📘 Libro I Un alma en Cristo
He hecho el Santo Rosario y he rezado la Oración de la Luz de Cristo. El Señor me ha hablado.
𝗛𝗶𝗷𝗼𝘀 𝗺í𝗼𝘀, 𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗮𝗺á𝗶𝘀 𝘀𝗼𝗶𝘀 𝗯á𝗹𝘀𝗮𝗺𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗺𝗶 𝗖𝗼𝗿𝗮𝘇ó𝗻 𝗵𝗲𝗿𝗶𝗱𝗼. 𝗧𝗲𝗻𝗴𝗼 𝗵𝗼𝘆 𝗹𝗹𝗮𝗴𝗮𝘀 𝗺á𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗱í𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗹𝘃𝗮𝗿𝗶𝗼.
Hoy, hija mía, sólo 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗼 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗺𝗶 𝘀𝗼𝗹𝗲𝗱𝗮𝗱: 𝘀𝗼𝗹𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝗺𝗶𝘀 𝗜𝗴𝗹𝗲𝘀𝗶𝗮𝘀, 𝘀𝗼𝗹𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝗺𝗶𝘀 𝗦𝗮𝗴𝗿𝗮𝗿𝗶𝗼𝘀, 𝘀𝗼𝗹𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗮𝗹𝘁𝗮𝗿𝗲𝘀.
Los más sabios ya no creen en Dios como Creador del universo. Se discute ya todo; nada, o casi nada para ellos es obra de Dios: todo es casualidad o, más bien, fruto del trabajo de la mente humana. No se cree en los Ángeles, cuando el hombre vive rodeado de ellos; ni en que existe el demonio, dejando así la puerta abierta por donde mi enemigo entra con plena libertad.
Las aberraciones más grandes se tienen por normales, y hasta mis hijos sacerdotes ven bien la simplificación de mi doctrina, modificando a su gusto y viendo como algo natural mi Sacrificio, mi vida pública. A fuerza de oírlo se han acostumbrado y, para ellos, todo está dicho. Cambian con demasiada frecuencia el sentido de mi Evangelio.
𝗘𝘀𝘁𝗼𝘆 𝘀𝗼𝗹𝗼. 𝗦𝗼𝘆 𝘂𝗻 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗴𝗶𝗺𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗴𝗿𝗶𝘁𝗮, 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗺𝗶 V𝗼𝘇 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗻𝗮𝗱𝗶𝗲 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮. 𝗦ó𝗹𝗼 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗻𝗼𝘀 𝗹𝗮 𝗼𝘆𝗲𝗻 𝘆 𝗰𝘂𝗺𝗽𝗹𝗲𝗻 𝗽𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗮𝗺𝗮𝗻. 𝗔 𝗲𝗹𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗼𝘀 𝗮𝗯𝗿𝗮𝘇𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗺𝗶 𝗖𝗼𝗿𝗮𝘇ó𝗻.
Pero ¡𝗔𝘆, 𝗵𝗶𝗷𝗮 𝗺í𝗮! 𝗽𝗿𝗼𝗻𝘁𝗼 𝘀𝗲 𝗼𝗶𝗿á 𝗺𝗶 V𝗼𝘇 𝗲𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗺𝘂𝗻𝗱𝗼: 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝘃𝗲𝗿á𝗻 𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗴𝗶𝗱𝗼, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗿𝗼𝗱𝗶𝗹𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗲 𝗱𝗼𝗯𝗹𝗮𝗿á𝗻, 𝘆 𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗼𝗿 𝗮𝘀𝗼𝗺𝗮𝗿á 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝗿𝗼𝘀𝘁𝗿𝗼𝘀, 𝗽𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗛𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗛𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲 𝘃𝗲𝗻𝗱𝗿á 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗷𝘂𝗲𝘇.
Todo aquel que sólo haya creído en mi bondad, pensando que por mi gran amor a los hombres me he olvidado de mi justicia, se dará cuenta de la verdad de lo que he advertido al mundo durante dos mil años.
𝗛𝗲 𝗱𝗮𝗱𝗼 𝗺𝗶 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀 𝗹𝗹𝗲𝗻𝗮𝘀, 𝗵𝗲 𝗼𝗯𝗿𝗮𝗱𝗼 𝘀𝗶𝗴𝗻𝗼𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗮. 𝗣𝗲𝗿𝗼 𝗹𝗼𝘀 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝘀𝗼𝗻 𝗱𝗲 𝗱𝘂𝗿𝗮 𝗰𝗲𝗿𝘃𝗶𝘇 𝘆 𝗮𝗰𝘁ú𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗻𝘁𝗼𝗻𝗰𝗲𝘀, 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗺𝗲 𝗹𝗹𝗲𝘃𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗮 𝗖𝗮𝗶𝗳á𝘀: 𝗴𝗿𝗶𝘁𝗮𝗻, 𝗶𝗻𝘀𝘂𝗹𝘁𝗮𝗻, 𝗯𝗹𝗮𝘀𝗳𝗲𝗺𝗮𝗻, 𝗺𝗮𝘁𝗮𝗻, 𝘃𝗶𝗼𝗹𝗮𝗻, 𝗰𝗿𝘂𝗰𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝗹 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝘀 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗶𝗻𝗱𝗲𝗳𝗲𝗻𝘀𝗼𝘀 𝘆, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘃𝗲𝘇 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗻, 𝗲𝘀 𝗮 𝗠í 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘀𝗲 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗻. 𝗣𝗼𝗿 𝗲𝘀𝗼, 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗷𝘂𝗲𝘇, 𝗵𝗲 𝗱𝗲 𝗶𝗺𝗽𝗹𝗮𝗻𝘁𝗮𝗿 𝗺𝗶 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝘆 𝗻𝗼 𝗾𝘂𝗲𝗱𝗮𝗿á 𝗰𝗿𝗶𝗺𝗲𝗻 𝗶𝗺𝗽𝘂𝗻𝗲.
𝗣𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗬𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗮 𝗽𝗲𝗿𝗱𝗼𝗻𝗮𝗿 𝗮𝗹 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲, é𝘀𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗽𝗲𝗱𝗶𝗿 𝗽𝗲𝗿𝗱ó𝗻. 𝗣𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗬𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗮 𝗲𝗷𝗲𝗿𝗰𝗲𝗿 𝗺𝗶 𝗠𝗶𝘀𝗲𝗿𝗶𝗰𝗼𝗿𝗱𝗶𝗮, 𝗲𝗹 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗿 𝗮 𝘀𝘂 𝗗𝗶𝗼𝘀, 𝗮𝗱𝗼𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝘁á 𝗲𝗻 𝗹𝗼𝘀 𝗰𝗶𝗲𝗹𝗼𝘀. 𝗣𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗬𝗼 𝗹𝗲𝘀 𝗱é 𝗹𝗮 '𝗩𝗶𝗱𝗮 𝗘𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮', 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗻 𝗮𝗺𝗮𝗿 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀.
Hija mía, no te angusties cuando mi voz en tus oídos suena con tanta fuerza, con tanta justicia y amargura. Te aseguro que tu amor, igual que el amor de otros hijos míos, que, como tú, me aman y me obedecen, hacen que retrase la hora de mi justicia. Pero, 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗛𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘁𝘂𝘆𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗼𝘆, 𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗼 𝗺𝗶 𝗮𝗻𝗴𝘂𝘀𝘁𝗶𝗮; 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝘁𝘂𝘆𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗼𝘆, 𝘁𝗲 𝗮𝗱𝘃𝗶𝗲𝗿𝘁𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝘁ú 𝗮𝗱𝘃𝗶𝗲𝗿𝘁𝗮𝘀; 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗘𝘀𝗽í𝗿𝗶𝘁𝘂 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗶𝘁𝗼 𝗲𝗻 𝘁𝗶, 𝘁𝗲 𝗶𝗹𝘂𝗺𝗶𝗻𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝘁ú 𝗮𝗺𝗼𝗻𝗲𝘀𝘁𝗲𝘀 𝗮 𝘁𝘂𝘀 𝗵𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗼𝘀. 𝗔𝘆ú𝗱𝗮𝗺𝗲, 𝗺𝗶 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲ñ𝗮.
𝑮𝒓𝒖𝒑𝒐 𝑴𝒂𝒓í𝒂 𝑨𝒖𝒙𝒊𝒍𝒊𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 (1986). 𝑼𝒏 𝒂𝒍𝒎𝒂 𝒆𝒏 𝑪𝒓𝒊𝒔𝒕𝒐. 𝑳𝒊𝒃𝒓𝒐 𝑰