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El bisonte estuvo cerca de desaparecer tanto en Europa como en América, pero programas de conservación permitieron recuperar sus poblaciones. Su historia evolutiva, sin embargo, comenzó hace unos tres millones de años en Asia y alcanzó una gran diversidad durante el Pleistoceno. Especies como Bison menneri, Bison schoetensacki y el bisonte estepario ocuparon extensas regiones de Eurasia. Este último cruzó Beringia y originó los bisontes americanos, entre ellos el gigantesco Bison latifrons y Bison antiquus. Adaptados a distintos ambientes, estos animales convivieron con grandes depredadores y fueron cazados por humanos. De aquella diversidad sobreviven actualmente solo dos especies: el bisonte europeo y el americano.
Hace unos 550 millones de años, al final del Ediacárico, aparecieron los primeros animales con esqueletos mineralizados, quizá como respuesta a la creciente presión de los depredadores. Entre ellos destacan Cloudina y Sinotubulites, pequeños organismos tubulares que habitaron mares poco profundos de distintas regiones del planeta. Cloudina construía tubos de calcita formados por conos encajados y probablemente estaba emparentada con antiguos gusanos. Sinotubulites poseía un esqueleto de varias capas calcáreas y quizá se desplazaba sobre el fondo marino. Sus fósiles revelan una diferencia intrigante: muchos ejemplares de Cloudina presentan perforaciones causadas por depredadores, mientras Sinotubulites aparece intacto. Estas huellas documentan una temprana carrera armamentística entre presas y cazadores, preludio de la extraordinaria explosión de biodiversidad del Cámbrico.
Durante el Jurásico superior, hace unos 150 millones de años, el pequeño dinosaurio Compsognathus habitaba las islas tropicales del mar de Tetis, en lo que hoy es Europa. Descubierto en las calizas de Solnhofen, fue uno de los primeros dinosaurios conocidos a partir de esqueletos casi completos. Inicialmente confundido con un lagarto, más tarde se reconoció como un dinosaurio carnívoro muy próximo a las aves primitivas, gracias a los estudios de Thomas Henry Huxley. Aunque durante años se creyó el dinosaurio más pequeño, posteriores hallazgos revelaron que alcanzaba hasta 1,5 metros de longitud. Poseía patas largas, huesos ligeros y una cola muy extensa que le daban gran velocidad para cazar pequeños vertebrados y lagartos. Aunque no se han hallado plumas en sus fósiles, probablemente las tenía..
Los uintaterios, también llamados dinocerados, fueron unos auténticos “tanques” de la prehistoria. Eran grandes mamíferos herbívoros que vivieron hace más de 50 millones de años en Asia y Norteamérica. Caminaban a cuatro patas y se alimentaban de hojas y ramas. Fueron los primeros mamíferos realmente grandes. Durante el Eoceno los uintaterios aumentaron de tamaño y desarrollaron patas robustas en forma de columna semejantes a las de los elefantes; como estos, solo apoyan los dedos en el suelo, protegidos por pezuñas. Al mismo tiempo se perdieron los incisivos superiores y aparecieron los seis cuernos característicos de estos animales: un par en el extremo del hocico, otro delante de los ojos y un tercero en la parte posterior del cráneo.
Hace unos 5,5 millones de años, la crisis salina del Mesiniense transformó el Mediterráneo en un paisaje casi seco, permitiendo que la fauna circulara entre Europa y África. Cuando el mar regresó, Cerdeña quedó aislada, convirtiéndose en un laboratorio natural de evolución. Allí surgieron ecosistemas únicos, con especies como la musaraña gigante Asoriculus, la pica sarda Prolagus sardus o el pequeño bóvido Nesogoral, adaptadas a un entorno insular lleno de depredadores como la veloz hiena Chasmoporthetes. Con el tiempo, nuevas especies llegaron y otras evolucionaron, dando lugar a faunas sucesivas marcadas por el gigantismo insular. Sin embargo, la llegada del ser humano hace unos 10.000 años cambió este equilibrio: la caza, la deforestación y la introducción de especies invasoras provocaron extinciones en cadena. Hoy, apenas queda un superviviente de aquel mundo perdido: el murciélago orejudo sardo, testigo de una historia evolutiva fascinante.
Hace unos tres mil años llegaron a Nueva Caledonia los primeros seres humanos. La fauna que encontraron allí era mucho más diversa que la actual, y la extinción de muchas de aquellas especies puede atribuirse a la colonización humana. Las aves, en particular, presentaban una gran diversidad. Sin contar los pájaros —un grupo todavía poco estudiado—, entre las aves endémicas que desaparecieron había dos especies de azores de distinto tamaño, dos especies de palomas, un calamón de gran tamaño —probablemente incapaz de volar—, una lechuza y un megapodio, la mayor especie conocida de este grupo.
Los metriorrínquidos fueron cocodrilomorfos marinos que vivieron entre el Jurásico medio y el Cretácico inferior, hace entre 165 y 136 millones de años. A diferencia de los cocodrilos actuales, eran completamente acuáticos: tenían extremidades transformadas en aletas, cola con aleta en media luna y piel lisa, lo que los hacía altamente hidrodinámicos. Probablemente eran vivíparos y de sangre fría. Sus adaptaciones incluían glándulas salinas para expulsar el exceso de sal y orificios nasales en el extremo del hocico para respirar sin sacar la cabeza del agua. Sus fósiles se han hallado en Europa y América. La competencia con tiburones y pliosaurios, junto al enfriamiento global y el descenso del nivel del mar a inicios del Cretácico, provocó su declive y extinción.
Hace más de un siglo, los argentinos comenzaron a explotar las minas de carbón de la región de Ischigualasto, una zona desértica del oeste del país, situada entre las estribaciones de los Andes y las Sierras Pampeanas, en la frontera entre las provincias de San Juan y La Rioja. A partir de una publicación del Automóvil Club Argentino en 1943 el lugar empezó a ser conocido con el nombre de Valle de la Luna, debido a las caprichosas formaciones geológicas que lo jalonan. Hoy en día, los yacimientos paleontológicos de la Cuenca de Ischigualasto-Villa Unión se extienden por dos espacios protegidos contiguos, el Parque Nacional Talampaya, en La Rioja, y el Parque Natural Provincial Ischigualasto en la provincia de San Juan. Ambos parques han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por la importancia científica de sus yacimientos, en los que se puede estudiar el origen de los dinosaurios y de los mamíferos.
Hace casi un siglo, en 1937, el paleontólogo británico Robert Broom describió un enorme primate, Dinopithecus, a partir de los restos fósiles encontrados en una cueva de Sudáfrica. Semejante a un babuino, era sin embargo más grande: se estima que las hembras pesaban una media de 31 kilos, mientras que los machos rondaban los 50 kilos, y algunos podían alcanzar los 77. Dinopithecus vivió en África entre finales del Plioceno y principios del Pleistoceno, hace unos 2,5 millones de años. Sus restos fósiles se han encontrado en Sudáfrica y en Etiopía. El cráneo es similar al de los babuinos modernos. No se han encontrado huesos del tronco ni de las extremidades de Dinopithecus, así que no sabemos cual era su modo de locomoción. Sin embargo, dado su tamaño, era probablemente cuadrúpedo y pasaba gran parte del tiempo en el suelo.
Hace 50 años, en 1975, el paleontólogo sudafricano James Kitching descubrió en la cuenca del Karoo una madriguera fosilizada de hace 250 millones de años. En su interior asomaba el cráneo de Thrinaxodon, un animal del tamaño de un zorro que habitaba madrigueras y es considerado un antepasado directo de los mamíferos. Décadas después, gracias a un escáner de radiación sincrotrón, se descubrió que este Thrinaxodon compartía su madriguera con un insólito compañero: Broomistega, un anfibio temnospóndilo herido que probablemente buscó refugio allí. Ambos animales murieron juntos cuando una inundación anegó el refugio. Esta singular escena fosilizada revela cómo la vida luchaba por adaptarse tras la gran extinción del Pérmico-Triásico.
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