Entramos en la clase Fundación +21 que está enseñando a siete chicos y chicas con síndrome de Down a cocinar y a trabajar en sala en un restaurante. La formación en la escuela de hostelería dura tres años entre teoría y práctica en el restaurante Villa Carla que lleva el nombre de la hija de Inmaculada. Una madre que quiere un futuro para su hija y como conoce bien el mundo de la hostelería, pensó, con buen criterio, que en este mundo ellos y ellas pueden tener un puesto de trabajo estable con el que ganarse la vida si están bien formados. Porque las personas con síndrome de Down necesitan más tiempo para aprender las cosas pero cuando las tienen claras, conocen los conceptos y saben cómo preparar una mesa, atender a los clientes o cocinar son los mejores. Son trabajadores fieles, algo que en este gremio escasea en ocasiones, y muy perfeccionistas con aquello que han aprendido. Además, o sobre todo incluso, son personas que aportan alegría y cariño sin pedir nada a cambio. Nos aportan más ellos a nosotros de lo que cualquiera pueda imaginar.