A comienzos del siglo XX la moda de las imágenes editadas como postal, o souvenir de Zaragoza, empezó a incluir en su tradicional catálogo de castizos escenarios, el entorno del Canal Imperial de Aragón en algunas de sus localizaciones más destacadas. Una de ellas, indefectiblemente, era una captura realizada desde el puente de América (tanto desde el antiguo de piedra, como desde el nuevo, ya modernista), y en ella aparecía a la izquierda la arbolada playa de Torrero, y los edificios del cuartel militar asentado sobre el que fuera puerto de Miraflores. Al fondo, justo donde una pronunciada curva señala el curso del Canal Imperial hacia la derecha, aparece una poderosa estructura edilicia rematada en un rotundo torreón que, como si fuera un imán visual, focaliza la escena y se apodera de ella. Sin embargo, y a diferencia del resto de motivos con los que comparte escena (el Canal, la playa, el cuartel, los almacenes, las barcazas...), este edificio aparece silente, como si no tuviera historia, pero esto, evidentemente, no es así. Está más escondida, también es cierto, y pendiente de ser conocida. Nosotros la comenzamos a finales del siglo XIX, cuando ya figuran en esa ubicación unas “Casas de Salvador”, cuya planta y dimensiones prefiguran lo que luego pasó a denominarse “Casa, o Torre, de Pina”, por el apellido del prócer local Dámaso Pina, impulsor de los importantes y cercanos talleres textiles a los que también dio nombre. A comienzos de los años 20, Julio Requejo, uno de los fotógrafos más prestigiosos de la ciudad, realizó un reportaje centrado, no ya en el enorme edificio, o su torreón, o en la cercana fábrica textil, sino en el denominado “Jardín de Pina”, una auténtica maravilla reservada para disfrute privado en el interior de la casa, compuesta por un precioso conjunto de jardines, estatuas, pérgolas, parterres, un cenador, y una destacable variedad de plantas y árboles con excelentes vistas a los terrenos inferiores, a los huertos de la zona, y al propio Canal, desde donde fluía la acequia del Ontonar.
Así se mantuvieron las cosas, más o menos, hasta la llegada de la también prodigiosa década de los años 70 del pasado siglo, cuando toda la enorme extensión de la casa, con el jardín y los huertos, fueron derribados y aplanados, y sobre su solar fueron levantados doce bloques de viviendas de ocho alturas en una gran manzana compacta y macizada entre las actuales calles del Pintor Marín Bagüés, plaza del Canal Imperial, y Terrazas de Cuéllar. De la Casa de Pina, y de su Jardín, e historias, fuese, y no hubo nada, porque "solas, frágiles, invisibles, nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto". Y nadie habla de este enclave, una vez desaparecido. En este caso, además, no hay ni un mínimo recordatorio en el lugar de los hechos. Esta ciudad tiene estas cosas.