Teoría de la explotación capitalista
a. La apropiación de plusvalía
Una relación social determinada puede ser llamada explotación, en general, cuando en ella hay un intercambio desigual de valor. El concepto tiene sentido cuando al menos una de las dos mercancías es el trabajo humano. Especificar esto es importante porque aunque el enriquecimiento de una clase social se deba a la explotación, ambos conceptos no coinciden. Puede haber muchos factores que permitan el enriquecimiento local y temporal de agentes económicos particulares, en cambio sólo el trabajo humano permite el enriquecimiento real de una clase social, en términos globales e históricos. De esta manera, en sentido estricto, sólo los trabajadores que producen valor de cambio real, material, son explotados.
Por extensión, se puede decir que son explotados también aquellos cuya fuerza de trabajo se paga como una mercancía (es decir, por el costo de su producción y reproducción), aunque los productos que surjan de ella no se paguen de la misma manera (como ocurre, por ejemplo, con los servicios, como he propuesto en el apartado anterior).
Así, la ganancia capitalista (expresada como precio, local y temporal) puede deberse a la explotación (la apropiación de plusvalía real), o al usufructo (diferencias locales y temporales de precios) que se puede obtener al comprar la fuerza de trabajo por su valor de cambio objetivo y, en cambio, vender sus productos a precios determinados por variables ideológicas (subjetivas). Por supuesto, en tercer lugar, también es perfectamente posible la ganancia (usufructo) que se obtiene de manera local y temporal sólo como efecto de la circulación de mercancías (como en el comercio, o en la especulación financiera).
De acuerdo con la tesis sobre la relación entre valor de cambio y precios que he propuesto en el capítulo anterior, el usufructo, es decir, la ganancia producida a partir de los servicios o la circulación, se anula global e históricamente, se destruye en las crisis globales del capitalismo. Debido a esto, restringiré el análisis en esta sección sólo a la explotación en sentido estricto, es decir, a la apropiación de plusvalía real.
Por lo mismo, en la medida en que sólo el trabajo humano produce valor real, no consideraré apropiado hablar de “explotación de la naturaleza”. No hay valor “natural”. Todo valor es creado históricamente por el trabajo humano. Sólo en un sentido muy amplio y, en rigor, simplemente metafórico, hablaré más delante de “explotación de la naturaleza” para distinguir al capitalista depredador, que empobrece los medios naturales y sociales de los que usufructúa a través de la renta de la tierra (minería, pesca, agricultura), del burgués clásico, que es capaz de mantener una relación relativamente sustentable con su entorno.[16]
Bajo el capitalismo, la explotación es un intercambio desigual de valor de cambio, en que uno de los términos intercambiados es el trabajo asalariado. La connotación crítica de la palabra explotación, en este contexto, mucho antes de que esa crítica se convierta en un juicio moral, proviene de que se trata de un intercambio que pasa a llevar la ficción[17] de equivalencia que preside el intercambio de mercancías en el propio mercado capitalista.
El juicio objetivo, entonces, “este es un trabajo explotado”, es un juicio interno, respecto de las propias reglas del intercambio burgués. Según la lógica del contrato de trabajo asalariado, al trabajador se le pagará “su trabajo”. Lo que hay que preguntarse entonces es cuál es el valor de cambio del trabajo que realizará. Este corresponde al valor de cambio que su fuerza de trabajo ha agregado a los medios de producción que ha aportado el capitalista. A ese valor agregado por la fuerza de trabajo lo llamaré “plusvalor”. El capitalista, por su lado, ha aportado las materias primas, las herramientas, la infraestructura, para llevar a cabo esa tarea de valorización. Estos son los “medios de producción”.
Después de un ciclo productivo el capitalista venderá lo producido en el mercado, y los precios que obtenga reflejarán los valores de cambio incorporados en la producción como plusvalor (el trabajo “vivo”, o actual), y como valor de cambio de los medios de producción usados (el trabajo acumulado en ellos por quienes los produjeron, o trabajo “muerto”). Cuando esta venta es exitosa se dice que se ha “realizado” la mercancía.[18]
Si volvemos sobre el contrato de trabajo, el capitalista debería recuperar, desde el precio que obtuvo, el valor de cambio que invirtió en medios de producción. Todo el resto, que proviene del proceso de valorización inmediato, debería ser pagado al trabajador, puesto que corresponde al plusvalor, es decir, al valor de lo que ha sido “su trabajo”. Si en este presunto intercambio de equivalentes asignamos al capitalista una cierta compensación por el mero hecho, en rigor secundario, de poner estos factores en contacto entre sí, ¿de dónde surge la auténtica ganancia capitalista, una ganancia, por supuesto, que a sus ojos justifique su esfuerzo?
Considerando la situación histórica y globalmente, es bastante obvio que la burguesía recibe por su participación en este ciclo algo, y mucho, más que una compensación. Y también es obvio que valora su participación en el proceso de una manera muchísimo más significativa que el mero hecho de “poner estos factores en contacto”. Por un lado la ganancia global de la burguesía no resulta en absoluto explicada por este juego de equivalentes. Por otro, su racionalización de todo el proceso, y de la ruptura del intercambio equivalente que contiene, se aparta significativamente de aquello que ella misma considera justo cuando intercambia sólo mercancías habituales entre sí.
Un minero del carbón vive toda su vida en la pobreza y muere sin haber acumulado bienes después de décadas de afanoso esfuerzo; el dueño de la mina, que pudo haber trabajado afanosamente o no en su administración, en esas mismas décadas se vuelve rico.
Se podría pensar, por la retórica de equivalencia y eventual justicia que rodea al contrato, que al trabajador se le ha pagado “su trabajo”. En términos de intercambio humano esto podría significar “por su esfuerzo, por su entrega”. Pero debería significar también, de un modo un poco más objetivo, “de manera proporcional a lo que ha producido”. Los discursos que los empresarios se han acostumbrado a hacer cada Día del Trabajo suelen abundar en este tipo de reconocimientos, llevados hasta el grado de la alabanza.[19]
Todo parece ocurrir como si al intercambiar un bien físico por otro, digamos, una oveja por dinero, el burgués dijera “por esto, que es un objeto, no pago más que su costo de producción (ponderado por su abundancia o escasez relativa)” y, en cambio, cuando se trata de comprar “trabajo”, el burgués dijera “por esto, que es lo que hace un ser humano, pago lo que merecen sus esfuerzos y sus destrezas”. Parece haber un doble estándar: un bien físico lo paga según su valor de cambio, “el trabajo” lo paga según algún tipo de estimación valórica. Es muy importante notar que este razonamiento ha guiado realmente, de manera más o menos efectiva, al modo como el burgués compra los trabajos de los artistas o artesanos que estima, de los maestros o académicos que le parecen sabios, de los médicos que cree pueden salvarlo o mantenerlo sano, o de los fieles administradores que lo acompañan de manera directa toda su vida.
A pesar de los entusiasmos de la retórica burguesa, sin embargo, un enorme mérito de Carlos Marx, es haber develado el hecho de que al comprar “trabajo” destinado a la manufactura en sus fábricas los capitalistas no se guían por estas valoraciones “humanistas” y, ni siquiera, por la ficción de retribución que proclaman en los contratos. Compran el “trabajo” según la misma lógica despiadada con que compran una oveja: según lo que cuesta producirlo. Compran el “trabajo” manufacturero como una mercancía más.
Para precisar esta idea Marx distinguió el “trabajo” de la “fuerza de trabajo”. Si al trabajador le pagaran el valor de “lo que ha trabajado”, deberían pagarle todo el plusvalor que ha agregado a los medios de producción, y el burgués sólo debería descontar una “compensación” por su tarea de coordinación, equivalente o no sustantivamente mayor que un salario cualquiera. En lugar de esto el burgués paga sólo la “fuerza de trabajo”, lo que equivale, según la expresión a la vez poética e insólitamente precisa de Marx al “gasto de músculos y nervios” que ha efectuado, valorado, tal como una oveja o un saco de trigo cualquiera, según su costo de producción. La diferencia se produce porque la fuerza de trabajo es capaz de producir más valor de lo que ella misma cuesta. Esta diferencia es la que se puede llamar propiamente plusvalía. El burgués se vuelve rico porque apropia, y acumula, plusvalía creada por los trabajadores.
Bajo la premisa de que sólo el trabajo humano puede valorizar la mercancía, es decir, de que la única riqueza real, en sentido global e histórico, es la que proviene del trabajo que produce bienes materiales, el ciclo a través del cual el capitalista se enriquece empieza cuando invierte dinero en comprar medios de producción, y en comprar fuerza de trabajo. A lo largo de un ciclo productivo el trabajador agrega valor a los medios de producción, transformándolos en un producto. El capitalista realiza ese producto vendiéndolo en el mercado. En el precio que obtiene están incorporados: el valor de cambio de los medios de producción, y el plusvalor agregado por la fuerza de trabajo. Desde ese plusvalor recupera lo que ha invertido en fuerza de trabajo (lo que ha pagado en salario), y obtiene una diferencia (la plusvalía), que equivale a su ganancia real.
La crisis capitalista
El gran fantasma que recorre el mundo capitalista, más bien como recurrente jinete del apocalipsis, es la crisis general, la crisis de sobreproducción.
Tal como he adelantado, para comprender cómo ocurren Marx se empeñó en analizar el resultado del “mejor” capitalismo posible, aquel que recurre a los mecanismos relativos para aumentar la apropiación de plusvalía.
Podemos condensar su argumento también en los gráficos que he venido utilizando hasta aquí, pero ahora apoyaré la explicación también con ejemplos numéricos que describiré en varias etapas.
Todo el hilo de la trama que Marx ha descifrado en el funcionamiento del “mejor” capitalismo posible está ahora a la vista. La competencia obliga a tratar de bajar los precios unitarios. Para esto se hacen grandes inversiones de capital constante, pero se tiene que recurrir a aumentar el volumen de mercancía que debe ser obligatoriamente realizada. Pero el efecto de ambas iniciativas es una tendencia sostenida a la baja en la tasa de ganancia. La obligación de alcanzar una masa de ganancia que permita recuperar la inversión, reponer y ampliar, refuerza la necesidad de aumentar el volumen de mercancía que debe ser realizada. Cuando dos o más competidores hacen una y otra vez estos intentos su situación va escalando hasta que simplemente copan el mercado, no logran, ninguno de ellos, vender lo que requieren, y quiebran en masa. Esto es lo que hemos llamado “crisis de sobreproducción”. Y Marx pudo mostrar su necesidad y recurrencia por rama de la producción, por sectores productivos (materias primas, productos manufacturados, producción de medios de producción) y, por último, la convergencia cíclica de todas ellas en “crisis generales del capitalismo”.
Las crisis generales del capitalismo son los desastres más irracionalmente destructivos en la historia humana. Los seres humanos han sufrido hambrunas, pestes y miseria durante miles de años debido a su ineptitud tecnológica, y han emprendido feroces guerras para sobreponerse a su impotencia ante la naturaleza y la ignorancia. Y hubo algo de trágica necesidad en todo ello. A lo largo de la modernidad, en cambio, se ha superado largamente esa postración objetiva, y se han alcanzado espectaculares volúmenes y eficacia en la producción de bienes y servicios, lo que hace del todo innecesario seguir atados a la crisis y la guerra. Y es justamente en medio de esa eficacia y de esa abundancia que esos enormes volúmenes de bienes deben ser destruidos o despilfarrados sólo para que la lógica de la ganancia capitalista, y la pobre libertad que es estar condenados a enajenar los productos de nuestro trabajo, se mantengan. Esa es la acusación central, y el sentido global, del argumento de Marx. Al haber mostrado que las crisis no se originan ni en contingencias naturales, ni en una naturaleza humana inamovible, sino en condiciones históricas perfectamente identificables y evitables, la obra de Marx se convierte en una profunda acusación política a la raíz y esencia del sistema capitalista.
Como he sostenido, la crisis general es una situación de irracionalidad tal que los productos lanzados al mercado en exceso deben ser simplemente destruidos para poder recuperar en algo su precio, y salvar así algo del capital invertido. Dado el marco de la competencia y los vaivenes de la oferta y la demanda, venderlos bajo el costo de producción o, peor, regalarlos, no haría sino agravar la crisis. Gigantescas cantidades de esfuerzo humano se destruyen y despilfarran sólo en virtud de una lógica históricamente evitable.
Aún así el capitalismo debe sobrevivir: es necesario salir de la crisis. Y esto ocurre, históricamente, a través de grandes cambios en la base tecnológica del capital, es decir, justamente a partir de inversiones masivas en capital constante, que se realizan a través de todo el tejido de las ramas de la producción para recomponerlas en un nuevo nivel.
Esto es lo que hemos visto a nivel mundial desde la década de 1980. Sistemas productivos enteros que terminan en ruinas, vendidos como chatarra, como lo muestra la desolación de los antiguos talleres automotrices de Detroit, o en las grandes fábricas abandonadas en la zona de la ex República Democrática Alemana. Sistemas que son rearticulados con otras técnicas, y más bajos salarios en otras partes del mundo, como ocurre en China, en India, o en el norte de México.
Pero esto nos hace recordar un “pequeño detalle” de nuestro ejemplo, en el Cuadro N° 4. Nuestro capitalista ha “conseguido” un gran volumen de capital para la ampliación de su empresa. Dada la lógica del razonamiento de Marx, lo relevante no es dónde éste o aquel burgués “consiguieron” tales fondos sino cómo los consiguió, históricamente, la burguesía como clase.
La respuesta no es un misterio para ningún historiador: los obtuvo del saqueo colonial de América Latina. La sobre explotación y la mortandad de los indios, hasta el grado de tener que reemplazarlos por decenas de millones de esclavos negros, es el origen histórico sangriento de la prosperidad de Europa. Y nadie lo niega, por mucho que la teoría sociológica recurra a la peregrina idea weberiana de que tal prosperidad se debe al carácter ahorrativo y esforzado de los burgueses (blancos, europeos y patriarcales) protestantes.
Nadie ha exculpado al colonialismo europeo por estos crímenes y saqueos que incluso Marx llamó, delicadamente, “acumulación originaria del capital”.[34] Nadie ha tratado siquiera intentarlo, salvo sobre premisas abiertamente racistas y totalitarias. [35] El capitalismo puede ser acusado de manera flagrante por el carácter sangriento de su origen.
Para mitigar tal escándalo, y aún soslayando su lógica dudosa desde un punto de vista tanto ético como empírico, se podría argumentar que tal saqueo inicial tal vez se justifica cuando consideramos que su efecto es la abundancia actual. Este cinismo no es tan infrecuente como se podría creer, y suele estar presente en muchos economistas convencionales, defensores del sistema.
Contra esto, sin embargo, se pueden oponer a su vez dos cuestiones fundamentales. La primera es que la lógica que ha conducido a tal abundancia es la misma que impide que sea aprovechada de manera equitativa por todos los seres humanos, en particular por sus propios productores directos, los trabajadores. La segunda, que es la que me interesa destacar aquí, es que la famosa “acumulación primitiva” dista mucho de ser un proceso único y lejano en el tiempo.
Ocurre que, tal como las crisis generales del capitalismo son cíclicas, la necesidad de acumulación extraordinaria de capital también es cíclica y, cada vez que ocurre se logra a través de los mismos medios “poco delicados” en que ocurrió el saqueo original, por mucho que haya ido revistiéndose de formas algo más “elegantes”.
La acumulación “originaria” del capital debe considerarse cíclica por razones teóricas, y es ampliamente documentable a través de toda clase de evidencias empíricas. Una y otra vez, aunque cambien las formas culturales y políticas, ocurre por dos vías fundamentales: el recurso al saqueo sistemático de la periferia, el recurso a la plusvalía absoluta en el centro.
Los cambios políticos en las formas de saqueo del Tercer Mundo no consisten en otra cosa que en el paso del bandidaje y la apropiación colonial original, a la complicidad de las propias clases dominantes locales, apoyadas en ejércitos que contienen a sus propios pueblos a sangre y fuego en lugar de hacerlo con los invasores.
El recurso a la plusvalía absoluta en el centro es el retroceso periódico de las conquistas duramente ganadas por los trabajadores cada vez que las necesidades del capital así lo requieren. Un retroceso, por supuesto, que sólo puede obtenerse también por el ejercicio de la fuerza bruta.
Desde un punto de vista puramente empírico, por lo tanto, es fácilmente constatable que el sistema capitalista no sólo tiene un origen, sino toda una historia criminal. Una historia ante la cual es simplemente un cinismo mayor atribuir su “éxito” a valores luteranos o a ideales racionalistas. Inglaterra construyó su prosperidad sobre la base de la piratería, el comercio de esclavos y el narcotráfico. Que haya habido esclavitud masiva hasta avanzado el siglo XIX en los países capitalistas más desarrollados, que se haya contenido al movimiento obrero lanzándolo brutalmente a dos guerras mundiales, que se haya llenado América Latina de dictaduras militares, y diezmado a su izquierda a fuerza de tortura, asesinato y desaparición forzosa hasta hace sólo treinta años, que se haya diezmado a los pueblos de Iraq y Afganistán sólo para mantener los precios del petróleo, muestra, entre otra infinidad de ejemplos, que el avance capitalista no está fundado, ni lo ha estado nunca, en la delicadeza y la elegancia de Steve Jobs o de George Soros.
Pero, más allá de tales flagrantes constataciones empíricas, que algún hipócrita podría aún calificar de “lamentables excesos”, el asunto de fondo es la relación entre tales violencias y la lógica estructural que conduce a la crisis general. Parte de la enorme fuerza del argumento de Marx consiste en haber mostrado, en sus últimos escritos, la asociación entre el saqueo recurrente y la crisis recurrente o, también, la conexión estructural entre la plusvalía relativa y la necesidad periódica de recurrir a la plusvalía absoluta. Con esto la diferencia que hemos mantenido hasta aquí (sólo por razones pedagógicas) entre “buenos” capitalistas y capitalistas “malos” o “salvajes”, se diluye de manera objetiva. Por eso la he mantenido en todo momento entre comillas.
No hay tales capitalistas “buenos” y “malos”. La oscilación permanente entre recurrir a la plusvalía relativa y a la plusvalía absoluta resulta tan esencial a la lógica del capitalismo como la competencia misma, o el carácter opaco del mercado y, como tal, simplemente excede la buena o mala voluntad individual de los capitalistas particulares.