Canal básico de Psicología

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By Gabriel de Reina TartièreHealth & FitnessMental Health
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Canal básico de Psicología episodes

  • Las cuatro técnicas fundamentales del psicoanálisis en la actualidad
    Conferencia de clausura del II Congreso Nacional de Psicoterapia (2014) de la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP) a cargo de Otto F. Kernberg, médico, psiquiatra y psicoanalista (y del que ya contamos en este canal con una interesante entrevista para la Televisión Chilena). El Profesor es presentado por Begoña Olabarría González.
    1 hr 28 min
  • Entre la antipsiquiatría y la psicoterapia: consejos para el trato con psicóticos
    Conferencia del autor y psiquiatra Fernando Colina, traído ya aquí en el audio anterior, dada en el II Congreso Nacional de Psicoterapia de la FEAP (Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas), en 2014, con el título "El trato con el psicótico", al que yo renombraría, no obstante y en atención a su contenido, como "El buen trato con el psicótico: el subjetivismo crítico". La inmediata cita a Jaspers que hace Colina en su exposición nos lleva a vincular esa su orientación en un continuo desde la psiquiatría del inconsciente a la psicología humanista, y más propiamente, existencial.
    48 min
  • 168- El derecho a estar loco: si no me van a curar, déjenme en paz
    Si las cosas son tan agrias, lamentablemente, como se ha venido destacando en este canal -y más detalladamente en el audio anterior- desde el enfoque más extendido de la Psiquiatría moderna, y siendo la impotencia del paciente (o, mejor, del sufriente en su radical componente psíquico) fundamental correlato, ¿hasta qué punto tienen los psiquiatras, como líderes ejecutores del "sistema psiquiátrico", autoridad moral para imponer el consumo de unos medicamentos que no logran curar? ¿Existe, pues, un derecho subjetivo a la "locura", a "estar loco"? El caso de "Jujo", un bipolar que se lanzó la jaula de los leones en el Zoo de Barcelona hace un par de años, no es que nos sirva como ningún otro para responder a esas preguntas sino que se erige en magnífico ejemplo de las deficiencias del modelo de salud mental público que en esta sede se han ido advirtiendo con la mayor congruencia.
    44 min
  • El derecho a estar loco: si no me van a curar, déjenme en paz
    Si las cosas son tan agrias, lamentablemente, como se ha venido destacando en este canal -y más detalladamente en el audio anterior- desde el enfoque más extendido de la Psiquiatría moderna, y siendo la impotencia del paciente (o, mejor, del sufriente en su radical componente psíquico) fundamental correlato, ¿hasta qué punto tienen los psiquiatras, como líderes ejecutores del "sistema psiquiátrico", autoridad moral para imponer el consumo de unos medicamentos que no logran curar? ¿Existe, pues, un derecho subjetivo a la "locura", a "estar loco"? El caso de "Jujo", un bipolar que se lanzó la jaula de los leones en el Zoo de Barcelona hace un par de años, no es que nos sirva como ningún otro para responder a esas preguntas sino que se erige en magnífico ejemplo de las deficiencias del modelo de salud mental público que en esta sede se han ido advirtiendo con la mayor congruencia.
    44 min
  • 167- El fracaso de la psiquiatría: una alegoría sobre la impotencia del paciente
    En pleno auge, se nos dice persistentemente, de las neurociencias, la psiquiatría sigue sin curar el objeto para el que existe: la enfermedad mental. Sólo se limita a paliar sus efectos, siendo la psicología, a través de las distintas vías de intervención terapéutica, la llamada a contener al paciente, eso sí, ya medicamentado. Pongamos el gran ejemplo, siguiendo con la línea de los dos últimos audios, del TLP (trastorno límite de personalidad), donde la ideación suicida y los comportamientos autodestructivos son típicos. Se dice de él que estamos ante un nuevo trastorno, cual si fuera un virus, que está en pleno estudio y sometido a permanentes avances en su investigación, cuando el propio concepto -limítrofe- viene a concebirse como un espacio o estadio entre las dos grandes categorías clásicas: la neurosis y la psicosis. El TLP lo que sí ha sido es catalogado, categorizado desde 1980, sin que la propia industria farmacéutica en el mismo año que transitamos tenga un fármaco específicamente diseñado para él, con lo que se somete a la misma selección o combinación que para los demás trastornos de la personalidad: antidepresivos, ansiolíticos, estabilizadores de ánimo y antipsicóticos, todos ellos -también nos afirman- de última generación. Pero como sucede para con la depresión crónica, mejor, resistente o la ansiedad vital generalizada, son medicamentos que, generando profunda dependencia, no curan. ¿Qué clase de enfermedad es esta que no se cura? ¿Para qué sirve una especialización médica que trata pero no sana? Si tenemos una lesión, un cáncer, un tumor, incluso hasta en el cerebro, se interviene y según sea la afectación podrá el paciente seguir o no adelante. La lesión fisiológica una vez localizada será tratada con tales visos de recuperación. Pero, en pleno 2017, los enfermos mentales no transitorios, los que no responden a un cuadro marcadamente agudo al menos (que justo son las que menos se tratan), están condenados a la toma por años de una medicación que, se nos vende, repito, como necesaria, que sólo puede recetarse por un médico, y seguirse en su pretensa eficacia por un médico especializado, el psiquiatra. Entretanto, las terapias psicológicas podrán liberarle, al menos, de la fijación consciente en su sufrimiento, pero con el aviso de que dejar el conjunto tratamiento, será causa más que probable de recaída. La clave de todo es el patrón de personalidad, lo que impugna la pretensa novedad del TLP y, a su través como paradigma, todo el movimiento de extensión psiquiátrica de las últimas décadas, al amparo de los documentos emanados de la Asociación Americana de Psiquiatría como si fueran códigos legislativos.
    Se comprende, así, toda la corriente antipsiquiátrica, con válidos fundamentos que se explican en el documental que les recomiendo de vimeo “La psiquiatría: industria de la muerte”, donde se hace un balance histórico de las desventuras y peligros de esta rama, ya incuestionable curiosamente, de la Medicina. Pero hay que tener cuidado, pues la corriente extrema de la antipsiquiatría, la que promueve la emancipación completa social de ella, habría derivado en nuestro país en la supresión de centros especializados - los otrora manicomios-
    en lugar de mejorar todo el sistema o de crear uno público alternativo, con lo que se privatizó el cuidado psicoterapéutico de tal modo que se sumara como otra causa, la económica, para que no vayamos al psicólogo, o que sólo a través de la vía de urgencias se nos trate unos días, sólo unos días ante o tras el inminente pico o crisis propia de nuestro malestar, en las unidades públicas de salud mental de nuestros hospitales. No todo, pues, es el alegato contra las pastillas. El trato personal al enfermo y la información a las familias, que no suelen comprender más allá de lo que es una depresión o una crisis de ansiedad, son clave y no es de un modo traumático y episódico cómo deben obtenerse.
    Seguiremos hablando de todo ello: así, en primer lugar, de qué es en sí la enfermedad mental, que existir existe, ahí está el sufrimiento de quien la padece; de sus particularidades (siendo la mayor la propia conciencia sobre ella del enfermo, derivada de la distinción clave entre el órgano, cerebro, y la función, o mejor, su conjunto de funciones, mente); de las derivaciones del movimiento antipsiquiátrico, etc.
    De momento, incorporo el audio de la película “Johnny cogió su fusil” del gran Dalton Trumbo (1971), la cual recomiendo que vean, si no lo han hecho ya. En ella, “un joven combatiente de la Primera Guerra Mundial despierta totalmente confuso en un hospital, confinado de por vida, ciego, sordo y mudo y con las piernas y los brazos amputados a causa de una explosión sucedida durante un bombardeo. Al principio no es consciente de lo que le ha sucedido y en qué condiciones está, pero poco a poco comienza a darse cuenta…”. La película ha suscitado muy variadas interpretaciones: las más directas, así, la filosófica, la política, la claramente pacifista, citándose en pro de la eutanasia dado que el mantenimiento con vida de un Johnny, al que se le tiene como totalmente desahuciado, responde a un inicial errado diagnóstico y al interés cientificista, utilitarista a la postre de quien así rubricase ese diagnóstico. En todo caso, y frente a esta última estimación, se ha de estar muy atento al exacto primer deseo del soldado cuando por fin logra comunicarse luego de estar postrado desde la I a la II Guerra Mundial, deseo que le es despóticamente negado por la autoridad militar, así como al trasfondo espiritual que luce por todo el relato en el que el mismo Jesús le aconseja en sueños. Pero dicho ello, para lo que nos interesa aquí, esto es, su lectura psicológica, en el protagonista bien podríamos ver a quien vive inmerso en la impotencia de una enfermedad incurable que afecta a su autoconciencia, a quien ve trascurrir sus días condenado en la prisión que conforma y le recuerda de continuo su mente. Es la impotencia de ver que uno, pese a seguir a pies juntillas un tratamiento durante años, lejos de mejorar, está igual si no es que empeora; que cada encuentro con el psiquiatra le deprime aún más por su contenido repetitivo, recurrente; que, si se cambia la medicación, entre las clases de genéricos arriba comentados, hay que esperar hasta un mes como mínimo para saber si la cosa irá para uno u otro lado, siempre que no surjan problemas antes, claro; que el profesional le pida un plus de voluntad cuando es precisamente por su dolencia que carece de las necesarias facultades para ello; cuando, en esas ocasiones en que acaba internado, pronto descubre que las medicinas que se reparten son prácticamente las mismas, siendo tan dispares los pretendidos trastornos y etiologías de los residentes; que el psiquiatra le recomiende hacer psicoterapia pero no tenga cómo pagarla, pues justamente su enfermedad le incapacita para trabajar y, en consecuencia, generar ingresos, etc. Es, por tanto, este un audio totalmente alegórico.
    1 hr 59 min
  • El fracaso de la psiquiatría: una alegoría sobre la impotencia del paciente
    En pleno auge, se nos dice persistentemente, de las neurociencias, la psiquiatría sigue sin curar el objeto para el que existe: la enfermedad mental. Sólo se limita a paliar sus efectos, siendo la psicología, a través de las distintas vías de intervención terapéutica, la llamada a contener al paciente, eso sí, ya medicamentado. Pongamos el gran ejemplo, siguiendo con la línea de los dos últimos audios, del TLP (trastorno límite de personalidad), donde la ideación suicida y los comportamientos autodestructivos son típicos. Se dice de él que estamos ante un nuevo trastorno, cual si fuera un virus, que está en pleno estudio y sometido a permanentes avances en su investigación, cuando el propio concepto -limítrofe- viene a concebirse como un espacio o estadio entre las dos grandes categorías clásicas: la neurosis y la psicosis. El TLP lo que sí ha sido es catalogado, categorizado desde 1980, sin que la propia industria farmacéutica en el mismo año que transitamos tenga un fármaco específicamente diseñado para él, con lo que se somete a la misma selección o combinación que para los demás trastornos de la personalidad: antidepresivos, ansiolíticos, estabilizadores de ánimo y antipsicóticos, todos ellos -también nos afirman- de última generación. Pero como sucede para con la depresión crónica, mejor, resistente o la ansiedad vital generalizada, son medicamentos que, generando profunda dependencia, no curan. ¿Qué clase de enfermedad es esta que no se cura? ¿Para qué sirve una especialización médica que trata pero no sana? Si tenemos una lesión, un cáncer, un tumor, incluso hasta en el cerebro, se interviene y según sea la afectación podrá el paciente seguir o no adelante. La lesión fisiológica una vez localizada será tratada con tales visos de recuperación. Pero, en pleno 2017, los enfermos mentales no transitorios, los que no responden a un cuadro marcadamente agudo al menos (que justo son las que menos se tratan), están condenados a la toma por años de una medicación que, se nos vende, repito, como necesaria, que sólo puede recetarse por un médico, y seguirse en su pretensa eficacia por un médico especializado, el psiquiatra. Entretanto, las terapias psicológicas podrán liberarle, al menos, de la fijación consciente en su sufrimiento, pero con el aviso de que dejar el conjunto tratamiento, será causa más que probable de recaída. La clave de todo es el patrón de personalidad, lo que impugna la pretensa novedad del TLP y, a su través como paradigma, todo el movimiento de extensión psiquiátrica de las últimas décadas, al amparo de los documentos emanados de la Asociación Americana de Psiquiatría como si fueran códigos legislativos.
    Se comprende, así, toda la corriente antipsiquiátrica, con válidos fundamentos que se explican en el documental que les recomiendo de vimeo “La psiquiatría: industria de la muerte”, donde se hace un balance histórico de las desventuras y peligros de esta rama, ya incuestionable curiosamente, de la Medicina. Pero hay que tener cuidado, pues la corriente extrema de la antipsiquiatría, la que promueve la emancipación completa social de ella, habría derivado en nuestro país en la supresión de centros especializados - los otrora manicomios-
    en lugar de mejorar todo el sistema o de crear uno público alternativo, con lo que se privatizó el cuidado psicoterapéutico de tal modo que se sumara como otra causa, la económica, para que no vayamos al psicólogo, o que sólo a través de la vía de urgencias se nos trate unos días, sólo unos días ante o tras el inminente pico o crisis propia de nuestro malestar, en las unidades públicas de salud mental de nuestros hospitales. No todo, pues, es el alegato contra las pastillas. El trato personal al enfermo y la información a las familias, que no suelen comprender más allá de lo que es una depresión o una crisis de ansiedad, son clave y no es de un modo traumático y episódico cómo deben obtenerse.
    Seguiremos hablando de todo ello: así, en primer lugar, de qué es en sí la enfermedad mental, que existir existe, ahí está el sufrimiento de quien la padece; de sus particularidades (siendo la mayor la propia conciencia sobre ella del enfermo, derivada de la distinción clave entre el órgano, cerebro, y la función, o mejor, su conjunto de funciones, mente); de las derivaciones del movimiento antipsiquiátrico, etc.
    De momento, incorporo el audio de la película “Johnny cogió su fusil” del gran Dalton Trumbo (1971), la cual recomiendo que vean, si no lo han hecho ya. En ella, “un joven combatiente de la Primera Guerra Mundial despierta totalmente confuso en un hospital, confinado de por vida, ciego, sordo y mudo y con las piernas y los brazos amputados a causa de una explosión sucedida durante un bombardeo. Al principio no es consciente de lo que le ha sucedido y en qué condiciones está, pero poco a poco comienza a darse cuenta…”. La película ha suscitado muy variadas interpretaciones: las más directas, así, la filosófica, la política, la claramente pacifista, citándose en pro de la eutanasia dado que el mantenimiento con vida de un Johnny, al que se le tiene como totalmente desahuciado, responde a un inicial errado diagnóstico y al interés cientificista, utilitarista a la postre de quien así rubricase ese diagnóstico. En todo caso, y frente a esta última estimación, se ha de estar muy atento al exacto primer deseo del soldado cuando por fin logra comunicarse luego de estar postrado desde la I a la II Guerra Mundial, deseo que le es despóticamente negado por la autoridad militar, así como al trasfondo espiritual que luce por todo el relato en el que el mismo Jesús le aconseja en sueños. Pero dicho ello, para lo que nos interesa aquí, esto es, su lectura psicológica, en el protagonista bien podríamos ver a quien vive inmerso en la impotencia de una enfermedad incurable que afecta a su autoconciencia, a quien ve trascurrir sus días condenado en la prisión que conforma y le recuerda de continuo su mente. Es la impotencia de ver que uno, pese a seguir a pies juntillas un tratamiento durante años, lejos de mejorar, está igual si no es que empeora; que cada encuentro con el psiquiatra le deprime aún más por su contenido repetitivo, recurrente; que, si se cambia la medicación, entre las clases de genéricos arriba comentados, hay que esperar hasta un mes como mínimo para saber si la cosa irá para uno u otro lado, siempre que no surjan problemas antes, claro; que el profesional le pida un plus de voluntad cuando es precisamente por su dolencia que carece de las necesarias facultades para ello; cuando, en esas ocasiones en que acaba internado, pronto descubre que las medicinas que se reparten son prácticamente las mismas, siendo tan dispares los pretendidos trastornos y etiologías de los residentes; que el psiquiatra le recomiende hacer psicoterapia pero no tenga cómo pagarla, pues justamente su enfermedad le incapacita para trabajar y, en consecuencia, generar ingresos, etc. Es, por tanto, este un audio totalmente alegórico.
    1 hr 59 min
  • Enfermedad mental y suicidio: Virginia Woolf, 'La señora Dalloway', 'Las Horas'
    “Clarissa [Dalloway] había arrojado una vez un chelín al agua del Serpentine, eso era todo. Pero él se había desprendido de la vida. Ellos seguían viviendo (tendría que volver a la fiesta; los salones aún estaban llenos; seguía llegando gente). Ellos (…) se harían viejos. Había una cosa que importaba; una cosa envuelta en parloteo, desfigurada, oscurecida en su propia vida, de la que se prescindía a diario en favor de la corrupción, las mentiras, las vanas conversaciones. El suicida la había conservado. La muerte era el desafío. La muerte era –por parte de personas que sentían la imposibilidad de alcanzar el centro que, místicamente, se les escapaba, que vivían una proximidad convertida en lejanía, un éxtasis desvirtuado, que se quedaban solas- un intento de comunicar. Había un abrazo en la muerte” (Woolf, V., “La señora Dalloway”).
    1 hr 1 min
  • 166- Enfermedad mental y suicidio: Virginia Woolf, 'La señora Dalloway', 'Las Horas'
    “Clarissa [Dalloway] había arrojado una vez un chelín al agua del Serpentine, eso era todo. Pero él se había desprendido de la vida. Ellos seguían viviendo (tendría que volver a la fiesta; los salones aún estaban llenos; seguía llegando gente). Ellos (…) se harían viejos. Había una cosa que importaba; una cosa envuelta en parloteo, desfigurada, oscurecida en su propia vida, de la que se prescindía a diario en favor de la corrupción, las mentiras, las vanas conversaciones. El suicida la había conservado. La muerte era el desafío. La muerte era –por parte de personas que sentían la imposibilidad de alcanzar el centro que, místicamente, se les escapaba, que vivían una proximidad convertida en lejanía, un éxtasis desvirtuado, que se quedaban solas- un intento de comunicar. Había un abrazo en la muerte” (Woolf, V., “La señora Dalloway”).
    1 hr 1 min
  • 165- Enfermedad mental y suicidio
    A falta de concluir con la tercera y última entrega acerca del desamor, que dedicaré a los efectos más graves que estadísticamente se tienen comprobados tras las crisis matrimoniales muy especialmente cuando hay hijos, habiendo tenido un imprevisto estado de convalecencia y leído durante él la que quizás es la más conocida obra de Virginia Woolf, “La señora Dalloway”, quiero abordar, ahora, el tema del título: la enfermedad mental y el suicidio. Se incluye, así, el audio de la gran película de 2002 “Las Horas”, dirigida por Stephen Daldry y acompañada por la que, a mi juicio, es la más perfecta, más acabada de todas las bandas sonoras compuestas por el minimalista Philip Glass. Necesitaremos un audio complementario sobre la historia de la película, a partir de la novela de Michael Cunningham que fuera a su través adaptada, y que siguen, una y otra, el mismo estilo de Joyce y Woolf, el llamado “fluir de consciencia”, un punto de vista “que experimenta con plena intensidad cada instante vivido, en el que se condensan pasado, presente y futuro”, decía Borges. Y es que “Las horas” gira en torno a tres mujeres, la propia Virginia Woolf (interpretada por una irreconocible Nicole Kidman), Laura Brown (Julianne Moore) y Clarissa Vaughan (Meryl Streep), cuyas historias se engarzan en torno a las ideas matrices que surgen de “La señora Dalloway”. Estamos, por todo ello, ante una película muy difícil para oír solamente, pues Cunningham cuenta, como hiciera Woolf, un relato que transcurre, sí en diferentes épocas, pero en un solo día y a través de ese juego psicológico del “fluir de la consciencia” como técnica, reitero; no obstante, con la ayuda de la versión preparada según el sistema AUDESC por la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE), puede seguirse la película por este solo medio en previsión de no poder verla personalmente.
    1 hr 51 min
  • Enfermedad mental y suicidio
    A falta de concluir con la tercera y última entrega acerca del desamor, que dedicaré a los efectos más graves que estadísticamente se tienen comprobados tras las crisis matrimoniales muy especialmente cuando hay hijos, habiendo tenido un imprevisto estado de convalecencia y leído durante él la que quizás es la más conocida obra de Virginia Woolf, “La señora Dalloway”, quiero abordar, ahora, el tema del título: la enfermedad mental y el suicidio. Se incluye, así, el audio de la gran película de 2002 “Las Horas”, dirigida por Stephen Daldry y acompañada por la que, a mi juicio, es la más perfecta, más acabada de todas las bandas sonoras compuestas por el minimalista Philip Glass. Necesitaremos un audio complementario sobre la historia de la película, a partir de la novela de Michael Cunningham que fuera a su través adaptada, y que siguen, una y otra, el mismo estilo de Joyce y Woolf, el llamado “fluir de consciencia”, un punto de vista “que experimenta con plena intensidad cada instante vivido, en el que se condensan pasado, presente y futuro”, decía Borges. Y es que “Las horas” gira en torno a tres mujeres, la propia Virginia Woolf (interpretada por una irreconocible Nicole Kidman), Laura Brown (Julianne Moore) y Clarissa Vaughan (Meryl Streep), cuyas historias se engarzan en torno a las ideas matrices que surgen de “La señora Dalloway”. Estamos, por todo ello, ante una película muy difícil para oír solamente, pues Cunningham cuenta, como hiciera Woolf, un relato que transcurre, sí en diferentes épocas, pero en un solo día y a través de ese juego psicológico del “fluir de la consciencia” como técnica, reitero; no obstante, con la ayuda de la versión preparada según el sistema AUDESC por la Organización Nacional de Ciegos de España (ONCE), puede seguirse la película por este solo medio en previsión de no poder verla personalmente.
    1 hr 51 min

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Se trata en este canal de incorporar los elementos fundamentales de la Psicología a partir de una serie de audios que va desde sus fases históricas hasta sus desarrollos más modernos pero siempre de índole científica, sistemática o técnica. No estamos, pues, ante un podcast de autoayuda, coaching o modelos de persuasión -cuando no realmente sugestión (v. gr. PNL)-, donde se suministre un conjunto de ideas pegadizas, mágicas por sus autorreferenciales resultados o ancladas en el sentido común de lo obvio y ya inventado.