La foto que me ha llamado la atención la he visto en el diario El Mundo. Es una imagen tomada en Yakarta, en la capital de Indonesia. Es de noche, al fondo los destellos de una gran ciudad insonme y un grupo de motoristas que esperan a que se abra un semáforo. En primer plano un niño descalzo y con el torso desnudo. La criatura lleva en la mano una bandeja con la que pide limosna. Para llamar la atención de los viandantes y de los motoristas está cubierto de una pintura color de plata. Su cuerpecito parece así una estatua argenta, las costillas marcadas por el poco comer, los brazos palos de alambre. La pintura de plata le yaga la piel y los ojos al niño de la ciudad lejana. Lo primero es comer. Los nuestros, casi todos nuestros niños, tienen pan en la mesa, hamburguesas envueltas en papeles de colores, no van ni desnudos ni descalzos. Pero nuestros niños también buscan pinturas de plata no para pedir limosna sino para mendigar atención, estima, amigos cibernéticos, notoriedad, protagonismo. También ellos tiene a menudo yagas no en la piel pero si en el alma, también ellos tienen heridas en los...