Juárez sabía que su apuesta corría el riesgo de ser interpretada como un agravio a las creencias del pueblo. Por eso procuró diferenciar lo anticlerical de lo antirreligioso. Para decirlo con más claridad, Juárez era anticlerical pero no antirreligioso. Su lucha era contra el clero, una corporación que acaparaba bienes materiales del país, mantenía sometidas a las conciencias y era dueña, en los hechos, del poder público. La religiosidad y la libertad de creencia, según los principios de Juárez debían quedar a salvo, mantenerse inalterables. El propio Juárez, que conocía muy bien los sentimientos de la gente, entre cosas nació aquí en Guelatao, una pequeña comunidad, cómo no va a conocer los sentimientos de la gente, los sentimientos de los de abajo, por eso se esmeraba en utilizar en sus discursos expresiones místicas y religiosas; antes de proclamar las Leyes de Reforma, siendo gobernador de Oaxaca, al jurar la Constitución de 1857, expresó que con la Constitución, esa ley de leyes, decía: “triunfaremos, porque defendemos los intereses de la sociedad y porque […] Dios protege la santa causa de la libertad”. Más tarde expresaba: “Dios es el caudillo de las conquistas de la civilización”.