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El fantasma se le acercaba lentamente envuelto en un aura de sombras y misterio. No se veía nada de él, tan sólo una mano que llevaba estirada hacia adelante.
– ¿Eres el Fantasma de las Navidades Futuras? -preguntó Scrooge, lleno de temor.
El espíritu nada contestó.
– Me enseñarás aquellas cosas que aún no han ocurrido, ¿no es así?
El espíritu hizo un leve asentimiento de cabeza, pero continuó completamente mudo.
Scrooge se estremeció al pensar que, detrás de aquella impenetrable capucha se ocultaban unos aterradores ojos.
– ¡Fantasma del futuro! ¡Me provocas más temor que ningún otro! – exclamó Scrooge, y suplicó: -¡Vamos, Espectro, muéstrame aquello que no quiero ver! ¡Acaba con esto cuanto antes!
La ciudad de Londres apareció de pronto, rodeándolos. Estaban en el mismísimo centro de la ciudad. Los comerciantes iban de un lado para otro. Se escuchaba el tintinear de las monedas en sus bolsillos. El fantasma se detuvo junto a un grupo de hombres de negocios y los señaló con la mano. Scrooge se acercó a ellos para escuchar de qué estaban hablando. Al parecer, un hombre había muerto, y aquellos caballeros discutían sobre cuál había sido el motivo y a quién había legado su fortuna. Todos coincidían en algo: el hombre muerto no les importaba nada, era un viejo diablo, sólo acudirían al funeral porque darían de comer. Dicho esto, los hombres se marcharon. Scrooge los conocía a todos y miró, intrigado, al fantasma, en busca de una explicación. Pero el espíritu no dijo nada, se limitó a señalar con el dedo a otros dos hombres, muy ricos, que conversaban entre sí sobre lo mismo. Scrooge estaba desconcertado: ¿a qué muerto se referirían? Tal vez hablaban de Marley. No, no podría ser, la muerte de Marley pertenecía al pasado y ahora… ahora estaban en el futuro.
El señor Scrooge miraba entre el gentío, intentando encontrar a su yo del futuro para tratar de conseguir una pista, cuando el escenario cambió por completo. Scrooge retrocedió, aterrorizado. Estaban junto a una cama. En ella, tapado con una sábana de pies a cabeza, yacía el hombre muerto. Nadie lloraba por él. Ninguno de los presentes pronunció hacia él una sola palabra amable. Parecía que no habían acudido a velar al difunto, sino más bien para asegurarse de que realmente estaba muerto.
– ¿Quién es este hombre?
El silencioso espíritu le animó, con un gesto, a tirar de la sábana y descubrir su rostro. Pero Scrooge se negó, horrorizado.
– ¡Oh, espectro! Si hay alguien en todo Londres que sienta pesar por la muerte de este hombre, muéstramelo, por favor!
El fantasma le mostró distintas escenas del futuro, pero en ninguna de ellas nadie daba muestras de echar de menos al muerto, ni pudo averiguar de quién se trataba. Tampoco vio Scrooge ni rastro de su yo futuro.
– Espíritu, dime quién era el hombre muerto que hemos visto.
El fantasma lo condujo hasta su despacho. Scrooge tuvo la sensación de que habían cambiado de época futura. A través de la ventana, el viejo contempló un despacho que no era el suyo. Los muebles habían cambiado y el hombre que se sentaba tras la mesa, no era él. El escenario cambió de nuevo. Ahora se encontraban frente a una verja de hierro. Era la puerta que daba paso al cementerio. El espíritu extendió su mano y señaló una lápida. Atemorizado, leyó la inscripción que había grabada en la tumba: EBENEZER SCROOGE.
Scrooge cayó de rodillas.
– ¿Yo era el muerto? ¡No, no no! ¡Espectro! -suplicó, agarrándose fuertemente a su túnica – Ya no soy el que era, he cambiado. Dime que aún estoy a tiempo de cambiar mi destino. Me convertiré en un hombre bondadoso, honraré la Navidad.
La túnica del fantasma comenzó a encogerse hasta convertirse en el pilar de una cama.
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El señor Scrooge se despertó en medio de un ronquido enorme. Justo un instante después, la campana de la torre comenzó a anunciar la medianoche. La habitación se había inundado de una luz fantasmagórica que parecía emanar de la habitación contigua. Scrooge abrió la puerta de su alcoba y, al otro lado, encontró a un espíritu gigante y bonachón. La luz emanaba de una antorcha que sujetaba en una mano.
– Soy el Fantasma de las Navidades Presentes. ¡Agarra mi túnica! – le ordenó.
Scrooge obedeció y, al instante, ambos se encontraban en las concurridas calles de Londres. Era el día de Navidad. A pesar de que la mañana era triste y gris, el trasiego y el buen humor de la gente creaban un ambiente de alegría. De pronto, de todas las calles, callejuelas y callejones comenzó a salir mucha gente pobre que llevaba a hornear sus escasos alimentos a los hornos de las panaderías. El espíritu, al pasar, rociaba esas comidas con incienso de su antorcha. Y aquellas personas, a pesar de que eran víctimas del frío y del hambre, se llenaban de alegría navideña.
El espíritu lo condujo hasta una de las casas e invitó a Scrooge a mirar a través de la ventana. Allí, en una humilde cocina, estaba su empleado, Bob Cratchit, junto con su mujer y sus cinco hijos. Todos se habían arreglado mucho, a pesar de que sus ropas eran tan viejas y estaban tan remendadas que parecía como si la tela se fuera a deshacer de un momento a otro. Pero sin duda, el que peor aspecto tenía era el pequeño de la familia. Estaba muy pálido y ojeroso, de tono enfermizo. Tenía una sujeción de hierro en la pierna y caminaba con la ayuda de una muleta. Se llamaba Tim.
– Espíritu, dime si el niño se pondrá bueno – suplicó Scrooge.
– Veo un sitio vacío cerca de la chimenea y una muleta sin dueño. Si nada cambia, el pequeño Tim morirá. – respondió el espíritu.
– ¡No! ¡No quiero creerte! ¡Dime que se salvará!
En ese momento, la señora Cratchit apareció con el pavo. Todos se sentaron a la mesa, aplaudiendo y gritando de alegría. Parecía que no se dieran cuenta de que el pavo asado era tan pequeño y famélico que no habría sido suficiente ni para una sola persona. Bob propuso un brindis.
– ¡Feliz Navidad! Brindo por nuestra maravillosa familia – dijo Bob. Y, haciendo una pausa, continuó: – Y brindo también por el señor Scrooge. Gracias a él podemos darnos este festín.
El señor Scrooge bajó la cabeza, avergonzado y arrepentido, justo al tiempo que la señora Cratchit decía, muy indignada:
– ¡Sí! ¡Menudo festín opulento, el nuestro! -estaba tan enfadada que su cara se había puesto roja. -¡Ójala le tuviera delante ahora mismo para poder decirle cuatro cosas!
– Querida, que es Navidad… -le recordó Bob.
A regañadientes, la señora Cratchit levantó el vaso y todos brindaron.
– Brindo a su salud sólo porque es Navidad.
En ese instante, el espíritu agarró a Scrooge de la mano y lo elevó por el cielo. Aparecieron en una hermosa y acogedora sala en la que otra familia celebraba, con entusiasmo, la Navidad. Scrooge reconoció la risa de su sobrino. Era la comida a la que no había querido asistir.
– ¡Como os lo cuento! – reía su sobrino – ¡Me dijo que la Navidad eran paparruchas!
– ¡Ese hombre me pone de los nervios! – contestó la sobrina.
– Pues a mí lo que me da es pena. Es él quien sufre por sus manías.
– Peor para él, se ha perdido una fantástica fiesta.
Y efectivamente lo fue. Después de cenar charlaron un rato y rieron haciendo numerosas bromas sobre el señor Scrooge. La sobrina tocó el piano y todos cantaron. Después, jugaron a las “Veinte preguntas”. Para entonces, el señor Scrooge estaba totalmente integrado en la cena y, sin acordarse de que no podían verle ni oírle, respondía a las preguntas que se sabía en voz muy alta. El fantasma se alegró de verlo tan contento, pero le anunció que tenían que irse. Entonces el sobrino propuso un brindis.
– Brindo por el tío Scrooge, qu
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En una pequeña ciudad había una sola tienda que vendía árboles de Navidad. Allí se podían encontrar árboles de todos los tamaños, formas y colores. El dueño de la tienda había organizado un concurso para premiar al arbolito más bonito y mejor decorado del año y lo mejor de todo es que sería el mismo San Nicolás quien iba a entregar el premio el día de Navidad. Todos los niños de la ciudad querían ser premiados por Santa y acudieron a la tienda a comprar su arbolito para decorarlo y poder concursar.
Por su parte, los arbolitos se emocionaban mucho al ver llegar a los niños. Cada uno de los abetos quería ser el elegido y les gritaban: '¡A mí... a mí... mírame a mí!' Cada vez que entraba un niño a la tienda era igual, los arbolitos comenzaban a esforzarse por llamar la atención y lograr ser escogidos.
'¡A mí que soy grande!', '¡no, no a mí que soy gordito!' o '¡a mí que soy de chocolate!' o '¡a mí que puedo hablar!'. Se oía en toda la tienda. Pasando los días, la tienda se fue quedando sin arbolitos y solo se escuchaba la voz de un arbolito que decía: 'A mí, a mí... que soy el más chiquito'.
A la tienda llegó, casi en vísperas de Navidad, una pareja que quería comprar un arbolito.
El dueño de la tienda les informó que el único árbol de Navidad que le quedaba era uno muy pequeñito. Sin importarles el tamaño, la pareja decidió llevárselo.
El arbolito pequeño se alegró mucho pues, al fin, alguien lo iba a poder decorar para Navidad y podría participar en el concurso.
Al llegar a la casa donde vivía la pareja, el arbolito se sorprendió: '¿Cómo siendo tan pequeño, podré lucir ante tanta belleza y majestuosidad?', se decía a sí mismo.
Una vez que la pareja entra a la casa, comenzaron a llamar a la hija: '¡Regina!... ven... ¡hija!... te tenemos una sorpresa'. El arbolito escuchó unas rápidas pisadas provenientes del piso de arriba.
Su corazoncito empezó a latir con fuerza. Estaba dichoso de poder hacer feliz a una linda niñita.
Al bajar la niña, el pequeño arbolito, se impresionó de la reacción de esta:
- ¿Esto es mi arbolito? Yo quería un árbol grande, frondoso, enorme hasta el cielo para decorarlo con miles de luces y esferas. ¿Cómo voy a ganar el concurso con este arbolito enano? - dijo la niña entre llantos.
- Regina, era el único arbolito que quedaba en la tienda - le explicó su padre.
- ¡No lo quiero! Es horrendo... ¡no lo quiero!, - gritaba furiosa la niña.
Los padres, desilusionados, tomaron al pequeño arbolito y lo llevaron de regreso a la tienda. El arbolito estaba triste porque la niña no lo había querido pero tenía la esperanza de que alguien vendría a por él y podrían decorarlo a tiempo para la Navidad. Unas horas más tarde, se escuchó que abrían la puerta de la tienda.
'¡A mí... a mí... que soy el más chiquito!', gritaba el arbolito lleno de felicidad. Era una pareja robu
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El sonido del reloj dando las doce despertó a Scrooge. Nada ocurrió y el viejo avaro pensó que todo había sido un sueño. Pero de pronto se produjo un destello de luz como preámbulo del nuevo visitante. Frente a Scrooge se hallaba un extraño espíritu, difícil de describir, porque tenía apariencia de niño y de anciano a la vez.
– ¿Quién eres? – preguntó el señor Scrooge.
– Soy el Fantasma de las Navidades Pasadas – respondió el espíritu. – Acompáñame.
Y diciendo esto, el fantasma le agarró de la mano y, juntos, atravesaron la pared.
Aparecieron en un camino rodeado de campo. Al fondo se veía un pueblo.
– ¿Recuerdas este camino?
– ¡Claro que lo recuerdo! Lleva al pueblo de mi infancia.
En ese instante, vieron cómo se acercaban unos muchachos montados en ponys que tiraban de un carro. El señor Scrooge, en zapatillas, bata y con gorro de dormir, se sintió avergonzado.
– No te preocupes – dijo el fantasma – no pueden vernos. Son sombras del pasado.
Continuaron caminando hasta llegar a la escuela. Allí, en una austera aula, había un único niño, olvidado. Scrooge no pudo evitar un sollozo al contemplar a aquel niño triste y solitario.
– ¡Soy yo!
– Veamos otra Navidad – dijo el espíritu.
Al instante, cambió el paisaje. Ahora se encontraban en una vieja casa. El mismo niño paseaba, impaciente, de un lado a otro. De pronto, se abrió la puerta y una niña pequeña corrió a abrazarlo y, con mucha alegría, le comunicó que pasaría la Navidad en casa.
– Qué alegría volver a ver a mi hermana. Era una persona maravillosa, me quería muchísimo. Pero se murió hace unos años. Creo que dejó hijos.
– ¡Uno! -recordó el fantasma – tu sobrino.
Y según decía esas palabras, la vieja casa se esfumó y el entorno se convirtió en un acogedor almacén. Allí, el dueño hablaba alegremente con sus dos empleados.
– ¡Pero si es el señor Fezziwig! – exclamó, con entusiasmo, Scrooge. ¡Y Dick! ¡Dick Wilkins!. Y ese soy yo…
El señor Scrooge recordaba perfectamente aquel día. Era víspera de Navidad y el señor Fezziwig animaba a sus dos aprendices, loco de contento, a echar el cierre cuanto antes y marcharse a casa a celebrar la Nochebuena con sus familias. Ante esa visión del pasado, el corazón del señor Scrooge se ablandó y deseó tener delante a su empleado, Bob Cratchit, para decirle unas amables palabras.
De nuevo el escenario cambió. Ahora se hallaban en un bonito salón. Como si se viera reflejado en un espejo del pasado, allí estaba un joven y apuesto Scrooge, junto a una bella muchacha que con lágrimas en los ojos, se despedía de él para siempre. ¡Oh! Su bella amada. Le abandonaba porque ya no era el Scrooge alegre que conoció cuando ambos eran pobres y felices. La muchacha le recriminaba haberse convertido en un avaro, le reprochaba que lo único que le importaba era el dinero. Lo que antes era amor y felicidad se había convertido en tristeza. Por eso se iba.
– ¡No me enseñes más, espíritu!
Pero el espíritu no le hizo caso y le mostró a esa misma joven, frente a una chimenea. Tenía en brazos a una niña preciosa, que reía y balbuceaba llamando a su papá. Cuando Scrooge se dio cuenta de que, si no hubiera sido tan egoísta, él podría haber sido el padre de una niña tan maravillosa como esa, no pudo aguantar más y gritó:
– ¡No puedo más! ¡Sácame de aquí!
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El señor Scrooge se había quedado al frente de la contaduría desde que muriera su socio, Jacob Marley. Un negocio que manejaba con corazón despiadado y mano de hierro. Scrooge era un viejo avaro y codicioso, frío como el hielo, carente de empatía y compasión. Nadie jamás lo paró por la calle con alegría, ningún mendigo le pidió una moneda, ningún niño le preguntó nunca la hora. Pero eso a Ebenezer Scrooge no le molestaba. ¡Al contrario! Le gustaba mantenerse a distancia de toda simpatía humana, porque al señor Scrooge no le gustaba la gente.
Aquel día era el día de Nochebuena y hacía un frío crudo y cortante, neblinoso. El reloj de la ciudad dio las tres y ya estaba muy oscuro. El señor Scrooge trabajaba con la puerta de su despacho abierta para poder vigilar a Bob Cratchit, su único empleado, quien aporreaba una vieja máquina de escribir al lado de un minúsculo fuego. La pequeña brasa apenas alcanzaba para calentarle a Bob la nariz, pero el señor Scrooge no permitía gastar casi carbón. Así que Bob trabajaba muerto de frío.
La puerta se abrió y un hombre entró en la contaduría. Era el sobrino de Scrooge.
– Feliz Navidad, tío -exclamó con alegría
– ¡Bah! – gruñó el señor Scrooge – ¡Paparruchas!
Al señor Scrooge no le gustaba nada en la vida, excepto el dinero. Pero si había algo que odiaba por encima de todo, era la Navidad.
– ¡Con que Feliz Navidad! ¿Qué es la Navidad? La época en la que eres un año más viejo y ni un poquito más rico. ¡A cada idiota que va por ahí diciendo “feliz Navidad”, lo cocinaría en su budín navideño!
El sobrino no pensaba así. De hecho, nadie pensaba como Scrooge. La Navidad era una época alegre, el momento de ser caritativo y amable con los demás. Por eso, el sobrino, no se rindió:
– Tío, no se enfade. Mañana es Navidad. Venga usted a comer a casa.
– ¡Buenas tardes! – respondió, seco, Scrooge, empujando a su sobrino hacia la puerta.
Al poco, dos hombres entraron en la contaduría, preguntando por Jacob Marley.
– Murió -les dijo Scrooge- ¿qué es lo que quieren?
Apenados por la noticia, los hombres le informaron de que estaban recaudando fondos para las personas necesitadas, para que tuvieran comida, bebida y carbón para calentarse. Y que esperaban que él se mostrara generoso.
– ¿Generoso? ¿yo? – rió el señor Scrooge, mientras acariciaba puñados de monedas – Esos necesitados de los que hablan… ¿es que no hay asilos para ellos? ¿es que no hay cárceles?
Los hombres titubearon.
– ¡Ni soy feliz en Navidad ni deseo hacer felices a los vagos! ¡Váyanse! De mí no sacarán ni un penique.
Tan pronto cerró la puerta tras aquellos buenos hombres, Scrooge miró fijamente a su empleado, y dijo:
– ¿Y supongo que usted mañana querrá el día libre, ¿no es así?
– Se lo agradecería mucho, señor – dijo Bob, tímidamente.
– Ahhh, si no le concediera libre el día de Navidad se sentiría usted agraviado, pero, ¿qué hay de mí? ¿no es un agravio tener que pagar el salario de un día a cambio de ningún trabajo? ¡Está bien! Pero más vale que al día siguiente no entre usted ni un minuto tarde.
El empleado se marchó, lleno de alegría, dándole las gracias muchas veces. Scrooge cerró la contaduría, cenó solo en la triste taberna de siempre y se encaminó a su casa.
El señor Scrooge vivía en un destartalado edificio de habitaciones frías y lúgubres. El patio estaba tan oscuro que Scrooge tuvo que ir a tientas, hasta alcanzar el viejo portalón, del que pendía una gran aldaba. Cuando sacó del bolsillo la llave y la metió en la cerradura, a pesar de la oscuridad, la vieja aldaba se convirtió en el fantasmagórico rostro de Marley. El señor Scrooge parpadeó, y la alucinación desapareció.
– Paparruchas – se dijo.
Giró la llave y entró. Adentro estaba todavía más oscuro, así que encendió una vela y cerró de un portazo antes de subir las escaleras.
Al llegar a su habitación se puso pijama, bata y gorr
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Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.
—Es horrible lo que piensan y escriben —exclamó.
—No todos —dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró san Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.
—¿Dónde está ese santo?
—En el cielo.
—¿En el cielo hay lobos?
El ermitaño no pudo contestar.
—¿Y tú qué haces? —preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.
—Y cuando mueras, ¿irás al cielo? —preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.
—Hago por merecer el cielo —dijo apaciblemente el ermitaño.
—Si fueras mártir, ¿irías al cielo?
—En el cielo están todos los mártires.
El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus mandíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar, se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.
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El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado.
Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.
La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llenos de terror, acudieron la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa como si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.
¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».
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Habia una vez un unicornio llamado Lucia. Lucia era un unicornio muy lindo de tres a;os y como todos los unicornios Lucia vivía feliz corriendo por todos los campos mostrando su pelo largo y bello que caída hacia un lado de su cuerpo de unicornio. Como todos saben los unicornios son bellos caballos con poderes mágicos y que se distinguen porque tienen un cuerno en la frente. Pero Lucia no era como todos los unicornios que existían en esa época. Lucia tenia algo diferente a todos sus amiguitos unicornios. En aquella época todos los unicornios eran blancos, con pelo blanco, cabellera blanca y como su nombre lo indica tenían un solo cuerno. Pero si bien lucia era blanca y su pelo era blanco y su cabellera era blanca, Lucia había nacido con dos cuernos. Si Lucia tenia dos peque;os cuernos uno detrás de otro. A la mama de lucia le parecía un poco extraño pero simplemente le decía que ella un unicornio muy especial.
Pero un dia Lucia estaba jugando con sus amiguitas unicornios y una de ella se dio cuenta que lucia entre su cabellera tenia otro cuerno y extra;ada le pregunto.
Lucia tu por que tienes otro cuerno…. Si todos nosotros solo tenemos un cuernito….si tu tienes 2 cuernos asi que debes ser un bicornio.
Lucia simplemente le respondio lo que su madre le decía. Que ella era un unicornio muy especial y siguió jugando.
Al llegar a la casa lucia fue donde la mama y le pregunto de nuevo porque tenia dos cuernos y la mama solo le dijo. Algun dia veraz que has sido escogida por ser especial.
Lucia Se sintió un poco triste porque no entendia que le quería decir la mama.
Meses después llego el tercer cumplea;nos de lucia y ella invito a todas sus amiguitas y amiguitos unicornios a una fiesta de cumplea;os y allí mientras jugaban comenzaron a abrir los regalos que le habían traido.
De pronto desde el cielo comenzaron a salir unas luces de colores y las nubes comenzaron a colorearse de mucho colores.
Lucia y sus amiguitos dejaron de jugar y vieron como en el cielo aparecia la figura de un unicornio muy bello de todos los colores. Un unicornio que Lucia reconocio como su bisabuela Pastora. La bisabuela desde lo alto del cielo le dijo.
Lucia, hoy cumples 3 a;os y para los unicornios este es la edad mas importante ya que reciben el regalo mas especial. Tu has nacido con dos cuernos y se que no sabes porque. Tu segundo cuerno es un regalo muy especial. Con el llegara una gran sorpresa.
Inmediatamente la bisabuela pastora movio su cuerno y desde el segundo cuerno de la cabeza de lucia comenzó a salir un luz de todos los colores que comenzó a subir y a subir al cielo formando un arco de muchos colores y el segundo cuerno que lucia tenia desaparecio dejando un arco que subia desde la tierra hasta el cielo.
Luego la bisabuela Pastora le dijo. Este arco es tu regalo para ti y todos los unicornios que existen. De ahora en adelante los unicornios no serán solamente blancos. Todos tendrán cabellera de colores y cola de colores y el cuerno será multicolor. Y cuando corran su brillo de colores iluminara todo alrededor. Asi gracias a ti, tu y tus amiguitos serán los seres mas bellos del mundo y un arco iris siempre los acompanara mientras corren y juegan
E inmediatamente una luz de colores bajo del arco de colores y comenzó a pintar el pelo de todos los unicornios.
Y cuentan los abuelos unicornios que desde aquellos días, cada que nace un unicornio, sale el arco iris en el cielo y las madres unicornios acercan el bebe unicornio hasta el arco iris y atravesando este arco multicolor el cabello y el cuerno se pinta de colores.
Y Lucia le agradeció el regalo a su bisabuela pastora que siempre la cuida desde el cielo mientras juega con&
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Habia una vez un avaro en la región de Jin ju llamado Choi Chum Ji era famoso en toda la Sus parientes pasaban mucha vergüenza con las anécdotas que se contaban sobre Choi.
En su mesa no se servía más que arroz hervido con un poco de salsa de soja. Y cuando llegaba la hora de comer, se veía a Choi Chum Ji corriendo como un desesperado por el campo.
-¿Por qué corre tanto, señor ji? -le preguntó cierta vez un campe-sino.
-He comprobado -contestó él, muy serio- que si uno corre lo suficiente, si corre hasta que le duela el costado, llega a olvidar el sabor de la comida y se siente muy satisfecho comiendo solo arroz.
Un día el avaro vio con horror que una mosca había tenido el atrevimiento de posarse en el borde del recipiente donde estaba la salsa de soja. ¡Le estaba robando su salsa! Enfurecido, saltó de su sitio y comenzó a perseguir a la mosca por todo el cuarto.
-¡Maldita mosca! ¡Puedo comer una cucharada entera de arroz con la gota de salsa que bebiste!
Cuando por fin consiguió atrapar a la mosca, se la metió en la boca, la masticó bien para extraerle toda la soja, y después se la tragó.
La familia del señor Ji sufría mucho, sobre todo su nuera, que venía de una casa normal, donde el arroz se comía con verduras, con carne de cerdo, con pescado. La pobrecita estaba harta de comer ese arroz hervido solo y triste.
Una mañana pasó por allí un pescador que venía voceando su mercancía. La muchacha lo llamó desde el portón. El pescador se acercó sorprendido. ¡Jamás había vendido ni un pescadito en esa casa!
La nuera del señor Ji comenzó a revisar los peces mientras los miraba con ojos críticos. Levantó uno y lo dejó. A otro le miró las agallas y dijo que no estaba fresco. El pescador se indignó: los había pescado al alba de ese mismo día, protestó. La joven tomaba los pescados, los daba vuelta de un lado para el otro y los volvía a dejar.
-¿Cuánto cuesta este?
-Dos pun -dijo el pescador. El pun era la moneda de la antigua Corea.
-¡Dos pun! Es demasiado -dijo ella. No vale ni medio pun.
-¿Cómo que ni medio? ¡Por siete puns podría venderlo si lo llevara hasta el mercado!
Discutieron y discutieron sin llegar a ponerse de acuerdo. El pescador siguió adelante con su carga y la muchacha corrió a la cocina. Había manoseado tanto los pescados que tenía las manos llenas de escamas. Con mucho cuidado se lavó las manos en una olla y la puso sobre el fuego. Hirviendo las escamas consiguió un caldo con gusto a pescado.
A la hora de la comida, cuando el señor Ji sintió el olor a pescado y vio que su nuera servía el caldo, enloqueció de furia.
-¡¿Quién te dio permiso para comprar pescado?! -la interrogó a gritos.
La jovencita, muy orgullosa de haber conseguido tanto con tan poco, le contó su hazaña. Pero de poco le sirvió.
-Qué desperdicio -dijo Choi Chum Ji, el avaro de los avaros. Si te hubieras lavado las manos en el pozo de donde sacamos el agua para beber, ¡tendríamos sopa de pescado para todo el mes!
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Habia una vez un mundo en el que la estrella era la madre de el sol, la luna y el viento. El sol y la luna jugaban todos los dias a perseguirse uno al otro y el viento saiia a recorrer los prados y las llanuras donde el hombre vivia.
Un dia los tres hijos de la estrella fueron invitados a una comida en lo alto del cielo donde vivian el trueno y el relampago y la estrella envio a sus hijos a la comida.
Cuando el trueno y el relampago sirvieron la comida los tres hijos de la estrella se sentaron a disfrutar del banquete. Pero El Sol y el viento que eran muy glotones decidieron comer todo lo que les servian. En cambio la luna que era una joven muy acomedida decidio guardar un poco de todo lo que le servian para llevarselo a su madre la estrella y asi permitir que su madre probara un poco de cada uno de los manjares servidos.
Despues de varias horas disfrutando y comiendo, los tres hijos decidieron regresar donde su mandre que los habia estado esperando toda la noche. Cuando los jovenes llegaron al hogra la madre le pregunto al sol.
-¿Qué me habéis traído del banquete?
-Yo no he traído nada para ti -dijo el Sol, que era el mayor de todos.- Fui a divertirme y no me acorde de ti en absoluto. Lo siento mucho mama pero no traje nada para ti.
La estrella indignada por la respuesta de su hijo el sol le dijo -Ya que sólo has pensado en ti, sin acordarte para nada de tu madre, te maldigo y de ahora en adelante, tus rayos lo abrasarán todo, y la gente te odiará y en cuanto aparezcas se cubrirá la cabeza y todos te odiaran cuando quemes su piel.
Luego se dirigió al viento y le pregunto
Tu hijo mio dime que me has traido del banquete
-Yo tampoco he traído nada -contestó el Viento.- No era lógico que os reservase nada cuando ni siquiera para mí hubo bastante.
La estrella levanto la voz y le dijo
-Tú también te olvidaste de tu madre. Desde hoy, soplarás siempre con fuerza, arrancarás los árboles y la gente te maldecirá constantemente ya que traeras desgracias a los pobladores
Luego se diririo a su hija la luna y le dijo
Y tu hija mia que me has traido del banquete.
Pero la Luna dijo alegremente:
-Mamá, trae un plato y te pondré en él lo que te he traído.
Y cuando tuvo ante ella el plato, la Luna depositó lo que había guardado entre sus manos.
Dicho esto, la Estrella se volvió hacia la Luna y con voz suave le dijo:
-Tú has sido buena hija, y desde este momento, te dare la luz mas bella que astro alguno pueda tener, serás el astro más dulce, hermoso y plácido y te dare el don de cambiar todas la noche maravillando a los hombres que te observen. Los hombres te contemplaran amorosamente, y los poetas no cesarán en el curso de los siglos, de cantarte alabanzas ya que seras la inspiracion del amor y la belleza.
Y desde esas epocas la luna ha traido felicidad a los enamorados y ha llenado los campos de luz cuando el sol desaparece tras las montañas y los mares.
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