Si hay algo limitado es el concepto de libertad. ¿Somos libres trabajando a diario o somos más libres sin trabajo y sin independencia económica? Cuando se quiere a otra persona, ¿se es libre o se pierde un poco de libertad a cambio de felicidad?
El atrevimiento a ser uno mismo, sin imposiciones sociales es el primer acto de libertad. Luego de años de programas mentales impuestos por la escuela, el liceo y la educación de nuestros padres, el primer acto libertario es separarnos de esos pensamientos que nos han inculcado. Como mejor ejemplo de esto, el día que nos oponemos al pensamiento de nuestros padres, puede que el mundo nos señale como el “rebelde de la familia”, aunque en realidad ahí estamos ejerciendo nuestra libertad y dejando asomar nuestra madurez incipiente. El hecho de manifestar a alguien que se quiere que se piensa diferente, es ejercer la libertad y el respeto a uno mismo. “Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance para toda la vida”, decía Oscar Wilde. Sin duda, si no estamos bien con nosotros mismos, no podremos estar bien con los demás. Ya Erich Fromm, uno de los psicoanalistas más influyentes del siglo XX, en su libro “El arte de amar”, distinguía dos formas de relación: la unión simbiótica, en la que dos son uno, se necesitan mutuamente, y el amor maduro, que significa “unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad”. La integridad y la individualidad están directamente relacionadas con el concepto de libertad.