La llegada de agua a través de la gran empresa ilustrada del Canal Imperial, a finales del siglo XVIII, abrió una nueva etapa en la historia de la ciudad, y en lo que hoy denominamos barrio de San José, por su gran incidencia sobre la agricultura, la navegación y el comercio, y la industria.
- Así, la tradicional acequia de las Adulas, y otras nuevas derivaciones de agua, supusieron la puesta en regadío de muchas nuevas hectáreas de cultivos en los términos del Plano, Rabalete, Miraflores, Cabaldós, y las Fuentes.
- Además, y al objeto de garantizar la navegación por el Canal de mercancías, abastos, y personas, en 1796 fue inaugurado el gran puerto de Miraflores, con almacenes, fonda, casas de trabajadores, graneros, aduana, carpintería, caballería, herrería, carbonera, horno, y un lavadero público pronto denominado “la Balseta”. Fue entonces cuando se construyó en piedra el primer puente de América, y la iglesia de San Fernando, construida como parroquia de los trabajadores del Canal, tal vez el mejor ejemplo de arquitectura neoclásica de la ciudad.
- Tres instalaciones fabriles fueron construidas entonces en la parte alta del camino de San José, aprovechando la energía del agua en descenso de la acequia del Plano: un molino harinero, un molino de aceite, y una fábrica de aguardiente. Más adelante, en la segunda mitad del siglo XIX, muchas industrias tendrían en esta zona su primera ubicación, para aprovechar el agua y energía proporcionadas por el Canal.
Sin embargo, la mala calidad del terreno, más allá de las esclusas de Valdegurriana, impidió completar el proyecto del Canal Imperial como vía de conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo, y el devenir de la historia ha convertido al Canal en un corredor verde urbano que, en la mayor parte de su trazado por el barrio de San José, sigue pendiente de ser realizado, y sin que la recuperación de su navegabilidad, siquiera en su versión recreativa, sea contemplada más allá de la propaganda preelectoral.