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Con casi tres décadas mendigando verdad y justicia esperan una respuesta de la Corte Interamericana. Marcela Brenda, su única hija, tenía seis años cuando el 5 de febrero de 1996 murió aplastada por una escultura colocada de manera ilegal en los Bosques de Palermo de la ciudad de Buenos Aires. El sitio de la tragedia lleva hoy el nombre de la víctima.
Entregó el Premio Luchemos por la Vida de Plata 2024 al Grupo JEN, dedicado a la prevención vial. Lo integran Cristina y Enrique Schott y Francisca Chávez, que conducía un automóvil bajo los efectos de alcohol y droga cuando provocó la muerte de Juan, el hijo del matrimonio. Después de cumplir la condena se disculpó y lo invitaron a dar testimonio.
Recibió el Premio Luchemos por la Vida de Plata 2024 junto a Cristina y Enrique Schott. Los tres integran el Grupo JEN, dedicado a la prevención vial. Quien habla conducía un auto bajo los efectos de alcohol y droga cuando provocó la muerte de Juan, el hijo del matrimonio, otros dos jóvenes. Tras la pena les pidió perdón y lo invitaron a dar testimonio.
Recibió el Premio Luchemos por la Vida de Plata 2024 junto a su esposa Cristina y Francisca Chávez. Los tres integran el Grupo JEN, dedicado a la prevención vial. Chávez conducía un auto bajo los efectos de alcohol y droga cuando provocó la muerte de Juan, el hijo del matrimonio, y otros dos jóvenes. Tras la condena se disculpó y lo invitaron a dar testimonio.
Recibió el Premio Luchemos por la Vida de Plata 2024 junto a su esposo Enrique Schott y Francisca Chávez. Los tres integran el Grupo JEN, dedicado a la prevención vial. Chávez conducía un auto bajo los efectos de alcohol y droga cuando provocó la muerte de Juan, el hijo del matrimonio, y otros dos jóvenes. Tras la condena se disculpó y lo invitaron a dar testimonio.
Su hija, porteña de 36 años, fue violada y muerta en Capilla del Monte, Córdoba. El sumario carece de procesados y de fiscal. Sabrina Ardiles, de Cruz del Eje, podría ocupar la vacante. Otro hecho extraño sucedió el 5 de abril, aniversario de la desaparición de la víctima. Alguien colocó un baño químico delante del mural pintado en la Estación Núñez.
«Ahora estamos sin fiscal, esperando que nombren a alguien para que la causa siga su curso y se haga justicia por Cecilia», explica Susana Reyes de Basaldúa parada junto al mural con el rostro gigante de su hija que adorna un tapial próximo a las vías de la Estación Núñez, en el barrio porteño homónimo; «confiamos en que se va a descubrir; si ellos quieren, por supuesto, porque nos están poniendo todas las trabas; siempre nos tiran piedras en el camino; cada vez que lo hacen nos dan más fuerza para seguir y los vamos a descubrir a todos; los asesinos siguen sueltos y la Justicia los está encubriendo».
El sol despliega sus últimos rayos. Es el atardecer del 5 de abril, quinto aniversario de la desaparición de la joven. La madre y su esposo Alberto Daniel, papá de la víctima, comparten un homenaje junto a algunos familiares y amigos. Susana luce dos retratos de la hija, uno en el dorso de su remera gris y otro en una imagen acordonada a su cuello. «Verdad y justicia», se lee en este cartel; «femicidio en Capilla del Monte; Cecilia G. Basaldúa». El marido ostenta otra foto colgante sobre el pecho con una frase que desafía a los desesperanzados: «hacer realidad un sueño de amor requiere nunca dejar de soñarlo».
«Estamos acá recordando a Cecilia», cuenta Daniel; «que sepan que vamos a seguir hasta que nos dé la fuerza», advierte con firmeza; «creemos que tienen que despertar; la Justicia hace lo que quiere; no puede ser que siempre haya encubrimiento; desaparece un niño y está la Policía ahí; el Poder Judicial también; creo que el Poder Judicial es más importante, porque tendría que ocuparse de meter preso al que hace mal las cosas; no agarrar a un pibe y encarcelarlo para cubrir a todo el resto; es todo corrupción; el tema de trata que hay es corrupción, es plata que va al Poder Judicial, al poder político».
El hermano de Darío homenajeó junto a Alberto, el padre de ambos, a las víctimas de la masacre de Avellaneda durante una peña en ese partido bonaerense. Denunció que los responsables políticos permanecen impunes. Comparó el contexto actual con el del 26 de junio de 2002. Se manifestó solidario con los jubilados y con Pablo Grillo, el fotógrafo malherido.
"Estoy orgulloso de encontrarme en este espacio, de estar donde estoy y de entender que nos interesamos por cuanta causa y cuanta lucha hay", se emociona Leonardo Santillán de pie con el micrófono sobre la avenida Hipólito Yrigoyen; "aunque no creo en el cielo y esas cosas, pienso que si Darío nos viera también estaría orgulloso de nosotros". A su lado, aún más conmovido, lo observa Luis Alberto, padre de quien habla y del joven piquetero asesinado el 26 de junio de 2002 junto a Maximiliano Kosteki en la llamada masacre de Avellaneda, perpetrada a un kilómetro y pico del sitio de la alocución.
El atardecer se va volviendo noche y las luces municipales acaban de encenderse. Es el 15 de marzo. La peña organizada por el Centro Cultural Manuel Suárez ocupa una de las dos manos de la calzada, la que corre hacia el sur. Padre e hijo son los encargados de las palabras de cierre. Hace tres días de la represión salvaje en los alrededores del Congreso Nacional mientras se debatía el caso $Libra, escándalo que involucra al presidente argentino. Una jubilada recibió un palazo en el cráneo. Pablo Grillo, reportero gráfico, quedó moribundo con un impacto de cartucho de gas lacrimógeno en su frente.
"La actividad esta es para costear los gastos de la causa, la matrícula de nuestra abogada, pero también hay necesidad [de analizar] esto que pasó el miércoles, se vuelve a repetir lo de Darío y Maxi, lo de Carlos Fuentealba; de vuelta la Gendarmería, como pasó con Santiago Maldonado, todo muy explícito; [vivimos] con mucha bronca lo que pasa; yo la vengo luchando desde lo de Darío, Gobierno tras Gobierno y más allá de lo que nos pasó a nosotros, hemos estado apoyando y creemos que esto va más allá del que esté gobernando, el partido político que sea, me parece que es necesario entender eso".
Junto a Leo, su hijo menor, homenajeó a Darío y a Maximiliano Kosteki, víctimas de la masacre de Avellaneda, durante una peña en ese partido bonaerense. Denunció que los responsables políticos permanecen impunes. Comparó el contexto actual con el del 26 de junio de 2002. Se manifestó solidario con los jubilados y con Pablo Grillo, el fotógrafo herido.
Su hija Florencia Cuenca, de 31 años, fue acribillada junto a su novio por el ex de ella. Ocurrió el 1° de diciembre en Ciudad Jardín, partido bonaerense de Tres de Febrero. La chica expiró tras dos meses de agonía. Su pareja perdió la vida de inmediato. Los dos hombres, el fallecido y el autor de los disparos, que se encuentra detenido, tienen nacionalidad venezolana.
«Ahora lo que nos queda es luchar; sabemos que es en la calle, es juntos; como dijo la compañera cantante recién ¿no? es juntarnos, amucharnos y salir adelante; acá tenemos el ejemplo del compañero Luis», fija la mirada en un punto del auditorio, que suma cerca de un centenar de personas conmovidas; «muchas gracias por prestarme este espacio para poder hablar; lo que les quiero pedir es que si llegan a ver el nombre de Florencia Cuenca en cualquier red social o volante que les dan o algo difundan; les pido que nos ayuden en esto porque se viene un camino bastante largo; ellos quieren cerrar la causa acá».
Violeta Flavia Kuperman anda para todos lados decidida a dar pelea por la memoria de su hija. La foto principal la retrata en la Avenida de Mayo durante la marcha del 19 de marzo en apoyo de los jubilados. Sus palabras en cambio corresponden a la imagen inferior, tomada el 15 de marzo en una peña para recordar a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en el partido bonaerense de Avellaneda. Este convite fue convocado por Luis Alberto, el papá de Darío. En ambas postales a mano derecha de la voz del testimonio puede apreciarse a Celeste, su otra hija, hermana menor de la víctima de femicidio.
Flavia Florencia Cuenca tenía 31 años y estaba en pareja con Yhonny Alberto Peralta Barreto, de 28, venezolano. Ambos se encontraban en el domicilio de dos plantas del muchacho, calle De los Paraísos al 6500, intersección con De los Gladiolos, Ciudad Jardín, partido de Tres de Febrero. La sucesión de 17 disparos gatillados por Edward Jesús Belmonte Marrero, asimismo venezolano, de 32, habrá conmocionado la placidez de la zona, un vergel pintoresco de senderos zigzagueantes, áreas verdes y árboles. Unas cuantas de las arterias vehiculares llevan nombres de plantas, coherente con la profusión de naturaleza.
Su mamá Blanca Coca Contreras, de 41 años, y su hija Olivia Fernández, de dos, integran el grupo de cinco fallecidos del incendio de una sucursal de la cadena Comodín el 28 de febrero en San Salvador de Jujuy. Había un centenar de clientes. El local carecía de medidas básicas de seguridad. El fuego se habría producido por dos empleados que manipulaban un soplete en el techo.
"Al pasar las horas y ver que el fuego no se podía controlar, los bomberos no llegaban y la Policía no intervenía, la desesperación y la impotencia crecían; no teníamos respuestas sobre nuestros seres queridos; calculo que el fuego empezó casi a las once de la mañana; en ese momento me encontraba trabajando; salí a las once y media y me enteré de esto; todo el proceso duró hasta las cinco de la tarde; no me quedé hasta el final porque me llevó la Policía supuestamente para darme información de mi hija y mi mamá; me enteré tipo seis de la tarde por medio de las redes sociales del fallecimiento de ambas".
"Ningún personal de la Brigada me dijo que habían muerto; me dieron vueltas desde el momento en que me enteré de que ellas estaban adentro del supermercado", continúa Agustina Coca el relato del drama de su mamá Blanca Isabel Coca Contreras, de 41 años, y su hija Olivia Fernández, de dos (protagonistas de la foto principal), que integran el grupo de cinco fallecidos del incendio de una sucursal de la cadena Comodín el 28 de febrero en la ciudad de San Salvador de Jujuy. Las demás víctimas fatales son Rafael Maldonado, 84, y el matrimonio de María Silvia Liliana Cresppe, 64, y Enrique Benítez, 76.
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