📘 Libro I Un alma en Cristo
A las 7:40 de la mañana. Le he pedido escribir y Él me dice que escriba. Le pregunto de qué hablaremos, y Él me contesta: «escribe». Siento en estos momentos una emoción muy fuerte, un amor que me oprime el pecho: es la alegría de ser amada por Dios. Soy muy feliz y le pregunto al Señor: mi Señor, ¿merezco tanta dicha?
Sí, hija mía, mereces la dicha que sientes por tu amor ofrecido libremente a tu Dios. 𝗘𝗹 𝗮𝗹𝗺𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲 𝗮 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁á 𝘀𝘂𝗺𝗶𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗮𝘀 𝘁𝗶𝗻𝗶𝗲𝗯𝗹𝗮𝘀. Puede tener todos los tesoros del mundo, pero ella se siente vacía y, cada vez más, se hunde en la tristeza y el hastío más infinitos.
Mi amor, hija mía, es el regalo de un Dios a sus hijos. Los que lo aman se sienten transportados y elevados espiritualmente hasta el punto de no sentirse el mismo hombre. Cambia tanto su interior, que se sienten hombres nuevos; renovados por mi gracia son hombres nuevos.
Tu espíritu en mis manos, henchido de amor luminoso por mi luz, se alimenta de mi Gracia. Ya no podrá jamás vivir sin ella: es el agua viva que Yo ofrecí a la samaritana en mi Evangelio y que prometí, por el mismo, a todos los hombres, sean de donde sean. Todos son hijos de Dios y, por lo tanto, todos tienen el mismo derecho.
Señor, a veces me siento atada por los bienes terrenos y pienso que no debería ser así. Tú me enseñas tanto, que debería darlo todo para sentirme de verdad libre y a tu lado. Ese pensamiento me hace sentir trabada y que no camino. Por otro lado, pienso que Tú me has dado todo lo que tengo y que debo alegrarme de tenerlo. Pero no puedo evitar sentir la duda de que quizás me engañe a mí misma.
Yo, doy a mi placer a cada uno de mis hijos. Tú, hija de mi Misericordia, haces bien en sentir todas esas dudas y hacerte esas preguntas. No hacértelas sería muestra de egoísmo, de poca humildad. Tienes una familia, tienes un nivel social, no te sobra nada. Todo lo has hecho con mucho trabajo. Eres consciente de que no te falta nada y de que hay hermanos a quienes falta lo necesario. Y eso te entristece. Yo me alegro mucho de que pienses así. Pero he de decirte hija mía: dame las gracias por todo lo que te doy. Quiero la alegría de mi pequeña. Que se dé cuenta de mi amor y de cuanto tiene, que agradezca cuanto su amado le da, sintiéndose indigna, por tanto, de tantas y tantas gracias como recibe de Mí.
Que se sienta pequeña, poco merecedora, y entonces será cuando, 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗶𝗹𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲ñ𝗲𝘇, 𝘃𝗲𝗻𝗱𝗿á 𝗲𝗹 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱𝗲𝗿𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗱𝗮𝗿𝗹𝗼 𝘁𝗼𝗱𝗼: 𝗲𝘀 𝗮𝗰𝗲𝗽𝘁𝗮𝗿 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗮, 𝘁𝗮𝗻𝘁𝗼 𝗲𝗻 𝘁𝗿𝗶𝗯𝘂𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗲𝗻 𝗮𝗹𝗲𝗴𝗿í𝗮𝘀.
Para el hombre una de las alegrías más grandes es tener buena salud y todas sus necesidades cubiertas. Si lo tiene, debe dar gracias a su Dios por ser tan generoso con él. Y tú, mi pequeña, debes darte cuenta de cuánto te doy y que es mi Voluntad que lo tengas. Pero 𝗻𝗼 𝘁𝗲 𝗲𝗻𝘃𝗮𝗻𝗲𝘇𝗰𝗮𝘀, 𝗽𝘂𝗲𝘀 𝗲𝘀 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺í𝗼. 𝗬𝗼 𝗱𝗼𝘆 𝘆 𝗬𝗼 𝗾𝘂𝗶𝘁𝗼. Si permaneces en el sentimiento de lo inmerecido, permanecerás en la humildad y Yo te cuidaré, te daré lo que necesites y te levantaré. Ya que, 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗺í𝗮, 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲𝘀 𝗼𝗹𝘃𝗶𝗱𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗮𝗹𝘇𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝘀í 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝘀𝗲𝗿á 𝗮𝗯𝗮𝗷𝗮𝗱𝗼, 𝘆 𝗲𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗮𝗯𝗮𝗷𝗲 𝘀𝗲𝗿á 𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼. Así es tu Señor, para más gloria del Padre: un Dios justo que da a manos llenas y es agradecido hasta el infinito.
Tú, mi bien, 𝘀𝗶𝗴𝘂𝗲 𝗱á𝗻𝗱𝗼𝗺𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗴𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀; 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝘂𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝘂á𝗻𝘁𝗼 𝘁𝗲 𝗱𝗼𝘆, 𝘆 𝘀é 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗳𝗶𝗲𝗹 𝘆 𝗵𝘂𝗺𝗶𝗹𝗱𝗲, 𝘀𝗮𝗯𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘂𝗻 𝗱í𝗮 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿á𝘀 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝗹𝗼 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗶𝗿 𝗮 𝗺𝗶 𝗗𝗶𝘃𝗶𝗻𝗮 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1988) 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰