Editoriales y Opiniones

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By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • EDITORIAL 29-12-20
    Guerra mediática
    Editorial UCA
    Pretender que solo la propia perspectiva es la verdadera obedece a una profunda ignorancia o a mala intención. Esa actitud es más grave cuando se pasa al plano institucional y de los medios de comunicación. El empeño periodístico de informar con la verdad entronca con la búsqueda de objetividad, pero que un medio diga poseer la verdad absoluta no es otra cosa que una mentira. Nayib Bukele ha apostado por ganar en la arena mediática las próximas elecciones. Si ya su estrategia de fabricar imágenes y eslóganes lo llevó a la silla presidencial, ¿por qué no hacer lo mismo en los comicios de 2021, a fin de librarse de la oposición en la Asamblea y consolidar su poder?
    4 min
  • Editorial 28-12-20
    Fanatismo
    Editorial UCA
    Según la Real Academia de la Lengua, el fanatismo consiste en el “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”. Cuando esa defensa se realiza de modo tal que se irrespetan las opiniones y derechos de los demás, se pone en riesgo la armonía y cohesión social. Hay varios signos de fanatismo que deben levantar alertas.
    5 min
  • OPINIÓN 24-12-2020
    Navidad y San José
    Todas las Navidades recordamos a San José. Pero en las de este año el Papa Francisco nos anima a tenerlo especialmente presente. Se acaban de cumplir 150 años de la declaración de San José como patrono de la Iglesia, y el Papa nos ha enviado una Carta Apostólica, titulada “Con corazón de padre”, designando el año que transcurre desde el 8 de Diciembre pasado hasta el 8 del mismo mes del año 2021, como año de San José. En ese sentido, durante estas Navidades será bueno que reflexionemos en particular sobre la presencia y papel de un hombre común, profundamente bueno, en lo que San Juan Crisóstomo, citado por el Papa, llama la “economía de la encarnación”.
    6 min
  • Opinión 22-12-2020
    Ante las próximas elecciones
    Cuando se acercan tiempos electorales es importante pensar una vez más en el futuro de nuestra democracia. Es tiempo de pensar en qué y hacia dónde hay que avanzar democráticamente. No podemos conformarnos con votar por el color de nuestra simpatía o por la simple apariencia de la persona que mejor nos caiga. Debemos reflexionar sobre lo que deseamos para nuestro país, sobre cómo queremos que funcione nuestra democracia, y posteriormente pensar qué partidos y qué personas nos pueden llevar a lo que anhelamos para el país. Para ayudar en esta tarea de pensar en nuestra democracia, es necesario reflexionar sobre algunos puntos básicos. Sin tratar de ser exhaustivos, aquí van algunos de ellos.
    Por José María Tojeira, S.J., Director del Idhuca
    6 min
  • OPINION 18-12-20 DOSCIENTOS AÑOS DE OPINION PUBLICA
    Hace doscientos años nació en Centroamérica la prensa no gubernamental. Se trataba de dos periódicos guatemaltecos que generaron muchas expectativas en los cerrados círculos de líderes e intelectuales de la región, aprovechando la libertad de imprenta que el régimen constitucional español había decretado. En efecto, El Editor constitucional comenzó a publicarse a partir de julio de 1820 y El Amigo de la Patria inició en octubre del mismo año. Ambos periódicos inventaron la opinión pública moderna, es decir, la concepción de una racionalidad ciudadana con derecho y obligación de juzgar las acciones gubernamentales y de proponer las mejores medidas para evitar la continuidad del poder absoluto. Creo que a doscientos años conviene reflexionar sobre esta invención porque desde aquel momento se pensó como un pilar esencial de todo régimen justo basado en la ley pero que, no por ello, escapa de ser objeto de discusión.
    Hoy como ayer la tentación del poder absoluto es una constante y si no disponemos de mecanismos que garanticen jurídicamente el que esta tentación se convierta en realidad, o si estos no son efectivos, nuestro sistema republicano se convierte en una mascarada. Los periódicos arriba mencionados lucharon contra el absolutismo monárquico de Fernando VII. Las tentaciones actuales son las de un presidencialismo extremo que ansía controlar a los otros dos órganos del Estado, en menoscabo del principio republicano del balance de poderes. Tanto Nayib Bukele en El Salvador como Juan Orlando Hernández en Honduras y Daniel Ortega en Nicaragua son muestras palpables de ello aunque con estilos y en circunstancias históricas diferentes. Y es que no solo la represión policial, paramilitar o militar de las protestas ciudadanas ponen de manifiesto el carácter autoritario de un gobernante, sino también la sutil violación a la libertad de información y el acoso a los medios opositores. La opinión pública, entonces, seguirá siendo asumida como el árbitro ciudadano que buscará controlar, desde la tribuna mediática, toda aspiración de poder ilimitado en nuestros mandatarios. No obstante, esta afirmación no está lejos de ser compleja, sobre todo si pensamos en cómo fue construida históricamente.
    El clásico estudio de Jürgen Habermas sobre la opinión pública se convirtió desde hace varios años en un referente para el análisis del surgimiento en Europa de este concepto moderno. Sin embargo, su trabajo se enfoca en las experiencias británica, alemana y francesa. El mundo hispano (y dentro de él, el latinoamericano) queda por fuera (Habermas, 1981). De cualquier forma, hay un aspecto compartido por esas culturas políticas. Habermas señala cómo en Locke, Burke o los fisiócratas, entre otros filósofos, se transitó de nociones como “espíritu público” al de la “opinión pública”, cuyo ejercicio quedaba reducido a un minúsculo sector de la población: los hombres sabios e ilustrados. Lo que podemos desprender de aquí es que en el contexto parlamentario moderno, la opinión pública ya no era lo que la tradición filosófica occidental había denominado como la “doxa”, es decir, las simples y vagas afirmaciones o los juicios sin fundamento. Se convertía, más bien, en la voz autorizada de los ilustrados quienes, a través de la prensa y de los parlamentos, orientaban o legislaban en favor de los Estados.
    Hacia 1820, los primeros dos periódicos no gubernamentales en Centroamérica también plantearon esa relación entre opinión pública y sistema representativo y, por tanto, legitimaron el que un círculo letrado y cerrado fuese el emisor de la voz del pueblo soberano. Se argumentó que la falta de luces (analfabetismo) en la población era lo que hacía que sus “representantes” asumieran su racionalidad crítica; pero este argumento no era más que la ocultación del desinterés histórico de los gobernantes y las elites económicas por el acceso de los habitantes a la educación. Es más, generalmente, los propietarios de aquellos periódicos eran miembros de la clase política y pertenecieron a los grupos económicos de poder, por lo que el resultado de este laboratorio representativo fue la desconexión de la opinión pública con las necesidades ciudadanas.
    En El Salvador de los siglos XIX y XX ese monopolio de la voz soberana del pueblo se lo continuó arrogando la prensa gubernamental y la prensa afín a los intereses de la oligarquía. Si bien es cierto que rotativos como La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy se convirtieron en opositores a regímenes militares como el del general Maximiliano Hernández Martínez, no por ello dejaron de responder a una agenda periodística a favor de un sector de la derecha que buscaba la modernización del país a costa de incumplir los derechos laborales, como ocurrió con la no aplicación del salario mínimo a sus propios trabajadores en la década de 1960. No está demás recordar la legitimación de las violaciones a los derechos humanos durante la guerra civil o la defensa de la privatización a ciertos servicios públicos en la década de 1990 que estos medios impresos plantearon. A ellos se sumaron los espacios radiofónicos y los televisivos que terminaron configurando el cuadro perfecto para el elitismo de la opinión pública moderna.
    En la actualidad las redes sociales han posibilitado que muchos ciudadanos y ciudadanas expresen su voz de manera más participativa. No cabe duda que los periódicos de los gremios estudiantiles y de artesanos en los siglos XIX y XX, los boletines de las organizaciones populares en las décadas de 1960 y 1970, ciertas revistas académicas como Estudios Centroamericanos o las radios comunitarias desempeñaron y continúan desempeñando la tarea de volver más inclusiva la voz de muchos sectores durante el reinado elitista de la opinión pública moderna. Sin embargo, lo que han logrado las redes sociales no tiene parangón, como tampoco lo tienen sus riesgos. La democratización del uso de la palabra por parte de las redes sociales exige mayor responsabilidad en las denuncias, en la afirmación de los hechos y en la exposición de los argumentos con la finalidad de no volver cierto aquello que no es o de difamar al adversario cuando de lo que se trata es de discutir los graves problemas que enfrenta nuestra sociedad.
    A doscientos años de la lucha contra el absolutismo monárquico, lo que podemos aprender del pasado es que esa sombra todavía continúa con la vestimenta del autoritarismo presidencialista. De ahí que ni los medios tarifados del pasado o del presente ni mucho menos la tradicional clase política tienen la moral para representar la voz del pueblo, como se afirmó desde 1820. A los ciudadanos y ciudadanas nos queda, desde las diferentes tribunas mediáticas, defender las instituciones construidas a partir de la firma de los Acuerdos de Paz, luchar por una sociedad con mayor justicia social en su proyecto de desarrollo económico así como reiterar, frente a las tentaciones autoritarias y militaristas del poder Ejecutivo, el compromiso con los valores democráticos. La opinión pública, para cumplir con su cometido, deberá conocer los límites que marcan el respeto y la certeza de los hechos, de lo contrario perderá la brújula de ser la que fiscalice con propiedad a quienes nos gobiernan.
    * Sajid Herrera, director de UCA Editores. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 26.
    10 min
  • OPINION 17-12-20 La politica salva vidas cuando va de la mano de la investigacion cientifica
    En medio de la parafernalia y la fanfarria electorera que insiste en que la vida de los salvadoreños se juega en las decisiones de los políticos, surgió una noticia que parece haberse colado para despertar la esperanza. La de una vacuna con una alta efectividad para prevenir la covid-19 y que pronto llegará a El Salvador. La noticia de la vacuna representa una esperanza que condensa muchas otras: que esta larga pandemia se termina, que pronto podremos movernos sin problemas, la distancia y la proxémica salvadoreña volvería a su sentido habitual, los espacios tradicionales de ocio y consumo se insinúan como un viejo y conocido paraíso.
    En cuanto las primeras noticias se confirmaron, el presidente Bukele salió a posicionar un mensaje para la población: la vacuna en El Salvador será universal, gratuita y voluntaria. Se cuidó sin embargo de aclarar que esta gratuidad no tiene que ver con su gobierno. Esta semana, el representante de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Jarbas Barbosa, señaló que El Salvador forma parte de la lista de los diez países más pobres y con población relativamente pequeña y que serán financiados por la iniciativa del Fondo de Acceso Global para el acceso a las vacunas de COVID-19 (COVAX, por sus siglas en inglés). Este fondo es una iniciativa de colaboración que parte del principio de que la pandemia continuará avanzando de forma rápida y que mientras no estemos todos a salvo, nadie lo estará por completo. No tiene que ver con las gestiones políticas, ni con una buena administración. Estamos en un contexto global que debe ser leído desde ahí. El anuncio de la vacuna trajo alivio y esperanza, y añade dos temas a la agenda y al debate de fondo.
    El primer tema es la necesidad urgente del acceso universal a la salud, un derecho humano que se ha postergado largamente en El Salvador. Desde los privilegios de clase, muchos no caen en la cuenta que incluso el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) excluye a la gran cantidad de trabajadoras y trabajadores informales.
    El segundo gran tema tiene que ver con la necesidad urgente de dar su lugar a la educación y a la investigación científica. Este debate no es nuevo, en el siglo XIX, el proyecto que llevó al estado laico peleó para que tanto los hombres como las mujeres recibieran una instrucción intelectual que culminó con la graduación de la salvadoreña Antonia Navarro en ingeniería topográfica. Navarro fue la primera mujer graduada como doctora en ingeniería en toda Iberoamérica. Sin embargo, la educación científica y el desarrollo de la investigación e innovación en dichos ámbitos ha sido relegada por todos los políticos y gobiernos de turno desde entonces hasta nuestros días.
    Las decisiones políticas suelen tener un fin a corto plazo: la victoria electoral. La educación y el avance científico solo puede conseguirse con políticas educativas de muy largo plazo y con el esfuerzo sistemático por ofrecer mejores condiciones de vida. Sin embargo, nuestra región sigue ocupándose de lo urgente y de esta forma se vuelve difícil apuntalar hacia lo estratégico. Los diez millones adicionales anunciados para el presupuesto de la Universidad de El Salvador se dice que serán designados para mayor infraestructura. Sin duda es muy importante que los nuevos estudiantes tengan acceso a espacios de estudio digno, pero, ¿cuánta de esta inversión será destinada a investigación científica que dé resultados y a programas de ciencia que permitan a la población volverse los protagonistas de su propio proceso de desarrollo?
    En este espacio hemos señalado la preocupación por la proliferación de las noticias falsas. Muchas de las noticias falsas que han circulado tienen que ver justamente con tratamientos inciertos, vacunas ficticias y una serie de datos falsos asociados a la salud y, en especial, al covid-19. En una sociedad sin educación científica la charlatanería se multiplica. ¿Cómo vamos a poder decidir si queremos afrontar los riesgos que implican las vacunas que no han tenido ni un año de prueba? ¿Conoce la población salvadoreña la posibilidad de que se presenten efectos a largo plazo? ¿Somos capaces de discutir sobre la diferencia entre una vacuna que modifica el ARN y una que contiene un virus genéticamente modificado? ¿Dónde están las instituciones salvadoreñas que regulan las prácticas farmacéuticas y nos protegen de los abusos de un millonario mercado que crece gracias a la pandemia? ¿Entendemos las implicaciones éticas de esta realidad que ya ha llegado?
    La política, las personas y funcionarios que se dedican a tomar decisiones sobre nuestra comunidad y nuestra vida pueden salvar vidas cuando toman decisiones en diálogo con la comunidad científica y nos permiten formar parte de ese enriquecedor debate. Si no es así, nos arriesgamos, como bien ha señalado Ignacio Losada en un texto que recoge estos debates: “Nos disponemos a entrar en un territorio casi inexplorado, del que no conocemos los peligros y que puede acabar siendo nuestra tumba”.
    * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 26.
    7 min
  • OPINIONES 16-12-20 ATREVAMONOS A SOÑAR
    El libro más reciente del papa Francisco se titula Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor. Según el coautor, Austen Ivereigh, el libro nació en el contexto de la primera cuarentena a causa del covid-19, un momento en el que Francisco dejó claro que la humanidad se encontraba en un punto de inflexión, un tiempo de prueba del que podríamos salir mejor o retroceder drásticamente. Frente a ese desafío, el papa nombró una comisión del Vaticano para consultar a expertos de todo el mundo sobre la nueva realidad post covid. Lo hizo con la convicción de que este es el momento para soñar en grande, para repensar nuestras prioridades y para comprometernos en lo pequeño y actuar en función de lo que hemos soñado. Esta perspectiva parece ser el hilo conductor de la nueva publicación.
    Para Francisco, no podemos volver a la falsa seguridad de las estructuras políticas y económicas que teníamos antes de la crisis. Es el momento para generar procesos de cambio. Necesitamos economías que permitan a todos el acceso a los frutos de la creación, a las necesidades básicas de la vida: tierra, techo y trabajo. Necesitamos políticas que puedan integrar y dialogar con los pobres, los excluidos, los vulnerables, y les permitan tener voz en las decisiones que afectan sus vidas. Necesitamos un movimiento popular que sepa que nos necesitamos mutuamente, que tenga un sentido de responsabilidad por los demás y por el mundo. Necesitamos proclamar que ser compasivos, tener fe y trabajar por el bien común son grandes metas de vida.
    La narrativa del libro, que explica esos procesos de cambio, está estructurada en tres partes que corresponden al método ver-juzgar-actuar. El papa los reformula con otros términos, pero con el mismo aire de familia: contemplar (ver), discernir (juzgar) y proponer (actuar). “Tiempo para ver”, “Tiempo para elegir” (discernir) y “Tiempo para actuar”.
    En la primera parte (“Tiempo para ver”) se examina la realidad desde un punto de mira: la periferia. Según el papa, el mundo se ve con mayor claridad, en lo que realmente es, desde la periferia. Más todavía: para encontrar un futuro nuevo hay que ir a la periferia, a los lugares de miseria, exclusión y sufrimiento. Esto es fundamental porque lo que vemos depende en gran medida de dónde nos coloquemos. No todos los ángulos son propicios para ver la realidad. Ignacio Ellacuría sostenía un enfoque similar. Planteaba que desde el lugar del pobre se ve más y mejor la realidad, tanto en lo que es (una realidad injusta y excluyente), como en lo que tiene que hacerse con ella (revertirla hacia una nueva civilización donde se asegure la satisfacción universal de las necesidades básicas).
    Cuando se asume esa perspectiva caen vendas y tenemos la oportunidad de ver con ojos nuevos. En esa línea. el papa señala que la crisis puso al descubierto la cultura del descarte. Las exigencias sanitarias del covid-19 visibilizaron que muchas personas no tenían una vivienda adecuada para cumplir el distanciamiento social obligatorio ni agua limpia con la que higienizarse. También puso en evidencia otra pandemia: la del virus de la indiferencia que nos hace mirar siempre para otro lado. De ahí que, según el papa, uno de los peligros de este “estado de indiferencia” es que puede volverse normal y termina por impregnar silenciosamente nuestros estilos de vida.
    Para el papa, ir a la periferia permite tocar el sufrimiento y las penurias de un pueblo (empobrecimiento, exclusión y muerte), pero también descubrir las alianzas posibles que se están produciendo para encarar las gravísimas carencias, la depredación de la casa común y la destrucción de la familia humana. Desde la periferia se constata una humanidad gravemente enferma. La causa no deriva solo del covid-19. Para Francisco, existen miles de otras crisis igual de terribles, pero tan lejanas que podemos actuar como si no existieran. Señala, por ejemplo, las guerras diseminadas en distintas partes del mundo; la producción y el tráfico de armas; los cientos de miles de refugiados que huyen de la pobreza, la falta de oportunidades y el hambre. Sobre esto último, el obispo de Roma recuerda un dato que debería afectarnos: en los primeros cuatro meses de este año (2020) murieron 3,7 millones de personas a causa del hambre.
    Otro de los males históricos que denuncia el papa es lo que denomina la “hiperinflación del individuo”, que suele ir de la mano de la debilidad del Estado. Afirma que una vez que la gente pierde el sentido del bien común, la historia muestra que caemos en la anarquía, el autoritarismo o ambos. Nos volvemos una sociedad violenta e inestable. Estos hechos de crueldad y muerte, entre otros, el papa los califica como “pecado”. Con ello quiere indicar su gravedad y los describe como un no reconocer el valor de la vida; querer poseer y explotar aquello que no valoramos como un don, explotar una cosa que no debe ser explotada; sacar riqueza (o poder o satisfacción) de donde no se debe sacar.
    Desde los desafíos que plantea la periferia del mundo, el papa plantea que es el momento para un nuevo proyecto efectivamente incluyente, un nuevo humanismo que canalice la irrupción de fraternidad y que termine con la globalización de la indiferencia y la hiperinflación del individuo. Podemos reorganizar la manera en que vivimos juntos para elegir mejor lo que importa. Podemos aprender lo que nos hace avanzar y lo que nos hace retroceder. Hay que superar el narcisismo, que lleva al egocentrismo; el desánimo, que lleva al aislamiento; y el pesimismo, que nos cierra las posibilidades de futuro.
    Y para no perdernos en las abstracciones de los “grandes ideales”, el papa propone empezar a ver posibilidades nuevas en las pequeñas cosas que nos rodean o en lo que hacemos cotidianamente. Explica que a medida que nos vamos comprometiendo con esas pequeñas cosas, empezamos a imaginar otra manera de vivir juntos, de servir a otros. Podemos empezar a soñar un cambio real, un cambio posible. La exhortación es clara: “atrevámonos a soñar”.
    * Carlos Ayala Ramírez, profesor del Instituto Hispano de la Escuela Jesuitas de Teología (Universidad de Santa Clara) y de la Escuela de Liderazgo Hispano de la Arquidiócesis de San Francisco; docente jubilado de la UCA; y exdirector de Radio YSUCA.
    9 min
  • EDITORIAL 15-12-20 HACIA UNA CULTURA DE LA IGUAL DIGNIDAD HUMANA
    La semana pasada se celebró el 72.° aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el 39.° aniversario de la masacre en El Mozote. En estos días previos a la Navidad, nada resulta más parecido a la matanza de inocentes que narra el Evangelio que la masacre en El Mozote, brutal y abundante en el exterminio de menores de edad. El desprecio por la igual dignidad de la persona quedó patente en esa barbarie y se prolongó sistemáticamente en el tiempo, a través de la destrucción y muerte de la guerra civil. A lo largo de ella, el batallón Atlacatl continuó liderando la bandera de la infamia, asesinando, cometiendo masacres y mostrando un terrible desprecio por la vida humana.
    Ciertamente, en aquellos años, la igual dignidad de la persona no formaba parte de la cultura. Los defensores de derechos humanos se convertían fácilmente en objetivos militares. Ellos dedicaron su vida a la defensa de la dignidad concreta de tanta gente asesinada, torturada y violada. Hoy se les recuerda con aprecio y admiración crecientes. Sin embargo, la cultura de la igual dignidad sigue siendo débil y deficiente. Esto se constata en la persistencia de la pobreza, en los bajos niveles educativos, en la prevalencia del machismo, en la porosidad de la violencia y en la desigualdad socioeconómica. Y se advierte incluso con mayor claridad en la negativa a reconocer oficialmente la brutalidad de la guerra y en la dura resistencia a tomar acciones concretas para honrar los derechos humanos.
    Vemos una Fuerza Armada incapaz de pedir perdón por los graves crímenes cometidos en el pasado. La negativa del Ejército a obedecer al juez que lleva el caso de El Mozote y abrir los archivos militares de hace 40 años no solo es un acto de prepotencia, sino también de desprecio a nuestra gente. Que ante ello otras instituciones del Estado se limiten a bajar las orejas muestra la honda corrupción del sistema democrático salvadoreño. Porque en una democracia la corrupción más grave no es la económica, por aguda que esta sea, sino la que lleva a traicionar cobardemente la dignidad de los sencillos y de los pobres. A este respecto, no hay que engañarse: la corrupción económica nace precisamente de esa soberbia del poder político y militar que lleva a sus líderes a despreciar los derechos de los humildes.
    La pandemia de covid-19 ha sumido al país en una intensa crisis. La pobreza, la enfermedad y la violación de derechos humanos afectan más a los que menos recursos tienen. Recomponer una sociedad construida sobre la cultura de la prepotencia, de la ley del más fuerte y del abuso del poderoso requiere tiempo, paciencia y cultivo de la conciencia. Hay testigos del pasado que nos iluminan en este caminar, como monseñor Romero y los niños masacrados de El Mozote. También hay muchas personas hoy que buscan construir una sociedad coherente, reconciliada y respetuosa de todos sus miembros.
    También celebramos aniversarios y fechas que señalan el rumbo correcto a seguir. La Navidad, ya próxima, es tiempo de “paz en la tierra para los seres humanos de buena voluntad”. El diálogo, la búsqueda de soluciones a nuestra conflictiva realidad y la reflexión seria sobre el valor primordial de todo ser humano son más importantes que el consumo de esta época o las elecciones próximas. Sin compromiso y trabajo en favor de la igual dignidad humana, El Salvador no superará sus graves problemas.
    5 min

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