Las primeras luces de la mañana, que se colaban por una estrecha ventana, nos desperezaron lentamente. Aquel sábado, al día siguiente de la muerte de Jesús, era día de descanso y de fiesta grande en Jerusalén y en todo el país. Desde la tarde del día anterior, los once y las mujeres estábamos escondidos en el sótano de la casa de Marcos, el amigo de Pedro, esperando regresar pronto a Galilea. Los ojos de todos, cansados por la mala noche y el llanto, se acostumbraron pronto a la penumbra de aquel escondrijo, donde se guardaban viejas prensas y algunos barriles de aceite.