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Algo así me pasa a mí con Barcelona. Me gustaba la de antes, la de Cabau, la que tenía ratas en sus playas. Quizá porque fue la de mi juventud. O quizá porque tenía ese extraordinario invento humano que llamamos alma.
Xavier Vidal-Folch reflexiona sobre el discurso de Netanyahu ante la ONU y la postura del PP respecto al genocidio de Gaza
Uno ve por la calle a Víctor de Aldama y entiende que va o viene del juzgado por algún caso de corrupción. Y uno ve por la calle a Dani Esteve y -además de cambiar de acera- asume que va o viene de sumar un nuevo hito a sus copiosos antecedentes policiales. Ayer por la tarde, sin embargo, donde se les vio fue en la presentación de Atenea, la plataforma de Iván Espinosa de los Monteros con la que quiere vengarse de Abascal y quién sabe si comprarse un sillón en un Consejo de Ministros del PP.
Para el nuevo think tank no cabe duda de que serían perfiles valiosos. Aldama puede ser muy útil en el capítulo de regeneración de instituciones, por ejemplo. Y Esteve sin duda ejemplifica, aunque en sentido inverso, la concordia entre españoles. Por la presentación anduvieron también el trotaconventos de José Ramón Bauzá, que cada año milita en un partido distinto, y Fran Hervías, que pasó de ser la gestapillo de Ciudadanos a ser el poli malo del PP. Sus contribuciones en materia de participación ciudadana pueden ser de peso, pero creo que el proyecto de Atenea debe ganar en ambición. Todavía están a tiempo de incorporar a Iñaki Urdangarin como asesor de política fiscal y a El Lute como experto en seguridad ciudadana.
Mamut Abbas intervino ante la asamblea de la ONU por videoconferencia, porque Trump le prohibió entrar a Estados Unidos, donde Naciones Unidas celebra su asamblea. Unas horas después, Netanyahu, sobre el que pesa una orden de detención internacional, no tuvo ningún impedimento para entrar a Estados Unidos y, en persona, se reunió con Trump e intervino ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Tanto es así que VOX no ha dudado en echarse encima del rey Felipe VI acusándole de haberse convertido en sanchista. Hoy la ultraderecha europea aplaude el sionismo y la española critica a la monarquía.
Joaquín Estefanía reflexiona sobre las políticas impulsadas por Javier Milei y su relación con Donald Trump
Xavier Vidal-Folch reflexiona sobre la condena a cinco años de cárcel de Nicolas Sarkozy, ex presidente de la República Francesa, por asociación ilícita en un caso de financiación con dinero libio
Pasan tantas cosas que algunas terribles y peligrosísimas quedan en segundo plano. En tiempos de genocidio televisado parece que no nos quede capacidad de indignación ante violencias más cercanas. En Galicia, un local que se iba a destinar a acoger a menores extranjeros fue atacado con cócteles molotov. Me apena decirlo, pero el impacto de la noticia no sería el mismo si en vez de “menores migrantes” se anunciara que el centro era simplemente de “menores”. Así enturbia el racismo, nuestra capacidad de ponernos en el sitio de los desamparados. Esos chicos, adolescentes, algunos casi niños, por el simple hecho de haber nacido fuera, son vistos de un modo muy distinto a como se ven los adolescentes y niños que consideramos “nuestros”. Pero todos tienen en común el transitar por ese momento vital en el que necesitan ser amparados, si no es por la familia biológica, por unas instituciones en quienes depositamos el deber de socorrer a los desprotegidos. Los que no se inmutan ante la gravedad del suceso puede que sea porque creen que no va con ellos. No son niños, son inmigrantes, invasores que vienen a robar y a delinquir como les ha repetido la extrema derecha. Pero esos cócteles molotov en realidad van se lanzan contra un pilar fundamental de nuestra sociedad, pretenden incendiar y destruir un logro en materia de derechos que se tardó siglos en conquistar: la protección de los que aún no son adultos. Por eso esas bombas pueden perjudicar a unas decenas de menores que acaban de llegar, pero a quien más perjudica es a todos nosotros, a quienes creemos que la infancia es sagrada y que hay que defenderla por encima de cualquier otra consideración.
Uno de cada cuatro jóvenes retrasa su emancipación. El 20% pospone la maternidad por la crisis de vivienda y el 51% reconoce recibir ayuda de sus padres para pagar su piso. Son datos de un informe de Ipsos. Es lo que podríamos llamar una generación en espera. En espera de ser adulto, en espera de lograr quizás alguna vez ser un individuo autónomo y no un niño eterno. Y mientras las polémicas se acumulan en el Congreso, quizás parece que se ha normalizado la crisis de los alquileres. No ocurre así entre la ciudadanía.
Soledad Gallego-Díaz reflexiona sobre un acontecimiento que no ocurre en los grandes escenarios internacionales, sino en la pequeña ciudad de Alcoy: la creación de una moneda digital.
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