La foto que me ha llamado la atención hoy llega de una provincia en el norte de Siria. En la falda de un monte un labrador rotula la tierra. Al fondo un cielo atravesado por dos grandes rayas de un lila vaporoso. El valle no se ve, está cubierto por un mar de nubes densas, apretadas, blanquísimas. El mundo flota entre alientos irreales y espesos. En la ladera, escarpada, se aferran al suelo tres higueras flacas que no acaban de desnudarse. Las higueras pudorosas han crecido en una tierra empedrada como una calle romana. Y es en ese suelo en el que el paisano agarra un arado elemental. Un timón de madera, una reja única, una boca en punta sin refuerzo. Y nada más. Tira del apero un caballo de canela, un caballo de color alazán, más o menos rojo, más o menos rubio con mataduras en los corvejones, en la espalda, en la cruz, en la grupa. El pelo del viejo rocín trasquilado, las costillas a la vista, las energías flacas. El paisano, como todo los que trabajan la tierra vive en una perpetua inquietud y zozobra, pensando en las malas cosechas, en el agua que no llega o...