Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • Opinion 22 01 21 ciegos que, viendo, no ven
    Omar Serrano
    22/01/2021
    El título de este artículo es una frase del portugués José Saramago, premio Nobel de literatura, autor de la novela Ensayo sobre la ceguera, publicada en 1995. La obra invita a abrir los ojos a la realidad, a mirar más allá de lo que se ve a simple vista, a ver detrás de lo que sale en los medios de comunicación. La novela trata de un país que se ve paralizado a consecuencia de una extraña pandemia que causa que las personas solo vean un fondo blanco, sin distinguir nada más. Esta “ceguera blanca” no puede ser explicada por la ciencia, es incurable y, además, muy contagiosa. El libro inicia con un hombre que repentinamente queda ciego al detenerse frente a un semáforo. Este primer caso da pie a otros muchos, por contagio. A causa de esta enfermedad, toda la gente, excepto una, queda ciega. La ceguera es nacional.
    Al comienzo de la pandemia, el Gobierno, sin estar preparado para enfrentar la situación, pone a los enfermos en cuarentena permanente en condiciones denigrantes. Los ocho primeros contagiados terminan encerrados en un manicomio, y es en torno a ellos que gira la novela. La protagonista es una mujer que finge estar ciega para poder acompañar a su esposo; siendo la única persona que ve, se convierte en guía y protectora del grupo. A medida que la catástrofe avanza, el Estado se ve desbordado y las condiciones empeoran hasta convertirse en una verdadera calamidad. El desorden, la desintegración, el “sálvese quien pueda” se van imponiendo. La situación límite hace aflorar las peores conductas. En medio de la ceguera colectiva, triunfan los más amorales, los más indecentes, que se aprovechan de la desesperación y del pánico colectivo.
    Saramago dijo que su novela “plasmaba, criticaba y desenmascaraba a una sociedad podrida y desencajada”. Ensayo sobre la ceguera relata una realidad social: los seres humanos no son ciegos, pero están ciegos porque viendo, no ven. Como autómatas, reciben y cumplen órdenes sin cuestionar nada, sin preguntarse a ellos mismos si las órdenes que reciben son buenas o no; se limitan a repetir lo que escuchan sin comprobarlo. Así, la sociedad se sumerge en un letargo profundo. La desorientación que viven los personajes de la novela encoje el corazón, tal como sucede cuando se piensa en lo que le espera a El Salvador si los pronósticos se cumplen. Actualmente, hay señales que deberían encender las alarmas sobre las pretensiones reales de los que dirigen al país. Sin embargo, mucha gente parece no ver lo que está sucediendo. Ensayo sobre la ceguera nos invita a reflexionar: ¿por qué nos quedamos ciegos?
    5 min
  • OPINION 15-01-21 SIN MEMORIA NO HAY JUSTICIA
    En estos días en que de la memoria histórica se habla con una simpleza asombrosa y con un desdén sobresaliente, es pertinente reflexionar sobre la trascendentalidad que esta categoría filosófica tiene para la dignidad de las víctimas. Para ello, la palabra autorizada del filósofo español Manuel Reyes Mate, quien ha dedicado muchos años al estudio de la memoria, nos puede iluminar. Para él, entre memoria y justicia hay una complicidad1, porque lo que hace posible la justicia es precisamente recuperar la memoria. La memoria es el camino a la justicia. Pero la memoria, desde la Filosofía, ciertamente es una mirada a lo que pasó, pero no al modo como lo hace la historia que busca conocer objetivamente lo que sucedió, ni cómo la ve el psicoanálisis que persigue que la persona tome conciencia del pasado. La memoria es una mirada ética al pasado, es una “lectura moral del pasado, que no solo quiere contar los hechos, sino que busca el sentido de ellos, el sentido que debe tener el pasado para nosotros”2
    Para llegar a la justicia el punto de partida es la injusticia porque “el origen de la justicia es la experiencia de la injusticia”3. Nadie valora la libertad, hasta que se la pierde como nadie reconoce lo valioso de un derecho hasta que se lo conculcan. La injusticia es primero, dice Reyes Mate. Lo es cronológicamente (porque se da antes) y también ontológicamente, porque es anterior a la experiencia de la justicia. La injusticia nos remite a quien se la cometieron, es decir, a la víctima. Para hacerle justicia es necesario recuperar la injusticia cometida. Por eso no es una necedad exigir que se esclarezca el pasado ni es cierto que la verdad abre las heridas; más bien es lo único que las puede restañar. El borrón y cuenta nueva, el perdón y olvido, es lo que mantiene las heridas abiertas y hace imposible la justicia, porque ocultan la verdad. Por eso dice Reyes Mate que la memoria y la justicia son cómplices, porque lo que permite recuperar la injusticia es el ejercicio de la memoria histórica. Sin memoria, no hay justicia. Podrán haber otras cosas, pero la dignidad del ofendido no se recupera mientras no se recupere la verdad. Hay quienes sostienen que no conviene recordar algunos hechos dolorosos del pasado. Con conocer la verdad no revivirán los asesinados ni reaparecerán los desaparecidos de la guerra y de la posguerra. Sin embargo, aun cuando el daño sea tan abrumador que hace imposible una reparación completa, recuperar la memoria es un modo, modesto, pero fundamental, de hacer justicia. El solo reconocer que el daño que se hizo es irreparable, ya es de alguna manera hacer justicia. Esa conciencia de lo irreparable solo la hace posible la recuperación de la memoria4. Por eso, la memoria es peligrosa y de alguna manera subversiva, porque descubre la injusticia, desnuda a los victimarios y clama por la justicia. Aquí radica la razón por la que en El Salvador y en otros lugares del mundo, se ha querido negar la memoria. Sin el conocimiento de la verdad, la justicia no llegará. La contracara de la memoria es el olvido que garantiza que la injusticia quede impune.
    Afirmar por evidentes motivaciones electoreras que la guerra y los Acuerdos de Paz fueron una farsa es, en el fondo, otro duro golpe a las víctimas. Históricamente, la frase destella ignorancia y éticamente, inhumanidad. La afirmación al ser pronunciada por la más alta investidura del país, es un pecado capital. Desconocer la guerra es humillar a las víctimas. El presidente Bukele, queriendo distanciarse de quienes protagonizaron la guerra, se vuelve verdugo de lo que critica, porque profundiza el sufrimiento infligido todos estos años. Vilipendiar la guerra y los Acuerdos para no tener presente a sus dos protagonistas es negar también la memoria de lo que pasó. Después de todo, sostiene Elizabeth Jelin, la forma más común de manipulación es el olvido de la injusticia cuya contracara, como ya dijimos, es el silencio.5 La memoria es el camino a la justicia. El olvido es el camino a la impunidad. Solo el hecho de no permitir la inspección de los archivos en manos de las Fuerzas Armadas, que pudieran ayudar a esclarecer la masacre de El Mozote y tantos crímenes más, ubica al Presidente en continuidad con los que han despreciado a las víctimas y su memoria. Muy seguramente, para algunos la guerra fue un negocio, pero no para quienes ofrendaron sus vidas, o parte de ellas, por nobles ideales, de un bando y de otro. De toda tragedia hacen negocio los mercaderes del sufrimiento del pueblo, hasta la misma pandemia ha sido ocasión para el lucro vendiendo mascarillas, botas, alimentos y otros equipos a precios sobrevalorados o para no dar cuentas de ingentes cantidades de dinero que debían servir a toda la población.
    Para terminar, además de la verdad, la memoria y la justicia, hay otra categoría filosófica que conviene mencionar en el presente contexto: la responsabilidad. Hay dos tipos de responsabilidad. La responsabilidad “retrospectiva” que mira al pasado para responsabilizarnos de las acciones de entonces con el objetivo de encontrar los orígenes de situaciones actuales6. Es decir, este tipo de memoria lanza al pasado para hacerse responsable de lo que se hizo o dejó de hacer y tiene efectos en la actualidad. El otro tipo de responsabilidad es la “prospectiva” que mira al futuro para responsabilizarnos por las consecuencias posibles y futuras de los actos que se realizan en el presente. Es decir, desde la ética, no es necesario vivir en una época determinada para hacerse responsable de las consecuencias. Pensar que no se es responsable por algo que sucedió en el pasado solo porque en ese tiempo no se vivía o se era un niño, es un argumento muy infundado para un jefe de Estado. Decir que no se tiene responsabilidad para aclarar los crímenes de lesa humanidad de la guerra porque no se participó en ella es tan fútil como que el Estado español se desentendiera de las secuelas de la conquista, los alemanes del genocidio judío o la iglesia católica de la inquisición. No. la responsabilidad implica recuperar la memoria para fundar un mejor presente para legar un mejor país a las futuras generaciones.
    La guerra civil salvadoreña dejó decenas de miles de muertos, cerca de un millón de personas desplazadas y al menos diez mil desaparecidos. También dejó en la sociedad cicatrices imborrables y heridas que todavía sangran. Teodoro Adorno dijo unas palabras para hacer justicia a las víctimas de Auschwitz y que bien pueden aplicarse en El Salvador: “Con la memoria comienza la justicia”.
    *Omar Serrano, vicerrector de proyección social. Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 28.
    9 min
  • OPINION 14-01-21 PROFETAS Y TESTIGOS DE LA CULTURA DEL CUIDADO
    El mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2021 tiene por lema “La cultura del cuidado como camino de paz”. El contexto de este mensaje es la gran crisis sanitaria de covid-19, que se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial que agrava crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria. La idea fuerza del texto es que la humanidad pueda progresar en este año por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz, acentuando la cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación que suele prevalecer hoy en día.
    Según Francisco, es doloroso constatar que, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia, guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción. Estos eventos que han marcado el camino de la humanidad en el último año nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y de la creación. Nos enseñan que para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad se requieren mujeres y hombres que se constituyan en profetas y testigos de la cultura del cuidado. El profeta es conciencia crítica y propositiva; el testigo atrae y despierta interés por la coherencia mostrada entre sus ideales y su modo de vida.
    El papa hace ver la importancia de la cultura del cuidado en la tradición cristiana. Habla de un fundamento bíblico: el Dios de la Biblia no es solo creador, sino también cuidador y protector de la vida. Reseña que el cuidado de la creación está en la base de la institución judía del sábado que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres. La celebración del Jubileo, con ocasión del séptimo año sabático, permitía una tregua a la tierra, a los esclavos y a los endeudados.
    También señala la motivación profética, en la que la comprensión bíblica de la justicia se manifestaba en la forma en que una comunidad trataba a los más débiles. Asimismo, plantea que la cultura del cuidado tiene una motivación cristológica: en la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como aquel a quien el Señor ungió “para anunciar la buena noticia a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dejar en libertad a los oprimidos”.
    En su compasión, Jesús se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu, y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Él era el buen pastor que cuidaba de las ovejas; el buen samaritano que se inclinaba sobre el hombre asaltado, vendaba sus heridas y se ocupaba de él. Estas acciones constituyen el testimonio más elocuente de una misión que apunta hacia una cultura del cuidado. En esta línea se trae a cuenta también una motivación eclesiológica. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles.
    Desde estas inspiraciones, el mensaje del papa define la cultura del cuidado como un compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos. Un estar dispuesto a cultivar en la convivencia cotidiana e institucional el respeto, compasión, reencuentro y reconciliación, entendidos como caminos privilegiados para construir la paz. De ahí que se afirme que no habrá paz sin la cultura del cuidado, que puede suscitar el espíritu de comunidad frente al individualismo, la solidaridad frente a la indiferencia, la lucha por la justicia frente a la pura beneficencia.
    Ahora bien, al constatar que se vive una época dominada por la cultura del descarte, agravada por las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas, el papa exhorta a los responsables de las organizaciones internacionales y de los Gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a dar un rumbo común al proceso de globalización, “un rumbo realmente humano”. Esto implica apreciar el valor y la dignidad de cada persona, actuar juntos y en solidaridad por el bien común, cuidar a los que sufren a causa de la pobreza, la enfermedad, la esclavitud, la discriminación y los conflictos.
    La invitación del papa, en definitiva, es a que todos podamos convertirnos en profetas y testigos de la cultura del cuidado. Y eso pasa por cultivar la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres y los indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguardia de la creación.
    Hace unos años, el teólogo Leonardo Boff, hablando de la urgencia y necesidad de una ética del cuidado, afirmaba que esta desempeña una doble función: previene daños futuros y repara daños pasados. Por ello, explicaba, debemos poner cuidado en todo: cuidado por la vida, por el cuerpo, por el espíritu, por la naturaleza, por la salud, por la persona amada, por el que sufre, por la casa común. Más todavía, supone cuidar de nuestra ciudad, de sus plazas y lugares públicos, de sus casas y escuelas, de sus hospitales e iglesias, de sus teatros, cines y estadios deportivos, de sus monumentos y calles. Encontramos aquí tareas y compromisos concretos que pueden conducirnos a ser profetas y testigos de la cultura del cuidado como propone Francisco.
    Estos profetas y testigos, según el obispo de Roma, están llamados avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cederán a la tentación de desinteresarse de los demás, especialmente de los más débiles; no se acostumbrarán a desviar la mirada, sino que se comprometerán cada día para formar una comunidad compuesta de hermanos que se preocupan los unos de los otros.
    * Carlos Ayala Ramírez, profesor del Instituto Hispano de la Escuela Jesuitas de Teología (Universidad de Santa Clara) y de la Escuela de Liderazgo Hispano de la Arquidiócesis de San Francisco; docente jubilado de la UCA; y exdirector de Radio YSUCA.
    9 min
  • Opinion 13-01-21 cinismo electoral
    Las necesidades insatisfechas de la ciudadanía alimentan las campañas electorales. Los candidatos se prodigan con los electores potenciales. Visitan sus comunidades y viviendas, les estrechan las manos o los abrazan, se hacen selfies sonrientes, les hacen promesas y, eventualmente, les regalan diversas cosas, desde camisetas y gorras hasta alimentos variados. La cercanía busca suscitar una simpatía que se traduzca en voto. Pero esa cercanía es efímera; dura lo que la campaña electoral. Una vez en el cargo, los funcionarios olvidan a la gente y sus necesidades, y también las promesas. Tal vez por eso, en parte, las necesidades insatisfechas, en lugar de disminuir, tienden a aumentar.
    No obstante las visitas y los encuentros, los candidatos no escuchan a la gente. La reúnen para pronunciar discursos confeccionados con frases hechas como la vocación de servicio al pueblo o al país. No escuchan porque presumen conocer las necesidades de la ciudadanía o, peor aún, porque en sus planes no figura cuidar de ella o satisfacer dichas necesidades. La acción electoral se despliega de arriba hacia abajo. El ejemplo más actualizado de esta práctica es el presidente Bukele.
    En las raras ocasiones en que el mandatario tiene a bien visitar las comunidades, no habla con ellas. El discurso ni siquiera se dirige a ellas, sino que dichas comunidades son un pretexto para atacar e insultar a sus enemigos políticos. El escenario, el podio y la coreografía son insertados para enaltecer la figura presidencial. El mensaje es muy sencillo: el desempleo, el empleo mal pagado, el trabajo informal, el déficit de seguridad social y la falta de oportunidades desaparecerán cuando el presidente Bukele derrote a los corruptos de Arena y del FMLN. Por eso, en parte, los candidatos a diputados y alcaldes del partido oficial piden el voto para él y la mayor parte del auditorio nacional está convencido de que así será.
    Los candidatos siempre han explotado las necesidades de la ciudadanía para alimentar sus campañas electorales. Y no hay indicios de que esto vaya a cambiar con el partido oficial. Los partidos tradicionales no han dado muestras de cambiar su conducta, pero este último, que según el discurso presidencial es novedad, debiera liderar la transformación de la publicidad electoral. Antes repartían tamales, guaro y, eventualmente, dinero. Ahora el costo del reparto es más caro, pero la idea es la misma. En esto, el partido oficial lleva ventaja. A raíz de la pandemia, reparte bolsas de comida, financiadas con fondos públicos, para promover a sus candidatos. El hambre es la materia prima de la publicidad electoral.
    La campaña electoral es prodiga en promesas atractivas, que el candidato sabe bien que no cumplirá, porque, aunque quisiera, no está a su alcance o porque simplemente no es esa su intención, sino atraer el voto indeciso. Los candidatos a diputados olvidan de forma conveniente que si logran el escaño, están obligados a votar según ordena la dirección del partido, que el destino de sus promesas depende de la mayoría legislativa y que si la consiguen, la ejecución no les concierne. Pese a ello, el ritual publicitario se repite con regularidad. Las promesas se repiten, elección tras elección. Así se entiende que los candidatos hagan caso omiso del costo económico de lo que prometen, de la fuente de financiamiento y del calendario de cumplimiento. La no rendición de cuentas, la desmemoria y la credulidad ciudadana juegan a su favor.
    El partido oficial ha actualizado esta artimaña electorera. Sus candidatos plantean la elección como un dilema entre la continuidad de la corrupción de Arena y del FMLN, o “una nueva oportunidad” para el país. Si esa oportunidad fuera real, no está claro qué sigue después, cuando tengan la mayoría legislativa y municipal. Ninguno explica en qué consiste dicha oportunidad, salvo la desaparición de esos partidos y el imperio de la honestidad. La identificación de las candidaturas con el presidente Bukele sugiere que, cuando prevalezca, cesarán los males y el bienestar general será realidad. Este supuesto se encuentra expresado claramente en las redes sociales que exigen “déjenlo gobernar”. Al parecer, Arena, el FMLN y los críticos no se lo permitirían y, con ello, impiden el progreso y la prosperidad.
    La disyuntiva es tan falsa como las promesas de sus adversarios. Es simple ilusión, que explota con habilidad consumada la aspiración profundamente sentida de una realidad diferente. No obstante, la campaña de los candidatos oficiales dice verdad inadvertidamente cuando no pide el voto para ellos, sino para el presidente, el gran elector y el gran elegido. Votar por sus candidatos es votar por él. Él los eligió para actuar conforme a sus dictados. Están a su exclusivo servicio, no al de la ciudadanía que los elija para ocupar un escaño o una alcaldía. Al igual que los candidatos de los partidos de la guerra, estos tampoco tienen otra cosa que ofrecer que la centralización total, en la mejor tradición dictatorial latinoamericana.
    * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
    8 min
  • OpiniÓn 08-01-21 por el control total del poder
    Sin duda, las elecciones del próximo 28 de febrero son el centro de atención en el inicio de este año nuevo. Y con razón. Las elecciones legislativas son la arteria aorta del sistema político salvadoreño en la medida que la Asamblea Legislativa decide quienes están al frente de las instituciones de control al ejercicio del poder. Pero esto sucede cada cuatro años. Lo que hace particularmente importantes los próximos comicios es que en ellos, por los evidentes signos que provienen del Ejecutivo, también pueden estar en juego la forma de gobierno y lo andado en el camino de la democracia. Además, las próximas elecciones presentan una gran novedad. Por primera vez en la historia electoral del país debuta un partido que ya es el partido de gobierno. Legalmente, el partido oficial es GANA, pero realmente el partido del presidente Bukele es Nuevas Ideas. El instituto que aglutina a los seguidores y patrocinados del expresidente Tony Saca, y que son incondicionales de Bukele, puede hasta llegar a ser irrelevante para los objetivos del presidente en la futura aritmética legislativa.
    Todo lo que hagan y digan, tanto el gobierno como los partidos políticos, hay que analizarlo con lentes electorales. Incluso los alarmantes números de los casos de covid-19 serán materia prima de la campaña política. No debería extrañar que, sin reparos, el gobierno siga manipulando el terror que produce la pandemia para sus fines electorales y para seguir disponiendo de fondos a su antojo sin rendir cuentas a nadie. Lo que se ve en el inicio legal de la contienda es una profundización de lo que ya se ha visto en los meses precedentes. La campaña del Gobierno será arrolladora y sucia hasta el cinismo más extremo. Descaradamente todo el aparato estatal está al servicio de la campaña electoral de Nuevas Ideas, incluidos empleados y recursos públicos. Nada que extrañar de administraciones anteriores. Por su parte, los partidos de oposición, especialmente Arena y FMLN, siguen anonadados sin saber exactamente qué hacer y qué proponer. La situación los ha llevado a ser solo reactivos a las medidas implementadas por el Ejecutivo que, hay que decirlo, rozan la ilegalidad y derrochan desprecio a la institucionalidad y al Estado de Derecho con demasiada frecuencia. Sin embargo, a la población poco le dice la defensa de la institucionalidad y de la democracia cuando el hambre apremia y cuando tiene la ilusoria expectativa en que el actual gobierno solucionará los grandes problemas que nunca fueron resueltos por los gobiernos de la posguerra. En este contexto, pareciera que el estómago y los afectos son más determinantes que la cabeza a la hora de ejercer el voto. Además, el Ejecutivo se ha encargado de perjudicar directamente a los dos partidos tradicionales que gobiernan la mayoría de las municipalidades del país. Por pura estrategia electorera, durante ocho meses les ha negado el FODES a las municipalidades y también la deuda política a los partidos con la que, en teoría, deben hacer su campaña electoral. Ni el FODES ni la deuda política serán entregados por el gobierno porque desde Casa Presidencial hay convencimiento que esto se traducirá en perjuicio electoral para los actuales ediles y en beneficios -votos- para los candidatos del partido del Presidente.
    Esta es la estrategia de Bukele para lograr el mismo objetivo que perseguía el 9 de febrero de 2020: tener el control total del poder. De hecho la campaña lo dice sin tapujos: “Vota por la N de Nayib”. Debajo de las aguas superficiales de la campaña el país se puede estar acercando a dejar todos los poderes del país en manos de una persona. Eso, desde la Ciencia Política, se llama autocracia o dictadura En ella la ley es la palabra del gobernante y no tiene que rendirle cuentas a nadie porque la impunidad la tendrá garantizada al controlar todos los poderes del Estado. A nivel económico, en realidad el país está asistiendo al intento de otro grupo de poder económico, representado por el presidente, de alcanzar la hegemonía en la toma de decisiones sobre el país. La lucha de fondo de Bukele y su grupo es por desplazar a una cúpula económica que se ha servido del poder. Ahora les toca a ellos. El poder total que busca el presidente no solo se refiere solo al poder político en sí, sino como medio para lograr el control del poder de la economía, la legal y la subterránea. Y aunque la experticia en la estrategia mediática venda el objetivo de Bukele disfrazado de beneficio para toda la gente, en el fondo estamos ante lo mismo de siempre. De nuevo el país está a punto de someterse a otro proyecto de cúpulas. Todo parece indicar que la mayor parte de la población se dará cuenta de estas intenciones ocultas, hasta que sufra en carne propia las consecuencias, cuando se dé cuenta que los alimentos y las dádivas serán el precio de una deuda existencial de larga duración.
    * Artículo publicado en el boletín Proceso N.° 27.
    7 min
  • EDITORIAL 07-01-21 BASES DE LA DEMOCRACIA
    A partir de la Revolución Francesa se ha asumido, especialmente en Occidente, que las bases de la democracia se enmarcan en las tres palabras consagradas como lema revolucionario hace ya casi 250 años: libertad, igualdad y fraternidad. En El Salvador, para avanzar en democracia, es fundamental realizar un examen colectivo sobre el funcionamiento de los valores que subyacen a esas tres palabras. Es esta una tarea pendiente en muchos aspectos, porque en general los políticos y gobernantes han optado por la búsqueda de poder antes que por la ética. Habiendo entrado ya en el tiempo preparatorio para el 200.° aniversario de la independencia patria, sería oportuno abrir debates sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad en el país, y así diagnosticar la salud de nuestra democracia.
    La libertad es el valor en el que más se ha insistido en el país desde la independencia. Sin embargo, la tendencia ha sido a privilegiar una libertad individual e individualista que al final beneficia al más fuerte ante la ausencia o debilidad de las instituciones estatales. Ocupados en las tareas de subsistencia, los salvadoreños más pobres y desfavorecidos quedan desprotegidos a la hora de desarrollar sus propias capacidades, y así es muy difícil disfrutar de las posibilidades que la libertad ofrece. Algunas libertades concretas, como la de religión, libre asentamiento de domicilio, libertad de expresión y de prensa han sido con frecuencia perjudicadas y dañadas por quienes ejercen el poder, en parte a causa de conflictos internos políticos o sociales, pero también porque el poder desarrolla en su propia estructura la organización de grupos de delincuentes dedicados a combatir a los opositores. Frente a ello es indispensable abrir la libertad para todos, controlar el mal uso de la misma por los fuertes y garantizar el respeto del Estado a las libertades ciudadanas concretas.
    Por otra parte, la Constitución afirma que todos somos iguales ante la ley, pero la desigualdad campea y los poderosos tienden a verla como natural. La desigualdad en el campo del conocimiento, de los servicios estatales y del dinero hace que todos terminemos siendo desiguales ante la ley. Combatir la desigualdad desde un compromiso serio del Estado con el desarrollo de las capacidades humanas de toda la población resulta indispensable. Tanto en la libertad como en la igualdad hay graves déficits seculares que deben enfrentarse con mayor determinación. Si bien es cierto que durante el período colonial no había libertad en muchos campos y la desigualdad estaba consagrada por el sistema de castas, los 200 años de independencia deben recordarnos que es necesario caminar mucho mejor y más aprisa para la vigencia de estos valores.
    Y finalmente la fraternidad. Aunque a lo largo de la historia el pueblo salvadoreño ha dado profundas pruebas de fraternidad en circunstancias difíciles, el Estado y una buena parte del liderazgo social y político tienen en este campo unas pésimas credenciales. Basta recordar las numerosas masacres de la guerra civil y la incapacidad de los diversos Gobiernos de hacer justicia. Cualquiera que sea el contenido que hoy le demos a la fraternidad, sea solidaridad, amistad social, benevolencia o tolerancia, el déficit es grave. Además, si en la dinámica política se impone el insulto y la agresión verbal como forma de relación, la cultura de la fraternidad sufre un verdadero descalabro. No es este el único momento en la historia en que se insulta sin piedad, pero dado el sufrimiento de tanta gente a raíz de la pandemia, debería primar un diálogo permanente y cordial. Ello sería bueno para la democracia, para la recuperación y el desarrollo, y para ofrecer un mejor horizonte a las nuevas generaciones.
    6 min
  • OpiniÓn 06-01-21 siete temas para un cambio de cultura
    Todos hablamos de la necesidad de cambios económicos y sociales, pero para que estos sean reales y puedan afianzarse, son necesarios los cambios de cultura. Los cambios legales siempre ayudan a crear cultura cuando hay personas que los han promovido desde la base social y los utilizan posteriormente. De lo contrario, el avance es nulo o al menos exiguo. Podemos verlo en nuestra Constitución. En ella se han introducido transformaciones importantes, como establecer la cultura, el bienestar económico y la justicia social entre los ocho fines fundamentales del Estado al servicio de la persona. Aunque ha habido algunos avances en estos casi cuarenta años de vigencia de la Constitución, todavía el sistema educativo es débil, el malestar económico es intenso y la injusticia social tiene un peso demasiado grande, mayoritario diríamos, en las relaciones sociales del país. O cambiamos de cultura o continuaremos hablando de estándares culturales de primer mundo con realizaciones económicas y sociales propias del tercero.
    Probablemente son más los temas en los que necesitamos un cambio cultural, pero resultaría de gran beneficio para El Salvador conseguirlo en siete de ellos: el machismo, la pobreza, la corrupción, la inseguridad jurídica, el medioambiente, la desigualdad y la institucionalidad. El machismo, como la expresión más agresiva del dominio del fuerte sobre el débil, hay que desterrarlo de nuestro país. Una sociedad construida sobre el poder y abuso del más fuerte siempre estará en crisis. Sea el hombre sobre la mujer, el rico sobre el pobre o el militar sobre el civil, todo termina engendrando incapacidad para un desarrollo equitativo y justo. En segundo lugar, creer que la pobreza es natural y que siempre la habrá es otra fórmula cultural que debemos cambiar. La pobreza, tal y como existe entre nosotros, es injusta, intolerable y un freno para la construcción de un futuro digno.
    La corrupción, sea política, empresarial o incrustada en diversos mecanismos e institucionalidades sociales, implica la cultura del vivo, del aprovechado y del interés individual sobre el público. Es delito y destruye la solidaridad y amistad social. Y con frecuencia produce otro de los problemas que debemos corregir: la inseguridad jurídica. Aunque en apariencia las leyes son justas, la interpretación de las mismas en sociedades con presencia de corrupción produce automáticamente inseguridad jurídica, aunque no muchos, ni siquiera gente formada, lo adviertan. Por ello, si unos jueces caen en el prevaricato, a poca gente le preocupa.
    Por otra parte, cada vez hay más conciencia de la importancia del medioambiente. Sin embargo, en el país tienen más fuerza las constructoras de edificios que deforestan zonas de importancia medioambiental o resecan acuíferos, mercaderes de terrenos que no están interesados en un adecuado ordenamiento territorial, transportistas despreocupados por el control de gases contaminantes, y políticos y gentes del buen vivir que al encontrarse en comodidad no advierten los peligros medioambientales que nos esperan.
    Y por último, dos temas ligados entre sí: la desigualdad y la institucionalidad. Cuando la desigualdad nos parece natural, la institucionalidad se pone automática y sistemáticamente al servicio de ella. Si creemos que somos desiguales en dignidad, tendremos varios sistemas públicos de salud, protegiendo y favoreciendo más a quienes consideramos más dignos o tienen más recursos. Y lo mismo haremos en la educación, en la vivienda, en el sistema judicial y en el resto de instituciones, incluidas las carcelarias. Que la institucionalidad esté al servicio de la igualdad es una urgencia básica para el desarrollo de El Salvador, aunque todavía muchos de nosotros no hayamos caído en la cuenta.
    * José María Tojeira, director del Idhuca.
    6 min
  • Editorial 05-01-21 el cuidado del prÓjimo camino hacia la paz
    La Iglesia católica celebra cada 1 de enero la Jornada Mundial de la Paz con un mensaje a los cristianos y a todas las personas de buena voluntad. En esta ocasión, el mensaje del papa Francisco lleva por título “La cultura del cuidado como camino de paz”, un tema de honda relación con la pandemia. El tema del cuido trae siempre a la memoria a las personas que atienden con esmero y afecto a niños, ancianos, enfermos y personas que no pueden cuidarse a sí mismas. El papa habla del cuidado como una actitud social capaz de “erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día”.
    Allí donde prima la indiferencia ante la pobreza, como es el caso de El Salvador, la adopción de actitudes solidarias es indispensable para un desarrollo humano real. Y no hay cuidado del prójimo sin promoción de la dignidad y derechos de la persona. Esa dignidad que es igual en todos, pero que no se respeta adecuadamente en la vida social ni en el ejercicio de la justicia. Partiendo de la solidaridad que lleva al bien común, el papa invita a convertirnos “en profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales”. Y añade que la superación de dichas desigualdades “será posible solo con un fuerte y amplio protagonismo de las mujeres, en la familia y en todos los ámbitos sociales, políticos e institucionales”. Ciertamente, mientras haya abuso, desprecio machista y maltrato contra la mujer, el desarrollo digno con respeto a la igual dignidad de la persona será una quimera.
    La cultura del cuidado se aproxima con claridad a la cultura de paz; es más, pone la base sensible y de hondura humana para poder construirla porque ayuda a sentir la fraternidad común. Por ello, el papa pide a las familias, escuelas, universidades, Iglesias y organizaciones internacionales comprometerse con la cultura del cuidado, tanto de las personas como de la naturaleza. Sin sentir en carne propia una fraternidad abierta a los más débiles, sin compromiso con un diálogo que priorice las necesidades de quienes sufren, 2021 será un año más en El Salvador, sin cambios sustanciales. Lloverán insultos en el marco de las próximas elecciones, se darán discursos solemnes en conmemoración de los 200 años de independencia, brotarán nuevos próceres que prometerán llevar al país a la felicidad y el bienestar social, pero la pobreza, la vulnerabilidad y la violencia permanecerán inalteradas.
    La fe en superar los graves daños económicos y sociales creados por la pandemia servirá de muy poco si no se establece un diálogo participativo y vivo en el que las necesidades de nuestra gente sean prioridad. Un diálogo en el que aquellos que tienen más dinero, poder o educación estén dispuestos a hacer sacrificios por quienes tienen menos. Un diálogo transparente y con clara conciencia de una verdad evidente, con la que El Salvador nunca ha sido consecuente: eliminar la pobreza, mejorar la educación y la salud, y posibilitar el desarrollo de las capacidades de todos favorece a la sociedad en su conjunto. La cultura del cuidado que recomienda el papa es básica para convencerse que los sacrificios en favor del bien común nos beneficiarán a todos en el futuro.
    5 min
  • OpiniÓn 04-01-21
    La gran debilidad del presidente
    Por: Rodolfo Cardenal
    El secretismo gubernamental se extiende como mancha de aceite hasta incluir información inocua. El Ministerio de Salud ha reservado prácticamente toda la información institucional, incluida la estadística epidemiológica, un instrumento fundamental para controlar las enfermedades endémicas. El secreto militar es un baluarte que protege al Ejército, la Policía y la inteligencia de los curiosos. El Ministerio de Agricultura oculta sus actividades y gastos como cualquier corporación privada. Y así sucesivamente. La información relacionada con el poder ejecutivo es tan sensible que está protegida por el secreto de Estado. Sin embargo, ahí donde se escarba aparece la negligencia, la malversación y la corrupción.
    8 min
  • EDITORIAL 31-12-20
    Editorial UCA
    Las emergencias y crisis en democracias débiles conllevan el peligro de generar formas de autoritarismo que reducen los derechos ciudadanos. El abuso de autoridad se posibilita cuando se da la tendencia a unir opiniones y pareceres detrás del líder fuerte que actúa rápido y con decisión para enfrentar la crisis. Si en tiempos de bonanza la reducción de derechos levanta protestas, las crisis tienden a silenciarlas. Por ello es importante evaluar el estado de la democracia salvadoreña en este momento; una democracia que fue profundamente débil durante el siglo XX y que continúa siéndolo, a pesar de las importantes reformas que se han implementado desde la firma de la paz.
    6 min

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