En 1876, el mundo cambió para siempre. Ese año, Alexander Graham Bell obtuvo la patente oficial del teléfono en Estados Unidos. Sin embargo, la historia detrás de ese documento es mucho más compleja y polémica de lo que suele contarse.
Mucho antes de que Bell registrara su invento, el italiano Antonio Meucci había desarrollado un dispositivo al que llamó “teletrófono”. Por falta de recursos económicos, no pudo sostener su patente provisional. Décadas más tarde, el Congreso de los Estados Unidos reconocería su contribución fundamental al desarrollo del teléfono.
En esa misma carrera tecnológica también aparece Elisha Gray, quien presentó una solicitud similar casi al mismo tiempo que Bell, lo que desató una intensa batalla legal. Incluso antes que ellos, el alemán Johann Philipp Reis había construido un prototipo capaz de transmitir sonidos eléctricos.
Más allá de la disputa por la autoría, el teléfono clásico funcionaba transformando la voz en vibraciones eléctricas que viajaban por cables hasta un receptor, donde volvían a convertirse en sonido. Desde aquellas señales analógicas hasta la telefonía móvil y digital actual, la evolución tecnológica ha sido asombrosa.
La historia de la primera patente del teléfono no es solo la historia de un invento revolucionario, sino también un ejemplo de cómo las patentes, el dinero y el poder pueden moldear la narrativa oficial del progreso.