“Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”, con esta enigmática frase arranca el filósofo Guy Debord “La sociedad del espectáculo”. Esta obra de 1967 critica la visión del mundo de su tiempo, inmersa en la acumulación de espectáculos donde las relaciones sociales comienzan a mediarse por imágenes y no por cómo eran realmente. En esa época, durante los años sesenta, la generalización de los televisores en los hogares estadounidenses produjo un cambio profundo en el espacio público democrático. Los partidos, la prensa y la ciudadanía ya no volvieron a relacionarse igual.
En un ciclo de noticias acelerado, la campaña electoral se convirtió en una permanente, con unos partidos forzados a atrapar el mayor número de votantes en todo momento a través de los continuos sondeos de opinión. Con ello, en el electorado se difuminaron los tradicionales militantes de las bases de aquellos más volátiles y esporádicos, así como la frontera entre la información y el entretenimiento en los medios de comunicación. En el imperio del infoentretenimiento, el mejor activo electoral para un partido es un candidato muy carismático capaz de enfrentarse tanto a una entrevista de late night como a una negociación de presupuestos. Este cambio en la forma de consumir los asuntos públicos se ha teorizado como una “americanización de la política”, que se ha exportado al resto de democracias como un producto más de la globalización. Ahora, en la revolución tecnológica de nuestro tiempo, la de las redes sociales, el zasca, el meme y lo viral se convierten en una herramienta más de la clase política para conseguir una audiencia en un mercado de la atención cada vez más saturado: “Que hablen de ti, aunque sea para mal”.
La abstención electoral, la desafección a los partidos y otras instituciones o el clima de polarización son fenómenos complejos donde varios señalan a la espectacularización de la política como un factor importante. Otros creen, sin embargo, que aligerar los asuntos políticos del día a día para el público general en otros formatos puede generar un efecto positivo en la calidad democrática. Volviendo al concepto del espectáculo, el filósofo Luis Navarro señala que, en nuestra sociedad de masas, este cumple una función equivalente a la que cumplía la religión en las sociedades tradicionales o el arte en la formación del capitalismo, reduciendo al individuo a la condición de espectador pasivo en la política y llevándole a la aceptación del statu quo.
Alba Hahn (consultora de comunicación política en Ideograma) y Daniel Ventura (Director de EL HuffPost) nos acompañan para destejer los orígenes y la evolución de este fenómeno.