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Jesús cuenta la parábola del Juicio Final. Para Dios, lo único importante son las obras de amor y compasión hechas a quienes necesitaban.
Aquel día, después de subir y bajar muchas colinas, el mensajero de Dios, con su trompeta bajo el brazo, llegó al valle de Josafat. Con la primavera, el valle estaba todo cubierto de hierba muy verde y un arroyo de agua cristalina corría sin hacer ruido. El mensajero sonrió satisfecho, saludó al sol que acababa de despertarse, y comenzó a trepar por la muralla de grandes piedras que se alza junto al valle. Cuando llegó arriba, al pináculo más alto, se apoyó bien sobre la piedra angular, respiró profundamente e hizo sonar la trompeta. Las orejas del mundo se pararon. Los ojos dormidos se abrieron y todos los habitantes de la tierra, desde los grandes hasta los pequeños, comprendieron que había llegado la hora de rendir cuentas a Dios.
Los fariseos muestran a Jesús un denario y le preguntan si se debe o no pagar impuestos a Roma. Jesús no cae en la trampa.
Lázaro ha muerto. Jesús va a Betania y se encuentra con Marta y María desesperadas. Pero la fe es más fuerte que la muerte.
Mientras Jerusalén abría sus doce puertas para recibir a los peregrinos que llegaban a celebrar la Pascua, nosotros estuvimos viviendo escondidos en Perea, al otro lado del Jordán. Las cosas en la capital se nos habían puesto muy difíciles y pensamos que durante algunos días resultaba peligroso enseñar las orejas por allá.
Gran fiesta para celebrar el retorno de Lázaro. María derrama un perfume muy caro en los pies de Jesús. Y no faltan las críticas.
En la taberna de Betania, Lázaro cuenta la historia de un pastor que se enfrentó a los lobos y dio su vida por las ovejas.
Una mujer está dando a luz. Jesús y el grupo hablan del mundo nuevo que nacerá después de tantas injusticias.
Jesús, en medio de una multitud que lo vitorea con ramos, avanza hacia Jerusalén y entra en el Templo por la Puerta Dorada.
Era el día nueve del mes de Nisán. Jerusalén, en vísperas de fiesta, estaba abarrotada con más de cien mil peregrinos venidos desde todas las ciudades de Judea, desde Galilea y la Decápolis, desde las colonias judías dispersas a lo largo y ancho del imperio romano.
Como todos los años al despuntar la primavera, los hijos de Israel acudíamos en masa a celebrar la Pascua dentro de las murallas de la ciudad de David.
Aquella mañana, mientras nos desperezábamos en la taberna de nuestro amigo Lázaro, en la aldea vecina de Betania, llegaron Judas, el de Kariot, y Simón, el pecoso. Venían de Jerusalén y traían prisa en los ojos.
Jesús entra en el Templo y saca a los mercaderes a latigazos. Los sacerdotes lo maldicen, los soldados romanos observan. El conflicto ha estallado.
Los zelotes traman un plan para levantar a los habitantes de Jerusalén. Judas se presta para una traición aparente de Jesús.
Los del grupo preparan la casa del amigo Marcos para celebrar la Pascua. A pesar del peligro, compran el cordero y la comida necesaria.
Desde el domingo, después de lo del templo, no habíamos vuelto a asomar las orejas por Jerusalén. A Jesús lo buscaban por la ciudad y todos estábamos en peligro. Nuestro amigo Lázaro nos escondió a los doce y a las mujeres en un sótano de su taberna en Betania.
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