Un alma en Cristo https://unalmaencristo.my.canva.site/redessociales
📘Libro I Un alma en Cristo
En mi habitación a las 4,20 de la tarde. La voz del Señor me dice:
Escucha a mi Santa Madre.
– Hija mía, hoy, como cada año, se celebra el santo día en que me aparecí en el Pilar. Es el día de las razas, porque yo soy Madre Inmaculada de todos los hombres sin excepción alguna. Son todos mis hijos y yo soy vuestra Madre que os llama a la Conversión y os da, con inmensa ternura, las manos, para que, cogidos a Mí, vengáis conmigo a la presencia de mi Divino Hijo.
Hija mía, ¿recuerdas cuando aún no me amabas, cómo te miraban mis ojos? ¡Con cuánta ternura te sonreía! ¿Recuerdas cómo día tras día tu Santa Madre te acogía con dulzura? Recuerda tu sorpresa cuando me mirabas y te preguntabas: ¿Estaré loca? 𝗘𝘀 𝗮𝗵𝗼𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗮𝗯𝗲𝘀 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀 𝗰𝗮𝗽𝗮𝘇 𝘃𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮 𝗠𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗰𝗲𝗹𝗲𝘀𝘁𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗴𝗮𝗻𝗮𝗿 𝘂𝗻 𝗮𝗹𝗺𝗮.
Es ahora cuando conoces los cuidados de tu Santa Madre, cuando tú, hija mía, conoces, sin esfuerzo, mis detalles de afecto y descubres, con lágrimas en los ojos, que soy yo quien vengo a consolar a mi pequeña.
Es ahora cuando te das cuenta del gran tesoro que el hombre tiene al alcance de sus manos y que, por ignorancia, soy rechazada de muchos de mis hijos que me injurian dándome toda clase de nombres a cuál peor.
Hija mía, ¡Qué pena siente tu pobre corazón! ¡Qué tristeza sientes por tus pobres hermanos! No debes sufrir. Yo soy la Madre de todos los hombres y sonrío a todos mis hijos; los miro de igual forma que te miré. Pero la mayoría creen que es producto de su imaginación, y se van sin pensar nada más. Mientras, 𝘀𝗶𝗴𝗼 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼, 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗖𝗼𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶ó𝗻, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗣𝗲𝗻𝗶𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮, 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗿𝗲𝗰𝗹𝗮𝗺𝗮 𝘆, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼, 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶é𝗻 𝗹𝗲 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗼. 𝗟𝗲 𝗮𝗰𝗮𝗿𝗶𝗰𝗶𝗼 𝘆 𝘀𝘂𝗽𝗹𝗶𝗰𝗼 𝗮𝗹 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝘀𝘂 𝗽𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗮𝗹𝗺𝗮.
¿𝗖𝗼𝗺𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝘀 𝗺𝗶 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝗠𝗮𝗱𝗿𝗲, 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗺í𝗮?
¡Qué alegría siento cuando, cada mañana, pones tu cabeza en mi regazo, dejas allí todas tus preocupaciones, pides por tus hermanos y me llamas: «Mamá» con tanta ternura! Tú, a quien yo he rescatado del fango, a quien he alzado con mis manos de Madre, he limpiado el rostro, y he cuidado hasta el extremo de que tú, hija mía, sabes distinguir quien te concede una Gracia, si mi Divino Hijo o yo, tu Santa Madre.
¿Te das cuenta hasta qué punto te he cuidado, hasta qué punto te amo? Sigue poniendo en mi regazo todas tus preocupaciones, sigue llamándome «Mamá», agradece todo lo que yo te doy, no te preocupes del mañana: sólo adora y agradece en cada instante de tu vida los dones que recibes, que son muchos. Entrégate al amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y, con ellos, a mis Divinos consuelos.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1987) 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰