En Oración en mi habitación. Son las 6:15 de la tarde. Le pregunto al Señor por unas flores –«gerberas»– que la novia de mi hijo me regaló el día de mi cumpleaños. Es tas margaritas han durado veinticuatro días. Yo observaba que duraban mucho, pero no le di más importancia. Fue la misma novia de mi hijo la que me preguntó si había comprado más flores pues no podían ser las mismas. Yo le contesté que no había comprado y que, por tanto, eran las mismas. Pregunté en una y me dijeron que duraban unos ocho días, pero que, si la habitación era fresca, podían durar diez o doce, a lo más. Le pregunto al Señor qué quiere decirme con eso, o a quién se lo quiere decir, y qué.
Hija mía, no es a ti a quien esta vez quería decir algo; es a la novia de tu hijo a quien quería llamar la atención. Quería decirle: «𝗘𝘀𝘁𝗼𝘆 𝗮𝗾𝘂í, 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗺í𝗮, 𝘀𝗼𝘆 𝘁𝘂 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘁𝗲 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗼.»
Al mismo tiempo quería que creyera en ti. 𝗠𝗶 𝘃𝗼𝘇 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗹𝗮𝗺𝗮 𝘆 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗮 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝗵𝗶𝗷𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗰𝗮𝗻𝘀𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗿𝗹𝗼 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝗹 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝘀 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗶𝗻𝘁𝗮𝘀: 𝗰𝗼𝗻 𝗱𝗲𝘁𝗮𝗹𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹𝗶𝗰𝗮𝗱𝗼𝘀, 𝗰𝗼𝗻 𝗴𝗿𝗶𝘁𝗼𝘀, 𝘇𝗮𝗿𝗮𝗻𝗱𝗲á𝗻𝗱𝗼𝗹𝗼𝘀 𝗰𝗼𝗻 𝗳𝗶𝗿𝗺𝗲𝘇𝗮...
Hoy, hija mía, me veo obligado a llamar de todas las formas para que se fijen en Mí y me sigan.
A ti, hija mía, tuve que gritarte, zarandearte, atraerte con firmeza, obligándote a mirarme para hacerte mía eternamente. Te busqué y te encontré perdida en el mundo. Sola, entre tanta gente, gritabas y nadie te escuchaba. Parecías tan autosuficiente, tan erguida y, sin embargo, ¡qué pequeña te vi!, ¡qué asustada estabas!, ¡qué ternura sintió mi corazón por el ser que, queriendo ser grande, era tan pequeño: ¡estaba tan solo, tan perdido! ¡cuánta pena me diste, mi pequeña! Te busqué entre la gente, te acaricié, te ofrecí mis brazos extendidos, te atraje suavemente, pero con firmeza hacia mi Corazón sangrante y te dije: «𝗩𝗲𝗻, 𝘃𝗲𝗻 pequeña niña desvalida, pequeña y diminuta flor que tiembla en mis manos. 𝗬𝗼 𝘁𝗲 𝗱𝗮𝗿é 𝗹𝗮 𝗹𝘂𝘇 𝗱𝗲 𝗺𝗶 𝗱𝗶𝘃𝗶𝗻𝗼 𝗿𝗼𝘀𝘁𝗿𝗼, 𝘁𝗲 𝗱𝗮𝗿é 𝗲𝗹 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝘂𝗻 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗲𝗻𝗮𝗺𝗼𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗿𝗶𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝘀, 𝗰𝘂𝗿𝗮𝗿é 𝘁𝘂𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗶𝗱𝗮𝘀, 𝘁𝗲 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗲𝗿é 𝗽𝗼𝗿 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲, 𝘆 𝘁ú 𝗺𝗲 𝗮𝗱𝗼𝗿𝗮𝗿á𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗮 𝗹𝗮 𝗲𝘁𝗲𝗿𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱.»
Hija mía, llamar la atención de una persona no quiere decir que se deba zarandearla. Yo, Jesús, he llamado la atención de la novia de tu hijo para que crea en ti, y tú puedas predicar mi santo nombre a ella. También para ayudarte a que tus hechos no sean tergiversados como fanatismo, sino que vean en ti un ejemplo de amor a tu Dios y te sigan en el camino que lleva a tu Señor, y que tus brazos, hija mía, vengan a Mí.