ZARAGOZA TE HABLA

ZARAGOZA TE HABLA

By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla. El Convento de San José
    Tras un establecimiento provisional en el Arrabal, a finales del siglo XVI fue fundado el convento de la orden de los carmelitas descalzos de San José, extramuros de la ciudad de Zaragoza, en la margen derecha del Huerva, junto al camino de Tortosa, e inmediato al puente de piedra sobre el cauce de ese río, al que pronto daría nombre (puente de San José). Contaba este convento con 4 hectáreas de buena tierra de cultivo, olivos, una fábrica de paños y sayales, y tres pequeñas ermitas entre la huerta. Las instalaciones conventuales tenían capacidad para casi 100 frailes, y contaba con una gran iglesia barroca de planta basilical, y un claustro de dos pisos. Este convento resultó destruido en los asedios franceses de 1808-09. Fue reconstruido en 1814, hasta que en 1835 fue desamortizado y convertido en presidido estatal hasta 1900, siendo denominado “Penal de San José”. En 1908 fue reconvertido en cuartel del ejército de tierra, del ramo de Intendencia, hasta 1971, en que estas instalaciones fueron incluidas en la gran “Operación Cuarteles”, y vendido al ayuntamiento, que unos años después lo derribó para urbanizar la zona, prolongando el camino de las Torres hasta el Ebro, creando nuevas zonas verdes y viales.
    Los carmelitas descalzos de San José, después de dejar este convento, estuvieron ausentes de la ciudad, hasta que regresaron en 1897, provisionalmente en el barrio de las Delicias, y desde 1944, en su actual ubicación, en la parroquia de San Juan de la Cruz, en la calle del mismo nombre.
    Fue la presencia de este convento la que, por asociación, dio nombre al camino que hasta entonces era denominado “de Torrero”, y que desde entonces, se llamó “de San José”. Más adelante, el camino de San José fue redenominado como avenida de San José, hasta nuestros días.
    3 min
  • Zaragoza te habla. El Canal Imperial
    La llegada de agua a través de la gran empresa ilustrada del Canal Imperial, a finales del siglo XVIII, abrió una nueva etapa en la historia de la ciudad, y en lo que hoy denominamos barrio de San José, por su gran incidencia sobre la agricultura, la navegación y el comercio, y la industria.
    - Así, la tradicional acequia de las Adulas, y otras nuevas derivaciones de agua, supusieron la puesta en regadío de muchas nuevas hectáreas de cultivos en los términos del Plano, Rabalete, Miraflores, Cabaldós, y las Fuentes.
    - Además, y al objeto de garantizar la navegación por el Canal de mercancías, abastos, y personas, en 1796 fue inaugurado el gran puerto de Miraflores, con almacenes, fonda, casas de trabajadores, graneros, aduana, carpintería, caballería, herrería, carbonera, horno, y un lavadero público pronto denominado “la Balseta”. Fue entonces cuando se construyó en piedra el primer puente de América, y la iglesia de San Fernando, construida como parroquia de los trabajadores del Canal, tal vez el mejor ejemplo de arquitectura neoclásica de la ciudad.
    - Tres instalaciones fabriles fueron construidas entonces en la parte alta del camino de San José, aprovechando la energía del agua en descenso de la acequia del Plano: un molino harinero, un molino de aceite, y una fábrica de aguardiente. Más adelante, en la segunda mitad del siglo XIX, muchas industrias tendrían en esta zona su primera ubicación, para aprovechar el agua y energía proporcionadas por el Canal.
    Sin embargo, la mala calidad del terreno, más allá de las esclusas de Valdegurriana, impidió completar el proyecto del Canal Imperial como vía de conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo, y el devenir de la historia ha convertido al Canal en un corredor verde urbano que, en la mayor parte de su trazado por el barrio de San José, sigue pendiente de ser realizado, y sin que la recuperación de su navegabilidad, siquiera en su versión recreativa, sea contemplada más allá de la propaganda preelectoral.
    34 min
  • Zaragoza te habla. La Granja
    La Granja Agrícola, o Granja Modelo de Zaragoza, inició su actividad en 1881 como lugar de estudio, desarrollo y experimentación de nuevos cultivos, especialmente aquellos vinculados a usos industriales e intensivos, el fomento de nuevas especies de ganadería, la difusión de conocimientos agronómicos, y la introducción de la mecanización en el campo. Sin olvidar logros como la introducción de nuevas plantas forrajeras, el proceso de selección de semillas, la fertilización del suelo mediante abonos inorgánicos, y el uso del barbecho, su éxito más destacado fue la difusión de la remolacha azucarera como alternativa al azúcar de caña de las colonias antillanas. El cultivo de esta remolacha propició la edad de oro de las industrias azucareras en la Cuenca del Ebro, con varias instalaciones de ese tipo en la ciudad de Zaragoza. El mantenimiento de su compleja maquinaria aceleró el surgimiento de talleres y fundiciones en la ciudad, y sus trabajadores formaron parte de la primera clase obrera en Zaragoza.
    Las instalaciones y campos de cultivo de la Granja se extendían entre el camino del Puente del Virrey, el de Cabaldós, y la estación de Cappa, luego de Utrillas. Su actividad quedó suspendida tras del golpe de julio de 1936, y como en otros casos, los pabellones de la Granja fueron también reutilizados como cuarteles militares, en este caso parece ser que de tropas indígenas que los fascistas se trajeron de las colonias del norte de África. Después de 1939, la Granja retomó la experimentación, como en el exótico intento autárquico de implantar el cultivo del algodón, pero pocos años después, una gran entidad de ahorro local impulsó su propia granja de experimentación en Montañana, y la original “Granja” fue abandonada, expoliada y olvidada, hasta que a finales de los años 70, recuperada la democracia local, fue reivindicada vecinalmente para construir escuelas y equipamientos de barrio, como un parque, e instalaciones deportivas, y terminó derribada.
    6 min
  • Zaragoza te habla. El Jardín de la Perfumista
    La Guía de Zaragoza, “o breve noticia de las antigüedades, establecimientos públicos, oficinas y edificios que contiene”, hacía referencia en el año 1860 a cuatro espacios de la ciudad que merecían ser catalogados como “jardines”. El primero era, por derecho propio, el Jardín Botánico, en su ilustrada ubicación junto a la Huerta de Santa Catalina y la calle de San Miguel. El segundo, los enormes jardines, o casa de campo, de don Juan Bruil, entre la calle del Asalto, y el río Huerva. El tercero, el denominado Jardín de Torrero, junto al puerto y playa de Miraflores y las instalaciones del Canal Imperial, cuando aún incluían la iglesia de San Fernando. Y el cuarto “Jardín” era el de la torre de Juan Bernardín, que destacaba por varias razones, entre ellas su atractiva y sugerente denominación: “Jardín de la Perfumista”.
    Este Jardín estaba ubicado en la parte alta del camino que desde San José conducía a Torrero, junto al cauce al aire de la acequia del Ontanar, todavía caudalosa después de alimentar a dos cercanas fábricas de harina establecidas junto a la Balseta. La entrada principal del Jardín, que abría una verja de ingreso, daba acceso a un camino flanqueado por una alameda que conducía a la “torre” o finca de recreo de Juan Bernardín, y a un espacio ordenado en varias calles de árboles y setos, simétrica y perfectamente cortados, así como de una interesante variedad de plantas y flores. Había también un pequeño bosquecillo, en el que podía estarse a todas horas, y que en el duro verano zaragozano ofrecía un inestimable abrigo a los rayos del sol, y una saludable fresquera.
    Por todo ello, este peculiar jardín o torre, según la Guía de Zaragoza de 1860 era “uno de los puntos más amenos y más pintorescamente bellos de los alrededores de la ciudad”, y su fama estaba muy extendida, pues era objeto de la curiosidad y de la atención tanto de los naturales, como de los visitantes, y era por ello uno de los destinos más buscados por los forasteros cuando llegaban a la Zaragoza de esa época.
    Nada de este jardín ha perdurado, o ha llegado a nuestros días, salvo el recuerdo y memoria de que una vez existió, que no fue un sueño. Ya hace tiempo que sobre el solar de este desaparecido Jardín de la Perfumista se edificó un salesiano colegio, que perdura.
    4 min
  • Zaragoza te habla. El jardín de Pina
    A comienzos del siglo XX la moda de las imágenes editadas como postal, o souvenir de Zaragoza, empezó a incluir en su tradicional catálogo de castizos escenarios, el entorno del Canal Imperial de Aragón en algunas de sus localizaciones más destacadas. Una de ellas, indefectiblemente, era una captura realizada desde el puente de América (tanto desde el antiguo de piedra, como desde el nuevo, ya modernista), y en ella aparecía a la izquierda la arbolada playa de Torrero, y los edificios del cuartel militar asentado sobre el que fuera puerto de Miraflores. Al fondo, justo donde una pronunciada curva señala el curso del Canal Imperial hacia la derecha, aparece una poderosa estructura edilicia rematada en un rotundo torreón que, como si fuera un imán visual, focaliza la escena y se apodera de ella. Sin embargo, y a diferencia del resto de motivos con los que comparte escena (el Canal, la playa, el cuartel, los almacenes, las barcazas...), este edificio aparece silente, como si no tuviera historia, pero esto, evidentemente, no es así. Está más escondida, también es cierto, y pendiente de ser conocida. Nosotros la comenzamos a finales del siglo XIX, cuando ya figuran en esa ubicación unas “Casas de Salvador”, cuya planta y dimensiones prefiguran lo que luego pasó a denominarse “Casa, o Torre, de Pina”, por el apellido del prócer local Dámaso Pina, impulsor de los importantes y cercanos talleres textiles a los que también dio nombre. A comienzos de los años 20, Julio Requejo, uno de los fotógrafos más prestigiosos de la ciudad, realizó un reportaje centrado, no ya en el enorme edificio, o su torreón, o en la cercana fábrica textil, sino en el denominado “Jardín de Pina”, una auténtica maravilla reservada para disfrute privado en el interior de la casa, compuesta por un precioso conjunto de jardines, estatuas, pérgolas, parterres, un cenador, y una destacable variedad de plantas y árboles con excelentes vistas a los terrenos inferiores, a los huertos de la zona, y al propio Canal, desde donde fluía la acequia del Ontonar.
    Así se mantuvieron las cosas, más o menos, hasta la llegada de la también prodigiosa década de los años 70 del pasado siglo, cuando toda la enorme extensión de la casa, con el jardín y los huertos, fueron derribados y aplanados, y sobre su solar fueron levantados doce bloques de viviendas de ocho alturas en una gran manzana compacta y macizada entre las actuales calles del Pintor Marín Bagüés, plaza del Canal Imperial, y Terrazas de Cuéllar. De la Casa de Pina, y de su Jardín, e historias, fuese, y no hubo nada, porque "solas, frágiles, invisibles, nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto". Y nadie habla de este enclave, una vez desaparecido. En este caso, además, no hay ni un mínimo recordatorio en el lugar de los hechos. Esta ciudad tiene estas cosas.
    5 min
  • Zaragoza te habla. La Balseta
    El lavadero conocido como “La Balseta” (balsa de agua pequeña) ya tenía una dilatada historia antes de llegar el siglo pasado, el XX, pues formaba parte de las intervenciones realizadas gracias a la llegada de agua por el Canal Imperial, esa colosal empresa ilustrada de finales del siglo XVIII. Este lavadero estaba surtido mediante la nueva acequia del “Plano”, que derivaba agua del Canal en la Almenara de Santa Engracia, cruzaba el camino de Torrero, pasaba junto a las instalaciones del puerto de Miraflores, la iglesia neoclásica de San Fernando, y aprovechando el pronunciado desnivel de la zona, estancaba agua en una pequeña balsa construida en piedra que cumplía la importante función de servir de lavadero de ropa para quienes habitaban las viviendas del despejado entorno, fundamentalmente las ubicadas entre el Canal y el “camino que conduce a Torrero”. Esta zona conoció una progresiva urbanización desde finales del siglo XIX, debido al aumento de población trabajadora de las fábricas e instalaciones industriales ubicadas en el entorno. La ausencia de abastecimiento de agua, amén de otros servicios hoy considerados esenciales, hasta bien entrado el siglo XX, hizo que este lavadero se consolidara como un espacio de referencia para la zona alta de la barriada de San José durante varias generaciones. La Balseta era circular de diseño, al aire libre, sin techumbre ni resguardo, y sólo avanzado el siglo XX fue cubierta con una estructura de mampostería y teja. Fue el último lavadero urbano activo en Zaragoza, de los abundantes que hubo en toda la ciudad, hasta que la generalización del abastecimiento de agua para uso doméstico los fue dejando sin usuarias (porque lavar la ropa era “cosa de mujeres”). Como en otros tantos casos en esta ciudad, el desuso, la ausencia de mantenimiento, y la interesada asociación con un pasado de aspecto atrasado, rural, lo convirtió al comienzo de la década de los años 70 en una ruina considerada vieja, antiestética, y sobre todo molesta para la sacrosanta circulación rodada. La Balseta estaba a años luz de esa imagen moderna que Zaragoza estaba adquiriendo a base de destruir una parte de su pasado, su patrimonio, su historia. El clamor favorable a su derribo se convirtió en un sonsonete que sólo paró cuando la piqueta terminó el trabajo, y la Balseta fue derribada.
    Cuando en 2005 fue remodelado el tramo alto de la avenida de San José, se incluyó en su diseño un espacio denominado “Glorieta de la Balseta”, una plaza dura al uso, entre pronunciados desniveles, con árboles, bancos, y un memorial como recuerdo de la existencia de la Balseta en forma de dos cubetas de agua, a distinta altura, y la escultura en bronce (obra de Manuel Arcón Pérez) de una "lavandera", como representación idealizada de las antiguas usuarias de este lavadero, de la antigua Balseta.
    5 min
  • Zaragoza te habla. El Canal Imperial
    La llegada de agua a través de la gran empresa ilustrada del Canal Imperial, a finales del siglo XVIII, abrió una nueva etapa en la historia de la ciudad, y en lo que hoy denominamos barrio de San José, por su gran incidencia sobre la agricultura, la navegación y el comercio, y la industria.
    - Así, la tradicional acequia de las Adulas, y otras nuevas derivaciones de agua, supusieron la puesta en regadío de muchas nuevas hectáreas de cultivos en los términos del Plano, Rabalete, Miraflores, Cabaldós, y las Fuentes.
    - Además, y al objeto de garantizar la navegación por el Canal de mercancías, abastos, y personas, en 1796 fue inaugurado el gran puerto de Miraflores, con almacenes, fonda, casas de trabajadores, graneros, aduana, carpintería, caballería, herrería, carbonera, horno, y un lavadero público pronto denominado “la Balseta”. Fue entonces cuando se construyó en piedra el primer puente de América, y la iglesia de San Fernando, construida como parroquia de los trabajadores del Canal, tal vez el mejor ejemplo de arquitectura neoclásica de la ciudad.
    - Tres instalaciones fabriles fueron construidas entonces en la parte alta del camino de San José, aprovechando la energía del agua en descenso de la acequia del Plano: un molino harinero, un molino de aceite, y una fábrica de aguardiente. Más adelante, en la segunda mitad del siglo XIX, muchas industrias tendrían en esta zona su primera ubicación, para aprovechar el agua y energía proporcionadas por el Canal.
    Sin embargo, la mala calidad del terreno, más allá de las esclusas de Valdegurriana, impidió completar el proyecto del Canal Imperial como vía de conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo, y el devenir de la historia ha convertido al Canal en un corredor verde urbano que, en la mayor parte de su trazado por el barrio de San José, sigue pendiente de ser realizado, y sin que la recuperación de su navegabilidad, siquiera en su versión recreativa, sea contemplada más allá de la propaganda preelectoral.
    4 min
  • Zaragoza te habla. La quinta de Julieta Sagols
    La “Quinta Julieta” fue construida a modo y manera de las torres de recreo de la periferia de Zaragoza, en este caso para el ingeniero industrial catalán Enrique Sagols Ferrer, que vino a Zaragoza a trabajar en la fundición de Averly, y casó con Julia Rodrigo Coutens. Esta quinta estaba ubicada junto al Canal Imperial, y fue convertida en un exhuberante espacio de esparcimiento con dos lagos artificiales con puentecillos, parterres, pagodas chinas, cuevas artificiales, palomares, densa vegetación, y una vivienda construida al modo romántico, como si de un pequeño castillo se tratara, e incluso se habilitó una pequeña plaza de toros. Años después, Enrique Sagols decidió abrir esta Quinta al público para que la visitara, y para facilitar el acceso, adquirió una barca con forma de góndola con la que acercar a los viajeros desde la playa de Torrero, cerca de la parada del tranvía que allí tenía su terminal.
    Esta barca, de nombre “Santa Cecilia”, tenía un singular cisne blanco tallado en su proa que pronto la hizo famosa, tal y como aparece representada en varias fotografías de la época. Para permitir su navegación, esta barca era arrastrada desde el camino de sirga por una o dos caballerías conducidas por un arriero. Con motivo de la Exposición Hispano-Francesa de 1908, esta quinta fue escenario de actos tan destacados como un banquete en homenaje a Benito Pérez Galdós, con ocasión del estreno de su ópera “Zaragoza”, al que asistió personalmente.
    Con el tiempo, y el devenir histórico, esta quinta fue transformada en una casa de meditación y ejercicios espirituales propiedad de los padres jesuitas, y fue desposeída de sus peculiares características que hacían de ella un espacio único y especial.
    5 min
  • Zaragoza te habla. La Tudor en Cuellar
    Entre los años 1898 y 1945, la fábrica en Zaragoza de la Sociedad Española del Acumulador Tudor, S.A., estuvo asentada en una gran manzana de terreno delimitada por el camino de las Torres, el camino de las Alcachoferas, y la subida de Cuéllar. Fue construida sobre la antigua harinera de Almech llamada "La Pilar", de la que conservó el nombre, junto al importante caudal de agua proporcionado mediante la acequia de San José que bajaba desde el Canal Imperial. Los antiguos molinos harineros fueron reconvertidos en dinamos, y “La Pilar” comenzó la producción de baterías de la TUDOR, que pronto tuvieron a los tranvías de la ciudad como uno de sus clientes más destacados. En 1916 inició la producción de baterías para automóviles, y en 1933 la de pilas secas. Un par de años después, la fábrica sufrió un incendio importante, pero su reconversión como una de las más importantes industrias de guerra de la zona nacionalista, entre los años 1936-39, aseguró su crecimiento y desarrollo. La gran expansión auspiciada por la guerra, y la creciente importancia del sector del automóvil como medio de transporte, determinó que la empresa buscara una nueva ubicación, mucho más grande que esta de San José, y la encontró en unos lejanos terrenos junto a la carretera de Navarra, a donde se trasladaría en 1946. El vacío dejado, tras el desmantelamiento industrial, pronto fue ocupado por una densa manzana de nuevos bloques de viviendas, que se fue completando en poco tiempo. Los primeros se fueron construyendo en la parte recayente al camino de las Alcachoferas, que fue redenominado como calle del general Millán Astray, y unos años después, el tramo del camino de las Torres completó la urbanización de esta antigua zona industrial, que no conserva ningún vestigio que lo atestigüe.
    4 min
  • Zaragoza te habla. El barrio de los "Chiflaos"
    Sobre terrenos de la antigua torre de Allustante junto al camino de Torrero, la Sociedad de Propietarios denominada "La Amistad" promovió en 1892 la parcelación y urbanización particular de una nueva barriada, en una zona hasta entonces virgen de construcciones que no fueran instalaciones industriales, muy cerca de los recientes depósitos de agua de la ciudad. El resultado final de este proyecto fue denominado "Barrio de las Acacias", por los espinosos árboles con que se verdeó el trazado de sus calles, aunque la aguda socarronería indígena enseguida supo sacar aún más punta al asunto, ya que lo rebautizó como "Barrio de los Chiflaos", porque no les cuadraba en la cabeza que gente de bien se subiera a vivir, y de forma permanente, a una zona tan alejada de la Zaragoza de toda la vida. Aún con sorna cruel y todo, pronto fueron surgiendo nuevas y empinadas calles que recibieron el nombre de Vista Alegre, Sáinz de Varanda, Marqués de Ahumada, y Pradilla, y en unos pocos años fueron edificadas una cincuentena de singulares casas unifamiliares de destacado porte, con amplios jardines, y con todos los servicios básicos de la época. Como era una urbanización "particular", tenía su guarda que de día disuadía a extraños y ajenos, y su cadena que, de noche, cerraba el acceso a su interior.
    Muy pocas imágenes guardan testimonio gráfico de este desaparecido barrio, cuyas espectaculares fincas siguieron la suerte de otras muchas zonas de la ciudad en los locos años del denominado “Desarrolllismo”: sus propietarios las vendieron, y sobre ellas se construyeron nuevos bloques impersonales y seriados, al uso de la época. Apenas queda un leve reflejo del antiguo barrio de las Acacias en forma de unas pocas construcciones que sobreviven entre una mayoría de nuevas, modernas y asépticas viviendas. Cuando alguien se topa con una de ellas, no es de extrañar que piense eso de “¿qué hace una chica como tú en un sitio como éste?”
    3 min

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