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Los rusos pusieron al hombre en el espacio. Por inventar, inventaron hasta el móvil. Parecía que los soviéticos iban a comerse el mundo. Y precisamente por eso daban miedo. Estados Unidos logró que una buena parte del mundo lo identificara con ideas atractivas, con la mezcla perfecta de libertad y prosperidad. Si los rusos asustaban, los americanos seducían. Y así se nutrió una corriente de simpatía, que ha durado hasta hoy, cuando parece que quien va a comerse el mundo es Estados Unidos.
Groenlandia es el objeto de deseo de Trump que pone en jaque la cohesión de la OTAN. Nos hemos criado en un mundo donde los buenos, los Estados Unidos, siempre de esos enemigos invisibles como extrañas pandemias. En el ámbito político, siempre se ha demandado que las promesas vengan respaldadas por un presupuesto, pero con Trump, los anuncios vienen seguidos por la fuerza. Del plano nacional, ERC entra hasta las cocinas de La Moncloa para cocinar un acuerdo sobre la financiación para Cataluña.
Joaquín Estefanía reflexiona sobre los gestos humillantes que Trump ha tenido hacia diversos líderes políticos desde la intervención en Venezuela
La nueva era no vino para liberarnos de antiguas ataduras, sino para esclavizarnos a través de las pantallas. El aislamiento, la falta de conciencia colectiva y la incapacidad de articular una respuesta grupal ante los distintos poderes. Se le suma que la educación política ha consistido en enseñar a las nuevas generaciones a indignarse por un pronombre, un sufijo, un color o un sentimiento. Basta una búsqueda en Internet para descubrir lo articulada que está esa política de difusión de una supuesta espiritualidad.
Soledad Gallego-Díaz reflexiona sobre el futuro de la economía global en 2026 después de la subida de aranceles de Trump.
Regreso de una exploración de la que ignoro si me habré encontrado conmigo allí, con la que fui allí, con la que quise ser. Toda mirada necesita verse en los demás para recuperar, no diría yo que la inocencia, pero sí la lucidez y el sentido de la realidad. Mi viaje me habrá cambiado o habrá recuperado, como quien se sube a un tren en marcha, mi capacidad de sorpresa, o de conmoción, o de asombro. Tomaos esta columna como una especie de inicio de cuento de suspense. Continuará. Con otros ojos.
Solo ha pasado un año desde que Trump volvió a la Casa Blanca. El mundo ha cambiado tanto que produce vértigo recordar la rapidez con la que el presidente de Estados Unidos ha dinamitado el orden internacional. Estados Unidos no acepta socios, son rivales o vasallos. Importa la ley del más fuerte. Habla a las claras del petróleo, del dinero, de sus propios intereses, le dan igual la democracia y los derechos humanos. Es tan clara la amenaza para Europa que sorprende la miopía de la derecha española.
El problema es ese: que los viejos rockeros nunca mueren y luego pasa lo que pasa. Lo digo por Keith Richards y su artritis, que podría apartar para siempre de los escenarios a los Rolling Stones. ¿Keith Richards? ¿Artritis? Poco me parece, para la vida que se ha pegado. En fin, que a alguien como él una artritis corriente y moliente lo jubile de la música en directo puede que sea uno de los misterios de Fátima. Habrá quien diga que con la artritis de Keith Richards acaba una época dorada.
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