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En toda vida humana podemos encontrar estos profundos instintos en constante conflicto.
“Soy Feliz, Soy Util, Lo que Hago Me Hace Sentir Apreciado....Me Quieren, Pertenezco Soy Parte de Su Vida....Pero No Sé Qué Sucedió.. Ya No Me Quieren y Pues en Realidad Yo Tampoco Ya Me Quiero Tanto”
El amor es un estado cognitivo no sentimiento o condición pasajera. Pero cuando sólo se enfoca hacia fuera, a ideales, a creencias, a un deber ser, es entonces una forma de abandono a uno mismo.
La estructura básica de las relaciones humanas es eminentemente afectivo. Sin embargo cuando esta experiencia va más allá de un amor edificante, constructivo y recíproco puede convertirse en un vínculo narcisista y controlador.
Nuestra existencia está marcada por una forma de describirnos, de describir nuestras relaciones y nuestros campos de pertenencia. La forma de construir nuestra narrativa conlleva una forma de sentir, de estar, de ser en la vida.
Los vínculos estructuran nuestra identidad en sus distintas facetas. Son el soporte fundamental de nuestras emociones y sentido de vida
La relación con nuestros pensamientos y emociones en ocasiones nos llevan a una circularidad que nos encierra.
La pandemia silenciosa ha cobrado fuerza en nuestros tiempos. El estrés es tan solo síntoma de la profunda desconexión que vivimos.
Día con día generamos miles de pensamientos. La mayoría de estos estados mentales son críticos, limitantes, intolerantes de uno o de los demás. Muchas veces también usamos estos pensamientos para huir de la experiencia presente.
Nuestra realidad es reflejada en el mundo en el que vivimos. En nuestras relaciones, en nuestros pensamientos y nuestras sensaciones. El mundo ha llegado a un límite desde donde la desconexión y sus síntomas es la experiencia colectiva.
Exteriorizados en la construcción de nuestro sentido de vida. Somos la sociedad más solitaria, menos conectada y más ansiosa.
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