Editoriales y Opiniones

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By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • Violencia contra las mujeres: más allá de la percepción
    El Observatorio de Violencia contra las Mujeres, de la Organización de Mujeres por la Paz (Ormusa), contabiliza 149 mujeres asesinadas entre marzo de 2022 (mes en que se instauró el régimen de excepción) y agosto de este año. El dato proviene de dos fuentes: de cifras oficiales publicadas por el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública entre marzo y junio de 2022; y ante la falta de información pública, del monitoreo de las notas publicadas por medios de comunicación entre julio de 2022 y agosto de este año.
    Al hacer una rápida revisión de medios no oficiales de comunicación se pueden encontrar noticias como las siguientes: en enero de este año, una mujer murió a consecuencia de una puñalada en el cuello; en abril, una mujer de 55 años fue asesinada por su pareja; en mayo, un joven de 25 años mató a pedradas a su novia de 22 años porque ella quería terminar la relación; en junio, una mujer fue asesinada a machetazos por su pareja y otra perdió la vida a causa de un disparo en la cabeza; en agosto, una mujer de la tercera edad fue asesinada con arma blanca; el 1 de septiembre, la PNC reportó la muerte de una joven de 29 años, quien presentaba varios golpes y una herida en la muñeca derecha.
    En contraste con estas noticias, en el último sondeo de opinión pública del Iudop, el 71.2% de la población encuestada considera que la situación de las mujeres ha mejorado durante el sexto año de gobierno de Nayib Bukele, un 9.4% opina que ha empeorado y un 15.3% dijo que continúa igual. Si bien es cierto que las cifras de feminicidios y muertes violentas de mujeres han disminuido desde la instauración del régimen de excepción, eso no significa que las salvadoreñas estén a salvo. De hecho, tomando como base los datos de Ormusa, se calcula un promedio anual de 37 asesinatos de mujeres desde la aprobación del régimen de excepción. ¿Por qué, entonces, siete de cada diez salvadoreños estiman que la situación de las mujeres ha mejorado?
    Una respuesta a esta interrogante puede encontrarse en la relación entre el uso de los medios de comunicación y la formación de la opinión pública. En este sentido, según el pensador estadounidense Walter Lippmann, las personas hacen un mapa cognitivo de la realidad a partir de elementos provistos por los medios de comunicación, que brindan información más amplia que la que se puede obtener de manera directa. Así, se puede influir en la opinión pública seleccionando qué temáticas presentar a la población como relevantes; una selección que responde a intereses de grupos de poder. A esto se le llama agenda setting o fijación de la agenda.
    En el caso de El Salvador, la población se encuentra bajo la influencia de una fuerte maquinaria de propaganda gubernamental (que incluye medios de comunicación propios), la cual no escatima recursos para dar a conocer el quehacer del Ejecutivo. Esta maquinaria fija la agenda de la opinión pública, dejando fuera todo tema que perjudica la imagen del oficialismo. Al respecto, un dato revelador se obtiene al realizar un análisis de las personas que consumen noticias y de las fuentes de donde las obtienen. Según la encuesta del Iudop ya mencionada, el 77.3% de las personas que dicen consumir información sobre el quehacer de Bukele una o dos veces por semana y el 79.3% de los que reconocen que rara vez consumen noticias de medios no oficiales opinan que la situación de las mujeres ha mejorado.
    Al revisar las noticias que en sus cuentas en Facebook publicaron los medios oficiales y la prensa tradicional en las primeras semanas de septiembre, se observa que dos diarios tradicionales dieron a conocer que 18 mujeres fueron asesinadas entre el 1 de enero y el 18 de septiembre de este año, y que en agosto sucedieron dos feminicidios que no se vieron reflejados en las estadísticas que la PNC reporta. En estas noticias se dieron a conocer datos como la edad de las víctimas, el tipo de arma utilizada contra ellas, el distrito donde sucedieron los crímenes y el arresto o no de los sospechosos de cometerlos. En cambio, los reportes brindados por el diario oficial no se centran en los hechos relacionados con los crímenes, sino en la eficacia policial para capturar a los victimarios. Acorde con la propaganda sobre el éxito del “modelo de seguridad” del Gobierno, esta perspectiva comunicacional destaca que si alguna mujer es asesinada, su crimen no quedará impune, pues los autores serán entregados a la justicia.
    En un país con una cultura machista y violenta profundamente enraizada, este enfoque para tratar la problemática de los feminicidios debería generar honda preocupación, pues bajo el consuelo de que todo delincuente acaba preso, de que todo feminicida recibe su justo castigo, se deja de lado la necesidad de prevenir la violencia contra las niñas y mujeres, atacar las causas del fenómeno, desmontar la cultura que lo justifica.
    7 min
  • Los mil días
    Los mil días sin homicidios es simple publicidad presidencial. No informa, mucho menos analiza. Esta publicidad, como cualquier otra, incita a consumir la figura cosificada del inquilino de Casa Presidencial. La calidad del producto ofertado es irrelevante. La propaganda busca reforzar en las masas consumidoras la convicción de que la calidad del producto que adquieren está garantizada y no tiene fecha de vencimiento.
    Al igual que buena parte de la publicidad, esta también es engañosa. La caída de los homicidios es incuestionable, pero eso no da pie para proclamar mil días limpios. En primer lugar, no hay manera de verificarlo por falta de información confiable. Los datos difundidos por la Policía, la Fiscalía, Medicina Legal y la misma Casa Presidencial son inconsistentes. Estas dependencias no se han tomado la molestia de cotejar y depurar los datos. El vacío es curioso, porque el respaldo de un registro riguroso otorgaría credibilidad al eslogan publicitario. Bukele tendría razón sólida para enorgullecerse del éxito de su política de seguridad. Los mil días son una consigna para reafirmar la lealtad de los creyentes.
    En segundo lugar, y más importante, el registro presidencial de los homicidios es selectivo. Solo incluye los asesinatos atribuibles a los pandilleros. Excluye los muertos en supuestos enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, los prisioneros fallecidos por falta de asistencia médica, las muertes violentas ocurridas en las cárceles —aun cuando los cadáveres salen con señales de tortura—, los sepultados clandestinamente, los desaparecidos, los homicidios comunes y los feminicidios. Antes de los mil días, se registraba un promedio de seis homicidios diarios, sin contar los cometidos por los pandilleros. Por tanto, en la actualidad, es probable que el promedio sea de dos o tres homicidios al día.
    Además de registrar solo los homicidios cometidos por los pandilleros, el eslogan es menos impresionante de lo que parece. Los mil días no son consecutivos y ni siquiera comprenden la mitad de los días que Bukele ha detentado el poder total. La consigna solo incluye mil días de más de dos mil doscientos. Los policías y los soldados no “arriesgaron su vida para que, al fin, podamos vivir en paz de verdad”, porque los pandilleros se entregaron sin luchar. La amenaza de no tolerar “ni el más mínimo delito” es otra licencia publicitaria. La intolerancia se aplica a los adversarios y los desamparados.
    Por alguna razón desconocida, Bukele renunció a conmemorar el “hito histórico” de los mil días en cadena nacional. Casa Presidencial se contentó con el eco de las cuentas en redes digitales de los funcionarios. Bukele dijo que hablaría sobre “lo que nuestro país ha vivido y sobre las fuerzas que intentaron impedir que llegáramos hasta aquí”, pero luego se olvidó del tema. La omisión es llamativa, porque conoce bien el terreno. Por otro lado, hubiera sido interesante conocer de primera mano la identidad y las maniobras de esas fuerzas que intentaron frenar la erradicación de las pandillas. A falta de una explicación oficial, se puede conjeturar que el obstáculo no era otro que la institucionalidad del Estado democrático. Una justificación explícita de la dictadura. La aprobación popular del régimen de excepción no lo legitima ni jurídica, ni humanamente.
    Mucho menos el Dios de Jesucristo, en quien Bukele se ampara. Dios no instrumentaliza a los seres humanos para obligarlos a cumplir su voluntad, tal como sostiene Bukele, en un atrevido intento por justificar la violencia represiva. Dios llama y envía a sus elegidos a denunciar la injusticia y la opresión, el pecado del mundo, y a anunciar su reinado, basado en la verdad, el derecho y la justicia. El éxito de la misión depende de la fidelidad del enviado.
    Por otro lado, si Dios estuviera relacionado directamente con los mil días, los homicidios y toda forma de violencia habrían desaparecido por completo. Responsabilizarlo de una obra tan defectuosa como la realizada por el régimen de excepción es insultar su providencia. Y, a juzgar por los resultados, si Bukele fuera su instrumento, como alega, su obediencia a la voluntad de Dios no es la de un enviado celoso y fiel.
    La paz implantada no es la de Dios, sino la de Bukele. Más que paz es la tranquilidad del miedo y la violencia, impuesta por sus asesores y sus agentes. La calma es aparente. Ni siquiera sus asesores más cercanos están seguros. Si por algún motivo caen en desgracia, son defenestrados sin piedad. Los ocho funcionarios muertos, incluido el jefe de la Policía, en el helicóptero siniestrado hace un año en circunstancias aún no esclarecidas, no dejan de ser inquietantes.
    La arbitrariedad, la injusticia y la violencia son contrarias a la voluntad de Dios. Responsabilizarlo de la injusticia masiva que mantiene encarcelados en condiciones inhumanas a miles de inocentes para justificar la justicia a los pandilleros es blasfemo. Dios quiere que el pueblo disperso, dividido y violento se transforme en otro reconciliado, solidario y fraterno. Dios quiere que el ser humano viva, en especial, los pobres, como bien dijo monseñor Romero.
    * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
    8 min
  • José María Tojeira: la palabra inspirada e inspiradora
    Hace dos semanas, el caricaturista Alecus publicó una hermosa creación suya en la que el jesuita José María Tojeira, recientemente fallecido, aparecía como un faro que iluminaba la realidad salvadoreña. Es cierto. Lo que conmueve es que el padre Tojeira, el padre Chema, como era conocido, asumió varios roles en su vida que ayudaron a iluminar nuestra realidad, con la actitud de modestia que describe don Antonio Machado en sus Proverbios y cantares: “Nunca perseguí la gloria/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi cantar”. Rector, provincial, director del Idhuca, responsable de la Pastoral Universitaria, figura pública cuya voz sabia era consultada por los medios de comunicación: nada de ello le hizo perseguir la gloria para sí mismo. Lo movía, más bien, el amor y la justicia.
    Cuando intervenía en público, por ejemplo, en las fechas de conmemoración de los mártires de la UCA, o acompañando las diferentes luchas por la justicia en el país, su palabra daba ánimos. Siendo legos en estos asuntos, nos atrevemos a decir que su carisma era el del pastor. También se desempeñaba excelentemente en la docencia y en la reflexión escrita, pero en estas tareas también hacía, de alguna u otra forma, pastoral. Entendemos que hacer pastoral no es solo guiar, sino también dejarse guiar por la realidad y acompañar, con la palabra eficaz, a quienes necesitan esperanza.
    El padre Tojeira dejó una cantidad importante de escritos, entre homilías, libros, editoriales y artículos. Su prosa era agradable a la lectura y, mejor aún, hacía reflexionar. Esto se debía a que el padre Chema amaba a la poesía. Es posible que algo de poeta hubiera en una persona tan sensible como él. Resulta un enigma saber si entre sus papeles personales, entre los borradores de sus artículos, se coló algún verso. Era bonito escucharlo dando sus opiniones sobre los poemas o cuentos que él tenía que evaluar como jurado del certamen literario que, año con año, celebra el CRAI con motivo del aniversario de los mártires. Con él se pierde también un excelente colaborador de dicho certamen.
    El padre Chema tenía una especial predilección por los poetas místicos. Uno podría pensar que a la cabeza de ellos estaba Fray Luis de León. Y amaba también a los poetas del Siglo de Oro, y a otros, un tanto más próximos en el tiempo, como José Ángel Valente, quien tiene mucho de filosófico, de reflexivo. En un artículo suyo sobre sus compañeros jesuitas, citaba al Quevedo que fustigó los vicios de la Castilla de su tiempo: “Aquella libertad esclarecida, que donde supo hallar honrada muerte, nunca quiso tener más larga vida”. En las palabras luminosas de Quevedo, brillaba el instante terrible del martirio.
    Hay otro texto suyo sobre la mística cristiana, titulado “Espiritualidad en la vida cotidiana”. Citando a Fray Luis, quien describía al “sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado,/ y con pobre mesa y casa/ en el campo deleitoso/ con solo Dios se acompasa/ y a solas su vida pasa/ ni envidiado ni envidioso”, Tojeira decía que la verdadera mística no es escapar del mundo. “La mística no debe partir de una huida, sino de una mirada trasfigurada al mundo en que vivimos. A nuestra propia vida personal y a la vida de nuestros prójimos. A nuestra realidad de seres dialogales, en relación siempre con los otros, y en relación también con la casa que habitamos, con el mundo como morada de todos.” Esta última expresión nos recuerda la de Menéndez Leal, quien decía que la ciudad debía ser “casa de todos”.
    Esas citas, como puede verse, no eran alarde de erudición literaria, sino apoyos en la expresión de sus ideas. Se apoyaba en estos poetas y escritores para extraer, de la fuente común de la palabra, la mejor forma de poner en común sus planteamientos. En este ejemplo, es Miguel de Cervantes quien sale al encuentro de lo que Chema quiere expresar: “La utopía cristiana une el realismo de quien sabe de nuestra materia pecadora con la confianza segura en el Señor. ‘Caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma’, se decía a sí mismo Don Quijote al iniciar sus aventuras. Peregrino en la vida, el cristiano es el que conoce que al final seremos juzgados por el amor que hayamos tenido, y que solo el amor y la misericordia persistirán como realidad creada”.
    Su calidad humana, que le hizo estar próximo a los que sufren, también le hizo acompañar a su modo a un poeta que de alguna manera encarnó en su vida la marginalidad y los extremos más hirientes de la realidad: Salvador Juárez. Sin “perseguir la gloria ni dejar en la memoria de los hombres su cantar”, el padre Tojeira acompañó humana y poéticamente a este hermano poeta. Prologó dos de sus libros y participó en el acto de presentación. Sus palabras sabían bucear en el drama humano del autor y rescatar de él las semillas de esperanza. Salvador le tenía un gran cariño y siempre que pasaba por la UCA pasaba a saludarlo. Imaginamos que es probable que lo haya recibido con versos después de su adiós.
    Esa humanidad que le caracterizaba se traslucía tanto en sus acciones públicas como en los gestos cotidianos. En sus redes sociales, siempre escribía unas palabras de felicitación para quien cumplía años. Se le ha llamado con justicia “el apóstol de la sonrisa”. Sirva ello para evidenciar que el amor al prójimo, esa verdadera mística, no está reñido con la alegría. Todo lo contrario.
    La voz animadora del padre Tojeira resuena en nuestro país. Su buen corazón ilumina como el faro que dibujó Alecus, con su palabra inspirada e inspiradora.
    8 min
  • Independencia a la medida
    La independencia del 15 de septiembre de 1821 no es la de Bukele, que se ha hecho una a su medida. Aquella no se ajusta a sus ambiciones. Pertenece a un pasado del cual prescinde. La suya es totalmente nueva. Aquella escapa a su control, mientras que de esta dispone a su antojo.
    Los próceres de 1821 declararon la independencia de Centroamérica como una totalidad. Escribieron una Constitución y organizaron un Estado federal donde cabían todos los países de la región. El proyecto fracasó por razones que aquí no vienen a cuento. En consecuencia, El Salvador nace como parte de un todo mayor. Conmemorar la independencia, al margen de Centroamérica, es desconocer la realidad histórica. Un mal comienzo para quien pretende crear un país nuevo, porque el futuro está determinado por el pasado y el presente. No se puede construir futuro sin contar con los condicionamientos existentes.
    El interés presidencial no es honrar la tradición de la nación, sino usarla para reforzar el autoritarismo. El sentido literal de la voz “independencia”, no depender de nada ni de nadie, sirve bien a esa finalidad. Una ilusión, porque los entes no están aislados. Las cosas son lo que son porque están en respectividad unas de otras. Bukele imagina que construye un país libre de influencias externas, una empresa imposible en un mundo cada vez más globalizado. Su invento depende de préstamos e inversión extranjera, del comercio exterior, de la moneda estadounidense y de las remesas. Piensa que nadie le puede decir qué hacer, pese a que su futuro inmediato depende de Trump. En tres años, cuando este sea relevado, su posición se debilitará.
    Bukele conmemora la independencia de los tratados, los organismos y las obligaciones internacionales, que considera “imposiciones inaceptables”; y de la institucionalidad democrática, un obstáculo perverso. Aun cuando se imagina independiente de la comunidad internacional, le molesta muchísimo sus reclamos y sus críticas. Si fuera tan independiente, tal como alega, estos debieran tenerle sin cuidado. Pero no puede, porque anhela que la comunidad internacional lo reconozca como el creador de un modelo de país inédito. El afán de fama mundial lo mantiene atado al qué dirán.
    Las contradicciones son habituales en la retórica presidencial. El subdesarrollo o la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades de la mayoría de la población salvadoreña no son obra de extranjeros entrometidos, sino de las oligarquías, que desde siempre han sabido acomodarse a las circunstancias para acaparar la riqueza nacional. Décadas atrás, Estados Unidos intervino con la connivencia de la oligarquía y los militares. Este es el caso de la Alianza para el Progreso, del consenso de Washington, de la AID, de los agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses y de la guerra contrainsurgente. En la actualidad, de la lucha contra el narcotráfico en altamar. Buena parte de los millones de dólares prestados y donados fueron a parar a los bolsillos de quienes colaboraron con los estadounidenses. El responsable no está afuera, sino dentro.
    Tampoco se puede sostener con verdad que la independencia de Bukele haya traído prosperidad. La inversión directa extranjera no solo es de las más bajas de la región, sino también tiende a disminuir. El crecimiento económico es lento. El déficit comercial tiende a crecer, dado que el país importa más de lo que exporta. El déficit fiscal y la deuda pública tienden a aumentar. Los servicios sociales tienden a deteriorarse. Ciertamente, a las mayorías no les va mejor con la nueva independencia, donde las oligarquías antiguas y recién llegadas deciden.
    El modelo de país inédito, donde el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes no aumenta y donde estos viven aterrorizados por los agentes de seguridad, tiene mucho de antiguo. La fuerte presencia militar en el desfile del 15 de septiembre confirma que El Salvador que se dice nuevo no es diferente de la dictadura militar del pasado. Si “la seguridad nos devolvió la paz”, el despliegue de efectivos, armamento y vehículos de combate muestra que el país de Bukele está en pie de guerra, al estilo de las potencias imperialistas, pero ante un enemigo desconocido. En cualquier caso, el nuevo país disfruta del espectáculo, las armas y los uniformados.
    La independencia conmemorada no es la de 1821, sino la que inauguró el régimen de excepción. El discurso presidencial recurrió a la de 1821 para legitimar el “nuevo El Salvador”, modelado sin embarazo ni impedimento alguno, no “por nosotros y para nosotros”, sino por y para la familia Bukele. Ahora ellos, los Bukele, son “infinitamente más independientes de lo que jamás” fueron. Dios lo permite porque respeta la libertad de la humanidad. Pero Él tiene la última palabra. Cuando llegue el momento, preguntará, como a Caín, qué has hecho de tu hermano. Las obras de Bukele, el criterio incuestionable, no son las de un enviado divino con una misión liberadora.
    8 min
  • Militarización y sociedad
    En un proceso de militarización, las fuerzas militares asumen roles y tareas que más bien le corresponden a instancias civiles. Complementariamente, el militarismo es la ideología que postula la primacía del ejército y los valores que le están asociados. Militarización y militarismo están estrechamente relacionados. El militarismo da paso a la militarización, y esta a su vez potencia a la ideología militar. Hoy en día, la militarización ha cobrado fuerza en diversas regiones del mundo.
    En América, los países con democracias más consolidadas, especialmente en el sur del continente, mantienen a sus fuerzas armadas sujetas a la autoridad civil; en otros, especialmente en Centroamérica, los militares han recuperado el protagonismo de épocas pasadas, a pesar de los crímenes cometidos y el historial de corrupción de sus altos mandos. El afán de resolver los problemas a través del uso de la fuerza se abre paso ante la debilidad de las instituciones civiles. En el fondo de los procesos de militarización está la creencia de que los militares son más competentes.
    En El Salvador, uno de los mayores logros de los Acuerdos de Paz fue redefinir el rol de la Fuerza Armada, limitándola a la defensa del territorio y de la soberanía nacional, y dejando la labor de la seguridad ciudadana en manos de una Policía Nacional Civil independiente del estamento militar. En este sentido, el actual proceso de militarización en el que el país está inmerso es una involución. Una involución, eso sí, muy popular, que descansa, entre otros factores, en una imagen de disciplina militar que se contrapone al desorden y la inconsistencia institucional que han caracterizado a la mayoría de las autoridades civiles salvadoreñas.
    Ahora bien, la disciplina militar descansa en la obediencia; la subordinación absoluta al que manda es su principio fundamental. Por ello, designar a un militar para que ejerza funciones civiles garantiza, por un lado, obediencia ciega a quien lo nombra y, por otro, una administración que actúa con base en órdenes que no admiten réplica. Durante la guerra, la lógica de la obediencia ciega facilitó la comisión de graves violaciones a los derechos humanos. Hoy, esa misma lógica permite la captura de personas inocentes para cumplir cuotas de detenciones o para silenciar voces críticas. En la misma línea, confiar la educación de la juventud a militares busca formar ciudadanos obedientes y dóciles, sin pensamiento crítico, sin autonomía, sin diversidad de ideas.
    El nombramiento de militares en puestos civiles en países con cultura e historia autoritarias no augura un buen futuro para sus pueblos. La evidencia demuestra que la militarización no es eficaz para mejorar la seguridad en el largo plazo ni para formar personas abiertas al diálogo y al respeto de la dignidad humana. Más que fuerza y obediencia, Latinoamérica en general y El Salvador en particular necesitan cultura, tolerancia al disenso, derechos humanos, justicia social, paz.
    5 min
  • Te quedaste, yo sé que te quedaste
    Hace muchos años, dos compañeros y yo estábamos en un pasillo del Módulo B esperando a alguien. Frente a nosotros pasó Mauro, el mítico e histórico profesor de matemáticas con quien habíamos cursado las materias básicas del cálculo de la ingeniería y la arquitectura, y nos dijo: “Vengan, voy a darles algo a cada uno”. Desconcertados, lo seguimos hasta a su oficina y nos dijo: "Vaya, tomen" y, acto seguido, nos dio un dólar a cada uno. Mauro era así. Espontáneo, bromista, carismático y cercano. Le gustaba ser ese profesor detallista, atento y dispuesto a ayudar y escuchar a sus estudiantes. No recuerdo cómo terminó esa tarde, pero estoy segura de que debió habernos tocado la guitarra y que nos terminó de alegrar el día con sus anécdotas sobre los mártires y su vida en la UCA.
    Sus materias no eran sencillas. Enseñaba lógica matemática, funciones, límites, derivadas, ecuaciones diferenciales, sucesiones, coordenadas polares y cilíndricas, teoremas, integrales múltiples y todas esas cosas a las que uno les tiene miedo cuando está en la universidad. Sin embargo, él tenía el don de poder desentrampar hasta el enredo más complicado y de poner en lenguaje simple y universal aquello que para la mayoría era inentendible. “¿Te quedaste? Yo sé que te quedaste”, solía decirnos cuando miraba nuestras caras enmarañadas en medio de sus clases, y no le importaba repetir y repetir el mismo tema hasta hacernos entender. Era paciente. Procuraba mantener el mismo ritmo para que todos pudiéramos seguirlo, pero lo que realmente sorprendía de su rol como maestro era su humildad, su empatía y su compromiso social con la educación.
    Originario de Chalatenango, se graduó como maestro normalista con especialidad en matemáticas y física y estudió las licenciaturas en física, química y matemática en la Universidad de Berna, Suiza. Por su talento natural para las ciencias exactas y su excelente desempeño como estudiante, tuvo la oportunidad de haberse quedado en ese país o de llevar una vida tranquila en cualquier otro, pero, entre tantas opciones, escogió regresar a El Salvador y compartir con nosotros todo lo que aprendió.
    Fue profesor de la UCA desde 1981 hasta 2019. Su trayectoria académica incluye importantes publicaciones de libros y cuadernos de cátedra de matemática para educación básica, preuniversitaria y universitaria, abarcando niveles de pregrado, grado y posgrado. Impartió Matemáticas I, II, III y IV, y colaboró en el diseño de muchos planes de estudio de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura. A pesar de ello, no fueron sus conocimientos ni sus múltiples titulaciones lo que lo hicieron trascender. Aún con toda su formación, Mauro era un profesor generoso que acompañaba y se rebuscaba por hacernos partícipes del aprendizaje; era el profesor que jamás iba a humillarnos por no entender o no saber.
    En Mate IV, recuerdo que nos dijo que nos imagináramos cómo se movería un chicle pegado a la llanta de una bicicleta para explicarnos el comportamiento de una función, y fue precisamente eso lo que hizo que generaciones enteras lo recordemos con tanto cariño. Cuando llegaba un becario nuevo a la Facultad, él, junto a la ingeniera Merlos, se encargaba personalmente de brindarle tutoría, acompañarlo y darle consejo. No toleraba un “no puedo” para justificar una mala nota, y a todo el que se atrevió a decírselo le contestaba, desde su ejemplo y su vida: “Si yo pude, vos podés”. Muchas veces, incluso, pagó de su propia bolsa tutores personalizados para atender a los estudiantes con mayor necesidad que solían creer que no podían o que se encontraban en desventaja, y no era extraño que nos comprara el almuerzo o un refrigerio cuando notaba que ya llevábamos varias horas estudiando en el mismo lugar.
    En mi experiencia personal, su cercanía y apertura me hicieron compartirle que me gustaba escribir poesía. Sin dudarlo, me pidió mis poemas y por pura iniciativa propia empezó a musicalizarme algunos. El más emblemático, “Mujer de la calle”, lo musicalizó de tal forma que acabamos declamándolo y cantándolo juntos en varios eventos y lugares. Mauro no era el profesor que se queda en el aula. De manera perspicaz, le gustaba enseñarnos que lo más importante era la humanidad, y que el miedo más grande no se le debía tener a la matemática, sino a perder nuestra fragilidad y nuestra empatía.
    Su partida deja un enorme vacío. Se va en medio de dos semanas trágicas en las que también hemos dicho adiós a los sacerdotes jesuitas Rafael de Sivatte y José María Tojeira. Se va, pero nos deja un gran legado que perdurará. Así que, Mauro, aunque ya no estés físicamente, “te quedaste, yo sé que te quedaste”; te quedaste con nosotros para siempre y nos dejaste la prueba de que sí se puede enseñar con el corazón.
    7 min
  • Chema
    Se pueden decir tantas cosas de Chema Tojeira que cualquier espacio como este se queda corto. Y es que desde que llegó a Centroamérica en 1969 siendo todavía un joven estudiante jesuita de 22 años, comenzó a escribir una historia de servicio que se prolongó por 56 años, tiempo en el que hizo el bien por donde pasó. En Honduras, ya como sacerdote, acompañó pastoralmente a campesinos y campesinas, cuyos padecimientos y esperanzas sellaron su vida para siempre. Dirigió allá a Radio Progreso, el medio de comunicación con mayor credibilidad en ese país y en 1981 fundó, junto a otros jesuitas, el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC), un centro social que es un referente para comprender la realidad hondureña y al que los más pobres sienten como un aliado cercano de sus causas y luchas.
    El Salvador le abrió las puertas en 1985 y Chema le entregó su corazón a este pueblo del que, una vez cumplidos los requisitos legales, se hizo ciudadano a finales de los años ochenta. Chema fue un salvadoreño más, su inculturación fue sorprendente, desde su lenguaje hasta sus gustos, pero sobre todo porque hizo suyos los problemas, clamores y alegrías de la mayoría de la población. En 1988, fue nombrado provincial de los jesuitas de Centroamérica, cargo que le permitió recorrer la realidad de los otros países de la región y amar también a sus pueblos, comprobando que compartían historias, sufrimientos y esperanzas. Siendo provincial, le tocó vivir y enfrentar la masacre de la UCA en 1989. El rol que jugó exigiendo justicia por el magnicidio de sus seis compañeros y dos mujeres lo hizo una figura pública en El Salvador y más allá de sus fronteras.
    La valentía con la que enfrentó al poder de entonces, su serenidad a la hora de desvelar las mentiras de los perpetradores del crimen y la férrea búsqueda de la verdad lo convirtieron gradualmente en un referente ético para el país. Después fue rector de la UCA durante 14 años, plataforma que amplificó tanto su voz como el reconocimiento hacia él de personas y sectores cristianos, académicos y sociales, nacionales e internacionales. A pesar de ocupar cargos encumbrados, Chema nunca abandonó su humildad. Cuando terminó su rectorado en la UCA en 2011, le preguntaron cuál era su legado, a lo que él contestó, desde su modestia, que tal vez haber sembrado varios cientos de árboles en el campus.
    A propósito de su reciente y sorpresivo fallecimiento el 5 de septiembre, ya se ha escrito algo —y en los próximos días se escribirá mucho más— destacando sobre todo los cargos que desempeñó y el eco que tuvo su voz. Las innumerables manifestaciones de pesar y solidaridad por su fallecimiento a la Compañía de Jesús y a la UCA son solo una muestra que refleja lo que el padre Tojeira representó para mucha gente y para la historia de este país. Aquí queremos destacar algunas de las características que lo hicieron una persona extraordinaria, muy querida y apreciada, y que ahora se convierten en un poderoso llamado para todos y todas aquellas que quieren aportar a El Salvador en una etapa compleja de su historia, como la que le tocó vivir a él.
    Desde su inspiración cristiana y espiritualidad ignaciana, Chema fue, ante todo, una persona compasiva y comprometida con el dolor y la suerte de los pobres. Demostró con su vida que la mejor manera de amar a Dios es servir a los demás, especialmente a los más sufridos. Puso su privilegiada inteligencia al servicio de los excluidos y marginados para evidenciar las raíces históricas y estructurales que producen injusticia y perpetúan la exclusión. Por ello, entendió que su responsabilidad desde la UCA trascendía el campus universitario, y se comprometió con la transformación del país, dando continuidad al legado de los mártires que ofrendaron su vida por decir la verdad. Por eso, Chema defendía la causa de los excluidos desde la palestra de los medios de comunicación y participaba en toda comisión, gubernamental o de la sociedad civil, a la que era invitado, siempre y cuando fuera para resolver algún problema que afectaba a personas o al país. Otra de sus características es que era una persona serena y capaz de conservar la compostura aún en situaciones que hubieran tumbado a cualquiera. Su palabra oportuna y valiente, que transmitía con serenidad, iluminó situaciones nacionales críticas, a la vez que transmitía esperanza. Su realismo no se contraponía a su constante optimismo.
    Otro rasgo envidiable de Chema era su buen humor. No había conversación en la que no aflorara su alegría contagiosa. Era capaz de expresar las cosas más serias esbozando una sonrisa, pero sin ningún asomo de burla. Desde su serenidad, podía decirles las verdades a los poderosos o a sus detractores, sin recurrir nunca a la ofensa. Su presencia y su voz imponentes hacían difícil no tomar en serio sus intervenciones. Incluso cuando sus denuncias de violaciones a los derechos humanos lo hicieron blanco de ataques hasta de la más alta autoridad, Chema nunca respondió irracionalmente a las mentiras y calumnias. Unido a lo anterior, era un hombre de diálogo y de escucha, unos principios y herramientas muy poco comunes en estos tiempos. Siempre llamaba a dialogar, porque consideraba al diálogo una herramienta fundamental de la democracia y, además, lo practicaba en su vida misma. Sin embargo, eso no le impedía ser contundente a la hora de defender los derechos humanos de las víctimas.
    Quienes lo trataron de cerca dan fe de que Chema, ese hombre de sonrisa a flor de piel y de mano siempre extendida, fue un buen compañero de trabajo, una persona que construyó amistades entrañables y un faro para quienes contaban con su acompañamiento espiritual. La misión universal de la Compañía de Jesús, trabajar por la justicia como exigencia de la fe cristiana, fue la brújula que orientó su existencia, dando testimonio del amor de Dios ahí donde le tocó servir. Esa misión le dio el don de saberse mover tanto en las esferas de poder para incidir en la toma de decisiones como en la llanura donde hacía vida la opción preferencial por los pobres. Su muerte repentina ha sido lamentada por personas y organizaciones, instancias multinacionales y embajadas, iglesias y comunidades.
    Un rasgo que quizá los que no lo trataron de cerca desconocen del padre Chema, y que es una de las razones por las que mucha gente en la UCA y fuera de ella ha llorado su partida, es que, siendo rector y después como director de Pastoral y del Idhuca, no solo saludaba a todos los trabajadores que encontraba a su paso, sino que los saludaba por sus nombres, desde quienes trabajaban en la limpieza hasta las que ocupaban altos cargos. Los estudiantes lo reconocían y apoyó a muchos de ellos cuando lo necesitaban. También, como sacerdote, impartió el sacramento del matrimonio a muchas parejas, de la UCA y de fuera, así como el bautismo a sus hijos. Chema fue una voz profética de fe y justicia, además, cargada de un gran humanismo.
    El actual contexto que vive el país demanda cada vez más que el legado de Chema sea un llamado serio a asumir con valentía y serenidad el compromiso de la justicia desde la fe y la defensa de los derechos humanos. Una estatura moral difícil de alcanzar, pero que, sin duda, es una inspiración que vale la pena atender.
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  • Orden y disciplina
    La inauguración simultánea de cinco mercados fue la plataforma escogida por Casa Presidencial para lanzar la última ocurrencia sobre cómo enderezar el país. Las “décadas de abandono” ya no solo serían culpa de malhadados gobiernos anteriores, sino también de la mala educación, la descortesía y la incivilidad. En consecuencia, el régimen de excepción ha emprendido la tarea de imponer orden y disciplina militar. Y, fiel a la tradición autoritaria, ha comenzado por los mercados y la educación pública, dos de los sectores más débiles y vulnerables.
    La dirección centralizada de los mercados impondrá buenas maneras, limpieza y orden a los usuarios. La basura, los escupitajos y el orinar de los varones en sitios públicos desaparecerán. Los hombres tendrán que aprender de las mujeres, que son más educadas o más discretas. Las vendedoras y los comerciantes ya no estarán solos; Casa Presidencial cuidará de ellos. Hará desaparecer las mafias, el tráfico de influencias y la corrupción, características de la gestión municipal anterior, aun cuando la mayoría de alcaldías está en manos del oficialismo. La estabilidad, la legalidad y la rendición de cuentas harán que los mercados “funcionen como debe ser”. Si hubiera verdad en este discurso, habría un cambio radical en una gestión gubernamental que desconoce la estabilidad, la legalidad y la rendición de cuentas.
    En la educación pública, una capitana del ejército se encarga de imponer disciplina, urbanidad y civismo. La presentación de la población escolar debe ajustarse al criterio militar. Las convenciones militares evitarán la conformación de pandillas de toda clase. Las decenas de miles de encarcelados, los miles de muertos y los innumerables desaparecidos son resultado, según la interpretación presidencial, de “no haberles aplicado disciplina cuando eran niños”. La responsabilidad es tanto de los padres como del Estado. Un descuido que este pretende corregir con la imposición de disciplina militar en las escuelas públicas.
    El discurso del orden y la disciplina suena bien a las mentalidades rigoristas, conspiranoicas y oficialistas, pero no resiste la confrontación con la realidad. El enfoque y la solución pecan de simplismo. La informalidad es inevitable dada la ausencia de empleo formal. La penuria no se debe al desorden de las finanzas de la inmensa mayor parte de la informalidad, porque no hay finanzas que ordenar. Las vendedoras y los comerciantes de los mercados no viven en la suciedad por gusto. El hacinamiento, la insalubridad ambiental, la escasez de agua, un nivel educativo bajo y la falta de medios, en general, les impiden desenvolverse en condiciones humanas.
    Los pobres no son víctimas del desorden (a diferencia de los ricos, que serían muy ordenados), sino de una estructura social excluyente, desigual y, por eso, violenta. La escandalosa acumulación de riqueza en pocos empuja al resto de la población hacia la pobreza. El fenómeno de las pandillas está relacionado con el desorden, pero no solo de las generaciones más jóvenes, sino de la sociedad en su conjunto. Más aún, el desorden es un síntoma, no la causa. Forzados a rebuscarse la vida en condiciones muy adversas, los padres abandonaron a sus hijos, que se criaron en las calles. No encontraron acogida en los centros educativos, ni espacio en centros comunales y deportivos, ni en los templos. Nadie les brindó atención y cariño.
    En la calle aprendieron junto con sus pares. Crearon una identidad y una cultura propia. Pronto aprendieron que la violencia, de la cual habían sido víctimas o testigos, era el medio para sobrevivir en una sociedad que los excluyó y les negó la educación, el empleo y las oportunidades. En el proceso, se deshumanizaron. Atribuir este fenómeno a la indisciplina escolar es simplista. Así como es farisaico identificarse con el “dolor terrible” de las madres con hijos encarcelados y con el “más horrible” aún de aquellas con hijos muertos o desaparecidos.
    Más sentido tiene el programa Crecer con Cariño. Pero abrir esa posibilidad demanda una inversión que el oficialismo no está dispuesto a hacer. La opción no es nueva. El segundo presidente de Arena decidió, justamente cuando el fenómeno de las pandillas cobraba forma, que seis años de primaria eran suficiente educación para una juventud destinada a la maquila, en ese entonces, el gran proyecto del capitalismo neoliberal. Ahora la dictadura se decanta por el ordenamiento militar y el maestro sargento, una salida barata para someter a las nuevas generaciones.
    Esta opción, sin embargo, está reñida con uno de los eslóganes más queridos del oficialismo. Unos cuantos puentes, mercados y centros escolares renovados no son más que una porción pequeña de “lo público”. Para que este fuera mejor que lo privado, la inversión en educación debe ser cada vez más voluminosa; la infraestructura escolar debe estar en mejora continua; la alimentación, suficiente y balanceada para superar la falta de peso y estatura; los planes de estudio, en actualización permanente; y el personal docente, capacitado y dignificado. Educar es mucho más que disciplinar.
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  • Sobre la reelección indefinida
    La discusión sobre la reelección presidencial en el país se ha movido entre dos extremos: o está permitida, o está prohibida. Sin embargo, a nivel internacional existen diferentes modelos que regulan la continuidad de un presidente en su cargo, desde la prohibición absoluta, pasando por sistemas flexibles, hasta la reelección indefinida. En el caso de El Salvador, desde 1983, la Constitución permitía la reelección diferida, es decir, un expresidente podía volverse a postular, pero no de manera consecutiva. Este tipo de modelo busca evitar la concentración de poder y fomentar la alternancia democrática, favoreciendo la continuidad de proyectos políticos, no la de una persona.
    No obstante, en 2021, la Corte Suprema de Justicia —nombrada para estar alineada con el Ejecutivo— ­­­emitió un fallo en el que se habilitó la reelección inmediata, pero con restricciones, tal como ocurre en Estados Unidos, donde un político puede aspirar como máximo a dos periodos presidenciales. El giro más radical ocurrió en julio de este año, cuando la Asamblea Legislativa —controlada por el partido oficial— aprobó la reforma que habilita la reelección indefinida, eliminando cualquier tipo de restricción para la permanencia en el poder. Este modelo, similar al de Venezuela y Nicaragua, permite que una misma persona se postule indefinidamente.
    Este cambio se ha justificado, en parte, por la alta popularidad de Nayib Bukele, quien, tras seis años de gestión, mantiene altos niveles de aprobación ciudadana. Según la encuesta del Iudop de mayo de 2025, el Gobierno recibió una calificación promedio de 7.85; además, el 67.3% de los encuestados expresó tener mucha o alguna confianza en el mandatario. No obstante, esta popularidad no se traduce en simpatías para Nuevas Ideas. Según el sondeo del Iudop, a pesar de que el partido oficial cuenta con casi la totalidad de escaños en la Asamblea, solo el 37% de la población expresó sentirse muy o algo satisfecho con el trabajo de los diputados, y apenas un 17.4% consideraba que este órgano del Estado representa a toda la población. Además, solo un 25.5% dijo estar muy o algo satisfecho con el trabajo de los alcaldes.
    Otro dato importante lo revela la encuesta preelectoral de enero de 2024: el 46.9% de quienes pensaban votar por Nuevas Ideas afirmaron que no votarían por dicho partido si el candidato no fuera Bukele. Tras las elecciones, ese porcentaje aumentó a 53.4%. Lo anterior sugiere que el partido pudo perder más de 1.4 millones de votos sin su líder. En ese escenario, dado que la población no se identificaba con otra opción política, la participación electoral podría haber disminuido del 52.6% al 29%, tan baja como la registrada en la elección de alcaldes (30.1%).
    En otras palabras, Nuevas Ideas no ha logrado consolidarse como una fuerza política autónoma y con arraigo social; por el contrario, es clara su dependencia de la figura presidencial. Por ello mismo, la reelección indefinida se ha convertido en una estrategia política de supervivencia, que, junto con la reducción de diputados, la reestructuración municipal y la complicidad del Tribunal Supremo Electoral, busca mantener en el poder al partido oficial a costa de la representación política, la rendición de cuentas y el equilibrio de poder.
    Estos cambios no constituyen un fenómeno nuevo en la historia del país. En 1996, la UCA advertía en su revista ECA que “el cambio continuo y repentino de las reglas electorales atenta gravemente contra su garantía y continuidad”. En ese momento se refería a las reformas políticas impulsadas por Arena para favorecerse, y que solo fueron posibles por el control que tenía en la Asamblea Legislativa. Hoy, casi tres décadas después, Nuevas Ideas repite la historia, consolidando un modelo de poder que dinamita los principios democráticos.
    El oficialismo ha utilizado a la población como instrumento para legitimar estas reformas. En mayo de 2025, el 70.6% de los encuestados por el Iudop estaba de acuerdo con la posibilidad de que Bukele continuara en el poder otro período presidencial, el tercero. Sin embargo, la encuesta preelectoral de 2023 reveló que, aunque el 69.9% de la población mencionó estar de acuerdo con la participación de Bukele en la elección de 2024, un 57.4% conocía la prohibición constitucional sobre de reelección inmediata, el 46.8% consideraba muy o algo peligroso que Bukele no respetara dicha disposición y el 43.7% consideraba que Bukele no estaba respetando la Constitución al presentarse como candidato. Asimismo, 51.3% indicó que con dicha participación sería más difícil que otros funcionarios respetaran la Carta Magna.
    Lejos de implicar una contradicción, estos datos reflejarían un sacrificio consciente de parte de la mayoría de la población, motivado principalmente por el temor a regresar a un contexto de inseguridad. Un temor comprensible del cual ha sabido sacar provecho el aparato de comunicación gubernamental, que ha instalado la idea de que solo Bukele puede garantizar la seguridad. Se ha sentado un precedente peligroso: todo está permitido si se cuenta con el apoyo de la población. ¿Qué pasará cuando ya no exista ese apoyo?
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