En este sentido, el silencio es sinónimo de consciencia plena. Lo escuchamos de un modo atento, a tal punto de reconocernos en él. Para entrar de a poco, la práctica nos invita a percibir los sonidos - y sus silencios - del ambiente en el que estamos… los ruidos del exterior. En un segundo momento, dirigimos la atención a los sonidos - y silencio - del interior. Pensamientos, sentimientos, sensaciones, estados de ánimo… los ruidos del interior. Y por último, nos abrimos al silencio mismo, sin objeto. Descansamos en el silencio, en el fondo que sostiene todo y desde donde emergen todas las formas.