesia.
    También impulsa la catequesis de los moriscos, aunque no logra
    demasiados frutos por lo que el monarca termina expulsándolos.
    Posteriormente es destinado a Valencia donde ahonda en esa misma
    tónica. Felipe III le nombra Virrey de Valencia y él funda el
    Seminario Corpus Christi. La idea era la formación del Clero, unido
    al culto a Cristo Eucaristía en Espíritu y Verdad. 

    En su faceta

    oficial la aceptó porque se la pedía el monarca, pero él no quería asumirla y lo hizo mucho tiempo después. Durante este tiempo, la
    Ciudad del Turia disfrutó de un remanso de paz y una gran
    administración de cara al apartado civil y social. San Juan de
    Ribera muere el año 1611.  

    1 min
  • San Habacuc, Profeta

     Los

    Profetas siempre recibieron la llamada de Dios a invitar al Pueblo de
    Israel a la conversión y a la preparación para la venida del
    Salvador. Hoy celebramos a San Habacuc, que así lo hizo. Forma parte
    de los Profetas denominados Menores del Antiguo Testamento. No es de
    los que más sepamos sobre su trayectoria. 

    Pero es de los que más

    estimula en su Libro que recoge el Antiguo Testamento, a confiar en
    el Poder de Dios y su Amor cuando nos vemos en la aflicción y la
    duda. Su vida transcurre en torno a los siglos VII-VI a. C. 

    Sus profecías expresan el Amor del Señor, y

    se sitúan antes de la invasión de Judá por los caldeos. También
    predice la caída de Babilonia, enemiga de Israel. En la Primera
    parte del Libro Yavé se encara con los poderes políticos y
    económicos. 

    Por todo eso asegura que el Señor interviene en favor

    de los débiles y necesitados. La Segunda parte es la condena a
    explotadores, injustos e idólatras. Por fin la Salvación que
    llegará es la Tercera parte del Libro. San Habacuc muere en torno al
    siglo VI. 

    Una de sus frases más célebres es que “el justo vivirá

    por su Fe”. En ella alude a vivir la Fe con obras para sentir que
    el Señor nos ayuda a unirnos en su Obra Redentora. De hecho, esta
    frase la recoge también San Pablo en su Carta a los Romanos, en el
    Nuevo Testamento.  

    1 min
  • “El Señor transforma nuestras vidas”

    En aquellos días, se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado,y lloró copiosamente. E hizo este voto:

    «Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mi y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».

    Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; sólo sus labios se movían, mas su voz no se oía. Elí la creyó borracha. Entonces le dijo:

    «¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino que llevas dentro».

    Pero Ana tomó la palabra y respondió:

    «No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, sólo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».

    Elí le dijo:

    «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido».

    Ella respondió:

    «Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos».

    Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo.

    Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá.

    Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.

    Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo:

    «Se lo pedí al Señor».

     R/. Mi corazón se regocija en el Señor, mi salvador  

    Mi corazón se regocija en el Señor, 

    mi poder se exalta por Dios. 
    Mi boca se ríe de mis enemigos, 
    porque gozo con tu salvación. R/.

    Se rompen los arcos de los valientes, 

    mientras los cobardes se ciñen de valor. 
    Los hartos se contratan por el pan, 
    mientras los hambrientos engordan; 
    la mujer estéril da a luz siete hijos, 
    mientras la madre de muchos queda baldía. R/.

    El Señor da la muerte y la vida, 

    hunde en el abismo y levanta; 
    da la pobreza y la riqueza, 
    humilla y enaltece. R/.

    El levanta del polvo al desvalido, 

    alza de la basura al pobre, 
    para hacer que se siente entre príncipes
    y que herede un trono de gloria. R/.

    En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:

    «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

    Jesús lo increpó:

    «¡Cállate y sal de él!».

    El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:

    «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».

    Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

    3 min

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