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Disculpen ustedes la exclamación pero, como habrán imaginado ya, estoy resfriado. Razón más que suficiente para preguntarnos por la utilidad de esos efluvios nasales que corren en abundancia entre toses y estornudos. La respuesta comienza con la historia de un descubrimiento que hizo Alexander Fleming cuando investigaba con sus propios mocos. Hablamos de la composición de las secreciones nasales, de la utilidad de algunos de sus componentes como protectores de bacterias y virus e, incluso, de la posible ventaja inmunológica que podrían tener los niños que se hurgan en la nariz. No todo es malo en los mocos.
Una de las ventajas de ser niño es que, si a uno le gusta experimentar, no duda en hacerlo. Eso me sucedió a mí, a los 12 años, en la casa de mis padres. Yo estaba sentado al calor del brasero que ardía bajo la mesa-camilla cuando mi gato, Serafín, saltó hábilmente a mi regazo, como hacía siempre, y comenzó a ronronear. Yo había oído decir que los gatos siempre caen de pie y decidí aprovechar la ocasión para comprobarlo. Con caricias conseguí que se pusiera panza arriba, luego, con mucho cuidado, lo levanté sujetándolo por las patas delanteras y traseras con ambas manos, me puse de pie y lo solté desde lo alto. Fue una fracción de segundo lo que tardó en llegar al suelo pero, cuando lo hizo, se había dado la vuelta en el aire y aterrizó, seguro, sobre sus patas. Un físico eminente me comentó una vez que eso podría violar un principio fundamental de la física: La conservación del momento angular. Hoy demostramos que no, con la ayuda de Serafín, de una patinadora y de un ratón.
¿Habéis observado alguna vez el Sol cuando se pone bajo el horizonte del mar? ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Si la respuesta es que sí, tal vez hayáis sido testigos del regalo que nos hace el Astro Rey en el último suspiro: el Rayo Verde. Una tarde de noviembre, junto a la inmensidad azul del Océano Atlántico, en uno de los parajes más impresionantes de la isla canaria de Tenerife, tuvimos la ocasión de presenciarlo y fotografiarlo. Hoy, además de ofrecer esas imágenes en Cienciaes.com, explicamos qué es el Rayo Verde y por qué se produce.
Estamos acostumbrándonos tan rápido a usar las pantallas táctiles en los teléfonos móviles, ordenadores, tablets, etc, que pronto nos pasará como con muchas otras cosas de la vida cotidiana. Las utilizaremos de forma automática, sin preguntarnos por qué funcionan así. Una pantalla táctil, para que su nombre se ajuste a lo que se espera de ella, debe comportarse de un modo semejante a como lo hace nuestra piel cuando algo o alguien nos toca, es decir, debe reaccionar de alguna manera al contacto, debe transmitir la posición del lugar exacto en el que ha tenido lugar y debe tener un “cerebro electrónico” que interprete la señal y la asocie a la función que queremos realizar ¿Cómo hace todo éso?
Todo empezó una mañana, poco después de levantarme, y por casualidad, como suelen suceder las cosas divertidas. El día anterior, haciendo la compra con mis hijas, había visto una oferta de tazas de desayuno de distintos colores, muy baratas, y había comprado media docena. Aquella mañana, el levantarme, escogí una de un color verde oscuro, la llené de leche y café soluble y la puse en el horno de microondas. Pasado el minuto de rigor, abrí la puerta del microondas y cogí decidido la taza por el asa. No pude reprimir un grito de dolor ¡el asa estaba ardiendo! ¿Por qué? La búsqueda de la respuesta nos lleva a comprender el fenómeno, aprender algo de historia y conocer nuevos materiales susceptores para microondas.
Contar los átomos de un cuerpo humano requiere un esfuerzo considerable porque estamos compuestos por átomos distintos, cada uno de los cuales contribuye con su propia masa atómica al peso corporal. Dado que cada persona tiene un peso diferente y por lo tanto distinto número de átomos, vamos a tomar como referencia a una persona concreta. Una vez obtenido ese valor, una simple operación matemática nos permitirá estimar cuántos átomos forman nuestros propios cuerpos. Desintegrar a una persona en sus átomos constituyentes puede resultar bastante doloroso, así que hemos escogido como referencia a una persona fallecida: el genio del pop, Michael Jackson. Para hacer el cálculo más ameno, ponemos algunas de sus canciones como fondo musical.
¿La Tierra puede engordar o adelgazar como una persona? En el programa anterior analizamos las distintas formas por las que la Tierra gana masa y hoy describimos aquellas en las que pierde materia. Nuestro planeta fundamentalmente pierde gases. En las capas más altas de la atmósfera, los átomos más ligeros, hidrógeno y helio principalmente, escapan al exterior. Otra manera de perder masa consiste en transformarla en energía mediante los procesos radiactivos que tienen lugar en el interior de la Tierra. Un tercer factor de pérdida de masa, esta vez en estado sólido, tiene que ver con las actividades humanas. Desde los años 50 estamos lanzando satélites y naves al espacio exterior, aquellas que escapan a la gravedad terrestre son una pérdida de masa para nuestro planeta.
Adelgazar o ganar peso, tanto para la Tierra como para nosotros, es el resultado del balance entre lo que comemos y lo que expulsamos en un periodo de tiempo dado. Hoy damos un repaso al menú que va proporcionando materia a nuestro planeta, un menú cuyo plato principal es una ensalada de meteoritos, polvo cósmico y partículas. A ese primer plato hay que añadir lo que gana debido al calentamiento global y, de postre, discutimos el efecto que tiene el aumento de la población de las criaturas que vivimos en él. En un próximo programa de la Ciencia Nuestra de Cada Día analizaremos lo que la Tierra “excreta” para determinar si nuestro planeta está engordando o adelgazando.
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