
Sign up to save your podcasts
Or


Todos sabemos lo que es cometer un pecado, sentirnos mal por ello, y luego arrepentirnos y tomar la determinación de cambiar nuestro proceder; pero con demasiada frecuencia olvidamos nuestra resolución anterior y, cuando llega la tentación, nos encontramos cometiendo el mismo pecado. Este patrón de conducta aparece con frecuencia en el libro de Jueces. Ante la influencia que ejercían las creencias y costumbres de adoración de los cananeos, a quienes los israelitas tenían el mandato de expulsar de la tierra, estos quebrantaron sus convenios con Jehová y dejaron de adorarlo. Como resultado, perdieron Su protección y cayeron en la servidumbre. Sin embargo, cada vez que aquello ocurría, Jehová le daba a Su pueblo del convenio la oportunidad de arrepentirse y designar un libertador, es decir, un líder militar al que se lo llamaba “juez”. No todos los jueces del libro de Jueces fueron rectos, pero algunos de ellos ejercieron gran fe para liberar a los hijos de Israel y restaurarlos a su relación por convenio con el Señor. Estos relatos nos recuerdan que, independientemente de lo que nos haya apartado de Jesucristo, Él es el Redentor de Israel y siempre está dispuesto a liberarnos y recibirnos de nuevo en tanto nosotros regresemos a Él.Para consultar una reseña del libro de Jueces, véase “Jueces, libro de los”, en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
Había sido necesario que transcurrieran varias generaciones, pero la promesa de Jehová pronto se cumpliría: los hijos de Israel finalmente heredarían la tierra prometida. No obstante, se les interponían el río Jordán, los muros de Jericó y un poderoso pueblo que había rechazado al Señor (véase 1 Nefi 17:35); y tendrían que afrontar todo eso sin su amado líder Moisés. Tal vez la situación haya hecho que algunos israelitas se sintieran débiles y temerosos, pero Jehová dijo: “Te mando que te esfuerces y seas valiente”. ¿Qué razón tenían para ser valientes? No era debido a su propia fuerza, ni a la fuerza de Moisés ni a la de Josué, sino porque “Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1:9). Pueden suceder cosas maravillosas cuando en nuestra vida haya ríos que cruzar y muros que derribar, ya que “Jehová hará […] maravillas entre [nosotros]” (Josué 3:5).Para consultar una reseña del libro de Josué, véase “Josué” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
El ministerio terrenal de Moisés comenzó en una montaña, cuando Dios le habló desde una zarza ardiente (véase Éxodo 3:1–10). También finalizó en una montaña, más de cuarenta años después, cuando Dios permitió que viera la tierra prometida desde la cumbre del monte Nebo (véase Deuteronomio 34:1–4). Moisés había pasado su vida preparando a los hijos de Israel para entrar en la tierra prometida, y el libro de Deuteronomio contiene sus instrucciones, recordatorios, exhortaciones y súplicas finales para los israelitas. Al leer sus palabras queda en claro que el verdadero objetivo del ministerio de Moisés, es decir, de la preparación que necesitaba el pueblo, no era la supervivencia en el desierto, la conquista de enemigos ni el establecimiento de una nación. Se trataba de aprender a amar a Dios, obedecerle y mantenerse fiel a Él; esa es la preparación que todos necesitamos a fin de entrar en la tierra prometida de la vida eterna. Así que, aunque Moisés nunca pisó la “tierra que fluye leche y miel” (Éxodo 3:8), debido a su fe y su fidelidad sí entró en la tierra prometida que Dios ha preparado para todos los que lo siguen.Para consultar una reseña de Deuteronomio, véase “Deuteronomio” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
Ni siquiera andando a pie se necesitarían cuarenta años para viajar del desierto de Sinaí a la tierra prometida, en Canaán. Sin embargo, ese es el lapso de tiempo que necesitaron los hijos de Israel, no para recorrer la distancia geográfica, sino para recorrer la distancia espiritual; es decir, la distancia entre quiénes eran y quiénes podían llegar a ser como pueblo del convenio de Dios.El libro de Números describe parte de lo que sucedió durante esos cuarenta años, incluso las lecciones que los hijos de Israel tuvieron que aprender antes de entrar en la tierra prometida. Aprendieron en cuanto a ser fieles a los siervos del Señor (véase Números 12). Aprendieron en cuanto a confiar en el poder del Señor, aunque pareciera que el futuro carecía de toda esperanza (véase Números 13–14). Además, aprendieron que el no tener fe ocasiona daños en lo espiritual, pero también que podían arrepentirse y recurrir al Salvador para ser sanados (véase Números 21:4–9).Todos somos como los israelitas, en algún aspecto. Sabemos lo que se siente estar en un desierto espiritual, y las lecciones que ellos aprendieron pueden ayudarnos a nosotros a prepararnos para entrar en nuestra tierra prometida: la vida eterna con nuestro Padre Celestial.Para consultar una reseña sobre el libro de Números, véase “Números” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
Salir de Egipto, aunque fue muy importante, no trajo a efecto de forma plena los propósitos que Dios tenía para los hijos de Israel. Incluso que tuvieran una vida cómoda en la tierra prometida no era el objetivo principal que Dios quería para ellos. Aquellos eran tan solo pasos hacia lo que Él verdaderamente deseaba para Su pueblo: “Santos seréis, porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:2). ¿De qué modo pensaba Dios santificar a Su pueblo luego de haber vivido en cautiverio durante generaciones? Les mandó que establecieran un lugar de santidad en el desierto: un tabernáculo. Les dio convenios y leyes para guiar sus acciones y cambiarles el corazón y les mandó que hicieran sacrificios de animales para enseñarles acerca de la Expiación por sus pecados. Todo aquello tenía el propósito de dirigirles la mente, el corazón y la vida en dirección al Salvador. Él es el verdadero camino a la santidad, tanto para los israelitas como para nosotros. Todos hemos pasado algún tiempo en la cautividad del pecado y a todos se nos invita a dejar atrás el pecado y seguir a Jesucristo, quien ha prometido: “Puedo haceros santos” (Doctrina y Convenios 60:7).Para consultar una reseña del libro de Levítico, véase “Levítico” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
Aunque los hijos de Israel habían murmurado y flaqueado en el pasado, cuando Moisés leyó la ley al pie del monte Sinaí, hicieron este convenio: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos” (Éxodo 24:7). Entonces Dios llamó a Moisés al monte, y le mandó que construyeran un tabernáculo para que “yo habit[e] entre ellos” (Éxodo 25:8).No obstante, mientras Moisés estaba en la cima del monte aprendiendo cómo los israelitas podrían gozar de la presencia de Dios entre ellos, los israelitas, a su vez, estaban al pie del monte haciendo un ídolo de oro para adorarlo. Poco después de haber prometido “no ten[er] dioses ajenos”, “se […] aparta[ron]” de los mandamientos de Dios (Éxodo 20:3; 32:8; véase también Éxodo 24:3). Fue un sorprendente giro de los acontecimientos, pero sabemos por experiencia que, en ocasiones, la impaciencia, el temor o la duda pueden superar a la fe y al compromiso. Al procurar la presencia del Señor en nuestra vida, resulta alentador saber que Jehová no se dio por vencido con el antiguo Israel y que tampoco se dará por vencido con nosotros ni con las personas que amamos, puesto que es “misericordioso y piadoso, tardo para la ira y abundante en benignidad y verdad” (Éxodo 34:6).
Los israelitas estaban atrapados; tenían el mar Rojo a un lado y al ejército de Faraón que avanzaba por el otro. En apariencia, su escape de Egipto duraría poco tiempo. No obstante, Dios tenía un mensaje para los israelitas que deseaba que recordaran durante generaciones: “No temáis […]; Jehová peleará por vosotros” (Éxodo 14:13–14).Desde entonces, cuando el pueblo de Dios ha necesitado fe y valor, ha contado esta historia. Cuando Nefi quiso inspirar a sus hermanos, dijo: “Seamos fuertes como Moisés; porque él de cierto habló a las aguas del mar Rojo y se apartaron a uno y otro lado, y nuestros padres salieron de su cautividad sobre tierra seca” (1 Nefi 4:2). Cuando el rey Limhi quiso que su pueblo cautivo “levanta[ra] [la] cabez[a] y [se] regocija[ra]”, les recordó ese mismo relato (Mosíah 7:19). Lo mismo hizo Alma cuando quiso testificar a su hijo del poder de Dios (véase Alma 36:28). Y cuando nosotros nos sintamos atrapados, cuando necesitemos un poco más de fe para ver “la salvación que Jehová hará”, podemos recordar cómo “salvó Jehová aquel día” (Éxodo 14:13, 30).
Éxodo 7–13 | Estudio de las Escrituras con Pepe Valle & Ariel Cuadra
La invitación a vivir en Egipto salvó a la familia de Jacob. No obstante, tras cientos de años, sus descendientes fueron esclavizados y aterrorizados por un nuevo faraón “que no conocía a José” (Éxodo 1:8). Habría sido natural que los israelitas se preguntaran por qué Dios permitía que les sucediera eso a ellos, Su pueblo del convenio. ¿Se acordaba Él del convenio que había hecho con ellos? ¿Eran ellos todavía Su pueblo? ¿Podía ver Él lo mucho que estaban padeciendo?Es posible que haya ocasiones en las que te plantees preguntas similares. Tal vez te preguntes: “¿Sabe Dios por lo que estoy pasando?, ¿escucha mis súplicas de ayuda?”. La liberación de Israel de Egipto contesta esas preguntas con claridad: Dios no olvida a Su pueblo. Él recuerda Sus convenios con nosotros y los cumplirá en Su propio tiempo y a Su propia manera. El Señor declara: “Os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios” […]. “Yo soy Jehová vuestro Dios, que os sac[a] de debajo de [vuestras] pesadas cargas” (Éxodo 6:6–7).Para consultar una reseña del libro de Éxodo, véase “Éxodo” en la Guía para el Estudio de las Escrituras.
Sabemos que Dios bendice a las personas que confían en Él y guardan Sus mandamientos, pero a veces no lo parece. A veces las personas que confían en Dios son maltratadas y abandonadas por los miembros de su familia. A veces, las personas que se niegan valientemente a quebrantar la ley de castidad de igual manera son acusadas falsamente. Cuando nos suceden cosas así, podríamos sentirnos tentados a enojarnos con Dios. Tal vez nos preguntemos: “¿Qué sentido tiene tratar de hacer lo correcto si solo parece complicarnos la vida?”.José, hijo de Jacob, podría haberse preguntado eso. A veces, este hombre fiel prosperaba; en otras ocasiones, parecía que cuanto más fiel era, más dificultades enfrentaba. Pero José nunca dejó al Señor, y el Señor nunca lo dejó a él. Eso no significa que el Señor evitó que le sucedieran cosas malas a José, pero durante todas ellas, “Jehová est[uvo] con él” (Génesis 39:3).
From the publisher's feed