
Sign up to save your podcasts
Or


Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Había una vez. Había una vez un en las montañas de el condado de Antrim al norte de la isla de Irlanda un gigante llamad Finn Maccool. El gigante Finn no era un gigante como todos los demás Gigantes. Noo Noo. El gigante Finn Maccool era el más grande, fuerte y fiero gigante que había en toda Irlanda y dicen los que dicen que la voz de Finn Maccool era tan fuerte que cuando hablaba o gritaba su voz se podía oir a muchos kilómetros a la redonda.
Finn se enorgullecía de su tamaño y de su fortaleza y siempre recorría los campos de Irlanda presumiendo de ante todos de sus poderío. Un día un mensajero llegó a la casa donde el gigante vivía con su esposa y le dijo que él era enviado desde escocia por el Gigante Benandoneer. El Gigante Benandoneer, el mas grande gigante de escocia, había oído de que Finn Maccool presumia de ser el más poderoso Gigante en existencia y lo quería retar a una lucha a fin de determinar quien era el más poderoso Gigante de las islas.
Aunque Finn Maccool nunca había visto al gigante Benandoneer si sabia que este gigante tenía fama de ser el más fuerte y grande gigante de toda escocia y tocado en su orgullo por el reto acepto inmediatamente. El problema es que no podía llegar a escocia para enfrentar al Gigante
Como es sabido la isla de Irlanda esta separada de la isla donde se aloja Escocia por el mar y se dice que desde el norte de Irlanda en días de sol brillante se puede ver La costa escocesa. Así que un día parado en la zona donde se podía ver escocia decidió construir un camino entre Irlanda y escocia cruzando el mar y así enfrentar al Gigante Benandoneer
Se dice que el Gigante Finn Maccool comenzó a cortar con sus manos grandes pilares de roca de las de las costas de Antrim y arrojándolos al mar comenzó a llenar el paso de mar entre Irlanda y escocia.
Cuando el Gigante escoces Benandoneer escucho que el Gigante Finn Maccool estaba construyendo un camino entre las olas del mar decidió el también ayudar a construir el camino y demostrar que el igualmente era capaz de tamaña hazaña. Construir un camino entre el mar. Y posesionado por el deseo de enfrentar a su rival irlandés comenzó a tirar enormes pilares de rocas al mar para así conectar con el camino que Finn Maccool estaba construyendo.
Despues de varios días ambos caminos se fueron acercando el uno al otro hasta que un día se unieron y el gigante Finn Maccool furioso se preparo para cruzar el mar de Irlanda y así enfrentar al Gigante Benandoneer. Cuando esa mañana Finn Maccool llego a las costas de escocia por el camino creado vio como el gigante Benandoneeer estaba dormido en las costas y vio que REALMENTE era Gigante. Finn Maccool no podía creer en sus ojos. Ben andoneer no solamente era gigante era enormemente Gigante y su apariencia era feroz como nunca Finn Maccool había visto anteriormente. Y comprendió que aquel gigante podría destruirlo rápidamente.
Temeroso de enfrentar a Benandonner el gigante Finn Maccool se dio media vuelta muy despacio y sin hacer ruido para que Benandonner no se despertara y lo viera y se dirigió de nuevo a Irlanda sobre el camino construido. Cuando llego a Irlanda comprendió que cuando el gigante Benandonner se despertara cruzaría aquel camino sobre las olas del mar e iría a buscarlo a su Irlanda natal.
Llegando a su casa le conto a su mujer que había visto al gigante escoces y que temía que iba a venir a buscarlo. La mujer de Finn Maccool que era reconocida por su inteligencia decidió elaborar un plan para evitar que su marido fuera destruido por aquel gigante que vendría de Escocia.
Cuando el sol estaba en lo mas alto, una sombra enorme se posó sobre la casa de el gigante Finn Maccool y una voz infinita grito fuera de la casa.
Finn Maccool, sal d
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Teniamos a jesus y a san pedro muy preocupados con las millones de almas que habían salido del infierno gracias a peralta y que se dirigían derecho para el cielo.
Se volvió el Señor pa su trono, y á un ratico le hizo señas á un santo, apersonao él, vestido de curita, y con un bonetón muy lindo. El santo se le vino muy respetoso, y hablaron dos palabras en secreto. Y bastante susto que le dio: se le veía, porque de presto se puso descolorido y principió á meniase el bonete. A ésas le hizo el Señor otra seña á una santica qu'estaba por allá muy lejos, ojo con él; y la santica se vino muy modosa y muy contenta al llamao, y entró en conversa con Cristico y el otro santo. Estaba vestida de carmelitana; también tenía bonete que le lucía mucho, y en la una mano una pluma de ganso muy grandota.
¡Esto sí fue lo que más embelecó á las otras santas! Por todos los balcones empezó á oise una bullita y unos mormullos, que la Virgen tuvo que tocar la campanita pa que se callaran. ¡Pero nada que les valió! Figúrese qu'en ese momento salió un ángel muy grande con un atril muy lindo, y más detrás un angelito de los guitarristas, con la guitarrita colgada á un lao como carriel, y que llevaba en las dos manitos un tinterón di oro y piedras preciosas; y después salieron dos santicos negros con dos tabretes de plata; y los cuatro arreglaron por allá en un campito de lo más bueno un puesto como d'escribano. El cura y la monjita se fueron derecho á los tabretes, y cada cual se sentó. El angelito se quedó muy formal teniendo el tintero.
¡Valientes criaturas las de mi Dios! En esti angelito sí s'esmeró El: tenía la cabecita com'una piña di oro; era de lo más gordito y achapao, con los ojos azulitos, azulitos, que ni dos flores de linaza, y sus alitas de garza eran más blancas qui una bretaña. Casi estaba en cueritos: tan solamente llevaba de la cinta p'abajo un faldellín coposo di un jeme di ancho, di un trapo qui unas veces era di oro y otras veces era de plata, flequiao de por abajo y con unos caracoles y unas figuras de la pura perlería. Pero lo más lindo de todo, lo que más le lucía al demontres del angelito, era la cargadera de la vigüelita, qu'era todita de topacios y esmeraldas; la guitarrita también era muy linda, toda laboriada y con clavijitas y cuerdas di oro. Dizque era el ángel de la guarda de la monjita, y por eso 'staba tan confianzudo con ella.
La santica entró como en un alegato con el cura; pero á lo último, él se puso á relatar y ella á jalar pluma. ¡Esa sí era escribana! ¡Se le veía todo lo baquiana qu'era en esas cosas d'escribanía! Acomodada en su tabrete, iba escribiendo, escribiendo, sobre el atril; y á conforme escribía, iba colgando por detrás de los trimotriles ésos, un papelón muy tieso ya escrito, que se iba enrollando, enrollando. Sólo mi Dios sabe el tiempo que gastó escribiendo, porque en el Cielo nu'hay reló. Por allá al mucho rato la monja echó una plumada muy larga, y le hizo seña al Señor de que ya había acabao.
No bien entendió el Señor, se paró en su trono, y dijo: "¡Toquen bando y que entre Peralta!". Y principiaron á redoblar todas las tamboras del Cielo, y á desgajarse á los trompicones toda la gente de su puesto, pa oir aquello nunca oído en ese paraje: porque ni San Joaquín, el agüelito del Señor, había oído nunca leyendas de gaceta en la plaza de la Corte Celestial. Cuando todos estuvieron sosegaos en sus puestos y Peralta por allá en un rinconcito, mandó Cristo que si asilenciaran los tamboreos, y dijo: "¡Pongan harto cuidao, pa que vean que la Gloria Celestial nu'es cualquier cosa!". Y después se voltió p'onde la monjita, y muy cariñoso, le dijo: "Leé vos el escrito, hijita, que tenés tan linda pronuncia".
¡Caramba si la tenía! Esu'era como cuando los mozos montañeros agarran á tocar el capador; como cuando en las faldas echan á gotiar los rezumideros en los charquitos insolvaos. La leyenda comenzaba d'esta laya: "Nós, Tomás di Aquino y Teresa de Jesús, mayores d
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Determinaron jugar tute, y le to có dar al Diablo. Barajó muy ligero y con modos muy bonitos; alzó Peralta y principiaron á jugar. Iba el Diablo haciendo bazas muy satisfecho, cuando Peralta tiende sus cartas, y dice: "¡Cuarenta, as y tres! ¡No la perderés por mal que la jugués!". "¡Así será! -dijo el Diablo bastante picao-. Pero sigamos á ver qué resulta". Pues, ¿qué había de resultar? Que Peralta se fué de sobra. Se puso el Diablo como la ira mala, y le dijo á Peralta, con un tonito muy maluco: "¿Vos sos culebra echada o qué demonios?". "¡Tanté, culebra! Lo que menos, su Mercé -le contestó Peralta con su humildá tan grande-. Antes en el mundo decían que yo dizque era un gusano de puro arrastrao y miserable. Pero sigamos, su Mercé, que se desquita". Siguieron; á la otra mano salió Peralta con tute de reyes. "¡Doblo!", gritó Lucifer con un vozachón que retumbó por todo el Infierno. La cola se le paró; los cachos se le abrían y se le cerraban como los di un alacrán; los ojos le bailaban, que ni un trompo zangarria, de lo más bizcornetos y horrendos; ¡y por la boca echaba aquella babaza y aquel chispero! "Doblemos", dijo Peralta muy convenido. Ganó Peralta. "¡Doblo!", gritó el Diablo.
Y doblando, doblando, jugaron diecisiete tutes. Hasta que el Patas dijo: "¡Ya no más!". Estaba tan sumamente medroso, daba unos bramidos tan espantosos, que toitica la gente del Infierno acudió á ver. ¡Cómo se quedarían de suspensos cuando vieron á su Amo y Señor llorando á moco tendido! Y aquellas lagrimonas se iban cuajando, cuajando, cachete abajo, que ni granizo. En el suelo iba blanquiando la montonera, y toda la cama del Diablo quedó tapadita. Un diablito muy metido y muy chocante que parecía recién adotorao, dijo con tonito llorón: "¡Nunca me figuré que á mi Señor le diera pataleta!". "¿Pero por qué no seguimos, su Mercé? -dijo Peralta como suplicando-. Es cierto que le he ganao más de treinta y tres mil millones de almas; pero yo veo qu'el Infierno está sin tocar". "¡Cierto! -dijo el Enemigo Malo haciendo pucheros-. Pero esas almas no las arriesgo yo: son mis almas queridas; ¡son mi familia, porque son las que más se parecen á yo!". Siguió moquiando, y á un ratico le dijo á uno de sus edecanes: "¡ Andá, hombre, sacále á este calzonsingente sus ganancias, y que se largue di aquí".
Como lo mandó el Patas, asina mismo se cumplió. Mientras qui'una vieja ñata se persina, fueron echando toditas las puertas del Infierno la churreta di almas. Aquello era churretiar y churretiar, y no si acababa. Lo qui á Peralta le parecía más particular era que, á conforme iban saliendo, s'iban poniendo más negras, más jediondas y más enjunecidas. Parecía como si á todos los cristianos del mundo les estuvieran sacando las muelas á la vez, según los bramidos y la chillería. Sin nadie mandárselos aquellas almas endemoniadas fueron haciendo en el aire un caracol que ni un remolino. Los aires se fueron escureciendo, escureciendo, con aquella gallinazada, hasta que todo quedó en la pura tiniebla.
Peralta, tan desentendido como si no hubiera hecho nada, se fué yendo muy despacio, hasta que s'encontró con los tuneros del caminito del Cielo. ¡Aquello era caminar y caminar, y no llegaba! El tuvo que pasar por puentes di un pelo que tenían muchas leguas; él tuvo que pasar la hilacha de la eternidá, que tan solamente Nuestro Señor, ¡por ser quien es, la ha podido medir! Pero á Peralta no le dió váguido, sino que siguió serenito, serenito, y muy resuelto, hasta que se topó en las puertas del Cielo. Estaba eso bastante solo, y por allá divisó á San Pedro recostao en su banco. Apenitas lo vió San Pedro, se le vino á la carrera, se le encaró y le dijo, midiéndole puño: "¡Quitá di aquí, so vagamundo! ¿Te parece que ti has portao muy bien y nos tenés muy contentos? ¡Si allá en la tierra no ti amasé fue porque no pude, pero aquí sí chupás!". "¡No se fije en yo, viejito; fíjese en lo que viene por aquel lao! Vaya á ver cómo acomoda esa gentecita, y déjese de noj
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Y teníamos a la muerte finalmente libre y a sus anchas mientras Peralta ganaba mucho dinero en el juego.
Pero resulta qui un día amanece peralta con una pata hinchada, y le coló una discípula de la mala. Al momentico pidió cura y arregló los corotos, porque se puso á pensar qui harto había vivido y disfrutao, y que lo mismo era morise hoy que mañana go el otro día. Mandó en su testamento que su mortaja fuera de limosna, que le hicieran bolsico, y que precisadamente le metieran en él la baraja y los daos; y comu'era tan humilde quiso que lo enterraran sin ataúl, en la propia puerta del cementerio onde todos lo pisaran harto. Asina fué qui apenitas se le presentó la Pelona cerró el ojo, estiró la pata y le dijo: "¡Matáme pues!". ¡Poquito sería lo duro que li asestó el golpe, con el rencor que le tenía!
Peralta s'encontró en un paraje muy feíto, parecido á una plaza. Voltió á ver por todas partes, y por allá, muy allá, descubrió un caminito muy angosto y muy lóbrego casi cerrao por las zarzas y los charrascales. "Ya sé aonde se va por ese camino -pensó Peralta-. ¡El mismito que mentaba el cura en las prédicas! ¡Cojo pu'el otro lao!". Y cogió. Y se fué topando con mucha gente muy blanca y di agarre, que parecían fefes o mandones, y con señoras muy bonitas y ricas que parecían principesas. Como nunca fué amigo de metese entre la gente grande, se fué por un laíto del camino, que se iba anchando y poniéndose plano como las palmas de la mano. ¡María Madre si había qué ver en aquel camino! ¡Parecía mismamente una jardinera, con tánta rosa y tánta clavellina y con aquel pasto tan bonito! Pero eso sí: ni un afrecherito, ni una chapola de col ni un abejorro se veía por ninguna parte ni pa remedio. Aquellas flores tan preciosas no güelían, sino que parecían flores muertas.
Peralta seguía á la resolana, con el desentendimiento de toda su vida. Por allá, en la mitá di un llano, alcanzó á divisar una cosa muy grande, muy grandísima; mucho más que las iglesias, mucho más que la Piedra del Peñol. Aquello blanquiaba com'un avispero; y como toda la gente se iba colando á la cosa, Peralta se coló también. Comprendió qu'era el Infierno, por el jumero que salía de p'arriba y el candelón que salía de p'abajo. Por ai andaba mucha gente del mundo en conversas y tratos con los agregaos y piones del Infierno.
El se dentró por una gulunera muy escura y muy medrosa que parecía un socavón, y fué á repuntar por allá á unas californias ondi había muchas escaleras que ganar, y unos zanjones muy horrendos por onde corrían unas aguas muy mugrientas y asquerosas. A tiempo que pasaba por una puertecita oyó un chillido como de cuchinito cuando lo'stán degollando, y si asomó por una rendija. ¡Virgen! ¡Qué cosa tan horrenda! No era cuchino: era una señora de mantellina y saya de merinito algo mono, que la tenían con la lengua tendida en el yunque, con la punta cogida con unas tenazonas muy grandes; y un par de diablos herreros muy macuencos y cachipandos li alzaban macho á toda gana. ¡Hijue la cosa tan dura es la carne de condenao! ¡Aquella lengua ni se machucaba, ni se partía, ni saltaba en pedazos: ai se quedaba intauta! Y á cada golpe le gritaban los diablos á la señora: "¡Esto es pa que levantés testimonios, vieja maldita! ¡Esto es pa que metás tus mentiras, vieja lambona! ¡Esto es pa qu'enredés á las personas, vieja culebrona!". Y á Peralta le dio tanta lástima que salió de güída.
De presto se zampó por una puerta muy anchona; y cuando menos acató, se topó en un salón muy grandote y muy altísimo que tenía hornos en todas las paredes, muy pegaos y muy junticos, como los roticos de las colmenas onde se meten las abejas. No había nadie en el salón; pero por allá en la mitá se veía un trapo colgao á moda de tolda di arriero. Peralta si asomó con mucha mañita, y ai estaba el Enemigo Malo acostao en un colchón, dormido y como enfermoso y aburridón él. De presto se recordó; se enderezó, y á lo que vió á Peralta le dijo
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Peralta cerró su puerta, y se fue sin preocuparse. Pasaban las semanas y pasaban los meses y pasó un año. Vinieron las virgüelas castellanas; vino el sarampión y la tos ferina; vino la culebrilla, y el dolor de costao, y el descenso, y el tabardillo, y nadie se moría. Vinieron las pestes en toítos los animales; pues tampoco se murieron.
Al comienzo de la cosa echaron mucha bambolla los dotores con todo lo que sabían; pero luego la gente fue colando en malicia qu'eso no pendía de los dotores sino di algotra cosa.
El cura, el sacristán y el sepolturero pasaron hambres á lo perro, porque ni un entierrito, ni la abierta di una sola sepoltura güelieron en esos días. Los hijos de taitas viejos y ricos se los comía la incomodidá de ver á los viejorros comiendo arepa, y que no les entraba la muerte por ningún lao. Lo mismito les sucedía á los sobrinos con los tíos solteros y acaudalaos; y los maridos casaos con mujer vieja y fea se revestían di una enjuria, viendo la viejorra tan morocha, ¡habiendo por ai mozas tan bonitas con qué reponerlas! De todas partes venían correos á preguntar si en el pueblo se morían los cristianos. Aquello se volvió una batajola y una confundición tan horrible, como si al mundo li hubiera entrao algún trastorno. Al fin determinaron todos qu'era que la Muerte si había muerto, y ninguno volvió á misa ni á encomendarse á mi Dios.
Mientras tanto, en el Cielo y en el Infierno estaban ofuscaos y confundidos, sin saber qué sería aquello tan particular. Ni un alma asomaba las narices por esos laos: aquello era la desocupez más triste. El Diablo determinó ponese en cura de la rasquiña que padece, pa ver si mataba el tiempo en algo. San Pedro se moría de la pura aburrición en la puerta del Cielo; se lo pasaba por ai sentaíto en un banco, dormido, bosteciando y rezando á raticos en un rosario bendecido en Jerusalén.
Pero viendo que la molienda seguía, cerró la puerta, se coló al Cielo y le dijo al Señor: "Maestro; toda la vida l'he servido con mucho gusto; pero ai l'entrego el destino; ¡esto sí no lo aguanto yo! ¡Póngame algotro oficio qui'hacer o saque algún recurso!". Cristico y San Pedro se fueron por allá á un rincón á palabriase. Después de mucho secreteo, le dijo el Señor: "Pues eso tiene que ser; no hay otra causa. Volvé vos al mundo y tratá á esi'hombre con harta mañita, pa ver si nos presta la muerte, porque si no nos embromamos".
Se puso San Pedro la muda de pelegrino, se chantó las albarcas y el sombrero y cogió el bordón. Había caminao muy poquito, cuando s'encontró con un atisba que mandaba el Diablo pa que vigilara por los laos del Cielo, á ver si era que todas las almas s'estaban salvando. "¡Qué salvación ni qué demontres! -le dijo San Pedro-. ¡Si esto s'está acabando!".
Esa misma noche, casi al amanecer, llovía agua á Dios misericordia, y Peralta dormía quieto y sosegao en su cama. De presto se recordó, y oyó que le gritaban desdi afuera: "¡Abríme, Peraltica, por la Virgen, qu'es de mucha necesidá!". Se levantó Peralta, y al abrir la puerta se topó mano á mano con el viejito, que le dijo: "Hombre; no vengo á que me des posada tan solamente; ¡vengo mandao por el Maestro á que nos largués la muerte unos días, porque vos la tenés de pata y mano en algún encierro!". "Lo que menos, su Mercé -dijo Peralta-. La tengo muy bien asegurada, pero no encerrada; y se la presto con mucho gusto, con la condición de qui á yo no mi'haga nada". "¡Contá conmigo!" -le dijo San Pedro-.
Apenitas aclarió salieron los dos á descolgar á la Muerte. Estaba lastimosa la pobrecita: flacuchenta, flacuchenta; los güesos los tenía toítos mogosos y verdes, con tantos soles y aguaceros comu'había padecido; el telarañero se l'enredaba por todas partes, qui aquello parecía vestido di andrajos; la pelona la tenía llena di hojas y de porquería di animal, que daba asco; la herramienta parecía desenterrada de puro lo tomaíta qu'estaba. Pero lo que más enjuria le daba á San Pedro er
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Al otro día se fué p'al pueblo, y se fue a taburear ¡Cómo sería la angurria que se li abrió á tanto logrero cuando vieron en aquella mesa aquella montonera di onzas del Rey! "¿Onde te sacates ese entierro, hombre Peralta?, le decía uno. "Este se robó el correo", decían otros en secreto; y Peralta se quedaba muy desentendido. Se pusieron á jugar. La noticia del platal corrió por todo el pueblo, y aquella sala se llenó de todo el ladronicio y todos los perdidos del pueblo Pero eso sí; no les quedó ni un centavo partido por la mitá; por más trampas qui hacían, por más que cambiaban baraja, por más que la señalaban con la uña, les dió capote, con ser que en el juego estaban toditos los caimanes d'esos laos. "Con ésta no nos quedamos -dijo el más caliente-. A nosotros no nos come este... -y ai mentó unas palabras muy feas-. ¡Voy á lidiar unas suertes, y mañana no le queda ni liendra á este sinvergüenza!". Y ai salió del garito, echando por esa boca unos reniegos y unos dichos qui aquello parecía un condenao.
Al otro día, desdi antes di almorzar, emprendieron a jugar de nuevo. Hubo cuchillo, hubo barbera; pero Peralta tampoco les dejó un medio. Como no era ningún bobo, se dejaba ganar en ocasiones pa empecinarlos más. Determinaron jugar dao, y montedao, y bisbís, y cachimona y roleta, á ver si con el cambio de juegos se caía Peralta; pero si se caía á raticos, era pa seguir más violento echando por lo negro y acertando en unos y en otros juegos.
Lo más particular era que Peralta con tantísimo caudal como iba consiguiendo no se daba nadita d'importancia, ni en la ropita, ni en la comida ni en nada: con su misma ruanita pastusa de listas azules, con sus mismitos calzones fundillirrotos se quedó el hombre, y con su mismita chácara de ratón di agua, pelada y hecha un cochambre.
Pero eso sí: lo qu'era limosnas ni el Rey las daba tan grandes. Su casa parecía siempre publicación de bulas, con toda la pobrecía y todos los lambisquiones del pueblo plañendo á toda hora; y no tan solamente los del pueblo, sino que también echó á venir cuanto avistrujo había en todos los pueblos de por ai y en otros del cabo del mundo. ¡Hasta de Jamaica y de Jerusalén venían los pedigüeños! Pero Peralta no reparaba: á todos les metía su peseta en la mano; y la cocina era un fogueo parejo que ni cocina de minas. Consiguió un montón de molenderas, y todo el día se lo pasaba repartiendo tutumadas de mazamorra, los plataos de frijol y las arepas de maíz sancochao. Y mantenía una maletada de plata, la mismita que vaciaba al día.
Siguió siempre lavando sus leprosos, asistiendo sus enfermos, y siempre con su sangre de gusano, como si fuera el más pobrecito y el más arrastrao de la tierra.
Pero lo que no canta el carro lo canta la carreta: ¡la Peraltona sí supo darse orgullo y meterse á señora de media y zapato! Con todo el platal que le sacó al hermano, compró casa de balcón en el pueblo, y consiguió serviciala y compró ropa muy buena y de usos muy bonitos. Cada rato se ponía en el balcón, y apenas veía gente, gritaba: "¡Maruchenga, tréme el pañuelo de tripilla, que voy á visitar á la Reina! ¡Maruchenga, tréme los frascos de perjume pa ruciar por aquí qu'está jediendo!". Y si veía pasar alguna señora, decía: "¡No pueden ver á uno de peinetón ni con usos nuevos, porqui al momento la imitan estas ñapangas asomadas!". Cuando salía á la calle, era un puro gesto y un puro melindre; y auque era tan pánfila y tan feróstica caminaba muy repechada y muy menudito, como sintiéndose muy muchachita y muy preciosa. "Maruchenga, dáca la sombrilla qui hace sol; Maruchenga, sacame la crizneja; Maruchenga, componeme el esponje, que se me tuerce"; y no dejaba en paz á la pobre Maruchenga, con tanto orgullo y tanta jullería.
La caridá de Peralta fué creciendo tanto que tuvo que conseguir casas pa recoger los enfermos y los lisiaos; y él mismo pagaba las medecinas, y él mismo con su misma mano se las daba á los enfermos.
Esto llegó á oídos de s
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Peralta se levantó, escuro, escuro, y no topó ni rastros de los güéspedes; pero sí topó una muchila muy grande requintada di onzas del Rey, en la propia cabecera del mocito. Corrió muy asustao á contarle á la hermana, que al momento se levantó de muy buen humor á hacer harto cacao; corrió á contarle á los llaguientos y á los tullidos, y los topó buenos y sanos y caminando y andando, como si en su vida no hubieran tenido achaque. Salió como loco en busca de los güéspedes pa entregarles la muchila di onzas del Rey. Echó á andar y á andar, cuesta arriba, porque puallí dizque era qui habían cogido los pelegrinos. Con tamaña lengua á fuera se sentó un momentico á la sombra di un árbol, cuando los divisó por allá muy arriba, casi á punto de trastornar el alto. Casi no podía gañir el pobrecito de puro cansao qu'estaba, pero ai como pudo les gritó: "¡Hola, señores; espéremen que les trae cuenta!". Y alzaba la muchila pa que la vieran. Los pelegrinos se contuvieron á las voces que les dió Peralta. Al ratico estuvo cerca d'ellos, y desde abajo les decía: "Bueno, señores, aquí está su plata". Bajaron ellos al tope y se sentaron en un plancito, y entonces Peralta les dijo: "¡Caramba qu'el pobre siempre jiede! Miren que dejar este oral por el afán de venirse de mi casa. Cuenten y verán que no les falta ni un medio!".
El mocito lo voltió á ver con tan buen ojo, tan sumamente bueno, que Peralta, anqu'estaba muy cansao, volvió á sentir por dentro la cosa sabrosa qui había sentido por la noche; y el mocito le dijo: "Sentáte, amigo Peralta, en esa piedra, que tengo que hablarte". Y Peralta se sentó. "Nosotros -dijo el mocito con una calma y una cosa allá muy preciosa- no somos tales pelegrinos; no lo creás. Este -y señaló al viejo- es Pedro mi discípulo, el que maneja las llaves del cielo; y yo soy Jesús de Nazareno. No hemos venido á la tierra más que á probarte, y en verdá te digo, Peralta, que te lucites en la prueba. Otro que no fuera tan cristiano como vos, se guarda las onzas y si había quedao muy orondo. Voy á premiarte: los dineros son tuyos: llevátelos; y voy á darte de encima las cinco cosas que me querás pedir. ¡Conque, pedí por esa boca!".
Peralta, como era un hombre tan desentendido pa todas las cosas y tan parejo, no le dió mal ni se quedó pasmao, sino que muy tranquilo se puso á pensar á ver qué pedía. Todos tres se quedaron callaos como en misa, y á un rato dice San Pedro: "Hombre, Peralta, fijáte bien en lo que vas á pedir, no vas á salir con una buena bobada". "En eso estoy pensando, Su Mercé", contestó Peralta, sin nadita de susto. "Es que si pedís cosa mala, va y el Maestro te la concede; y, una vez concedida, te amolaste, porque la palabra del Maestro no puede faltar". "Déjeme pensar bien la cosa, Su Mercé"; y seguía pensando, con la cara pa otro lao y metiéndole uña á una barranquita. San Pedro le tosía, le aclariaba, y el tal Peralta no lo voltiaba á ver. A un ratísimo voltea á ver al Señor y le dice: "Bueno, Su Divina Majestá; lo primerito que le pido es que yo gane al juego siempre que me dé la gana". "Concedido", dijo el Señor. "Lo segundo -siguió Peralta- es que cuando me vaya á morir me mande la Muerte por delante y no á la traición". "Concedido", dijo el Señor. Peralta seguía haciendo la cuenta en los dedos, y á San Pedro se lo llevaba Judas con las bobadas de ese hombre: él se rascaba la calva, él tosía, él le mataba el ojo, él alzaba el brazo y, con el dedito parao, le señalaba á Peralta el cielo; pero Peralta no se daba por notificao. Después de mucho pensar, dice Peralta: "Pues, bueno, Su Divina Majestá; lo tercero que mi ha de conceder es que yo pueda detener al que quiera en el puesto que yo le señale y por el tiempo qui á yo me parezca". "Rara es tu petición, amigo Peralta -dice el Señor, poniendo en él aquellos ojos tan zarcos y tan lindos que parecía que limpiaban el alma de todo pecao mortal, con solamente fijarlos en los cristianos-. En verdá te digo que una petición como la tuya, jamás hab
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Había una vez un hombre que se llamaba Peralta. Vivía en una casona muy grande y muy vieja, en el propio camino real y afuera de un pueblo donde vivía el Rey. No era casado y vivía con una hermana soltera, algo viejona y muy aburrida.
No había en el pueblo quién no conociera á Peralta por sus muchas caridades: él lavaba los llaguientos; él asistía á los enfermos; él enterraba á los muertos; se quitaba el pan de la boca y los trapitos del cuerpo para dárselos á los pobres; y por eso era que estaba en la pura inopia; y á la hermana se la llevaba el diablo con todos los limosneros y leprosos que Peralta mantenía en la casa. "¿Qué te ganás, hombre de Dios -le decía la hermana-, con trabajar como un macho, si todo lo que conseguís lo botás jartando y vistiendo á tanto perezoso y holgazán? Casáte, hombre; casáte para que tengás hijos á quién mantener". "Cállese la boca, hermanita, y no diga disparates. Yo no necesito de hijos, ni de mujer ni de nadie, porque tengo mi prójimo á quién servir. Mi familia son los prójimos". "¡Tus prójimos! ¡Será por tanto que te lo agradecen; será por tanto que ti han dao! ¡Ai te veo siempre más hilachento y más infeliz que los limosneros que socorrés! Bien podías comprarte una muda de ropa y comprarme otra a mi, que harto la necesitamos; o tan siquiera traer comida alguna vez pa que llenáramos, ya que pasamos tantos hambres. Pero vos no te afanás por lo tuyo: tenés sangre de gusano".
Esta era siempre la cantaleta de la hermana; pero como si predicara en desierto frío. Peralta seguía peor; siempre hilachento y zarrapastroso, y el bolsillo pobre pobre; con el fogoncito encendido alguna vez, la despensa en las puras tablas y una pobrecía, señor, regada por aquella casa desde el chiquero hasta el corredor de afuera. Figúrese que no eran tan solamente los Peraltas, sino todos los lisiados y leprosos, que se habían apoderado de los cuartos y de los corredores de la casa "convidaos por el sangre de gusano", como decía la hermana.
En Una ocasioncita estaba Peralta muy fatigao de las afugias del día, cuando, á tiempo de largarse un aguacero, arriman dos peregrinos á los portales de la casa y piden posada: "Con todo corazón se las doy, buenos señores -les dijo Peralta muy atencioso-; pero lo van á pasar muy mal, porqu'en esta casa no hay ni un grano de sal ni una tabla de cacao con qué hacerles una comidita. Pero prosigan pa dentro, que la buena voluntá es lo que vale".
Entraron los peregrinos; y trajo la hermana de Peralta el candil, y se puso a examinarlos á como quiso. Parecían mismamente el taita y el hijo. El uno era un viejito con los cachetes muy sumidos, ojitriste él, de barbitas rucias y cabecipelón. El otro era muchachón, muy buen mozo, medio mono, algo zarco y con una mata de pelo en cachumbos que le caían hasta media espalda. Le lucía mucho la saya y la capita de peregrino. Todos dos tenían sombreritos de caña, y unos bordones muy gruesos, y albarcas. Se sentaron en una banca, muy cansaos, y se pusieron á hablar una jerigonza tan bonita, que los Peraltas, sin entender jota, no se cansaban di oirla. No sabían por qué sería, pero bien veían que el viejo respetaba más al muchacho que el muchacho al viejo; ni por qué sentían una alegría muy sabrosa por dentro; ni mucho menos de dónde salía un olor que trascendía toda la casa: aquello parecía de flores de naranjo, de albahaca y de romero de Castilla; parecía de incensio y del sahumerio de alhucema que le echan á la ropita de los niños; era un olor que los Peraltas no habían sentido ni en el monte, ni en las jardineras, ni en el santo templo de Dios.
Aunque estaba muy embelesao, le dijo Peralta á la hermana: "Hija, date una asomaíta por la despensa; desculcá por la cocina, á ver si encontrás alguito que darles á estos señores. Mirálos qué cansaos están; se les ve la fatiga". La hermana, sin saberse cómo, salió muy cambiada de genio y se fué derechito á la cocina. No halló más que media arepa tiesa y requem
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Había una vez, había una vez un narrador oral que durante casi seis meses ha tratado de hacer una registro de algunos cuentos para que sean compartidos por otras personas y espera que algunos de estos cuentos les hayan abierto nuevas visiones y comunicación con otras personas y especialmente con sus hijos. Es el interés de este narrador oral que ustedes se apropien de los cuentos y los divulguen bien sea contándolos (es la mejor manera) o simplemente enviándoselos a otros para que los oigan y los cuenten.
Para el narrador oral de este cuento es un privilegio haberle llevado estos 100 primeros cuentos a ustedes. Antes de comenzar con la siguiente temporada quisiera oir de ustedes sus pensamientos, ideas y reflexiones sobre los cuentos. En el titulo de este podcast esta el correo electrónico al que me pueden enviar sus opiniones. Me encantaría leer o mejor aun oir (si me envían un archivo de audio) como les ha parecido los cuentos, cuales les han gustado mas o no gustado, si los han compartido con sus hijos, etc.
De nuevo esta primera temporada ha sido maravillosa para mi y en enero del 2020 comenzare otra. Pero en diciembre colocare algunos cuentos especiales para continuar la comunicación con ustedes.
El correo electrónico es
Con todo cariño y mil gracias por escuchar los cuentos.
Juan Betancur
Y como los cuentos nacieron para ser contados, este es otro mensaje de agradecimiento de Había una vez.
Felices fiestas para todos.
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Había una vez una tribu que se encontraba reunida alrededor de un fuego sagrado y en el centro de dicho circulo se encontraba el chaman de la tribu. Durante generaciones y generaciones la tribu cumplía con el rito sagrado de reunirse en la noche mas larga del año a esperar las historias de el chaman.
El chaman un hombre de edad indescifrable pero que todos respetaban debido a su avanzada edad y su sabiduría era quien recordada y contaba todas y cada una de las historias que la tribu había vivido y escuchado por mas de mil años. Era sabido que, según la tradición, el chaman era escogido por un viejo chaman desde muy joven y era entrenado y educado para que su espíritu y mente se llenaran de historias y conocimientos que transmitiría a su pueblo. Y este chaman ahora en su edad avanzada esperaba por la mas grande de los cuentos. Un cuento que su maestro le había advertido llegaría algún año durante la noche del solsticio de invierno, la noche mas larga del año.
Aquel año, como todos los años, la tribu se encontraba allí reunida escuchando las historias ancestrales de sus antepasados a la luz de el fuego de los leños que iluminaban la cara de su chaman. Viejos y jóvenes miraban con admiración la sabiduría de su guía espiritual y medico, mientras este les relataba con detalles historias y tradiciones que se remontaban a mas de mil años.
Aquella noche oscura y fría, una noche sin luna y totalmente tachonada por estrellas, el chaman se encontraba contando la historia de cómo las montañas habían surgido de lo mas profundo del mar para dar orígenes a las tierras altas donde vivía la tribu. De repente su cara, generalmente apacible y serena, comenzó a cambiar y su voz generalmente calmada y segura, comenzó a mostrar trazos de excitación. Su mirada se situo mas alla de el circulo formado por los integrantes de la tribu. Sabia que había llegado el momento que su mentor el anterior chaman le había pronosticado antes de morir. El momento en que el cuento perfecto se hacia presente para ser contado a su pueblo. El momento de contar el mítico cuento de los 3 anillos.
Por generaciones, los chamanes habían esperado la presencia de aquel cuento. El cuento que resumía la sabiduría y la conciencia de su tribu, el cuento que solo podía ser contado por un chaman de conciencia e inteligencia superior. Y hoy después de mas de cien años, el cuento de los 3 anillos regresaba para ser contado.
Lo primero que el chaman oyo fue una voz interior que le decía
Debes contar el cuento de los 3 anillos con tu mente y cerebro. El cuento de los 3 anillos es un cuento de alta inteligencia y sabiduría. Un cuento con profundo conocimiento cultural, que solo puede ser interpretado por la mente. Concentrate en tu inteligencia y deja atrás otras sensaciones.
El chaman luego oyo otra voz interior que le decía. Nooo chaman hoy tu eres afortunado de contar el cuento de los 3 anillos después de varias generaciones. Este cuento requiere un profundo compromiso de tu alma ya que contiene los mayores secretos de nuestra cultura. Este cuento debe ser contado a partir de los sentimientos y la profundidad que solo el alma puede aportar.
Interrumpiendo… una tercera voz le dijo. Nooo chaman. El cuento de los 3 anillos es un cuento de alta energía y pasión. Solo un ser con la fuerza de cien soles puede llegar a contarlo con la energía requerida. Tu corazón debe guiar la narración de tal cuento. No te dejes influenciar por el cerebro y por el alma. Toma las pasiones que dicta el corazón y cuenta el cuento con toda la energía posible.
Mientras el pueblo lo miraba expectante en espera del mítico Cuento de los 3 anillos, el chaman se debatía internamente en como contar el cuento y su visión perdida se fue transformando en una mirada triste. Sabia que el cuent
From the publisher's feed

4,431 Listeners

1,544 Listeners