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A las revelaciones que están registradas en Doctrina y Convenios 137 y 138 las separa un período de más de ochenta años y una distancia de más de 2400 kilómetros (1500 millas). La sección 137 fue recibida por el profeta José Smith en 1836 en el Templo de Kirtland, y la sección 138 fue recibida por Joseph F. Smith, el sexto Presidente de la Iglesia, en 1918 en Salt Lake City. Pero en cuanto a doctrina, las dos visiones son muy semejantes. Ambas responden preguntas que muchas personas, incluso profetas de Dios, tienen sobre la vida después de la muerte. José Smith se preguntaba sobre el destino de su hermano Alvin, que había fallecido sin haber sido bautizado. Joseph F. Smith, que había perdido a ambos padres y a trece hijos por muertes prematuras o inesperadas, a menudo pensaba en el mundo de los espíritus y se preguntaba sobre la predicación del Evangelio allí.La sección 137 arroja algo de luz preliminar en cuanto al destino de los hijos de Dios en la vida venidera, y la sección 138 descorre aún más el velo. Juntas, ambas revelaciones testifican del “grande y maravilloso amor manifestado por el Padre y el Hijo” (Doctrina y Convenios 138:3).
En la tarde del 27 de junio de 1844, José y Hyrum Smith se encontraban una vez más en la cárcel, acompañados por John Taylor y Willard Richards. Se sabían inocentes de todo delito, pero se sometieron a ser arrestados con la esperanza de mantener a salvo a los santos de Nauvoo. Esta no era la primera ocasión en que los enemigos de la Iglesia habían encarcelado al profeta José, pero esta vez él parecía saber que no regresaría con vida. Él y sus amigos trataron de consolarse el uno al otro leyendo en el Libro de Mormón y cantando himnos. Luego se escucharon disparos y en unos minutos la vida terrenal de José Smith y su hermano Hyrum habían llegado a su fin.Sin embargo, no fue el final de la causa divina que habían abrazado, ni el final de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Había más que hacer y más revelación que guiaría a la Iglesia hacia adelante. El final de la vida del Profeta no fue el final de la obra de Dios.
En 1833, el populacho atacó y destruyó la imprenta de la Iglesia. Entre las impresiones en curso en ese momento se encontraba el Libro de Mandamientos: el primer intento de la Iglesia de compilar las revelaciones modernas de Dios en un libro. El populacho esparció las páginas sin encuadernar y, aunque hubo santos valientes que preservaron algunas de ellas, solo se tiene conocimiento de que hayan sobrevivido unas pocas copias incompletas del Libro de Mandamientos.Lo que conocemos como la sección 133 de Doctrina y Convenios estaba destinada a ser el apéndice del Libro de Mandamientos, a modo de signo de exclamación final de las revelaciones publicadas del Señor. En ella se advierte sobre el día de juicio venidero y se repite el llamado que se encuentra a lo largo de toda la revelación moderna: huir de lo mundano, simbolizado por Babilonia; edificar Sion; prepararse para la Segunda Venida; y difundir ese mensaje “a toda nación, y tribu, y lengua, y pueblo” (versículo 37). Aunque los planes iniciales para el Libro de Mandamientos no se cumplieron, esta revelación es un recordatorio y un testimonio de que la obra del Señor seguirá adelante, “porque desnudará su santo brazo […], y todos los extremos de la tierra verán la salvación de su Dios” (versículo 3).
Por medio de José Smith, el Señor desveló parte del misterio de la eternidad. La grandeza de Dios, la gloria de los cielos y la inmensidad de la eternidad pueden parecer casi familiares a la luz del Evangelio restaurado, incluso para nuestra mente finita. Las revelaciones que están en Doctrina y Convenios 129–132 son un buen ejemplo de ello. ¿Cómo es Dios? Dios “tiene un cuerpo […] tangible como el del hombre”. ¿Cómo es el cielo? “La misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá” (Doctrina y Convenios 130:22, 2). De hecho, una de las verdades más gozosas sobre el cielo es que puede abarcar nuestras preciadas relaciones familiares, si están selladas por la debida autoridad. Verdades como esas pueden hacer que el cielo parezca menos distante; glorioso, sí, pero alcanzable.Sin embargo, en ocasiones, Dios quizás nos pida que hagamos cosas que parezcan incómodas e irrealizables. Para muchos de los primeros santos, el matrimonio plural fue uno de esos mandamientos. Fue una enorme prueba de fe para José Smith, para Emma, su esposa, y para casi todos los que lo recibieron. Para pasar esa prueba, necesitaron más que tan solo sentimientos positivos en cuanto al Evangelio restaurado; necesitaron una fe en Dios que fuera mucho más profunda. El mandamiento ya no está en vigor hoy en día, pero el fiel ejemplo de quienes lo vivieron permanece, y ese ejemplo nos inspira cuando se nos pide que hagamos nuestros propios “sacrificios [para] obedecer” (Doctrina y Convenios 132:50).
En agosto de 1840, Jane Neyman escuchaba acongojada al profeta José dirigir la palabra en el funeral de un amigo de él, Seymour Brunson. El hijo adolescente de Jane, Cyrus, también había fallecido hacía poco. El hecho de que Cyrus nunca había sido bautizado hacía que el dolor de ella fuera mayor, y a Jane le preocupaba lo que eso significaría para el alma eterna de él. José se había preguntado lo mismo en cuanto a su hermano Alvin, quien también había fallecido antes de ser bautizado. De modo que el Profeta decidió compartir con todos los asistentes al funeral lo que el Señor le había revelado sobre las personas que fallecen sin recibir las ordenanzas del Evangelio, y lo que nosotros podemos hacer para ayudarlas.Los santos estaban encantados con la doctrina del bautismo por los muertos; sus pensamientos se tornaron de inmediato hacia sus familiares fallecidos. ¡Ahora había esperanza para ellos! José compartía su dicha, y en una carta en la que enseñó dicha doctrina, se valió de palabras de gozo y entusiasmo al expresar lo que el Señor le había enseñado sobre la salvación de los muertos: “¡Griten de gozo las montañas, y todos vosotros, valles, clamad en voz alta; y todos vosotros, mares y tierra seca, proclamad las maravillas de vuestro Rey Eterno!” (Doctrina y Convenios 128:23).
Aunque los últimos seis años habían sido muy difíciles para los santos, la situación empezó a mejorar en la primavera de 1839: los santos refugiados habían hallado compasión entre los ciudadanos de Quincy, Illinois. Los guardias habían permitido que José Smith y otros líderes de la Iglesia escaparan del cautiverio en Misuri, y la Iglesia acababa de comprar tierra en Illinois, donde los santos se podrían congregar de nuevo. Sí, efectivamente era tierra pantanosa e infestada de mosquitos, pero comparada a los desafíos que los santos ya habían afrontado, eso probablemente parecía manejable. Por tanto, drenaron el pantano y redactaron una carta de estatutos para una nueva ciudad, a la que llamaron Nauvoo. En hebreo significa “hermosa”, aun cuando era más una expresión de fe que una descripción apta, por lo menos al principio. Mientras tanto, el Señor estaba inspirando en Su profeta un sentido de urgencia. Tenía más verdades y ordenanzas que restaurar, y Él necesitaba un santo templo donde poder “coron[ar] [a Sus santos] con honra, inmortalidad y vida eterna” (Doctrina y Convenios 124:55). De muchas maneras, los mismos sentimientos de fe y el mismo sentido de urgencia se evidencian en la obra del Señor en la actualidad.Véanse Santos, tomo I, págs. 407–436; “La organización de la Iglesia en Nauvoo”, Revelaciones en contexto, págs. 282–290.Conoce más sobre los sitios históricos de la Iglesia en Illinois.
Al subsuelo de la cárcel de Liberty, Misuri, se lo conocía como “el calabozo”. Los muros eran gruesos, el piso de piedra era frío y estaba muy sucio; la comida era escasa y estaba putrefacta; y los dos estrechos tragaluces con rejas de hierro, que estaban casi a la altura del techo, permitían el paso de muy poca luz. Allí es donde José Smith y algunas otras personas pasaron cuatro gélidos meses durante el invierno de 1838 a 1839. Durante ese tiempo, José constantemente recibía noticias sobre el sufrimiento de los santos. La paz y el optimismo de Far West habían perdurado solo unos meses y ahora los santos nuevamente estaban sin hogar, expulsados al yermo en busca, una vez más, de otro lugar para comenzar, y esta vez con su Profeta en la cárcel.Sin embargo, incluso en esa desdichada cárcel, se “derram[ó] conocimiento desde el cielo” (Doctrina y Convenios 121:33). La pregunta de José: “Oh Dios, ¿en dónde estás?” fue respondida clara y poderosamente: “no temas […], porque Dios estará contigo para siempre jamás” (véanse Doctrina y Convenios 121:1; 122:9).Véanse Santos, tomo I, págs. 328–404; “Dentro de los muros de la cárcel de Liberty”, en Revelaciones en contexto, págs. 273–281.
Había motivos para que los santos fueran optimistas en cuanto al nuevo lugar de recogimiento: Far West, Misuri. La ciudad crecía rápidamente, la tierra parecía abundante y quedaba cerca de Adán-ondi-Ahmán: un lugar de gran importancia espiritual en el pasado y en el futuro (véase Doctrina y Convenios 107:53–56; 116). Aun así, debió haber sido difícil para los santos no pensar en lo que habían perdido. Además de ser expulsados de Independence, el lugar central de Sion, los santos también habían tenido que huir de Kirtland y dejar su amado templo, después de solo dos años. Y esta vez no eran solo los enemigos de fuera de la Iglesia quienes causaban problemas; muchos miembros prominentes se habían puesto en contra de José Smith, incluso cuatro miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles.En lugar de centrarse en lo que habían perdido, los fieles siguieron edificando Sion, esta vez, en Far West, e hicieron planes para construir un nuevo templo. Se llamó a cuatro Apóstoles nuevos. Ellos comprendían que llevar a cabo la obra de Dios no quiere decir que nunca caemos; más bien, significa que nos “levant[amos] nuevamente”; Y aunque tendremos que hacer sacrificios, tales sacrificios serán sagrados para Dios, incluso “más sagrado[s] […] que [nuestra] ganancia” (Doctrina y Convenios 117:13).Véase Santos, tomo I, págs. 300–303.
A primera vista, parece que Doctrina y Convenios 107 solo habla de organizar oficios del sacerdocio en una estructura de liderazgo para la Iglesia del Señor. Para cuando se publicó esta revelación, la cantidad de miembros de la Iglesia superaba la capacidad de los pocos líderes que tenía, de modo que detallar las funciones y responsabilidades de la Primera Presidencia, el Cuórum de los Doce, los Setenta, los obispos y las presidencias de cuórum era definitivamente necesario y útil. No obstante, hay mucho más en la instrucción divina de la sección 107 que simplemente información sobre cómo deben organizarse los líderes de la Iglesia. En ella, el Señor nos enseña acerca de Su poder y autoridad, “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios” (versículo 3). El propósito del sacerdocio es poner al alcance “todas las bendiciones espirituales de la iglesia” para que todos los hijos de Dios puedan “ver abiertos los cielos” y “gozar de la comunión y presencia de Dios el Padre y de Jesús, el mediador del nuevo convenio” (versículos 18–19). Al enseñarnos acerca de Su sacerdocio, el Salvador nos enseña sobre Él mismo y cómo podemos venir a Él.
Los santos de Kirtland se sintieron acongojados al saber que sus hermanos y hermanas del condado de Jackson, Misuri, estaban siendo expulsados de sus hogares. Por tanto, debe haber sido alentador para ellos cuando el Señor declaró que “la redención de Sion […] ven[dría] por poder” (Doctrina y Convenios 103:15). Con esa promesa en el corazón, más de doscientos hombres y unas veinticinco mujeres y niños se alistaron en lo que llamaron el Campamento de Israel, que más tarde se conoció como el Campo de Sion. La misión de este era marchar a Misuri y redimir a Sion.Para los miembros del campamento, redimir a Sion significaba restablecer a los santos a sus tierras, pero justo antes de que llegaran al condado de Jackson, el Señor le dijo a José Smith que disolviera el Campo de Sion. Algunos de los miembros del campamento se sintieron confusos y molestos; parecía que la expedición había fracasado y que las promesas del Señor no se habían cumplido. Sin embargo, otras personas lo veían de otra manera. Aun cuando los santos exiliados no recuperaron sus tierras y hogares, la experiencia sí brindó un grado de “redención” a Sion, y sí “v[ino] por poder”. Los miembros fieles del Campo de Sion, muchos de los cuales más adelante llegaron a ser líderes de la Iglesia, testificaron que la experiencia profundizó su fe en el poder de Dios, en el llamamiento divino de José Smith, y en Sion; no solo en Sion, el lugar, sino en Sion, el pueblo de Dios. En vez de cuestionar el valor de esa tarea que pareció haber sido infructuosa, aprendieron que la verdadera tarea es seguir al Salvador, aun cuando no entendamos todo. Es de esa manera que Sion, finalmente, será redimida.
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