Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

By Radio YSUCANewsPolitics
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Editoriales y Opiniones episodes

  • Populismo televisado
    En algunos países de América Latina, las cadenas nacionales en televisión y radio han sido una herramienta recurrente. Hugo Chávez era gran aficionado a ellas. Decía que formaban “parte de la estrategia comunicacional del gobierno” dado que, a su juicio, las televisoras privadas y la prensa no cubrían los actos oficiales. Entre enero y julio de 2012, en su calidad de presidente, Chávez sumó 70 horas y 20 minutos en cadenas nacionales. El 13 de enero de ese mismo año, decidió transmitir su rendición de cuentas al Parlamento, en una cadena de 9 horas y 49 minutos.
    Según la Fundación Ethos, desde que Rafael Correa llegó al poder en 2007 hasta mayo de 2011, en Ecuador se produjeron 1,025 cadenas nacionales, cifra que no incluye los “Enlaces Ciudadanos” que se emitían cada sábado por tres horas en medios estatales y algunos privados. Por su parte, Cristina Kirchner, desde 2012 hasta agosto de 2015, emitió 96 cadenas de televisión. Brasil y México también incurrieron en el hábito, pero en mucha menor proporción. En Paraguay, la figura de las cadenas obligatorias fue abolida cuando terminó la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), debido al uso constante que los militares hacían del recurso.
    En el caso de El Salvador, la interrupción obligatoria de la programación pública y privada para transmitir mensajes oficiales ha sido tradición. Las cadenas están reguladas en el artículo 127 de la Ley de Telecomunicaciones, que dice: “El presidente de la República tendrá derecho a convocar a todas las estaciones de radio y televisión del país a cadena nacional de radio y televisión por razones de guerra, invasión del territorio, rebelión, sedición, catástrofe, epidemia u otra calamidad, graves perturbaciones del orden público o un mensaje de interés nacional”. Solo el Tribunal Supremo Electoral tiene la misma prerrogativa. En realidad, las cadenas nacionales han sido un mecanismo para dos cosas: informar y hacer propaganda. Han buscado posicionar el discurso oficial a fin de controlar la opinión pública. Y en los últimos años, han sido usadas para rendir culto a Nayib Bukele y su gestión, y denigrar, insultar y acusar a la oposición.
    Dos ejemplos recientes. Mientras en Argentina la visita de Bukele apenas recibió atención, en El Salvador se pasaron en vivo largos episodios de la misma, presentándola como extremadamente importante. Lo mismo pasó con la visita de Estado a Costa Rica. Mientras los magistrados del poder judicial tico se negaron a reunirse con Bukele, el presidente costarricense lo recibió con honores, lo condecoró con la máxima distinción por lo que ha hecho en materia de seguridad y ofreció una cena de gala. Buena parte de ello, a pesar de su irrelevancia para la vida de la población salvadoreña, fue transmitido por cadena nacional.
    De este modo, Bukele le ha dado un giro a las cadenas nacionales. Por un lado, en contraste con su aislamiento internacional, televisa la cercanía con personajes que son parte de la crispada pero mediática escena de la ultraderecha antidemocrática mundial (Milei) o que quieren serlo (Rodrigo Chaves). Y por otro, posiblemente para suavizar las críticas de las que es objeto, se hace filmar en el extranjero comportándose de manera diferente que en El Salvador, al menos en dos aspectos: se expone a la prensa y no se hace acompañar de un pelotón de guardaespaldas que lo aísla de su entorno y lo retrata como lo que es: un hombre de armas, no de leyes.
    6 min
  • El valor de los migrantes
    Cuando el discurso antimigrante crece en el mundo y cuando en Estados Unidos gana las elecciones una persona que trata de sumar votos, y parece que los sumó, insultando y zahiriendo a los migrantes, es necesario hablar bien de ellos. Así hizo Jesús de Nazaret cuando vio a una viuda echando en el arca del templo lo poco que tenía para vivir, rodeada de escribas que depositaban sus limosnas más abundantes con el ansia de que los vieran. Habló bien de la pobre y criticó a quienes buscaban publicidad. Criticar a los migrantes, acusarlos de ladrones y salvajes, es desconocer la calidad de personas capaces de arriesgar la vida por mejorar tanto la propia situación como la de su familia. Gente mayoritariamente generosa, llena de esperanza y capaz de soportar con paciencia trabajos que ya no quieren aceptar muchos de los que se consideran nativos, aunque sean hijos de migrantes. Ningún país en que los ciudadanos se quejan de los migrantes fue cuna de la humanidad. Al contrario, todos fueron haciéndose a base de migraciones. El derecho a migrar ha estado vigente desde los inicios de la humanidad. El odio a los migrantes pobres de países pobres, al menos como lo conocemos ahora, todavía no ha cumplido un siglo.
    Los migrantes siempre mejoran la situación de los países que los reciben. Lo vemos incluso en el fútbol. No llegan a robar sino a trabajar. Aportan cultura, diversidad, espíritu de desarrollo, creatividad y con frecuencia incluso renovación religiosa. Puede haber algunos que se entreguen al delito y al crimen. Pero en eso suelen tener maestros en los nativos. La corrupción, los delitos de cuello blanco, la locura de empezar a disparar a mansalva matando inocentes en las calles o en las escuelas no es un invento de los migrantes. Es cierto que una migración ordenada es mejor que una desordenada, pero los países ricos no han trabajado adecuadamente ni la migración ordenada, ni la solidaridad debida a los países pobres. Desde 1970 se viene hablando de que los países desarrollados entreguen el 0.7% de su producto interno bruto al desarrollo. Muy pocos lo están haciendo. Y el 0.7% de lo que producen no es una cantidad que pueda poner en crisis a los países ricos, teniendo en cuenta que el 0.7% de mil dólares son simplemente 7 dólares. Una inversión seria en el desarrollo de los países empobrecidos limitaría mucho más la migración irregular que los muros y los blindajes fronterizos.
    En El Salvador, los migrantes aportan al mantenimiento económico de sus familias mucho más de lo que los países desarrollados dan para impulsar el desarrollo. No es raro, pues, que quienes aman a sus familias tengan en su imaginario la migración como un camino de superación de la pobreza de sus seres queridos. En este sentido, la migración no solo es ventajosa para los pobres y beneficiosa para los ricos, que se aprovechan de la mano de obra barata, sino que además es también éticamente provechosa para los Estados ricos: les ayuda a recordar sus obligaciones de solidaridad internacional y les pone en alerta sobre las raíces del racismo, que permanecen demasiado vivas en buena parte de los países desarrollados. El miedo de algunos líderes políticos del primer mundo a sus propios ciudadanos cuando asoman diversas expresiones de “supremacía blanca” deja en evidencia el escaso nivel moral de ciertas formaciones partidarias. Afortunadamente, continúan activos en el primer mundo sectores solidarios, tanto religiosos como humanistas, que tratan de hacer conciencia sobre el valor y el respeto debido a los migrantes y sobre la ayuda al desarrollo de los países en los que la pobreza injusta expulsa a las personas. En los momentos actuales, en los que el egoísmo racista levanta sus miedos en muchas partes del mundo, resulta imperioso elevar juntos la voz defendiendo a los migrantes.
    6 min
  • La verdad de lo humano
    En estos tiempos en que políticos mentirosos y megalómanos triunfan en las elecciones de diversos países, resulta necesario reflexionar sobre la verdad. No faltan quienes dicen que no hay verdades absolutas, que la verdad es relativa, poliédrica; afirmaciones estas que convierten la verdad en propiedad privada de personas exitosas, individuos tanto más más peligrosos por su personalidad narcisista que por su defensa de ideas o creencias. La mentira desbocada, la exageración, el insulto y la calumnia son parte de las convicciones y del éxito de cierto tipo de políticos. Ante la decepción por el lento ritmo de la democracia, el grito, la ofensa y la exhibición de fuerza se convierten en estímulos para votar. La apariencia brillante y terrible de los vencedores presentada por los medios de comunicación no es más que el reflejo de la despersonalización de las relaciones humanas y el anticipo de un futuro fracaso que tardará más o menos tiempo en llegar, pero que indefectiblemente llegará.
    La historia que transmite la permanencia de lo humano es muy distinta de la adornada narrativa de los triunfadores, sean de la tendencia que sean. Aguantar al lado del sufrimiento ajeno, brindar ayuda, mantener la esperanza en un mundo más fraterno es coherente con la verdad de lo humano. Los antiguos profetas, aunque pasaran desapercibidos o fueran condenados en su época, conservan actualidad y continúan planteando desafíos. Los mártires salvadoreños dicen más sobre la esencia de lo humano que la espectacularidad de los triunfadores. Quienes reflexionan sobre la realidad a partir de la igual dignidad de la persona y la fraternidad universal aportan a la convivencia humana y construyen historia con mayor eficacia que aquellos que divinizan el poder o el dinero. Los que se identifican con las cosas que tienen terminan siendo dominados por ellas. Y al igual que las cosas, pierden significado con el paso del tiempo. Frente a los que desarrollan su personalidad desde la prepotencia y la riqueza, los mártires dan ejemplo de resistencia en el bien y brindan esperanza de un mundo más justo y humano.
    La verdad hay que buscarla más allá del poder, del prestigio o del éxito. En la relación humana, en el diálogo, en el servicio y en la solidaridad con el sufrimiento ajeno se encuentra siempre más verdad que en la propaganda y la vanagloria del poder. Del recuerdo de las víctimas nace más verdad que de la admiración a los millonarios. En un mundo que privilegia y ensalza el poder y la fuerza bruta, es tarea de los ciudadanos darle continuidad al ansia de verdad que ha caracterizado a la humanidad desde sus inicios. En un tiempo en el que se creía más en la muerte del enemigo que en la fraternidad, los mártires de El Salvador, desde el cultivo del conocimiento y de la razón cordial y solidaria, impidieron que el poder oligopólico sobre las armas y el dinero se convirtiera en la única verdad.
    Cuando la mentira, el lenguaje violento y el desprecio a los pobres triunfan en la política y arrastran tras de sí las esperanzas e ilusiones de muchos, la resistencia en la verdad de lo humano, en la fraternidad y la solidaridad es siempre camino seguro de superación. La manipulación de la verdad en favor de los poderosos, por más que se revista de oropeles, no resiste el paso del tiempo ni el contraste con la realidad. La mentira carece de solidez y no puede sustituir a la verdad en el largo plazo. El sufrimiento humano y la solidaridad con las víctimas son siempre verdad irrefutable y subversiva frente a quienes idolatran el poder, la riqueza y el liderazgo autoritario.
    6 min
  • La resurrección de Lombroso
    Cesare Lombroso fue un médico italiano fundador de la escuela positivista de criminología. Pensaba este singular médico que a partir de la apariencia externa y ciertos rasgos se podía descubrir y determinar la peligrosidad del delincuente e incluso justificar un castigo preventivo. Algo parecido a los discursos de algunos funcionarios actuales que insisten en que, más allá de los delitos cometidos, algunos delincuentes no saldrán jamás de las cárceles porque son incorregibles. Las escuelas de criminología han desechado las teorías deterministas de Lombroso y estudian más aspectos vinculados con las causas del delito desde la sociología, la psicología y la medicina, entre otras ciencias. Si Lombroso partía de un determinismo biológico de la conducta delictiva, la criminología actual, mucho más sensata, estudia la interacción social en la conducta del delincuente, así como las dimensiones psicosociales que pueden impulsar hacia el delito y los dinamismo que facilitan la rehabilitación.
    En El Salvador, y de un modo especial a partir de la instalación del régimen de excepción, estamos contemplando una especie de resurrección de Lombroso. Para derrotar a las maras no son propiamente los delitos los que se persiguen, sino la caracterización del delincuente realizada desde los perfiles policiales. Recientemente se detuvo a dos hermanos de un futbolista salvadoreño. Cuando él trató de demostrar la inocencia de sus parientes, la respuesta fue que no se podía hacer nada porque los dos jóvenes estaban “perfilados” por la Policía como miembros de maras. Ya no se persigue el crimen ni se necesita imputar un delito para detener a un sospechoso. Basta con estar dentro del perfil de delincuente realizado por la Policía para pudrirse sin juicio en la cárcel durante varios años.
    Se puede entender que la PNC construya perfiles de delincuentes. Si se toman con prudencia, pueden ser útiles en la persecución del delito. Pero cuando la persecución del delito se cambia por la persecución de los perfiles elaborados a partir de chismes, denuncias anónimas, modos de vestir, barrios y zonas de vivienda, relaciones de parentesco, de relación social o cercanía habitacional, la detención ilegal y la injusticia pueden ser masivas. De hecho, aunque se habla mucho de que la Policía ha hecho perfiles de mareros, nunca se han hecho públicos los elementos que componen el perfil. Y evidentemente la correspondencia con un perfil nunca es una prueba definitiva de la comisión de un delito. Si los perfiles físico-biológicos de Lombroso incluían aspectos como frente hendida, forma y ubicación de las orejas o de las mandíbulas, hoy el perfil policial, sin capacidad de imputar delitos concretos, se fija en otros detalles construidos sobre ciertas observaciones externas que en principio no constituyen delito. Se confunden así, como en Lombroso, una serie de detalles externos con los indicios de una comisión de delitos.
    Lombroso pensaba que se podía determinar desde la apariencia física la incorregibilidad del delincuente. Y se podía, por tanto, en palabras suyas, “secuestrarlos para siempre o suprimirlos”. Cuando se vuelve a detener a delincuentes justo en el momento en el que salen de la cárcel tras haber cumplido su condena, queda en evidencia la semejanza entre la desfasada criminología positivista de Lombroso y algunos de los principios que marcan el funcionamiento del régimen. En realidad, se está desperdiciando la oportunidad de fortalecer a la Policía en el campo de la investigación y de la persecución del delito. El descenso notable de la delincuencia es siempre una oportunidad para mejorar métodos policiales operacionales que puedan prevenir e investigar el delito con mayor eficiencia. Dormirse en los laureles y repetir indefinidamente un método injusto no nos llevará muy lejos. Y peor si el sistema de justicia no evalúa y corrige su lento y deficiente modo de impartir justicia, todavía muy lejano de la pronta y cumplida justicia que supuestamente garantiza la Constitución.
    6 min
  • El discurso de odio
    El discurso de odio sustituye al empleo, al ingreso para adquirir la canasta básica ampliada y a las oportunidades. Llena el vacío dejado por el Estado diligente, comprometido con la ciudadanía. La presencia estatal más eficaz es la de las fuerzas represivas, que siembran el terror y la violencia. La necesidad de seguridad ante el desempleo galopante, el hambre y la enfermedad, y la negación de futuro se diluye en las emociones fuertes, suscitadas por una elocuencia deslumbrante, pero insidiosa.
    La fuente de los mensajes de odio construye objetivos abominables, que concentran la atención y las energías de unas mayorías que más bien debieran reclamar la satisfacción de sus necesidades vitales. Simultáneamente, el responsable de esta desviación perversa refuerza su posición, que sabe débil por sus limitaciones intelectuales y materiales para responder a los apremios de la gente. Adicionalmente, tanto aquellas como este se deshumanizan.
    El discurso de odio absolutiza la bondad propia y la maldad de los otros. Por eso habla de “tolerancia cero”, una actitud que aparenta firmeza, cuando en realidad oculta inseguridad y miedo por no estar a la altura de las responsabilidades adquiridas. De ahí que se revuelva furioso contra quienes exponen sus contradicciones. La intolerancia olvida que ahí donde hay desigualdad prolifera la violencia. Sin igualdad de oportunidades, la agresión, en sus diversas formas, encuentra un caldo de cultivo que, tarde o temprano, explota destructivamente. No se trata de justificar éticamente la violencia, sino de señalar que, en esas circunstancias, es inevitable.
    Una vez desatada, se tiende a pensar que la violencia solo puede ser combatida con otra violencia. Aquella se declara criminal o terrorista, y esta, tan provechosa e inapelable que no requiere justificación alguna. Es la bondad de la violencia de los buenos contra la perversidad de la violencia de los malos. Sin embargo, la violencia supuestamente beneficiosa no genera orden, seguridad y estabilidad, sino una violencia más encarnizada y destructiva. El discurso de odio se encarga de racionalizarla, al convertir al otro es una especie de “víctima expiatoria”, que no necesariamente es inocente, pero que tiene menos culpa de la que se le atribuye. En ella se descarga “merecidamente” la rabia acumulada por décadas de menosprecios, humillaciones y frustraciones, mientras libera a los demás de responsabilidad.
    La exhibición de “un chivo expiatorio” colectivo tiene la virtud de unir a los buenos. La unidad es mucho más sólida cuando es contra “un enemigo común” que cuando es a favor de algo; por ejemplo, para redistribuir la riqueza nacional de una forma más equitativa. Precisamente, eso es lo que se desea evitar. La frustración y la cólera no se dirigen contra la verdadera causa, sino contra un objeto demonizado, que tiene mucho de víctima. Los acaparadores de la riqueza nacional son intocables, ya que militan en el campo de los buenos. El discurso de odio no ofrece ninguna solución, ya que será imposible erradicar la violencia mientras haya desigualdad social.
    La verdadera solución pasa por la convivencia fundada en la satisfacción de las necesidades básicas y la vida digna de la totalidad, en particular, de las mayorías. El hambre de justicia no equivale a la sed de venganza criminal. La violencia no llena el estómago, no da salud, ni educación, ni vivienda. Satisface los instintos más primarios del ser humano, los cuales, una vez agotados en batallas sin alma, dejan el sabor amargo de la derrota y profundizan la humillación y el resentimiento hasta vaciar la vida de sentido.
    Contrario al discurso de odio, la convivencia no acepta que nada sea tan malo que no pueda contener algo bueno, ni que nada sea tan falso que no contenga algo de verdad. Y, al contrario, no hay nada tan bueno que no contenga algo de maldad, ni nada tan verdadero que no contenga cierta falsedad. La convivencia enseña a vivir con la ambigüedad de la realidad humana.
    La tolerancia no se identifica con la aprobación del mal y, mucho menos, con la aniquilación. La tolerancia refiere siempre a la persona, no a su conducta, la cual puede ser íntegra o criminal. Por tanto, no significa aprobar sin más la conducta del otro, sino renunciar a maltratarlo para que pague sus culpas.
    El discurso del odio es un engaño con pretensiones de gesta grandiosa, preñada de promesas. Suscita emociones intensas que se agotan en sí mismas. No canaliza las energías desatadas hacia la construcción de la convivencia. Por tanto, la desigualdad y la raíz de la violencia social permanecen intactas.
    * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
    7 min
  • De nuevo Trump
    Lo que muchos esperaban y otros muchos temían, pasó: Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos por segunda ocasión. El resultado dice mucho tanto de la estrategia y personalidad del hoy presidente electo como de los votantes estadounidenses. La creciente desafección por la democracia y el gusto público por la matonería auparon a Trump, quien goza de una ferviente masa de seguidores que le perdona excesos y abusos que hace un par de décadas hubieran tumbado a cualquier otra figura pública. Pese a estar imputado por delitos graves, haber sufrido un duro revés en el debate con Kamala Harris, cometer crasos errores durante la campaña y sufrir el distanciamiento de incluso un grupo de republicanos, ganó el voto del Colegio Electoral y es muy probable que también el sufragio popular. Durante la campaña, en la que se prodigó en mentiras e insultos, Trump volvió a hacer de la migración y de los migrantes su marca política, utilizándolos discursivamente para sembrar miedo e incertidumbre.
    Además, logró cargar a Harris con la historia y errores de Joe Biden, y apeló al malestar de los votantes recurriendo a un discurso catastrofista sobre el estado del país y la marcha de la economía. La estrategia mediática le dio resultado. Un éxito en el que la cuestión de género sin duda jugó a su favor. No hay que perder de vista que esta nueva victoria de Trump, al igual que la primera, se da frente a una mujer. Por ello, no es descabellado pensar que una significativa cantidad de estadounidenses se resiste a que una mujer ocupe la oficina oval de la Casa Blanca. El republicano también explotó la homofobia de sus connacionales, aprovechando las declaraciones de Harris sobre el respeto a la diversidad. El reconocimiento de derechos de la comunidad LGBTI+ representaba una aberración para el ultraconservadurismo que se ha apoderado del partido republicano. Y en el marco de la guerra cultural en contra de lo woke, el partido demócrata se habría inclinado demasiado a la izquierda para una parte de sus votantes.
    Harris nunca la tuvo fácil. Además de ser mujer, empezó tarde, le tocó competir en un entorno sombrío y se enfrentó a un electorado sediento de cambio, sobre todo en materia económica. Ese cambio deseado no podía venir de una de las personas que había estado conduciendo el país. La suerte está echada en los Estados Unidos. Y los autoritarios del mundo, los movimientos que desde la ultraderecha llaman a desmontar la democracia y la seguridad social, los que claman por el regreso de la mujer a la cocina, aquellos que han convertido a la verdad, la decencia y el diálogo fraterno en piezas de museo están de fiesta.
    4 min
  • Injusticia medioambiental
    Hace diez años, el 80% de la población salvadoreña vivía con 10 o menos dólares diarios. Y es muy posible que en la actualidad la situación sea igual o parecida. Este grupo de personas viven y trabajan en lugares marginales, tienen una dieta de peor calidad, enfrentan dificultades para acceder a agua potable, usan menos petróleo y consumen menos energía. Pese a que contaminan menos el medioambiente, suelen ser las más expuestas a los desastres de origen climático o sísimico. En este sentido, es evidente que en el país existe una aguda injusticia social y que esta se extiende también como injusticia medioambiental, la cual deteriora las relaciones sociales, avoca a la crisis alimentaria y aumenta los riesgos de desastre. La cultura del consumo y del desperdicio no hace más que agudizar esta situación.
    En Laudato si, el papa afirma que “todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero”. Lo dicho por Francisco le calza al país. Por ejemplo, no se dispone de un modo apropiado de tratar la basura y los sectores privilegiados, a la vez que producen desperdicios en la misma magnitud que mucha gente de los países ricos, son indiferentes a la necesidad de reciclar. Los riesgos medioambientales de un país tropical como el nuestro no son objeto de preocupación entre quienes pueden marcharse a vivir en el norte si las cosas se complican.
    Aunque no son mayoría, en El Salvador distintos grupos e instituciones trabajan por el medioambiente y se preocupan por la agroecología sostenible. Ante la crisis del encarecimiento de los alimentos, los esfuerzos no pueden limitarse a crear agromercados y subsidiar precios. El problema de tenencia y utilización de las tierras, y el olvido del productor campesino empujan al país en sentido contrario a la soberanía alimentaria. El cambio climático, que afectará con mayor rigor a los países tropicales, debería convertirse en un aliciente para establecer alianzas en función de generar suficientes alimentos para todos, fomentar la agricultura sostenible y dar a los campesinos una vida digna. El Gobierno debe dialogar con los defensores del medioambiente y priorizar la agricultura ecológica. No cabe la indiferencia ante los riesgos ya palpables de que El Salvador se convierta en un territorio inhabitable. Abandonar la pretensión de saberlo todo y escuchar a los que trabajan por la protección del medioambiente y la productividad en el campo es una tarea impostergable.
    5 min
  • Milagros de mago de feria popular
    El Salvador es ahora país de milagros, según reciente ocurrencia presidencial. Bukele aspira a que sea reconocido no solo como el país donde ha ocurrido el milagro de la seguridad, sino también donde ocurrirá otro milagro, el económico, aunque este “tomará algunos años”. La realidad es bastante más descorazonadora. La seguridad no es un milagro ni un crecimiento económico robusto, sostenido y viable lo será, si algún día llega a darse. La interpretación milagrera de la gestión de la dictadura es pobre, pretenciosa y reñida con la tradición bíblica.
    Entender el milagro como ruptura del orden natural al margen de la acción humana es surrealista. El Dios bíblico no compite con la realidad. Indiscutiblemente, liberó a Israel de la esclavitud egipcia, pero sin la colaboración activa de Moisés, esa liberación no habría tenido lugar. El auténtico milagro acontece mediante la participación humana en el plan divino de crear una vida abundante, digna y libre de toda esclavitud. La acción divina no violenta ni reemplaza dicha acción. Dios elige colaboradores, les da una misión y los envía. El acontecimiento es extraordinario no por las circunstancias más o menos insólitas que lo rodean, tal como parece pensar Bukele, sino por su finalidad: liberar al pueblo de toda forma de opresión e injusticia.
    Dicho de otra manera, y contrario a la pretensión presidencial, el milagro no solo no está desvinculado del pueblo, sino también es para que este tenga vida abundante. No para favorecer a unos cuantos. Los milagros de Bukele no benefician al pueblo. Favorecen a unos, pero excluyen y maltratan a muchos otros. No se puede ignorar que la seguridad impuesta descansa en la injusticia y la arbitrariedad, la tortura y el homicidio. Y el futuro milagro económico ya deja un rastro de despojo, miseria y sufrimiento.
    No puede alegar que el fin justifica los medios. Ni siquiera la moral más tradicional suscribe semejante barbaridad. En consecuencia, la autoridad del susodicho milagro de la seguridad no puede ser atribuido al Dios de Jesús. Si la seguridad fuera milagrosa, estaría acompañada del derecho y la justicia, respetaría la dignidad de los detenidos y trabajaría denodadamente por rehabilitarlos e insertarlos en la sociedad una vez cumplida la pena. Bukele manipula el significado del milagro para presentarse como depositario de poderes sobrenaturales.
    Si la reactivación económica fuera un portento divino, no generaría desempleo, hambre y desigualdad. Al menos, ampliaría la cobertura y mejoraría la calidad de la inversión social. Además, es inexplicable que un milagro, definido como la irrupción directa e inmediata de la omnipotencia divina, deba aguardar varios años para concretarse. Si así fuera, ese Dios no sería todopoderoso. El dios de Bukele es limitado, ya que debe adaptarse a sus deseos. De ahí que afirme que cuando llegue la prosperidad, si llega, habrá también milagro.
    Estas incoherencias tienen su razón de ser: es un burdo intento de manosear el nombre de Dios en provecho propio. Si Dios fuera el autor de la seguridad, también sería responsable de las iniquidades del régimen de excepción. Si fuera el autor de la recuperación de la economía, también sería responsable de la concentración de la riqueza en la familia presidencial y los grandes capitales de siempre. Una recuperación económica milagrosa generaría prosperidad general, convivencia pacífica y solidaridad. La creación no es propiedad privada de unos pocos elegidos, sino un bien universal para que la humanidad tenga vida abundante y digna.
    Si solo Dios es el autor de la acción milagrosa, Bukele se puede presentar como su “enviado”, a través de quien acontece el portento. Sin embargo, al anular la colaboración y la responsabilidad humana, no es más que un enviado “pasivo”. No para la vida del pueblo, sino para prosperar junto con su familia y los grandes capitalistas a costa de la explotación y la opresión de los demás. Un sinsentido se mire por donde se mire.
    En lugar de rebuscar formulaciones ingeniosas para llamar la atención, sería mucho más humano, y divino, que asumiera con seriedad las responsabilidades propias del poder político que detenta y trabajara incansablemente para que el pueblo tenga la vida que Dios quiere.
    El legado que desvela a Bukele por las noches no subsistirá con el marketing, sino en el reconocimiento del pueblo agradecido por cuidar de su bienestar. La mercantilización dura lo que dura quien la paga. Desaparecido este, el legado se disuelve rápidamente por falta de fundamento. Entonces, sus seguidores seguirán a otros. Y sus víctimas lo abominarán.
    * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
    7 min
  • Evaluando el Estado de derecho
    Ha salido recientemente un informe que evalúa a nivel mundial la calidad del Estado de derecho en 142 países en 2024. La fundación que lo presenta se llama Proyecto de Justicia Mundial y viene estudiando la cuestión desde 2015. El Salvador aparece en este ranking en la pobre y deficiente posición 111 de 142 países evaluados. Revisando los aspectos que se evalúan para determinar la situación de cada país, se puede advertir que El Salvador aparece en la posición 78 en términos de orden y seguridad, pero ocupa la 140 (la antepenúltima) en lo relativo a justicia penal. En lo que respecta a justicia civil, aparece en posición 85, por encima de países como Panamá, México y Colombia, y 50 puestos arriba de Guatemala. Si acudimos a otros elementos de la evaluación se advierte de nuevo la irregularidad en las posiciones. En derechos fundamentales, aparecemos en posición de nuevo triste: 117; mientras que en cumplimiento normativo estamos en posición 80. En controles del poder ejecutivo, retrocedemos hacia los últimos puestos, quedando en la posición 120.
    Estos números nos demuestran algo lamentable, que si hubiera voluntad política se podría corregir. En efecto, si de parte del poder ejecutivo hubiera mejores políticas en justicia penal, en la división e independencia de poderes, y en el respeto a los derechos básicos, estaríamos claramente en una posición mucho mejor. El Salvador tiene la capacidad y los medios suficientes para estar en una posición más decente. Pero el Ejecutivo ha implementado e impuesto una serie de políticas autoritarias que nos hacen quedar en los rankings internacionales en posiciones cada vez más degradadas. La propaganda y los relatos en las redes, junto con algunos logros gubernamentales, pueden conseguir el apoyo popular. Pero el hecho de que los logros se encuentren manchados y oscurecidos por la debilidad de las instituciones y por la fragilidad de nuestro Estado de derecho nos mantendrá inevitablemente en una situación de deterioro progresivo. Solamente se podrá recuperar posiciones de respeto internacional en los ranking si el Ejecutivo cambia sus políticas y se abre a la transparencia, al respeto a las leyes y al diálogo con la sociedad civil.
    Y en esto de los rankings, no sirve echar las culpas a otros ni decir que no importa lo que piensen alguna fundaciones. La inversión extrajera que tanto se desea no acude donde las instituciones tienen problemas graves. Y los rankings evidencian situaciones que la propaganda no puede disimular. El hecho de que Honduras y Nicaragua estén por debajo de nosotros no puede servir de consuelo, como tampoco vale pensar que la popularidad es eterna. El Salvador puede terminar cayendo en una grave crisis si se debilitan aspectos fundamentales como la vocación democrática, el respeto a las leyes y a los derechos de las personas, la transparencia y el acceso a la información pública, la justicia y los mecanismos institucionales de control del poder. La crítica externa no es fruto de la enemistad con un gobierno determinado, sino advertencia de que el rumbo que se sigue no es el adecuado para crecer como país. Escuchar la crítica interna es la mejor manera de buscar caminos que realmente nos conduzcan a superar nuestras debilidades y hacia un desarrollo realmente humano.
    5 min
  • Orden y ley
    Frente a la historia de salvajismo del lejano oeste y la violenta apropiación de las tierras indígenas por parte de los blancos, ofrecer “orden y ley” pasó a ser parte del abecé político de Estados Unidos como una primera síntesis de las obligaciones estatales. La frase se extendió a nivel internacional y pasó a convertirse en una consigna de políticos conservadores, especialmente en países con desarrollo social. Y esto porque el orden y la ley no bastan para construir una convivencia ciudadana pacífica; hacen falta también las redes de protección social propias de los modernos Estados sociales y democráticos de derecho. En El Salvador, con sistemas deficientes y no universales de seguridad social, cualquier avance en orden, incluso sin ley, se vende como un avance hacia el desarrollo.
    Recientemente se publicó un ranking internacional sobre la situación del Estado de derecho en 142 países. El Salvador se encuentra en la posición 111 y solo destaca positivamente en uno de los temas analizados: el orden y la seguridad en el país. Sin embargo, en términos de justicia penal, parte indispensable del mantenimiento del orden, el país aparece en los últimos puestos. En otras palabras, si bien el país disfruta de un mayor orden y tranquilidad a raíz de la disolución del poder de las pandillas, la justicia penal está por los suelos. La arbitrariedad, el maltrato, el debilitamiento del derecho a la defensa, las formas de reclusión semejantes a la desaparición forzada, el traspaso del castigo desde los detenidos hacia sus familiares por la falta de información de sus parientes y la imposibilidad de visitarlos han convertido a a la justicia penal en una farsa. Hay orden, sí, pero la ley es papel mojado.
    El orden sin ley eficiente y respetuosa de los derechos ciudadanos no es bueno en el largo plazo, aunque en un primer momento pueda percibirse como ganancia ante una situación previa de desorden salvaje o brutal. Corregido el desorden y conseguida una mayor tranquilidad, corresponde ahora mejorar la situación de la ley. La vieja síntesis de orden y ley demanda suprimir la arbitrariedad de las detenciones, mejorar la capacidad de la Policía y aumentar su presencia en la sociedad, disminuir el peso del ejército en los temas de seguridad y garantizar el cumplimiento de derechos básicos como la detención con tiempos claramente delimitados, la presunción de inocencia y la vista familiar. Centrarse solo en el orden, despreciando y anulando los pequeños avances conseguidos en el campo de una legislación coherente con los derechos humanos, solamente conducirá a nuevos fracasos. La dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez construyó orden prescindiendo de una ley que protegiera a los ciudadanos. El experimento se tradujo en una dictadura y llevó a la muerte a decenas de miles de indígenas y campesinos. Para qué repetir esta historia.
    5 min

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