Un alma en Cristo https://unalmaencristo.my.canva.site/redessociales
📘 Libro I Un alma en Cristo
Hija mía, las cosas en la Iglesia, muy a mi pesar, no van como Yo quisiera. A lo largo de los tiempos, algunos hombres que la han dirigido han cambiado el sentido de mi Evangelio, resultando de ello que los templos se han vaciado, se han quedado solitarios, y una gran desconfianza se ha originado entre mis hijos sacerdotes y los seglares: 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗿𝗲𝗶𝗻𝗮 𝗲𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗰𝗼𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘆 𝗬𝗼, 𝗝𝗲𝘀ú𝘀, 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘆 𝘀𝗼𝗹𝗼, 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮𝗯𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘀𝗼𝗹𝗼.
El Papa, mi hijo predilecto –no sólo éste, sino todos los que, desde San Pedro, se han ido sucediendo unos a otros– no se han equivocado jamás en cuanto a los designios fundamentales de mi Santa Iglesia; pero en otras cuestiones, como hombres que son, cada uno ha actuado según su modo de ser.
Te preguntas, y con razón, cuán diferente no hubiera sido si todos los que hay en mis templos amaran y entendieran mis Evangelios. ¡Cuántas Iglesias llenas! Pero, por desgracia, hija mía, muchos eclesiásticos han entendido las cosas a su modo y siempre, o casi siempre, en su propio beneficio, engañándose a sí mismos. Ellos pensaban que Yo quería las cosas de ese modo. Sus conciencias se han acallado con la voz de su codicia. Pero afortunadamente no todos han sido así. Hay, a lo largo de los siglos, verdaderos santos que se han dejado llevar de su amor y de su celo hasta el más grande de los sacrificios: 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝗴𝗮𝗿 𝘀𝘂 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗺𝗶 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝘆 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗹 𝗽𝗿ó𝗷𝗶𝗺𝗼.
Mi pequeña quiere entender a la Iglesia, o, mejor dicho, a la jerarquía y su modo de actuar. Hay una cosa fundamental, que mi pequeña no debe olvidar, y es que ella es hija de mi Iglesia. Como hija que eres, 𝗻𝗼 𝗷𝘂𝘇𝗴𝗮𝗿á𝘀 𝗮 𝘁𝘂 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗮 𝗠𝗮𝗱𝗿𝗲 (𝗟𝗮 𝗜𝗴𝗹𝗲𝘀𝗶𝗮), sino que la defenderás de todos y contra todos, hasta el punto de dar tu pobre vida por ella. 𝗡𝗼 𝗷𝘂𝘇𝗴𝗮𝗿á𝘀 𝗮𝗹 𝗣𝗮𝗽𝗮, mi hijo predilecto, pues es la cabeza de la jerarquía y está iluminado por el Espíritu Santo en sus decisiones. 𝗦ó𝗹𝗼 𝗬𝗼, 𝗝𝗲𝘀ú𝘀, 𝘀ó𝗹𝗼 𝗬𝗼 𝗷𝘂𝘇𝗴𝗮𝗿é 𝗮 𝗺𝗶 𝗜𝗴𝗹𝗲𝘀𝗶𝗮; 𝗺á𝘀 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝗴𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗮𝗻. 𝗘𝗹𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗮𝗿á𝗻 𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗮𝗰𝘁𝗼𝘀 𝘆 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗮𝗹𝗺𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲, 𝗽𝗼𝗿 𝘀𝘂 𝗰𝘂𝗹𝗽𝗮, 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝘆𝗮𝗻 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗠í 𝗼 𝗱𝗲 𝗺𝗶 𝗖𝗮𝘀𝗮.
Las sectas, o bien las ramas o grupos que, habiendo estado dentro de la Iglesia, se han apartado de ella, enfrentándose a sus normas y juzgando al Santo Padre, no deben ser dignas de ser escuchadas. 𝗛𝗮𝗻 𝗲𝗾𝘂𝗶𝘃𝗼𝗰𝗮𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗺𝗶𝗻𝗼: 𝘀𝘂𝘀 𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿í𝗮𝗻 𝗶𝗿 𝗲𝗻 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗜𝗴𝗹𝗲𝘀𝗶𝗮 𝘆 𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮. 𝗘𝘀𝘁á𝗻 𝗱𝗶𝘃𝗶𝗱𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗮 𝗺𝗶𝘀 𝗵𝗶𝗷𝗼𝘀 que, por no tener una fe robusta, o por estar mal informados, sin saber qué camino tomar, optan por separarse de la Iglesia y, por último, de Mí. 𝗟𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝘀í 𝗼𝗯𝗿𝗮𝗻 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝗲𝗻 𝗺𝗶 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼, 𝗺𝗲 𝗱𝗶𝘀𝗴𝘂𝘀𝘁𝗮𝗻 𝗲𝗻𝗼𝗿𝗺𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘆 𝗺𝗲 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗶𝘀𝘁𝗲𝗰𝗲𝗻.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1986) 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰